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La o(n)da expansiva del surrealismo

viernes 22 de noviembre de 2024
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André Breton
Breton era un poeta que trabajaba en un hospital psiquiátrico y esto lo llevó a Sigmund Freud, que estaba interesado en los sueños. Con estos elementos fue dándole forma a eso que se llamó surrealismo.

El mundo, sin darse por enterado, se ha tornado espeluznantemente surrealista. Algunas pruebas pueden servirnos para comprobarlo.

André Breton escribió: “El acto surrealista más puro consiste en bajar a la calle, revólver en mano, y disparar al azar contra la multitud tantas veces como sea posible”. Esto está escrito en el segundo Manifiesto surrealista. Ahora circulando por los laberintos surrealistas de las noticias se informa uno de que en las escuelas norteamericanas algún chico, desajustado de lo real, dispara su rifle contra sus compañeros de clase. Un neonazi en Noruega hace lo propio en un campamento juvenil; un piloto con altas dosis de depresión impacta su avión contra una montaña andina, y así infinidad de casos.

Primero fue Dadá. Nació en el año 1916 en el Cabaret Voltaire en Zúrich (Suiza). Su iniciador fue Hugo Ball, actor, poeta, cantante.

Los surrealistas hicieron suya una frase que coincidía con sus visiones sobre lo bello, como ese encuentro azaroso e inesperado de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de operaciones. La frase no era de un escritor francés, sino de un poeta nacido en una perdida provincia de Montevideo llamado Isidore Lucien Ducasse, conocido como el Conde de Lautréamont: “Es bello como la retractilidad de las garras de las aves rapaces, o también, como la incertidumbre de los movimientos musculares en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior; o mejor, como esa ratonera perpetua, siempre estirada por el animal apresado, que puede cazar sola infinidad de roedores y funciona incluso escondida bajo la paja; y sobre todo, como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas”. Para André Breton ese extraño poeta era uno de los suyos y los surrealistas lo asumieron como un hijo adoptivo y como un visionario de ese estado.

Primero fue Dadá. Nació en el año 1916 en el Cabaret Voltaire en Zúrich (Suiza). Su iniciador fue Hugo Ball, actor, poeta, cantante. Luego se unirían Marcel Janco, Richard Hülsenbeck y el rumano Tristan Tzara, que le proporcionaría cuerpo y sentido lúdico al movimiento. Tzara, en el manifiesto de 1918, escribe:

DADÁ NO SIGNIFICA NADA. Si a uno le parece fútil y si uno no pierde el tiempo con una palabra que no significa nada... El primer pensamiento que revolotea en esas cabezas es de índole bacteriológica: hallar su origen etimológico, histórico o psicológico, por lo menos. Por los diarios se entera uno de que a la cola de una vaca santa los negros Krou la llaman: DADÁ. El cubo y la madre en cierto lugar de Italia: DADÁ. Un caballo de madera, la nodriza, doble afirmación en ruso y en rumano: DADÁ. Hay sabios periodistas que ven en esto un arte para los críos, y otros santos jesúsllamandoalosniñitos del día, el retorno a un primitivismo seco y ruidoso, ruidoso y monótono. La sensibilidad no se construye sobre una palabra; toda construcción converge en la perfección que aburre, idea estancada de una dorada ciénaga, relativo producto humano. La obra de arte no debe de ser la belleza en sí misma, o está muerta; ni alegre ni triste, ni clara ni oscura, regocijar o maltratar a las individualidades sirviéndoles pasteles de las aureolas santas o los sudores de una carrera arqueada a través de las atmósferas.

La devastación de la primera guerra mundial fue el detonante de Dadá que hizo del juego literario, la ironía, el escepticismo por esos tradicionales valores sociales y un ir a contracorriente, con el espíritu carcomido por los estragos de la guerra, su particular carta de presentación.

Los Dadá duraron poco y es entonces que aparece en escena André Breton y asume el testigo dejado por los dadaístas. Breton era un poeta que trabajaba en un hospital psiquiátrico y esto lo llevó a Sigmund Freud, que estaba interesado en los sueños. Con estos elementos fue dándole forma a eso que se llamó surrealismo, en el que el sueño, y una especie de automatismo psíquico, es empleado para expresar, de forma oral o de cualquier otra manera, el funcionamiento verdadero del pensamiento, sin estar sujetos al mecanismo de la razón y alejado lo más posible de toda inquietud estética o moral. Por otra parte, Breton quería unir ese postulado de Rimbaud sobre eso de “cambiar la vida” con esa idea de Karl Marx de “transformar el mundo”.

Muchos escritores y pintores se fueron anexando al grupo. Editaron una revista y los manifiestos de Breton le dieron el viento propicio para que el movimiento surcara los mares del sueño y la escritura automática. De igual manera se creó “la Oficina de Investigaciones Surrealistas”, dirigida por ese genio intermitente llamado Antonin Artaud, quien aseguraba que la oficina “dedica todas sus fuerzas a la reclasificación de la vida”.

Importantes pintores aportaron esas imágenes extrañas donde la realidad se entremezclaba con situaciones (u objetos y paisajes) inusitados, desprovistos de todo anclaje con la rectilínea cotidianidad diurna. Breton pronto se erigió como el vocero más subrayado del grupo. En una entrevista en modo defensivo aseveró: “A qué se debe tanto revuelo por los surrealistas. Estos son apenas un puñado de escritores y pintores sin talento”. No obstante, se equivocaba: el menos talentoso como poeta y creativo era el mismo Breton. Hoy sus novelas o libros de poemas no pasan de ser curiosidades escritas por un loquero saltando los muros del manicomio. Aunque su poema “La unión libre” siempre me ha resultado excepcional: “Mi mujer de cabellera de fuego de madera / De pensamientos de relámpagos de calor / De cintura de reloj de arena / Mi mujer de cintura de nutria entre los dientes del tigre / Mi mujer de boca de escarapela y de ramo de estrellas de última magnitud / De dientes de huellas de ratón blanco sobre la tierra blanca / De lengua de ámbar y de vidrio frotadas / Mi mujer de lengua de hostia apuñalada...)”.

La afiliación de los principales cabecillas surrealistas al partido comunista trajo consigo la debacle. Las deserciones voluntarias y expulsiones ofuscadas no se hicieron esperar. Uno de los expulsados prominentes fue Antonin Artaud. Los textos, cartas y poemas de Artaud son hoy más interesantes que lo escrito por algunos surrealistas. El declive del surrealismo había sido decretado.

Lo innegable es que el surrealismo dejó su impronta tanto en la pintura como en la poesía. Lo escrito por Octavio Paz es todavía relevante:

El surrealismo es uno de los frutos de nuestra época y no es invulnerable al tiempo; asimismo, la época está bañada por la luz surrealista y su vegetación de llamas y piedras preciosas ha cubierto todo su cuerpo. Y no es fácil que esas lujosas cicatrices desaparezcan sin que desaparezca la época misma. Esas cicatrices forman constelación de obras a las que no es posible renunciar sin renunciar a nosotros mismos (...). El surrealismo es una actitud del espíritu humano. Acaso la más antigua y constante, la más poderosa y secreta.

Más que una onda expansiva fue una oda que nutrió las literaturas en el mundo, ofreció nuevos derroteros para que la pintura asumiera más los enigmas del sueño que esos parámetros académicos del pintar bien. El cadáver, como dijera Paz, sigue vivo y cortante y sus olores putrefactos son sólo la reseda de una luz crujiendo en el inconsciente como puertas que alzan el vuelo. El surrealismo reivindicó ese sueño insomne que precipita todos los demonios nocturnos en la morigerada claridad del día colocándolo todo de cabeza, como debe hacer todo arte y escritura que se respete.

Carlos Yusti
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