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El cronista como ojos de la memoria

jueves 19 de febrero de 2026
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Homero Hernández
Homero Hernández rodeado de su museo personal.

Las ciudades se aman y se odian en proporciones desiguales, pero jamás son espacios que no dejan su impronta en cualquiera de sus habitantes. La ciudad no es simplemente un grupo de calles, edificios y estadísticas. Es, por antonomasia, un organismo vivo, una superposición de historias que conforman un tejido rico, un cuchicheo invariable de voces que se interconectan para conformar el perfil oral de la ciudad. Son espacios expeditos para ese intercambio sutil de emociones y paradojas. No sin razón Italo Calvino, en su libro Las ciudades invisibles, escribió: “Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos”. Pero, ¿quién se encarga de que ese intercambio de sueños y recuerdos no se extinga? ¿Quién documenta el espíritu, siempre cambiante, de la urbe más allá de los censos y los mapas?

Ese es el territorio del cronista. En este tiempo de información (y desinformación) instantánea y de los pocos caracteres en un mensaje de texto, la crónica podría considerarse como un género literario en extinción, pero que a pesar de todo se resiste a desaparecer debido a la obstinación de algunos cronistas que, desde la trinchera de la oralidad y la escritura, se convierten en guardianes de la memoria colectiva.

Para comprender la importancia del cronista, primero debemos entender la crónica que no es puntualmente historia, aunque su principal proveedor es el pasado. No es puramente periodismo, aunque se nutre de la noticia y la investigación rigurosa. Mucho menos es ficción, aunque emplea las herramientas de la literatura para seducir y producir piezas literarias relevantes.

La crónica es sin mucha retórica un género literario heterogéneo. Combina la narración de la realidad desde la historia, la anécdota y de ese relato oral presencial que condimenta de alguna manera los hechos, que, aunque reales, tienen una entonación ficcional que subyuga y cautiva. La crónica no se limita a narrar eso que sucedió en realidad, sino que se adentra en los hechos para encontrarles su esencia y sustancia óptima.

El cronista no es un historiador que mira desde la distancia de los archivos ni un sociólogo que analiza desde la asepsia de los datos; tampoco un escritor, mucho menos un archivista de datos y noticias, pero a fin de cuentas el cronista es, fundamentalmente, un testigo y un caminante que va acumulando historias, fechas, fotos y todas esas minucias que van consignando esa historia “otra” de la ciudad y de la gente que ni siquiera en una nota a pie de página es narrada en la historia oficial.

He conocido buenos cronistas como Alfonso Marín, escritor, periodista y poeta oriundo de Trujillo que se residenció en Valencia para retratarla en sus crónicas con sutileza y sabiduría poética. En Ciudad Guayana conocí al fallecido Leopoldo Villalobos, gran lector y de una memoria sorprendente. De igual modo compartí buenas tertulias con el cronista de Upata Ángel Romero, a quien por su contextura pequeña y ágil se le conocía como Romerito, y de quien Diana Gámez escribió: “Romerito tenía exacta conciencia del valor del documento, de la palabra escrita, de lo impreso, del testimonio oral vertido en negro sobre blanco para paliar la devastación del olvido”. No puedo dejar al margen al periodista, historiador y escritor Américo Fernández, cuya labor de cronista desde Ciudad Bolívar deja esa perenne constancia de no permitir que el olvido, sea por decreto o desidia gubernamental, se convierta en esa sombra oscura que todo lo borra.

En Ciudad Guayana ha surgido una modalidad un tanto inédita sobre esos cronistas surgidos en la comunidad que, sin ser periodistas ni escritores ni nada que se le parezca, han tratado de recuperar esa memoria de la ciudad. En este contexto recuerdo a Guillermo Mora, cuyo trabajo fotográfico recopila esos momentos estelares de la ciudad. Evelio Lucero, que también posee un registro fotográfico destacado de los vaivenes sociales y políticos de la ciudad. También es indispensable mencionar a Milagros Figueroa, historiadora amateur, gran lectora, muñequera, con quien podías conversar horas de libros, de sucesos históricos y un sinfín de temas. Por supuesto no se puede quedar al margen Homero Hernández, quien representa al cronista oral por excelencia.

Homero Hernández, Carlos Blanco y Evelio Lucero
Homero Hernández, Carlos Blanco y Evelio Lucero, miembros de la Asociación de Cronistas Populares.

Homero Hernández ha sido testigo de muchos acontecimientos de la ciudad, ha conocido un buen número de personajes y personalidades. Pero aparte de eso se ha interesado en coleccionar un buen número de materiales (fotos, grabaciones, recortes de periódicos, etc.) para ir configurando un mapa memorioso de la ciudad.

Su método de trabajo es la inmersión: patea la calle, se sienta en el café de la esquina, escucha las conversaciones en el microbús y mira con atención aquello que para el resto de las personas resulta como normal. Homero Hernández como cronista es un especialista en lo cotidiano, un arqueólogo del presente que va seleccionando ese material que le permitirá configurar un relato del pasado como testimonio, que sin duda en su momento pareció irrelevante, pero que en el presente adquiere una relevancia debido a esa patina del tiempo que le proporciona su brillo trascedente.

La herramienta principal de Homero Hernández es la mirada subjetiva pero honesta que intenta proporcionarles a los hechos su valor real sin florituras. El yo de Homero como testigo es una manera para que quien escuche el relato experimente la realidad de forma más íntima y humana.

La verdadera dimensión de un cronista oral como Homero Hernández se revela en su relación con la ciudad. Las grandes metrópolis —Bogotá, Ciudad de México, Buenos Aires, Madrid— han sido contadas, y por ende, construidas, tanto por sus arquitectos como por sus grandes cronistas. Si el poeta y escritor Francisco Arévalo ha retratado (a través de la escritura) a Ciudad Guayana en sus novelas y poemas, Homero Hernández ha hecho lo propio desde la oralidad.

 

A las ciudades las aqueja una amnesia sistemática. El desarrollo urbano sin control y la velocidad de la vida actual e informatizada de alguna forma borran el pasado. La plaza antigua es demolida para dar paso a un centro comercial; el artesano que trabajaba el cuero en el centro es desplazado por una franquicia internacional; la jerga del barrio colapsa ante el rimbombante lenguaje de la tecnología.

El cronista lucha contra este olvido de manera solitaria. Homero participa en foros, conversatorios y conferencias intentando apartar la maleza del olvido para que las nuevas generaciones descubran una ciudad que fue un vivo y pujante eje industrial, una ciudad avivada con las llamas de las historias y anécdotas de gente que la construyó y la vivió hasta los huesos del alma. Homero descubre esos personajes populares en extinción que dejaron su endeble huella en su comunidad. Homero creó así una especie de archivo sentimental que muestra esa otra cara de la ciudad, que aparte del asfalto y el hormigón está hecha con ese material imperceptible de los sueños y el amor.

 

Con Homero Hernández a veces nos reunimos para recordar esa ciudad que se escapa y desvanece con el devenir de los días. Le digo que todo su archivo tanto material como oral es necesario sistematizarlo, escribirlo. Homero trata de que encontremos esa otra ciudad, que la conozcamos a fondo con sus luces y sombras. Para amar un lugar, primero hay que conocerlo. La crónica genera identidad y sentido de pertenencia. Cuando un habitante lee una historia que reconoce —la esquina donde dio su primer beso, el parque donde jugó de niño, el silbido del afilador de cuchillos—, siente que su vida individual es parte de una historia más grande.

La crónica busca darle carne febril al espacio. El asfalto deja de ser una mancha negra y se convierte en escenario donde las pasiones más viles o más amorosas salen a escena. El cronista transforma a simples “habitantes” en protagonistas conscientes de su entorno y de su memoria compartida.

El cronista no es un relacionista público de la ciudad. Homero Hernández hace relaciones públicas no para obtener beneficios, sino para conocer de buena fuente a quienes van viviendo la ciudad a sus modos y posibilidades. La labor de Homero no es maquillar los hechos, sino también señalar las grietas.

Históricamente, la narrativa de un país se escribe desde la capital. El poder político, económico y cultural centralizado tiende a opacar las realidades de la periferia, creando una visión homogénea y distorsionada de la nación.

El cronista regional rompe ese molde. Homero busca romper esas directrices que vienen de la capital y por eso va detrás de fotos, historias y documentos hasta crear un tejido de la memoria urbana.

En un mundo saturado de información efímera, la crónica ofrece profundidad y permanencia. El cronista es, en esencia, un traductor. Traduce el caos de la realidad urbana en una narrativa coherente; traduce el silencio de la región en una voz potente. Homero hace una crónica de la ciudad desde el afecto para atestiguar que estuvimos aquí, que sentimos, y que la vida, en esta esquina particular del mundo, tuvo sentido.

Carlos Yusti
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