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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 80
18 de octubre
de 1999
Cagua, Venezuela

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Cómo se aprende a escribir
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La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras de la Tierra de Letras

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El papiro amarillo

Juan Planas

Cuando el palanquín llegó a la plaza del templo de Isis, Gazet corrió un poco la cortina que lo amparaba del sol y observó el exterior.

"La sombra del obelisco ya toca la esfinge vieja. ¡Qué tarde se me hizo!" —pensó. Con todo, no se impacientó; aunque hubiese querido llegar temprano a su oficina, era una buena ocasión de pescar al personal holgazaneando. Cada tanto, había que poner a la gente en vereda.

Faltaban cuatro cuadras para llegar a destino cuando Gazet ordenó a sus esclavos que lo dejaran allí.

—Y vayan derecho y sin distraerse por el camino... En casa hay mucho trabajo. Pasarán a buscarme a la hora de siempre —los conminó.

El ejercicio lo puso de buen talante. "Si todos los días hiciera el viaje andando, a lo mejor bajaría la barriga y mi mujer no me haría reproches porque estoy tan gordo", reflexionó. "Y, además, los esclavos podrían ocuparse en otras tareas. Dos horas por jornada, en veinticinco días son cincuenta horas por cabeza. Los cuatro esclavos juntos representan doscientas horas adicionales en un mes. Es como para pensarlo".

Pronto llegó a una casa de aspecto más bien sórdido. Mecánicamente, miró los jeroglíficos pintados en la pared. Aunque el letrero estaba un tanto descolorido por el fuerte sol de Menfis, podía leerse:

    GAZET Y CIA.
    EDITORES

El buen talante de Gazet se disipó cuando, al entrar, vio que el cuadro que ofrecían sus empleados era peor de lo que había imaginado. No sólo estaban descuidando las tareas y charlaban animadamente, sino que algunos se habían puesto a jugar a los dados mientras bebían cerveza en grandes jarros. Uno de los escribas, Chub, había hecho un hábil dibujo que representaba a Gazet contando monedas y con una panza desmesurada y lo estaba enseñando a sus compañeros. Esto último acabó de exasperar al editor.

—¡Qué vergüenza! ¡Uno no puede dejar al personal solo dos minutos sin que los señoritos abandonen el trabajo! ¡Cualquiera diría que estamos en una taberna! ¡Por Osiris, que esto no va a quedar así!

Aunque los escribas corrieron atropelladamente a sus puestos cuando vieron que había llegado el amo, Gazet tomó la vara con que corregía al personal y durante un buen rato fustigó las espaldas de los culpables. En honor a la verdad, el editor se valió de un junco flexible y ligero, que silbaba al bajar rápidamente pero sin dañar al reo. Gazet consideraba necios a los amos que estropeaban al personal queriendo corregirlo.

Ya restablecido el orden natural, se encaminaba a su despacho cuando, apoyado contra una pared, advirtió un gran bulto.

—¿Y esto? ¿Qué hace aquí? —preguntó—. ¡Kitab! ¡Ven rápido!

—Es el cargamento de papiro que trajo el proveedor esta mañana, a primera hora, señor Gazet —explicó el aludido.

—Lo devolveré —contestó malhumoradamente el editor—. Estos imbéciles se equivocaron y me han enviado una cantidad como para tres años. Y para colmo, es de lo más ordinario. Es el mismo papiro que utilizan los verduleros en el mercado para indicar los precios. ¡Es más amarillo que una banana madura! Ninguna funeraria me aceptaría esta porquería.

La última frase de Gazet requiere una explicación. Como el lector sin duda recuerda, los egipcios incluían en el ajuar de su última morada un escrito, conocido como Libro de los muertos, que les servía de alegato cuando debían comparecer ante los dioses. Por desgracia, la venta de los libros corrientes había descendido en tal medida que la editorial que tan diligentemente gobernaba Gazet tuvo que optar por la venta asegurada, aunque lenta, que garantizaban estos fúnebres textos.

Justamente en ese momento, llegó uno de los clientes habituales de la casa, con un pedido más que aceptable, si consideramos el movimiento comercial a que estaba acostumbrado Gazet: cinco ejemplares de segunda y siete de tercera.

—Parece que mejoran los negocios... —comentó de buen humor con el cliente.

—No mucho... A veces llegan varios en un día, y luego pasan semanas sin que venga trabajo —replicó el de la funeraria.

Como los libros ya estaban preparados, faltando sólo llenar los espacios en blanco con el nombre del difunto y la fecha del fallecimiento, el editor pudo informar que los ejemplares estarían listos por la tarde. En cuanto se retiró el cliente, Gazet increpó a Lerbil, uno de los escribas.

—¿Qué estabas contándole a Obok mientras yo atendía al de la funeraria? —preguntó con severidad—. Seguro que era una de esas historias de robos y asesinatos que traes de tu barrio.

—Pues... sí, señor Gazet... —contestó el escriba—. Imagínese que el novio de la hija del panadero que vive a una cuadra de mi casa encontró a la chica con otro, y se puso furioso como un loco, y fue a su casa, y volvió con un cuchillo y los degolló a los dos y luego se clavó el cuchillo él mismo, y ahora está muy mal... claro que, si se salva, de todos modos lo condenarán a muerte por lo que hizo... No se imagina usted, señor Gazet, el charco de sangre que...

—Suficiente. Yo te pago un salario para que trabajes y no para que entretengas a tus compañeros con historias que sólo pueden tener interés para la policía. Vuelve a tu puesto —cortó el editor.

—Señor Gazet... quería decirle algo —Vellir, otro de los escribas, se acercó al editor.

—¿Sí? Te escucho —contestó Gazet.

—Hoy es el primer día de luna nueva después de la resurrección de Osiris. Pensé que tal vez sería conveniente que tuviéramos asueto; dicen que trae mala suerte trabajar los días que...

—¡Tonterías! —lo interrumpió bruscamente Gazet—. Si no hubiésemos trabajado hoy, el cliente que nos compró doce libros habría ido a cualquier otro que estuviese abierto. Lo que tenemos que hacer es trabajar más. Sería bueno, Vellir, que te ocuparas menos de la astrología y más de tus obligaciones.

Tras este nuevo episodio, Gazet estuvo un rato cavilando en los tiempos que corrían. Cuando él era un escriba a sueldo, pobre de quien fuera a pedir un día de fiesta porque sí, y menos después de que lo hubieran pescado jaraneando en la oficina. Decididamente, las cosas ya no andaban como antes.

Tras concluir sus meditaciones con un suspiro, empezó a redactar el borrador del memorial que los editores elevarían al faraón. Gazet estuvo una hora escribiendo, corrigiendo, volviendo a escribir y corregir. Cuando acabó el borrador, juzgó que estaba bastante bien y sintió cierto orgullo. Por algo la Cámara del Libro le confiaba siempre esas redacciones. Dado que el memorial tenía mucho que ver con los negocios de Gazet, vale la pena que echemos una ojeada a su contenido:

    "Muy augusto soberano, etc. [recordemos que era sólo un borrador]:

    El empeño con que los empresarios editores se han afanado siempre por proveer a los fieles súbditos de Vuestra Majestad de libros de excelente factura y a precios que los hagan accesibles a todos es tan bien conocido por V.M. que sería ocioso reiterar aquí nuestra permanente voluntad en continuar esta tarea con el entusiasmo de siempre.

    Lamentablemente, en la actualidad existen circunstancias que no sólo traban nuestros propósitos sino que amenazan la existencia misma del libro egipcio.

    Ejemplo de ello es el incremento del gravamen al papiro, que encarecerá irremediablemente el costo de los libros, lo cual perjudicará a las familias de menores ingresos.

    Contrasta esta medida con el hecho de que los libros hechos en Pérgamo o Atenas ingresan a nuestro país sin sufrir cargas impositivas. Desde luego, los editores egipcios no pretendemos que se pongan trabas fiscales a la circulación de las letras y las ciencias. Pero juzgamos razonable que se dé un trato equitativo a todos.

    La industria del libro proporciona empleo a una cantidad considerable de trabajadores que ven con inquietud etc., etc.".

Gazet enrolló el borrador. Al día siguiente se reunía la Cámara y entonces lo revisarían sus colegas. Decidió que era tiempo de tomarse un respiro, así que salió, anunciando a Kitab que volvía en seguida. Con las reprimendas y la azotaina de esa mañana, los escribas no tendrían ganas de bromear durante algún tiempo.

Se sentó a una mesa de la taberna de Sidonio, próxima a la editorial. Ofir, la bonita camarera, se acercó con una jarra de vino de Chipre que ya estaba preparada, de lo cual podemos deducir que Gazet era un parroquiano asiduo.

—Muy buenos días, señor Gazet —dijo gentilmente la camarera. Como siempre, el pulso del editor se aceleró bastante cuando recibió el saludo de Ofir.

—Muy buenos, ahora que te veo, preciosa. ¿Cómo va todo? —contestó.

—Bien. ¿Se enteró de la novedad? Hace un rato vino un parroquiano y nos contó que se fugó Kaleoptris —preguntó Ofir.

—¡No me digas! ¡Esto sí que es una novedad! ¿Por qué no te sientas conmigo y me cuentas? —la verdad es que Gazet no tenía ningún interés en la fuga de Kaleoptris.

—Bueno... porque es usted, señor Gazet, que es un hombre tan serio. Ya sabe que al patrón no le gusta que me entretenga con los clientes —respondió Ofir.

—Claro, claro. Pero cuéntame.

—Sí, señor Gazet. Sucede que Kaleoptris, la bailarina que era la gran atracción del Teatro del Puerto se fugó con un empresario naviero. Y su amo, Tipufar, está desesperado, porque la gente venía sólo para ver a Kaleoptris y ahora se le derrumba el negocio.

—No tiene más que acudir a la justicia para que le devuelvan a la esclava y castiguen al naviero —observó Gazet.

—Es que se escaparon a Alejandría, donde él tiene amigos muy influyentes. Tipufar ya da el caso por perdido —explicó la camarera.

—Entonces tendrá que buscar otra bailarina —comentó displicentemente el editor, que había tomado una de las manos de Ofir, aparentemente para examinar mejor una de las sortijas que lucía la camarera.

La intervención del dueño de la taberna puso fin a la plática. Ofir debió dejar la mesa de Gazet.

—Esta chica siempre está perdiendo el tiempo con sus historias de actores y bailarinas. Ojalá que no lo haya cansado con sus chismes, señor Gazet —dijo el tabernero.

—No, de ningún modo. Es una chica muy simpática —respondió el editor, mientras seguía con la mirada el cadencioso paso de la camarera. Poco después, pagó la consumición y se fue.

Cuando regresó a la editorial, se encontró con que lo estaban esperando su esposa y Kefer, hermano de aquélla y funcionario de menor cuantía en los tribunales.

—¿Dónde estabas, querido? —preguntó la esposa de Gazet—. Bueno, no importa. Estoy de paso. Vine acompañando a Kefer, que volvió esta mañana de Alejandría. Ahora voy al mercado. Esta noche tenemos ganso a la cartaginesa para cenar.

—¿Y cómo es el ganso a la cartaginesa? —preguntó Gazet.

—¿Te acuerdas de cómo es el pato a la Luxor? En vez del azafrán, se pone un poco de pimienta negra, se unta todo el ganso con aceite y...

—¡Está bien! ¡Está bien! No me expliques todo el proceso. Estoy seguro de que será exquisito. ¿Cenarás con nosotros, Kefer? —Gazet disfrutaba con los excelentes platos de su mujer, pero no soportaba las explicaciones culinarias.

—Ya está invitado. Bueno, me voy —se despidió la esposa de Gazet.

—¿Te fue bien en el viaje? —preguntó el editor a su cuñado.

—Perfectamente. ¿Las cosas van bien por aquí? —contestó éste.

—Más o menos como siempre. Ahora estaba terminando el memorial que firmaremos en la Cámara del Libro para protestar por el nuevo impuesto al papiro.

—¡Pero si ese impuesto ha sido dejado sin efecto! —exclamó Kefer.

—¡No me digas! Ésa sí que es una buena noticia. ¡Y yo que no sabía nada! —contestó Gazet.

—Me encontré esta mañana con Dolanor y me lo comentó.

—Seguramente, Dolanor estaría contento. El otro día nos decía en la Cámara que si nos aplicaban el impuesto tendría que cerrar su editorial. ¡Pobre tipo! Aunque es bastante chambón como editor, le tengo estima —respondió Gazet.

—No se lo veía muy contento. Dijo que los negocios iban muy mal de todos modos, y que tendría que empezar a hacer Libros de los muertos —contestó Kefer.

El rostro de Gazet se ensombreció ante la noticia. Lo menos que deseaba era que aumentase el número de competidores.

—Dentro de poco, vamos a ser más los que haremos Libros de los muertos que la gente que se muera. El gobierno debería restringir el número de editores que hacen esos libros. Terminaremos todos fundidos —Gazet no recordaba, probablemente, que lo mismo habían dicho otros cuando él decidió agregarse al número de quienes editaban la fúnebre obra.

—Dentro de unos meses, tendrás algo más de trabajo. En Alejandría me dijeron que iban a mandar una expedición militar contra Libia —dijo Kefer.

—Lo ignoraba. Pero si es una campaña corta, es lo mismo que nada. Caerán cien o doscientos de Menfis, a lo sumo, y en total venderé diez o doce ejemplares. Claro, algo es algo —respondió resignadamente el editor.

—¿No pudiste pescar nada del subsidio para las bibliotecas de los templos?

—¿Qué es eso? —preguntó Gazet, abriendo mucho los ojos.

—Hace dos semanas oí algo en Alejandría. El faraón dispuso un subsidio bastante gordo para que los templos de Ra compren o encarguen los libros que les hagan falta —explicó Kefer.

—¡Y estos burros de la Cámara no saben nada! Ya mismo me pondré en campaña. Quién sabe si no saco una buena tajada —exclamó Gazet.

—Que tengas suerte —contestó Kefer.

—Gracias. Tendré que ponerme en contacto con los sacerdotes. Posiblemente en las funerarias que me compran los libros me digan cómo puedo conectarme con el templo. Claro que tendré que sobornar a alguien —suspiró Gazet.

—Uno se pierde muchos negocios porque le falta la información necesaria. O si no, cuando la información llega ya no nos sirve. ¿Te has fijado en eso, cuñado? —preguntó Kefer.

—Es verdad. Si uno tuviera toda la información que le hace falta, y a tiempo, podría hacer mejores negocios. Pero la única manera de mantenerse bien informado es andar todo el día por la calle para hablar con gente. Y, luego, pasarse dos o tres horas de la noche leyendo cartas o contestándolas. Y entonces a uno no le queda tiempo para su trabajo. De modo que lo de la información es un callejón sin salida —concluyó Gazet.

—Uno puede comprar fruta, ropa o lo que sea. Pero en ningún lado te venden noticias —asintió Kefer—. De todos modos, no eres el único que se queja por eso.

—Es cierto. Los demás editores también tienen el mismo problema; otro tanto les pasa a todos los comerciantes —dijo Gazet.

—No sólo a los comerciantes; lo mismo les ocurre a los agricultores, a los sacerdotes... prácticamente todo el mundo necesitaría estar al tanto de los acontecimientos, pero no hay manera —respondió Kefer.

—Claro, claro...

Gazet se puso de pie y comenzó a pasear por el despacho, con las manos entrelazadas por detrás y un aire concentrado. Tras dar cuatro o cinco vueltas, pasó a la oficina de los escribas. Éstos, por las dudas, se inclinaron un poco más sobre sus faenas, pero Gazet ni siquiera los miró. Se detuvo frente al bulto de papiro amarillo, que todavía estaba tirado en un rincón y sacó uno de los rollos, que se puso examinar con interés.

—Mañana pasará el empleado del proveedor y le avisaremos, señor Gazet —dijo, previendo otra explosión de ira de su patrón, el escriba Kitab.

—No importa... luego veremos —contestó Gazet.

—¿Te preocupa algo? —preguntó Kefer.

—Estoy pensando que, habiendo tanta gente que necesita enterarse de las noticias, bien podría ser negocio vendérselas.

—¿De que manera? —pregunto, sorprendido, Kefer.

—Por ejemplo, si pusiera un empleado que fuera a preguntar a los tribunales, al mercado de cereales y a todos los sitios donde se puede recoger información útil, y contratara a algunas personas de otras ciudades para que me escribieran las novedades de interés, podría publicar cada tanto —semanalmente, todos los días, no sé— un resumen de los hechos principales.

—No sé... Nunca se hizo nada parecido —contestó Kefer dubitativamente.

—No, por cierto. Y también se podrían incluir cosas que interesaran a las mujeres; por ejemplo, recetas de cocina, o chismes del mundo del espectáculo —Gazet pensaba en su legítima esposa y en Ofir.

—Tendrías que emplear un número muy grande de escribas. Piensa también en el precio de los rollos —objetó Kefer.

—El resumen no debería ser muy extenso, de modo que un escriba haría, digamos, un promedio de cuatro ejemplares por jornada. Los cinco escribas producirían, entonces, veinte ejemplares diarios. Si la publicación fuese semanal, tendríamos una edición de ciento veinte ejemplares.

—¡Ciento veinte ejemplares por semana! ¡Qué edición fenomenal! ¿Crees que vendrá tanta gente a tu editorial? —exclamó Kefer.

—Me parece mejor pagar a unos muchachos para que los vendan en los sitios donde se junta la gente. Y no utilizaría el papiro fino que se destina a los libros. Para una publicación periódica se podría emplear un material económico como éste —continuó Gazet, mostrándole a su cuñado el rollo de papiro amarillo.

Kefer examinó unos instantes el rollo y respondió:

—Sí, de este modo los costos bajarían bastante. ¿Sabes lo que se me ocurre? A lo mejor, convenzo a algún funcionario para que den a conocer en tu resumen de noticias el texto de todos los edictos de los jueces. Desde luego, tendrías que convenir una tarifa apropiada.

—Eso sí que sería bueno. Desde luego, si lo consigues te pasaré una comisión. Y, ahora que lo pienso, tal vez los particulares pagarían por publicarles anuncios; por ejemplo: "La cerveza de Sidonio es la que más refresca".

—Podría ser una buena idea. En una de ésas, tal vez recaudarás más por la publicación de anuncios y de edictos que por la venta de ejemplares. En fin, ya que estás decidido, tendrás que pensar en el nombre que le pondrás a tu publicación.

—Es verdad. ¿Que te parece algo así como El compendio de sucesos recientes de interés general? —dijo Gazet.

—Demasiado largo. ¿Quieres que te diga un nombre breve y que suena novedoso? —preguntó Setoc.

—Te escucho.

—La Gazeta.

* * *

Ahora, amigo lector, tú y yo podemos sonreír con indulgencia cuando leemos por ahí que los primeros periódicos aparecieron en el siglo XVII o XVIII en Ambères o donde sea, porque nosotros sí sabemos cómo ocurrieron las cosas.

Y ya que estás enterado de los orígenes reales del periodismo, no podrás dejar de advertir cómo han perdurado muchas de las cosas que, de un modo u otro, tuvieron su origen en la casa de Gazet:

Los horóscopos que aparecen en los diarios de nuestra época y las noticias de policía, ¿no hacen presumir que los escribas Vellir y Lerbil fueron ascendidos a redactores?

Las historietas que ilustran la última página de nuestros periódicos tuvieron su origen, sin duda, en el travieso Chub. Casi seguro que la encantadora Ofir colaboró en la redacción, y por eso tenemos secciones enteras de espectáculos. Pero Gazet no descuidó a su esposa, y por eso encontramos recetas de cocina en las páginas de nuestros diarios.

Los periodistas de hoy, como los escribas de Gazet, no desdeñan la cerveza y otras bebidas; éste es otro vestigio arqueológico digno de consideración.

Los avisos fúnebres y las noticias necrológicas son la consecuencia evidente de haberse dedicado Gazet y sus colaboradores, durante tantos años, a publicar Libros de los muertos. Era inevitable.

Lo que no sé es si nuestra "prensa amarilla" tiene alguna relación con aquel papiro económico que utilizó Gazet. ¿Tú que opinas, amigo lector?


       

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