Una producción
de Editorial Letralia
Cagua, Venezuela
Jorge Gómez Jiménez
Editor

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Letralia, Tierra de Letras
Año VIII • Nº 102
20 de octubre de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
¿Morir por..?
Ermanno Fiorucci

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1

Eppur si muove.
(Galileo)

Estaba muriendo por la Ciencia

Aquel lugar era el auténtico mausoleo de la filosofía naturalista. Allí todos los grandes cerebros del pasado se habían transformado en montones de rocas: Platón, Arquímedes, Faraday, Bernard... y sobre la cara opuesta a la Tierra, descansaba la multitud fantasmagórica de sus compatriotas... Kondratieff, Kovalevski, Pavlov... Era, en consecuencia, un verdadero honor ser el primero, y verdaderamente el primero, a unirse físicamente a todos ellos, elevado, como Ganímedes, vivo aun hacia el Olimpo.

Nueve minutos.

¡Qué maravilloso era! ¡Que infinito manantial de placer le provocaba el hecho de poder verificar el exacto color del cráter Tolomeo —gris—, el medir por primera vez con absoluta precisión la longitud de su circunferencia —1.067 kilómetros—, el recoger muestras de arena gris, el desmenuzar minúsculos fragmentos de roca oscura, el pesar, el analizar, el continuar a agregar más datos a los ya recopilados, el ampliar de ese modo los horizontes del mundo conocido... hoy la Luna, mañana Marte, y así hacia adelante hasta el más lejano y trémulo cúmulo estelar, ¡allá donde el mismo tiempo se perdía en el triunfo de la entropía! ¡Era maravilloso!

Ah, pero también allí, como la calavera en cada celda de los monjes cartujos, existía aquella terrorífica palabra: entropía. ¿por cual razón debía ser exactamente aquella la última palabra que la ciencia podía decir sobre cualquier argumento? ¿Para que podría servir el saber que el universo, igual que el hombre, era mortal? ¿y que algún día la Tierra no tendría más paisajes saturados de glorioso verde que los que tenía en este momento el cráter Tolomeo? ¿O que el Sol moriría, y que al final sólo existiría la nada... la muerte absoluta?

¡La muerte!: a pesar de todo, las veces que había pronunciado aquella palabra, su mente no lograba retenerla. Solamente la muerte sabe lo que significa morir. Y mientras tanto él estaría muerto entre nueve minutos... no, entre siete minutos y medio. Y ni él, Mikhail Andreievich, ni ningún otro había sabido explicar la razón. Un elemento defectuoso, una minúscula fractura ni siquiera reportada, fueron quizás las que determinaron el desastre. Pero también aquello constituía lo que se entiende por entropía.

Mikhail Andreievich continuó a caminar por el cráter, alejándose de la nave que le había traicionado, las piernas algo dobladas dentro del traje espacial inflado, que le daba cierta apariencia de un jugador de fútbol americano que estaba dejando la cancha herido, esforzándose para no permitir que ni una sola lágrima pudiese rebosar la copa llena de su dolor. El astronauta recogió el último contenedor de polvo y emprendió el regreso con la red llena de muestras hacia la nave. Dentro del casco la radio gimió para llamar su atención.

Seis minutos.

"Y, ¿si aguanto la respiración..?", pensó.

Tomó los contenedores de la red y los vació uno por uno sobre las botas de su traje espacial de color amarillo brillante. El polvo lunar volvió a caer al suelo como si hubiese sido una roca, sin ninguna muestra de movimiento dulce y coloidal. ¡Un gesto inútil! Mikhail miró hacia oriente donde la Tierra naciente descansaba suspendida en el horizonte.

En aquel instante Rusia se extendía en la zona de sombra, en la cual todavía reinaba la noche. Allí tampoco había nada, todo el espacio estaba vacío y la Tierra era tan sólo una esfera que rotaba en aquella inmensidad, la Luna otra esfera y lo mismo el Sol y los cúmulos estelares de gases incandescentes. ¡Y pensar en todo aquel infinito..! ¡Y pensar que él iba a morir porque no tendría más oxigeno para alimentar sus glóbulos rojos!

Y pensar que...

Pero no había tiempo para pensar en nada. Pronto..., muy pronto dejaría de pensar total y absolutamente.

La radio continuó zumbando.

Las moscas siempre zumban sobre un cadáver. Pero no podían existir moscas en la Luna, pues no existe atmósfera. Y tampoco podía existir en ella otro tipo de vida. Todas aquellas lindas historias, todos aquellos hermosos cuentos carecían de toda veracidad... pues en la Luna no podía existir nada. Ni siquiera su misma vida... su misma deliciosa historia.

Se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración. La estúpida bestia escondida debajo de la parte consciente de su mente creía todavía en aquella posibilidad de salvación. ¡Pobre criatura primaria! ¡Igual que su madre..! La recordaba mientras besaba una imagen sagrada con su último suspiro, cuando sus ojos grises e inteligentes confesaban que no creían en la existencia de otra vida... Los labios creían, los ojos no.

Activó el comunicador con la lengua.

—¿Sí? —dijo.

—Ah, Mikhail, ¡estábamos preocupados! Creíamos... —el agradable tono de contralto de Tania era claramente reconocible a pesar de los casi 45.000 kilómetros que los separaban.

—No... no todavía.

—Hemos descubierto cuál fue el origen del problema. Es lo que Dimitri había sostenido desde el comienzo, la activación del sistema de alimentación de la tercera etapa no estaba sincronizado con...

—¡Por favor, Tania! ¿de qué me sirve saberlo? —su énfasis significaba que todavía estaba allí, después de todo... ¿había algo que hubiese resultado útil saber?

Hubo un silencio antes de que Tania continuase a hablar. El cambio de su tono de voz hacía intuir que había estado llorando.

—Aquí estamos todos convencidos que tu comportamiento ha sido verdaderamente... —una interferencia cubrió las últimas palabras.

—¿Soy muy valiente? —preguntó Mikhail interpretando la interferencia de la radio—. ¿Se debe ser valientes para comer y beber mientras hay alimentos? ¿Es necesario ser valiente para respirar? Mi valor sólo consiste en eso.

—¿Qué dijiste, Mikhail..? Te perdimos por un momento.

—Nada.

—Anastasia quiere decirte que te ama, Mikhail.

Cuatro minutos

—Dile que yo también la amo —apagó con la lengua el comunicador y pensó cómo aquel gesto se parecía a un beso, y sin embargo, ¡qué diferente era!

No, no estaba muriendo por la Ciencia, porque la Ciencia no representa una buena razón para morir.

 

2

¡Vé, consejera vil! Desde este día
Te arranco para siempre de mi pecho
Voyme a la celda, a remediar mi suerte;
Si todo falta, aun quedará la muerte.
(Romeo y Julieta,
Shakespeare)

Estaba muriendo por amor

¿No se repetía constantemente, durante aquel verano, ya lejano en el tiempo, que ahora podría morir sin añoranzas, que cualquier otra cosa sería superflua? ¿Y no era acaso maravillosamente bella su Anastasia? La piel tersa como la superficie de una pera perfecta, aquella sonrisa dulce apenas insinuada, el perfume a heno de sus cabellos dorados, los horizontes infinitos de sus ojos grises. El solo recuerdo de Anastasia, el calor todavía vivo de aquel verano, ¿no eran acaso suficientes para justificar toda su existencia?

Pero todo eso ya había pasado, objetó Mikhail para sí, y... es parte de ese pasado.

Era verdad. Tratar de impedir que la belleza o el amor pasen, equivale a tratar de impedir que la Tierra rote sobre sí misma. El amor pasa con los años..., o en el espacio de una sola noche... pero pasa. No existía belleza, nobleza, ninguna riqueza humana que no fuese efímera. Existe una entropía del espíritu así como hay una para el mundo. Igual que su cuerpo, una vez sólido, también el carácter de Anastasia se había aflojado por falta de ejercicio. Para Anastasia, como para la mayor parte de la gente, la muerte no llegaba de sopetón, sino gradualmente... ¿Amor..? No, a estas alturas no quedaba ni siquiera eso.

Y sin embargo la hierba se veía tan verde en aquel verano. Parecía que el Sol volcaba sobre el mundo torrentes de vida líquida.

Levantaba las pacas de heno, trabajando al lado de Anastasia... hacía mucho calor... había olvidado todo, incluso sus obligaciones universitarias... Había olvidado todo excepto sus cuerpos y la sensación que los invadía... el amor... y luego el tiempo había transcurrido dulcemente y la cúpula negra de los cielos se había convertido en una tela sobre la cual tejían sus delicias personales. Ah, sí... ¡un verdadero idilio!

¡Pero había pasado tanto tiempo!

Ahora los campos en los cuales habían trabajado juntos estaban envueltos en la cobija del invierno, y, si aquella tierra no se hubiese encontrado entre las extremidades del disco naciente en este momento, hubiera podido verla resplandecer como la parte septentrional de la Europa que estaba recibiendo el sol de la mañana.

La Tierra moría cada año, pero luego de una estación de frío surgía a una nueva vida. El invierno de Mikhail, por el contrario, no pasaría... pero ¿qué importaba? ¿De todas maneras no podía descansar feliz, con el recuerdo de aquel único verano, del hermoso destello de aquel rayo de sol, de aquel único beso? ¿Qué cosas nuevas hubiese podido aportar la repetición de todo aquello que ya había poseído?

¡Palabras!, palabras incapaces de aportar algún consuelo.

—Anastasia —susurró con la voz que le dolía por la añoranza y también, ¿por que negarlo?, por la envidia. Porque ella se quedaría mientras él moriría.

Un minuto y medio

El comunicador seguía zumbando.

¡Si sólo hubiese logrado morir con una explosión de gloria, con el glorioso martirio de una larva que se transforma en espléndida mariposa, en lugar de sobrevivir por una semana, y luego por otra, sólo para asistir al lento extinguirse de toda magnanimidad... de todo el amor.

No... no estaba muriendo por amor, porque el amor no es una buena razón para morir.

 

3

Al combate corred, bayameses,
Que la patria os contempla orgullosa,
No temáis una muerte gloriosa
Que morir por la patria es vivir.
(Himno nacional de Cuba)

Estaba muriendo por el Estado

La Ciencia es impersonal. El amor muere antes que los amantes. "¡Pero existen los ideales!", se dijo Mikhail, "que poseen la autoridad de la primera sin abandonar la esencia del segundo". Él era, como debe ser cada astronauta, una suerte de patriota, y en cierto sentido hasta un fanático. Desde los dieciocho años era miembro del Partido, lo cual no era en absoluto una cosa común para un estudiante que exhiba un currículum de excelencia en física y matemática.

Mikhail creía, casi con un fervor religioso, en el futuro de su patria, en su destino. Estaba orgulloso (¿y cuál ciudadano ruso no lo estaría?) de todo lo que Rusia había logrado en cinco decenios tan controversiales, a pesar de todas las fuerzas desplegadas en contra de ella, fuerzas tan imponentes que, ni siquiera ahora, mientras observaba el globo verde que se elevaba en el horizonte lunar, podía evitar reprimir una vaga sensación de paranoia... A pesar de todo eso, a pesar de todo aquello que "los otros" habían intentado hacer, había sido Rusia, su Rusia, la que había llegado primero a la Luna y colocado en ella a un ser humano.

Pero nadie llegaría jamás a saber que aquel hombre se llamaba Mikhail Andreievich Karkhov. Se había, en efecto, tomado la decisión de no dar a conocer la noticia del gran golpe de la Unión Soviética, hasta lograr el feliz regreso a la Tierra. Un eventual fracaso no se daría a conocer, porque no hubiese sido conveniente para el interés nacional la divulgación de un fracaso. ¿Y no era acaso el interés nacional también el interés de Mikhail?

Y sin embargo a él le hubiese gustado que el mundo lo supiese... ¡Claro, se trataba de una pequeña debilidad!

La mayoría de los mártires de la Revolución, o de Stalingrado, ¿no habían muerto acaso de manera oscura? ¿El sacrificio de esos heroicos camaradas era acaso menos válido sólo porque sus nombres se habían perdido? Mikhail hubiese querido decir no, pero sus labios quedaron cerrados.

¿Qué hubiese sucedido de haberlo logrado? ¿Qué sucedería si se hubiese convertido en héroe..? La realidad de la muerte no habría cambiado, como no habría cambiado la constatación que frente a la muerte nada es glorioso, nada es fuente de orgullo, nada vale más que todavía un poco de vida, aunque fuesen pocos segundos, incluso un solo suspiro.

No..., a pesar de que Mikhail lo deseaba, no estaba muriendo por el Estado.

El oxígeno se había agotado. Mikhail miró por última vez a la Tierra sin comprender, luego, ignorando el zumbido del comunicador, aflojó los tornillos que fijaban la visera del casco, y lo abrió.

Murió y, aunque ya no lo sabría nunca, no existe una buena razón para morir.

 


       

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