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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 80
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El cómplice

Enrique Coll Barrios

Se enfrentó, como de costumbre en las mañanas, al espejo inmenso que está detrás de la puerta de su alcoba. De nuevo dejó caer la bata, como todas las mañanas, dejó que la bata descubriera su desnudez.

Algunas veces él despertaba y con un ojo abierto también la observaba.

Como todas las mañanas, al levantarse corría las persianas tan sólo una cuarta; la luz la penetraba poco a poco y poco a poco recorría su cuerpo cubierto. Lentamente caminaba hacia el espejo que siempre a esa hora la esperaba. De frente entre ella y ella despacio se tocaba; se rociaba con sus manos de su cuerpo, buscaba con cierta ligereza las arrugas que delataban la presencia de sus años. Rutina, desesperada rutina su cara acariciaba con ambas manos de la frente a la mejilla, del pómulo al otro pómulo; levantaba los brazos y sus senos corrían hacia arriba. Era el espejo quien la observaba. Es ella quien confidente se asombraba. Bajó los brazos lentamente y su mano derecha tocó la punta de su seno izquierdo, bajó la mano izquierda y rozó con delicadeza su pezón derecho. Bajó los ojos para mirar su vientre protuberante, nada delgado, poco estrecho.

—La edad, la edad —le decía el espejo.

Dio dos pasos al frente para descubrir cómo su piel colgaba debajo de sus brazos, cómo las ojeras de la mañana mostraban ahora en presencia silente que las arrugas le señalaban los años.

Tomó con fuerza sus pechos hasta que una lágrima le gritó que se detuviera. Bajó su mano hasta su pubis, sintió que se excitaba.

—Continúa, continúa —le gritaba el espejo.

Retrocedió sujeta a su pubis. Lo miró, pero no se fijó que la miraba. Se volvió a mirar, cerró los ojos y un suspiro casi la delata. Abrió su boca, besó su mano, tocó de nuevo su seno, se agachó, sus piernas respondieron de inmediato al reto de volverse a levantar, se agachó de nuevo, pero ya sus piernas la dejaron como está.

Introdujo el dedo en su boca y agachada buscó lo más profundo de su ser.

Él tan sólo la observaba.

—Ha pasado mucho tiempo, mucho tiempo —el espejo le recordaba.

Sí, mucho tiempo, mucho, mucho tiempo.

Erguida ahora, recorrió de nuevo con su mirada a través del espejo el cuerpo que la vida sencillamente le había prestado.

Un paso atrás, un giro para descubrir sus nalgas ahora caídas.

—Qué de tiempos aquellos —le recordó el espejo.

Abrazó su cuerpo, vio cómo sus manos acariciaban su espalda. Con cierto temor acarició también sus nalgas.

De repente se iluminó la habitación. Era él quien la llamaba.

Dejó las caricias, tomó su bata, caminó franca hacia la cama; él cerró las cortinas de nuevo; ella, desnuda y acostada lo esperaba.

Él se acerca por el otro lado de la cama, la besa tiernamente en los labios, se acuesta a su lado, cierra los ojos. Hasta la mañana siguiente.

    Noviembre de 1997


       

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