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de Editorial Letralia
Cagua, Venezuela
Jorge Gómez Jiménez
Editor

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Letralia, Tierra de Letras
Año VIII • Nº 102
20 de octubre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Anécdota de un ciego
y del que veía
o De cómo no es lo mismo llamar al diablo que verlo venir
Bruno Soreno

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Pasó una vez (y, para los que creen en el ciclo, ha pasado y pasa siempre) que un ciego buscó consejo de otro que veía para que le dijera cómo eran las cosas. "Explícame el mundo", le rogó. Se dice que el que veía tenía la mirada torva y llena de pulpos, tierra debajo de las uñas y un corazón turbio. Aceptó.

Siguió una educación minuciosa basada en la crueldad, pero esto el ciego no lo veía. El vidente le declaró el mundo de una forma distinta y atroz, teniendo cuidado de no describir nada del universo en una manera que fuera mínimamente parecida a la semblanza del universo. No escatimó detalle. Todo lo explicó distinto de como es, y horrible, y peor. Ninguna de sus palabras coincidió con lo real ni por descuido, y todas sus palabras se alejaron lo más posible de las cosas en su exposición. Dicen que en verdad le describió al ciego otro mundo, en todas sus minucias, pero con el proyecto infame de causarle que viviera en el engaño total. Acaso que viviera en otro mundo. Pero fue más allá. Le describió el mundo con las cualidades precisas de una pesadilla.

Pero resultó, cuentan, que hay una divinidad, porque un día murió el ciego y el mismo día se murió aquel que veía, con las uñas llenas de sucio. Afirman algunos que y que a la misma hora, el mismo minuto y a igual segundo, pero esta coincidencia descabellada yo no la creo. Esta apócrifa la adjudico a la mala tendencia humana de hacer de cada nimiedad cotidiana de la vida una literatura.

Mas en lo que están todos de acuerdo es en que el dios, todo justicia, envió al ciego al cielo y al que veía lo envió a las pailas del infierno, como debía ser. Sí. Y el dios, además de justo y omnipotente, era extremadamente sabio y era un artista. Para que tú veas como es la vida. Su solución distributiva no sólo fue elegante sino económica: los envió a ambos al mismo lugar. Ese lugar era como cualquiera, sólo que obedecía hasta el más mínimo detalle las descripciones que el vidente le había hecho al ciego de cómo era el mundo. En este sitio el ciego veía, y se le confirmaba en su totalidad la relación que le había hecho el otro (el que veía) de cómo era el universo. Dicen algunos, y yo puedo creerles, que el ciego nunca se dio cuenta de su muerte y su elevación al cielo. Él percibió un milagro: el regalo de la vista. Otros arguyen un milagro más secreto: el ciego veía sin saber que veía. Que como todas las cosas eran exactamente como él se las imaginaba, el creía que no las veía, sino que intensamente las imaginaba. Yo creo que no es para tanto.

Pero era feliz. Dicen. Y amó al que veía con toda su alma y por toda la eternidad y lo perseguía sin reposo por los territorios de ese mundo atroz agradeciéndole su sinceridad. El vidente, que habitaba el mismo espacio y el mismo tiempo infinito que el ciego, se atormentaba, se retorcía, se extirpaba los cabellos del cráneo, botaba sapos por la boca y no sabía debajo de qué piedra meterse. Se le ahogaron los pulpos de los ojos. Maldijo su nombre y luego lo olvidó. Se le limpiaron las uñas. Tal era su agonía, y para siempre. Esto no lo duda nadie.

Lo atormentaban principalmente dos cosas. La primera: tener que vivir para siempre en un mundo terrible, repleto de contrahechos y de distorsiones, atestado de la sustancia de la pesadilla, que era, para completar, producto íntegro de su propia imaginación. El vidente aborrecía este mundo. La segunda: vivir eternamente con el agradecimiento de un ciego que ahora ve y que le agradece una sinceridad que nunca fue, una pedagogía cuya intención fue precisamente el engaño cruento y despiadado. Esas gracias, esas zalamerías para siempre y, para completar, imagínate, viniendo precisamente de aquel a quien había intentado destruir con aquella narración que, dado el nuevo estado de las cosas hizo del mundo, para ese ciego, un paraíso. Porque es sabido que el ciego ahora lo persigue por todos lados tratando de pagarle una deuda irreparable (porque cuando el daño que se intenta se convierte en bien, ese bien es infinitamente más que un bien y más irreparable que el peor de los males). Dicen algunos que el vidente intenta, por todos los medios posibles, explicarle a ese ciego recién vidente lo que ha pasado con las siguientes palabras: "Este mundo que ambos habitamos es de mi total invención. Yo te mentí con maldad en la tierra para engañarte, enredarte y perderte. El mundo real es de otro modo. El mundo real es otro, hermoso, sano y natural. No es esta pesadilla". El ciego, dicen, se ríe inocente, no le hace caso y le responde que este es el mundo, que es exactamente como el vidente se lo describió y que es maravilloso, y que esas mentiras postreras son productos del pudor y la modestia, cualidades que todo el mundo sabe son muestras inequívocas de la bondad de un alma. Dicen que le dice más. Le dice, intentando besarle los pies, que él es un santo. Esa persecución incesante y bondadosa es para el vidente, como se entiende, insoportable.

Esta anécdota me la contaron acá, en este sitio, y como dicen por acá: al que le caiga el sayo que se lo ponga. Si hay moraleja, no me la han dicho. Pero he sabido que otros arguyen para el vidente un tercer tormento: tener que (por todos los tiempos y luego de haber intentado con todo su corazón el mal) vivir como un justo.

 


       

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