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Tiempo, historia y pasión en la fotografía

miércoles 4 de febrero de 2026
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Hoy nadie discute las posibilidades artísticas y éticas de la fotografía. Cuando hizo su aparición algún crítico apocalíptico se apresuró a vaticinar la muerte de la pintura, como hoy pierden las cuerdas vocales gritando la desaparición del libro por la aparición de la Internet o los libros digitales. No obstante, hoy por hoy la pintura y la fotografían se fusionan, se distorsionan, se ensamblan, se trasmutan (en ocasiones se compenetran y se imitan mutuamente) para seguir explorando al máximo todas sus posibilidades expresivas; sin contar que en la era digital supondrá cambios drásticos tanto en el arte de pintar como en el arte de hacer fotografía.

La fotografía ya no es arte, al igual que la pintura, sino que se transformó en un discurso sometido a las variables comunicacionales más insospechadas; aparte de la estética y la técnica implícitas (encuadre, luz, sombra, equilibrio visual, etc.) en una foto hay mucho más de lo que la imagen le presenta al espectador, quien a su vez, como fotógrafo amateur, hará sus respectivos aportes de la foto que mira, de esa foto que busca decirle algo más complejo que las palabras cotidianas tratan de trasmitir.

Hoy cualquiera hace fotos desde sus teléfonos móviles o con esas potentes cámaras digitales que organizan la luz, el encuadre, etc.

Hoy cualquiera hace fotos desde sus teléfonos móviles o con esas potentes cámaras digitales que organizan la luz, el encuadre, etc., tratando de que la foto quede, desde el punto de vista técnico, con una calidad más o menos aceptable. Muchos de estos fotógrafos no tienen que verse con un cuarto oscuro para conocer esa magia oscura del revelado; muchos no saben que el antiguo fotógrafo tenía algo de alquimista al mezclar los químicos para el revelado, ni las horas azarosas en el cuarto oscuro intentando esa perfección que sólo un ojo diestro por el estudio y la experiencia era capaz de ofrecer.

Para Roland Barthes la foto tiene como tres estadios, o como él especifica:

...una foto puede ser objeto de tres prácticas (o de tres emociones, o de tres intenciones): hacer, experimentar, mirar. El Operator es el Fotógrafo. Spectator somos los que compulsamos en los periódicos, libros, álbumes o archivos, colecciones de fotos. Y aquel o aquello que es fotografiado es el blanco, el referente, una especie de pequeño simulacro, de eidôlon1 emitido por el objeto, que yo llamaría de buen grado el Spectrum de la Fotografía porque esta palabra mantiene a través de su raíz una relación con “espectáculo” y le añade ese algo terrible que hay en toda fotografía: el retorno de lo muerto.

Esto conduce a especular que una foto está hecha de tiempo. Estuve de visita en la casa familiar y revisé viejos álbumes familiares de fotografía. Susan Sontag escribió que “mediante las fotografías cada familia construye una crónica-retrato de sí misma, un estuche de imágenes portátiles que rinde testimonio de la firmeza de sus lazos”. Pero en verdad yo veía esas fotos y era como si me estuviese asomando por una ventana al pasado. Era como un recorrido en el tiempo que me permitía rememorar, aparte de mi niñez y adolescencia con mis familiares, a esos amigos y conocidos muertos (o perdidos) con los cuales perdí todo contacto. Fotos como es lógico de mala calidad y que volví a escanear para someterlas al retoque del PhotoShop y proporcionarles un inigualable aire contemporáneo. Fotos sin otro interés que el personal y el afectivo de nuestro íntimo círculo familiar.

Aquí entramos a esa otra fase de la fotografía. ¿Qué hace que una foto tenga posibilidades artísticas? ¿Qué convierte una foto en un hecho colectivo relevante? En lo particular creo que todo radica en la intención del fotógrafo. Pero antes de responder a estas interrogantes se puede hacer un breve recorrido, algo sesgado y alevoso, por algunas fotos y fotógrafos, para situarnos en esa entrada cuando una fotografía trata de ser arte o en su defecto un medio para evidenciar el mundo que padecemos y nos ha tocado en suerte.

Para comenzar debemos remontarnos a un extraño y peculiar fotógrafo llamado Nerio Valarino cuya travesía para obtener las fotos internas de una de las cárceles emblemáticas del terror gomecista, como lo fue La Rotunda, es digna de una serie de acción y suspenso. Por otra parte, el escritor José Rafael Pocaterra cuenta cómo se hicieron las fotos en su famoso libro-testimonio Memorias de un venezolano de la decadencia.

Nerio Valarino como fotógrafo se propuso retratar la vida (y la ignominia) desde las entrañas de La Rotunda. Todo su plan poseía tintes novelescos de intriga. Una vez detenido se hizo pasar por demente. Su locura era un performance teatral bastante elaborado y, con una lata de sardinas, utilizada como cámara fotográfica, se dispuso a retratar a los otros presos. Estuvo tres meses incomunicado y los guardias le tenían cierta consideración, primero por estar loco de atar y segundo por creerse fotógrafo. Le tomó un año hacer las fotos. La segunda fase del plan era introducir una pequeña cámara. Pocaterra cuenta que Valarino hizo que le compraran una maquinita fotográfica pequeña y barata, de esas denominadas “de cajón”, y pidió las dimensiones exactas, que le hicieron llegar en una tapa de cerveza puesta en una botella con café.

En las primeras de cambio los guardias se tomaban el café, entonces decidieron hacer un café bastante oscuro y con sal para que los guardias se lo entregaran al pobre loco fotógrafo. Luego pasaron unas tablitas, reunió cuatro e hizo una especie de cajón. Faltaba el lente, que tardó tres meses para entrar en la prisión. Lo primero era enviarle al detenido una sopa, la cual la hicieron una especie de brebaje incomible, acompañado con unas bolitas de masa en salmueras para así lograr esquivar la requisa. De a poco introdujeron el lente, el obturador y algunos alfileres para reconstruir la cámara dentro de la prisión. Cuando la máquina fotográfica estuvo lista fue el momento de introducir los negativos, la fase más complicada. Lo hicieron con una perola de bastante mal aspecto externo con doble fondo. Cuando todo estuvo listo, hacer las fotos por el “desquiciado” Valarino, que se creía fotógrafo, resultó menos traumático.

El valor histórico de las fotos de Valarino no se discute. Se podría criticar su calidad, pero su efectividad como documento para denunciar las condiciones inhumanas de La Rotunda es innegable. El arte para mí está en toda esa estrategia urdida por Valarino, su familia y amigos.

Ahora recordemos al fotógrafo Kevin Carter, ganador del premio Pulitzer de fotografía en el año 1994. La foto con la cual ganó retrata a un buitre a la espera de la muerte por hambre de una niña sudanesa. Luego de publicada la foto la gente preguntaba por el destino de la niña. Los amigos cercanos a Carter le hacían la misma pregunta: “¿Y tú que hiciste?”, “¿La niña se salvó?”. El 27 de julio de ese mismo año, Carter se suicidó con el monóxido de carbono de su vehículo.

Carter estaba deprimido y un conjunto de hechos lo empujaron hacia su trágico final. Todo el horror vivido como fotógrafo hizo mella en su espíritu; para olvidarse de su travesía como fotógrafo se refugió en las drogas y el alcohol, pero al final todo se fue convirtiendo en un abismo sin salida. Luego estaba la muerte de su amigo, el también fotógrafo Ken Oosterbroek, asesinado de un disparo durante un ataque mientras trabajaba en Thokoza (Sudáfrica).

La foto del buitre permite una reflexión. En qué se diferencia el fotógrafo del ave de rapiña. Ambos están a la espera de lo peor. Ambos harán su festín con esa niña desvalida. Fotografiar el horror acarrea peligros insospechados.

Otra fotógrafa que para nada me simpatiza fue Leni Riefenstahl. Al servicio del régimen nazi, fue la cineasta que convirtió el nacionalsocialismo en una iconografía rotunda para la propaganda, utilizando todos los recursos técnicos y estéticos de su tiempo. La película El triunfo de la voluntad, en la cual filmó las masas hechizadas de fascinación durante el congreso del partido nacionalsocialista en Nuremberg en 1934, la catapultó en la cúpula del nazismo. Su otro logro fue Olympia, documental que ensalza, a través del deporte, la supuesta superioridad física de la raza aria.

Tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial llega el calvario de Riefenstahl, que debe explicarse ante el mundo. Poco a poco su vida retoma su cauce normal y entonces concibe el trabajo con la fotografía como un medio para retomar su visión del mundo. Con más de sesenta años realiza reportajes dedicados al África y a la tribu de los nuba.

Estas fotos de los nuba2 dejan al descubierto su estilo y su inclinación: la exaltación del cuerpo, la superioridad guerrera de una tribu con muchos puntos de contacto con esa estupidez de superioridad de los arios. Sus fotos son la prolongación de su nazismo por otros medios y a través de otro tiempo. Su recorrido vital fue escondido con habilidad, sólo que sus fotos hablan más de la cuenta, dejando al descubierto los cadáveres de su armario personal.

Al despuntar del día 2 de junio de 1962, estalla una sublevación en la base naval de Puerto Cabello (estado Carabobo), dirigida por el capitán de navío Manuel Ponte Rodríguez, el capitán de fragata Pedro Medina Silva y el capitán de corbeta Víctor Hugo Morales. Tan pronto el gobierno nacional se entera del intento de golpe, envía efectivos de la Fuerza Aérea y del Ejército que bombardean y rodean la ciudad, se produce un combate entre las fuerzas insurrectas del Batallón de Infantería de Marina General Rafael Urdaneta (que se habían sumado a la sublevación de los oficiales y efectivos de la base naval y grupos civiles armados por éstos) y la tropa del batallón Carabobo que se había trasladado desde Valencia, al mando del coronel Alfredo Monch, en el desde entonces famoso y trágico sitio de La Alcantarilla.

El saldo final de dicho enfrentamiento se anuncia el día 3 de junio; el Ministerio de Relaciones Interiores anunció que había dado punto final a la rebelión con un saldo de más de cuatrocientos muertos y setecientos heridos.

Un fotógrafo, Héctor Rondón Lovera, estuvo en los momentos de más ebullición. Era un fotógrafo de sucesos que trabajaba en el diario La República. Un cuñado lo inició en la fotografía, oriundo de Bruzual, estado Apure, en el año 1933. Había hecho de taxista, artesano del vidrio, plomero. Como fotógrafo fue a parar en la Policía Técnica Judicial, lo que lo ayuda a entrar como reportero de sucesos en el diario La República, que recién comenzaba.

Los reporteros gráficos se las ingenian para estar en ese momento peligroso y hacer las fotos correspondientes. Rondón hizo la foto emblema de aquella intentona insurreccional con masacre de fondo.

Milagros Socorro escribe:

La foto de Rondón, en blanco y negro, fue distribuida por la Associated Press. Y no hubo medio en el planeta que no la reprodujera o comentara. Ese mismo año se alzó con los galardones a la Mejor Fotografía de Prensa del Año y al Reportaje Fotográfico del Año, otorgados por la organización World Press Photo, con sede en Holanda. Un año después, en junio de 1963, Rondón se convirtió en el primer latinoamericano —y único venezolano hasta la fecha— en obtener el premio Pulitzer por su foto, que entonces fue llamada “Ayuda del padre” —años más tarde sería renombrada “Absolución final”.

Sobre los otros protagonistas de la foto, Milagros Socorro escribe que el sacerdote es Luis María Padilla, capellán de la base naval de Puerto Cabello y párroco de Borburata, y con respecto al joven uniformado existen al menos dos versiones: unos dicen que se trata del subteniente Luis Antonio Rivera Sanoja, del Batallón Carabobo, y otros afirman que es el cabo primero Andrés de Jesús Garcés, de la Primera Compañía de Fusileros del Batallón Piar Nº 31.

Si la fotografía rastrea ese espectáculo trágico/cómico del mundo de todos los días, era inminente que se mezclara en ese universo del histrionismo y la farsa como lo es la política.

Jesús Carneiro, fotógrafo de Ciudad Guayana, conoce muy bien ese mundo, aunque sus trabajos se han centrado en los desnudos y las empresas básicas. No obstante, su foto del ex alcalde Clemente Scotto dice sobre esa necesaria capacidad que todo político que se precie debe tener. Scotto fue un alcalde fuera de serie; inteligente, humanista y gran lector, amén de ser un político honesto. Hay otra foto de Oswer Díaz Mireles, fotógrafo de Caracas, que deja al descubierto esa confluencia de políticos dispares, pero en la que se nota un regocijo que podríamos denominar maquiavélico. Esso Álvarez busca en la foto del político de circunstancia un detalle siempre esquivo. Yuri Valecillo es otro fotógrafo que prefiere retratar, más que a políticos, toda esa parafernalia del poder, todo ese rictus de banderas y discursos patrioteros.

Yuri Valecillo es un fotógrafo de Valencia al que le gusta el reporterismo gráfico en su crudeza más límpida. En ocasiones hace fotos de una estética plástica de gran factura, pero su fuerte es la calle y su canalla, la calle y sus supervivientes habituales.

La fotografía está hecha de tiempo, pero también es un reloj preciso para la historia y de alguna manera marca la pauta iconográfica de los tiempos. Allí están las fotos de Korda sobre el Che Guevara o las fotos sempiternas de Marilyn Monroe.

Susan Sontag ha escrito:

Mediante la fotografía, algo pasa a formar parte de un sistema de información, se inserta en proyectos de clasificación y almacenamiento que van desde el orden toscamente cronológico de las series de instantáneas pegadas en los álbumes familiares hasta las tenaces acumulaciones y meticulosas catalogaciones necesarias para la utilización de la fotografía en predicciones meteorológicas, astronomía, microbiología, geología, investigaciones policiales, educación y diagnósticos médicos, exploración militar e historia del arte.

Con los nuevos dispositivos digitales a la fotografía le esperan nuevos despertares, nuevos enfoques que de alguna manera incidirán en nuestra vida, que hoy no es más que un collage de imágenes, un mural caótico donde el mundo real es sustituido por ese mundo filtrado por la imagen, un mundo en la que la realidad se transforma tan rápido que fijarla en una foto es hoy otra de nuestras grandes utopías actuales.

Carlos Yusti
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Notas

  1. Eidôlon, plural (en griego ειδωλον; imagen, fantasma, aparición), según la mitología griega y la teosofía, es una copia astral de un difunto.
  2. Entre las fotos que siempre me gustaron, figura esta magnífica imagen tomada en 1949 por el fotógrafo George Rodger, cofundador de la agencia Mágnum con Robert Capa, Cartier-Bresson y otros, en la que se muestra un luchador de la tribu de los nuba, cubierto de ceniza, después de un combate del que sale victorioso. La imagen es apabullante, poderosa, toda fuerza. Es en sí misma la imagen de la victoria...
    Para los nuba el deporte de la lucha posee importantes significados. Si los jóvenes son fuertes, toda la comunidad lo será. La lucha incluso contiene un elemento religioso que se exterioriza en los cuerpos de los luchadores cubiertos de ceniza sagrada. Esa ceniza representa la resistencia, la virilidad e incluso la eternidad, y se considera que un nuba cubierto de ceniza adquiere un carácter sagrado y que incluso puede evitar desgracias sobre los poblados.
    George Rodger se resistió a revelar a Leni Riefenstahl, la famosa cineasta y posteriormente fotógrafa, la ubicación de los asentamientos de la tribu nuba (en Kordofán, Sudán) pero al final, quince años más tarde, ésta llegó a descubrir dónde se encontraba su emplazamiento y logró un reportaje fotográfico también de alta calidad alrededor de esta tribu que fue publicado por todo el mundo.
    Y entonces vino el problema. Y es que a veces la publicidad no trae nada bueno. Sus reportajes llevaron a los turistas a esas tierras, ensuciaron su cultura y después el gobierno sudanés alentó la opresión sobre la tribu, para posteriormente llevar a cabo su desplazamiento ante el temor de una posible alianza revolucionaria en torno al Movimiento de Liberación Sudanés, y por último se emprendió un genocidio en toda regla contra esta poderosa tribu. Como decía el conocido escritor Bernard-Henri Lévy: “Los nuba, cansados de ser bombardeados, de comer saltamontes y raíces cocidas, de ver a sus hijos morir de enfermedades nuevas o, por el contrario, olvidados y sin curación posible, terminan por bajar a las llanuras y refugiarse en los ‘campos de paz’ que, en realidad, son centros de selección de mercaderes de esclavos. Había un millón de nubas. Sólo quedan 300.000. ¿Qué pasó con los demás? ¿Muertos, desaparecidos o víctimas de los negreros de Kordofán que les han vendido a las familias árabes de Jartum?”. Un genocidio que continúa en la actualidad, que no fue ayer, que aún sangra.
    En realidad, no todo era culpa de la foto, simplemente su territorio es rico, es allí donde se encuentran las fértiles tierras de Renk, la zona petrolífera de Bentiu y los yacimientos de níquel y uranio.
    El petróleo... como siempre.
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