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Errando, por Luis Amézaga

martes 4 de febrero de 2025
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No le tengo miedo al vacío, que es compatible con la acción e incompatible con la intención. Me ponen un papel delante y firmo mi capitulación incondicional sin miramientos. Da igual a quién le otorgue la victoria con ese gesto, debe ser un mediocre al que le satisfacen las rendiciones ajenas.

Estreno los cuarenta con ganas de inmolarme por un trozo de mundo virgen donde no molestar, por la honradez saliendo de unos ojos descontaminados. No recuerdo haber tenido fe ciega y sorda. Un plan del que no estás informado no es un plan, es una vía estrecha de un solo sentido.

 

Ese árbol estaba ahí plantado como parte de un plan que consistió en segar la vida de mi mujer e hijo. Ella con treinta y cuatro años. Nuestro hijo con cinco años. Estaba ahí ese árbol, solo, en el margen derecho de la carretera, erguido de manera estúpida, atrayendo el derrape de las ruedas desgastadas en aquel atardecer lluvioso. Ese odioso árbol no tenía sentido allí puesto, con chulería de árbol solitario, y menos sentido tuvo que yo sobreviviera cuando su tronco impertérrito absorbió el impacto casi frontal del vehículo, y se llevó los últimos alientos de quienes más quería. Ellos eran mi plan. Con ellos iba a afrontar la vida y sus maravillosos recovecos. Después quedé sin plan y con una vida mortecina y culpable.

 

Dios entra en el hombre a través de las heridas. Estuve ingresado durante un mes con bastantes magulladuras en un hospital público. Las enfermeras y auxiliares se habían enterado de mis circunstancias, de que el plan había matado a mi esposa e hijo en un accidente de coche que yo conducía. Me miraban con recelo, no por mí, sino por el sufrimiento que intuían en mí. Pero se sobrepusieron e hicieron un trabajo más que profesional, casi vocacional. Me mimaron y me dejé porque soy débil. Me curaron las heridas del cuerpo y me fui a la casa con el corazón helado y un dios mudo haciendo daño en los oídos. La casa, las cosas de mi mujer, los juguetes de mi hijo... fue insoportable. Recogí algunos enseres personales y me refugié en el hotel Luna Dulce hasta que pude vender la casa. Dos meses más tarde me estaba instalando en un pequeño piso de alquiler, cuarto izquierda, en un barrio donde no me conocía nadie. Lo elegí a conciencia para desaparecer, para acabarme poco a poco, como un actor trágico sobreactuado. Tenía derecho a sentirme mal, estaba a gusto en ese papel y lo interpreté con pulcritud.

 

Toqué fondo y seguí excavando. Iba a la panadería. Sandra, la panadera dominicana, me hacía reír, pero mi risa sonaba tan estridente que se asustaban ella y los demás clientes, así que dejé de ir, dejé de comer pan. Transcurrían días enteros en que se me olvidaba comer. Cuando salía de dar clase de Historia en el instituto público Aldecoa, me ponía a andar sin dirección, buscando el agotamiento y la insensibilidad de las extremidades inferiores. Daba mis clases como un autómata. Por fin agradecía el programa estricto de estudios y me atenía a él sin dar lugar a ninguna anécdota ni añadido. Mis clases eran un poema trágico con datos y fechas. En el instituto me invitaron a coger un año sabático. Acepté la sugerencia, pero no podía quedarme todo el día en el piso recién alquilado, desnudo de fotografías. Así que me pasaba las horas en la calle, mirando gente, caminando, bebiendo, probando la dietilamida de ácido lisérgico. Quedé estancado en el único dato histórico que me importaba, en la experiencia traumática de dos cadáveres empotrados contra un árbol.

 

Me convertí en un habitual de los bancos, en aceras con mitad sol y mitad sombra. Me dejaba caer en cualquiera que no estuviera ocupado. Miraba a los transeúntes ocuparse de sus asuntos, a los jubilados completando el crucigrama del periódico en las terrazas de los bares, a los muchachos hacer pellas con un cigarro de liar en la mano, a los inmigrantes buscando una ventanilla que les atendiera. Miraba cómo la ciudad no se detenía por nadie. Mayo, empezaban a salir flores con timidez, a oler a calor, a surgir brisas como caricias. Y por unos segundos dejaba de dolerme. Algunos peatones me observaban con desprecio por culpa del desaliño. No se lo echaba en cara. Podía estar hasta diez días sin afeitarme, sin ducharme, con apenas un cambio de ropa. No era capaz de ocuparme de mí mismo.

Por qué cuento esto. Quién sabe. Por un plan del que no soy protagonista, ni urdidor, ni cómplice. Pero existe. Un plan que me ha tomado por alguien al que se puede sacrificar sin demasiada contemplación. Así, a palo seco, y escribo lo que recuerdo que ocurrió. Otros hechos no los recuerdo o no me importan lo suficiente para hablar de ellos. Por supuesto que no regresé a dar clases en el instituto Aldecoa ni en ningún otro lugar. Dejó de interesarme casi todo, menos el dolor. Me hice experto en dolor. En sus oleadas, en sus descansos estratégicos, en sus latigazos a media noche, y en un tiempo que fue palideciendo sin darme cuenta, hasta que me quedé sin recursos para mantener el piso de alquiler ni una forma honrosa de subsistir.

 

Javi, el camarero de la cafetería Malabar, me tenía echado el ojo desde que entré. De eso hacía cuatro horas. Había pedido un vino. Me lo sirvió, y me perdonó 20 céntimos porque aseguré no tener más. Me había sentado con la consumición en un taburete con mesita alta al fondo del local. Vestía ropa vieja, pero en esta ocasión, limpia. Mis maneras eran educadas, aunque estaba como desorientado. A Javi no le parecí peligroso y siguió con su tarea tras la barra; era sábado tarde, los clientes venían a ver el fútbol en la pantalla grande, el bar se puso de bote en bote.

Aquí se está bien. Hace buena temperatura, hay gente, bullicio de cuadrillas. Fútbol en la tele. El camarero parece majo. Creo que la tarde la tengo hecha. Fuera hace frío, viento, llueve. En la pequeña lonja que me han dejado para dormir no hay calefacción, ni una mísera estufa, ni un baño decente. Sólo tengo sobre el suelo desnudo un colchón de segunda mano que encontré apoyado contra un contenedor. Me aseo en las duchas públicas y unas monjas me suministran ropa decente. Sí, aquí estoy bien.

 

Lo malo no es la soledad, es la inmensa distancia que me separa de los demás. Algunos de los parroquianos pasan físicamente cerca de mí, pero ni se dan cuenta. Yo sí soy consciente, estoy a años luz de su normalidad. Algunos, por casualidad, cruzan conmigo una mirada. Les sonrío, pero como no estoy acostumbrado, me sale una sonrisa rara. Sin querer, les ahuyento. A un caballero que se ha apostado a mi lado mirando el fútbol, le he comentado que este año seguro que nos libramos de bajar a segunda. No sé cómo suena mi voz, no sé si es que me esfuerzo demasiado y eso se nota, no sé si la falta de confianza me hace temblar o moverme con gestos inadecuados, lo que sí sé es que el señor respondió con un movimiento de cabeza y se alejó con evidente incomodidad. Ya no hablé más y evité cruzar la mirada con nadie. Sólo el camarero se fijaba en mí, como para comprobar que no estaba dando problemas.

 

En la vida se toman dos o tres decisiones importantes. No más. Yo me equivoqué en una. Suficiente. Una circunstancia desfavorable y una suerte de perros, hicieron el resto. Fui entrando en una espiral de dolor en la que me sentía cómodo. De lo único que me siento orgulloso es de haber alejado de mí a familiares y amigos, de no haber embarcado en este apéndice del plan a nadie más. Es natural que la idea que me ronde últimamente sea la del suicidio. Pero incluso para eso hay que tomar una decisión. Un ego devastado del todo no puede decidir nada. El mero hecho de sobrevivir me tiene muy ocupado.

 

Es la una de la madrugada. Ya se ha vaciado el local. Javi se dispone a recoger para marcharse a casa. Sólo quedo yo. Desde la barra me grita que es hora de cerrar, que por favor. Me acerco a él con la copa vacía de vino en la mano. Se la doy. Me quedo mirando la vitrina con los apagados y mustios pinchos que aún quedan a esas horas. Susurro: “Tengo hambre”. Noto en Javi una pequeña turbación. He dicho “tengo hambre” sin énfasis, sin drama, sin dar pena, sólo como si fuera un diagnóstico médico después de hacer unos asépticos análisis de sangre. Ni siquiera estoy pidiendo, sólo informando de un hecho. A Javi no le importó darme aquellos pinchos. Quizá pensó que me había quedado hasta tan tarde por ese motivo. No, no era la razón, al menos no la única razón. Me había quedado porque se estaba bien. Javi cogió cinco bocadillos pequeños: de tortilla de patata, de jamón, de atún con mayonesa, revuelto de setas, y revuelto de gulas. Los envolvió en papel de aluminio y los metió en una bolsa de plástico. Añadió a la bolsa un botellín de agua. Me lo entregó con un educado “que aproveche”. Entendí que debía irme, que debía dejar al camarero terminar su trabajo, seguir con su vida, pues seguro que tenía una vida: una novia, unos padres, amigos. Cogí la bolsa y dije gracias. Antes de irme, me sobrecogí un poco al mirar hacia la calle. Aún llovía. La noche era desapacible, aunque menos que la lonja que me esperaba, aunque menos que mis pensamientos, aunque menos que mi destino. “Uno acaba cansándose de la vida palaciega”, pensé con un humor triste.

 

Puedes ver un gato por la calle, vagando, que mientras encuentre comida, será un gato que maúlla con gusto. Ahora bien, una persona necesita apoyos a todos los niveles: físicos, emocionales, morales, sociales, espirituales. Somos las criaturas más dependientes de la creación, las más vulnerables. Buscamos satisfacer un montón de aspectos para poder realizarnos con dignidad, porque la dignidad ahuyenta la locura y la destrucción a la que estamos llamados. Acudí a la cita aquella noche.

Luis Amézaga
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