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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 80
18 de octubre
de 1999
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Pastando

Rubén Rojas Moguel


I

Aunque algunos pensaban que estaba loca, Valeria sabía su única locura fue nacer en un lugar tan poco cuerdo, que en lugar de libros los niños leían pensamientos. Pero eso de hablar con animales Valeria no lo aprendió de nadie, fue mérito propio, tan propio, que cuando llegó el pueblo pensó que habitaban fantasmas en su cabeza o que, como ya les dije, estaba loca.

En cambio, Cien Nombres, que nunca supo su nombre y sin embargo tuvo tantos como habitantes el pueblo, siempre fue para todo muy normal, tan normal como que una vaca no haga otra cosa que andar pastando; por eso el día que Valeria y Cien Nombres se descubrieron la vaca tenía los ojos dormidos, y aunque Valeria le puso una mano en la frente, la vaca no abrió los ojos. Continuó mordiendo hierba, mas curiosa como la niña que era, Valeria tomó la decisión de leer sus pensamientos como lo haría con cualquier libro:

"En poco tiempo él vendrá, en la mano izquierda va a traer un cubo y en la derecha un banquito, colgado de su cuello un pañuelo rojo y sobre su cabello, un sombrero de palma. Cuando llegue querrá que me enderece pero mientras todo eso pasa permaneceré así, con el pasto debajo y la hierba fresca y llena de rocío entre los dientes. Se siente bien. Pero cuando llegue me sobará el lomo y tal vez hasta sonría antes de decir: Anda vaquita, dame un vaso de leche, solamente un vasito.

Yo protestaré con un mugido y me espantaré los insectos con movimientos lentos y vertiginosos del rabo. Ojalá él también fuera un insecto. Luego va a acomodar el banquito y empezará a apretar, primero despacio y luego con mayor fuerza, seguirá apretando hasta que por fin vea salir el líquido, entonces José lo vaciará en varios botes grises. Cuando los llene se montará en esa cosa que no sé qué puede ser, y se los llevará. Le he preguntado a otras vacas pero ellas tampoco saben. Dicen que tal vez las que siempre están junto al roble sepan algo. Hace un rato que estoy sintiendo y tampoco sé por qué, una mano que no creo que sea la de José. No quiero saber de quién es. Me gusta esta tranquilidad hallada y no la quiero perder. No quiero abrir los ojos".

"Perdón", dijo Valeria: "no sabía que querías estar sola". Cien Nombres abrió los ojos para ver la voz pero cuando vio a Valeria no lo podía creer. Pensó que soñaba. Había escuchado voces de otros animales mas nunca de una niña que se hiciera entender. Cien Nombres se puso en patas algo confundida pero ya no tuvo tiempo de hacer más. José estaba a su lado: "Es mi favorita. Da dieciséis litros por mañana". Pero Valeria no escuchó. Pensaba que la próxima vez que leyera los pensamientos de Cien Nombres lo tendría que hacer de lejos, pues no pretendía molestarle nuevamente.


II

"Ayer me acerqué a una de ellas que dijo que lo llaman carro; también dice que el nombre no importa tanto, lo que interesa es el uso que le dan. Bull, tal vez porque es un toro ya grande, me ha explicado algunas cosas. Que esos carros sólo cobran vida cuando el hombre se monta en ellos, y que los círculos que he visto son como sus patas, los usan para caminar y una vez que giran ya no paran, giran y giran y giran hasta que el carro desaparece.

Algunas noches puedo sentir cómo sus ojos se encienden y cierran los míos. A veces, cuando José la monta, la cosa ruge, casi todas nos asustamos y queremos salir corriendo, pero un poco después el ruido se va callando y con él nuestro temor. También he visto cómo saca humo, es como si algo se estuviera quemando dentro de la cosa. Melva, una vaca que parece también ya tiene sus años, dice que el rugido que se escucha cuando José se monta en la cosa son los rugidos de las almas de las vacas que el carro se ha tragado, y que el humo que en ocasiones veo, son las cenizas de sus huesos. Desde entonces he estado soñando con un carro que abre la boca y viene hasta donde estoy. Todo lo que va tocando en su camino desaparece entre sus dientes. Se oye un ruido sordo, y cuando ya no queda nada entre él y yo, el carro abre sus ojos y me deja ciega con su luz.

Cuando Bull se enteró me dijo que no me asustase, que Melva me tiene envidia porque soy mejor que ella y por eso dice eso, que José ni su carro se atreverían a hacerme daño porque me necesitan para alimentarse. Que soy la que le entrega más líquido y dinero de todas. Yo le digo que yo no le doy nada, que él me lo arrebata, que si por mí fuera José y su carro ya se hubieran muerto... pero ni siquiera sé qué es la muerte. A veces he tratado de imaginármela pero hay cosas para las que la imaginación de nada sirve.

Unos dicen que es cuando la carne desaparece, te llenas de gusanos o los pájaros negros vuelan sobre ti y de ti no quedan sino huesos.

Otros dicen que es cuando a ese pedacito de eternidad que todos llevamos entre la carne y los huesos le salen alas y no se para hasta llegar a un campo más verde que nada y más hermoso que todo, y se pone a pastar.

Yo no sé qué es la muerte, pero en todo caso cuando deseo que José y su carro se mueran, lo que digo (lo que quiero decir) es que ojalá desaparecieran, después de todo, eso también es la muerte: desaparecer".


III

"He hablado con esa niña que llaman Valeria. Le conté algunas cosas y otras dice que las ha leído en cierta parte de mi cabeza. He tratado de leer algo en la suya pero es muy pequeña, no tiene letras, y aunque tuviera, yo no sé leer.

Ella tampoco sabe nada de la muerte pero dice que debe de ser algo tan importante y serio para que hasta una vaca piense en ella. También me dijo algo de una cosa que nombró amor y de algo así como que José mata a los toros y a las vacas que no le sirven para vender su carne. Cuando se dio cuenta de que estaba hablando con una vaca se arrepintió. Dijo que era un chisme, un rumor, que no era seguro... pero por la forma en que sonaba su voz supe que estaba mintiendo. Por alguna razón, desde entonces ya no me siento la misma ni doy los dieciséis litros que José exige por día".


IV

"Desde la última vez que hablé con Cien Nombres me ha dado por pensar, y con razón, que hice mal. He intentando desdecirme pero la vaca no me creyó. Trato de contarle otras cosas pero como que ya nada es lo mismo, ya no me cree, ni siquiera que venderán a Bull pero no por su carne sino para arar un campo vecino.

Voy a alejarme por un tiempo e intentar meterme a esa distancia en sus pensamientos. Tengo la esperanza de que las palabras que dije se le vayan borrando de la memoria y que entonces vuelva a confiar en mí. Por lo pronto, ahora que finalmente se convenció de que Bull se marcha, está triste, no hace más que juntar los recuerdos".


V

"Cuando era vaquilla lo vi por primera vez. Decían que era un semental. Tenía el cuerpo negro y duro, y los ojos brillantes, y cuando me veía, tiernos. Decían que cuando creciera yo también me volvería loca por él pero al crecer José no permitió que me tocara porque era la única que le daba dieciséis litros. No importó. Bull buscó mis ojos y encontró las palabras que me hicieron feliz; ahora ya no está y no puedo decírselo, pero lo que siento por él parece mucho eso que la niña llamó amor. No sé si nos volveremos a encontrar, si le veré, si está vivo o si algún día me tocará. Se lo quisiera decir".


VI

"Cuando estaba mi madre, recuerdo que si veía en la tele alguna serie de amor me decía que ya no viera tanto esas cosas. Que me iba a quedar bien pero bien tonta, que en la realidad nadie podría morir de amor.

Y sin embargo, ahora que veo a mi tío José queriendo matar a Cien Nombres antes de que esté vieja e inútil y pierda valor su carne o ya de plano no dé nadita de leche, veo que mi madre estaba equivocada o que de veras he quedado retonta.

Hoy le he pedido al tío por última vez que no lo haga, que su vaca sólo está enamorada, pero como para convencerlo le tuve que contar que lo sé porque he estado leyendo sus pensamientos y hablando con ella, José me acarició la cabeza como si creyera lo que dice de mí el pueblo, y aunque acabó diciendo que no lo hará por la manera en que me mira sé que miente, que mañana o pasado la va a matar, y quizá después hasta diga que a Cien Nombres le salieron unas alas pintas con las que se fue a pastar al cielo".


       

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