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Visor, de Raymond Carver

miércoles 18 de enero de 2017
Raymond Carver
Raymond Carver (1938-1988).

Un hombre sin manos llegó a la puerta para venderme una fotografía de mi casa. Aparte de sus garfios de cromo, parecía un hombre ordinario de unos cincuenta años.

“¿Cómo perdió sus manos?”, le pregunté después de que me dijo lo que quería.

“Esa es otra historia”, dijo. “¿Quiere esta foto o no?”.

“Pase”, dije, “Acabo de hacer café”.

Acababa de hacer gelatina, también. Pero no le dije al hombre eso.

“Tal vez use su baño”, dijo el hombre que no tenía manos.

Quería ver cómo sostenía una taza.

Sabía cómo sostenía la cámara. Era una vieja Polaroid, grande y negra. La tenía ajustada a unas tiras de cuero que le daban la vuelta a sus hombros e iban alrededor de su espalda, y esto era lo que aseguraba la cámara contra su pecho. Se paraba en la banqueta enfrente de tu casa, ubicaba tu casa en el visor, empujaba la palanca hacia abajo con uno de sus garfios, y así salía tu foto.

Es que había estado viendo desde la ventana.

 

“¿Dónde dijo que estaba el baño?”.

“Por ahí, a la derecha”.

Doblándose, encorvándose, se liberó de las tiras. Dejó la cámara sobre el sofá y se acomodó su chamarra.

Se sentó junto a la cámara, se hizo para atrás con un suspiro, y sonrió como si supiera algo que no iba a decirme.  

“Puede ver esto mientras no estoy”.

Me pasó la foto.

Había un pequeño rectángulo de césped, el camino a la cochera, la cochera abierta, los escalones a la entrada, la ventana al exterior, y la ventana de donde había estado viendo desde la cocina.

Así que, ¿por qué querría una fotografía de esta tragedia?

La observé más de cerca y vi mi cabeza, mi cabeza, ahí en la ventana de la cocina.

Me puso a pensar, el verme así. Se los digo, lo pone a uno a pensar.

Escuché cómo le bajaba al agua. Salió al pasillo, subiéndose el cierre y sonriendo, un garfio deteniendo su cinturón, el otro fajando su camisa.

“¿Qué le pareció?” dijo. “¿Está bien? Personalmente, creo que salió bien. ¿Acaso no sé lo que estoy haciendo? Aceptémoslo, se requiere de un profesional”.

Se acomodó el pantalón.

“Aquí está el café”, dije.

Dijo: “Está solo, ¿cierto?”.

Observó la sala. Sacudió su cabeza.

“Difícil, difícil”, dijo.

Se sentó junto a la cámara, se hizo para atrás con un suspiro, y sonrió como si supiera algo que no iba a decirme.

“Tómese su café”, dije.

 

Estaba intentando pensar en algo que decir.

“Había tres chicos por aquí que querían pintar mi dirección sobre la acera. Querían un dólar por hacerlo. No sabría algo acerca de eso, ¿o sí?”.

No era probable. Pero de cualquier forma lo observé.

Se hizo para adelante con importancia, la taza balanceada entre sus garfios. La dejó sobre la mesa.

“Trabajo solo”, dijo. “Siempre lo he hecho, siempre lo haré. ¿Qué está tratando de decir?”.

“Estaba intentando hacer una conexión”, dije.

Tenía un dolor de cabeza. Sabía que el café no ayudaba, pero que a veces la gelatina sí. Recogí la foto.

“Estaba en la cocina”, dije. “Normalmente estoy atrás”.

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“Suele suceder”, dijo. “Así que sólo se fueron y te dejaron, ¿verdad? Ahora mírame a mí, trabajo solo. ¿Entonces qué dice? ¿Quiere la foto?”.

“Me la quedo”, dije.

Me levanté y recogí las tazas.

“Claro que sí”, dijo. “Ahora, yo tengo un cuarto en el centro. No está mal. Tomo el camión, y después de que trabajo los vecindarios, voy hacia otro centro. ¿Ve lo que le digo? Oiga, yo también tuve niños una vez. Igual que usted”, dijo.

Esperé con las tazas y lo vi luchar al levantarse del sofá.

Dijo: “Son los que me dieron esto”.

Me le quedé viendo esos garfios.

“Gracias por el café y por dejarme usar su baño. Lo compadezco”.

Levantó y bajó sus garfios.

“Por cuánto”, dije. “Muéstreme por cuánto. Tome más fotos de mí y mi casa”.

“No servirá”, dijo el hombre. “No van a regresar”.

Pero lo ayudé con sus tiras.

“Le puedo dar un precio”, dijo. “Tres por un dólar”. Dijo: “Si las doy por menos, no hay ganancia”.

 

Fuimos afuera. Ajustó el obturador. Me dijo dónde tenía que pararme, y comenzamos.

Nos movimos alrededor de la casa. Sistemáticos. A veces veía hacia los lados. A veces veía para adelante.

“Bien”, decía. “Así está bien”, decía, hasta que le habíamos dado la vuelta a la casa y estábamos enfrente de nuevo. “Son veinte. Son suficientes”.

“No”, dije. “En el techo”, dije.

“Dios mío”, dijo. Verificó a lo largo de la cuadra. “Por supuesto”, dijo. “Eso sí es algo”.

Dije, “Toda la camada. Se fueron como si nada”.

“¡Mire esto!” dijo el hombre, y de nuevo levantó sus garfios.

 

Entré y fui por una silla. La puse debajo de la cochera abierta. Pero no alcanzaba. Así que fui por una caja y puse la caja encima de la silla.

No estaba mal allá arriba sobre el techo.

Me paré y miré a mi alrededor. Saludé, y el hombre sin manos saludó de vuelta con sus garfios.

Fue entonces que las vi, las piedras. Era como un pequeño nido de piedras en el cobertor del hoyo de la chimenea. Ya saben cómo son los niños. Ya saben cómo las lanzan para arriba, intentando atinarle a tu chimenea.

“¿Listo?” le pregunté, y fui por una piedra, y esperé hasta que me tuviera en su visor.

“¡Ya!” me respondió.

Hice mi brazo para atrás y aullé: “¡Ahora!”. Lancé a la hija de perra tan lejos como pude lanzarla.

“No lo sé”, lo escuché exclamar. “No hago tomas en movimiento”.

“¡De nuevo!” grité, y recogí otra piedra.

Alejandro Gilbert Pérez

Alejandro Gilbert Pérez

Traductor mexicano (Guadalajara, Jalisco, 1994). Traducciones suyas han sido publicadas en la revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla.
Alejandro Gilbert Pérez

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