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El bruñido de Lucas Mello

miércoles 21 de mayo de 2025
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El bruñido de Lucas Mello, por Luis Amézaga
La conciencia cósmica es tal que abarca a todas las criaturas. Pero nadie le dijo que ese estado se puede perder como quien pierde el sentido de la orientación.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Está confinado en el número siete de la calle Alquimia. Desde su habitación de cuatro metros cuadrados urde un plan escapista. Cuando anochece, sale de casa, baja las escaleras, irrumpe en la calle y camina en dirección oeste. Al cabo de cinco horas de caminata, exhausto, se detiene a tomar aire, mira a su izquierda y ahí está el portal número siete de la calle Alquimia. Un escalofrío le recorre las meninges. Derrotado, sube a casa y se tumba de nuevo en la cama cuyo colchón ni ha perdido la memoria de su cuerpo morcillesco.

Este confinamiento suyo no trata tanto de no salir como que siempre vuelve, aunque no quiera. Lucas Mello, que así se llama el extrañamente recluido, lleva dos años intentando escapar a su destino de arresto domiciliario al que le somete alguien invisible. Quizá no ver a su secuestrador es lo que peor lleva, un secuestrador que no usa la fuerza, que mueve hilos para que él, un hombre sencillo, no pueda escapar de esa casa en la que vive desde que nació; va para cuarenta años. Allí convivió con sus padres, hace tiempo incinerados. Aún hay fotos en las estanterías de los difuntos con él en brazos. No se reconoce al verlas. Casi no reconoce ni a sus progenitores. Esta sensación de ahogo le impide disfrutar de la memoria o del momento presente. Está en un proceso vital en que convierte el oro en plomo, una especie de piedra filosofal estropeada de fábrica. Ha pasado a un estado de conciencia oscura. Quiere salir de ahí, busca los caminos que no le traigan de vuelta y no da con ninguno. Cuando lleva a cabo sus excursiones de escape no lleva maletas, no quiere cargar con nada de esa casa, quiere empezar de cero en el lugar más lejano posible.

Heredó la casa sin salir de ella. Y él quería romper el cordón umbilical.

A sus padres los mató un virus respiratorio con nombre de mascota olímpica. Cuando se pusieron malos, con síntomas de asfixia, llamó al servicio de ambulancias y nadie vino porque tenían otros enfermos más jóvenes que atender. Sus padres murieron una noche de primavera. Los de la funeraria vinieron bastante rápido. Según supo después, fue él quien probablemente había contagiado el virus a sus padres, aunque sin saberlo, porque era asintomático, que es como ser sin estar. Había sido el cooperador necesario de la parca. Heredó la casa sin salir de ella. Y él quería romper el cordón umbilical, de ahí sus incursiones por las calles de la ciudad en busca de la estación de autobuses para escapar. Pero no había forma, las calles se conjuraban para girarse, para entrelazarse de tal forma que desorientado acababa siempre ante la puerta número siete de la calle Alquimia.

A Lucas Mello, buscador de sombras desde que abandonó los estudios de filosofía y letras, amante de los espacios vacíos desde que dejó su trabajo de auxiliar administrativo en una empresa de botes de conserva, le desquiciaba la posibilidad de que el mundo estuviera confabulado en un plan que le impidiera la libre movilidad. No era conspiranoico por carácter, pero a las pruebas se remitía. A nadie podía contarle esa locura. De hecho, en varias ocasiones había solicitado ayuda a algún amigo para que en coche le acercara a la estación de autobús. Y resultaba que cuando estaban a medio camino, el amigo recibía una llamada urgente por teléfono y tenía que cambiar los planes: “No te importa, Lucas, que antes de acercarte a la estación pasemos por casa de mi ex mujer, que resulta que tengo que llevar al niño pequeño al dentista y no me había avisado hasta ahora”. Lucas, que se conocía el percal del invisible que maneja los hilos, decía que por supuesto, que adelante, que no se preocupe. “Puedes dejarme aquí. Ya iré andando”. Como siempre acababa delante del portal siete de la calle Alquimia.

En su camino de sombras, paralelo a una biografía gris, había pasado por el Nigredo, el Albedo y el Rubedo. El Nigredo es la fase de putrefacción de los viejos patrones de comportamiento, de reconocimiento del ego como fenómeno ilusorio. En el Albedo se da la purificación en que cuerpo y mente se hacen uno indivisible y se produce la regeneración definitiva. En el Rubedo se alcanza el estado en que el mundo adquiere una luz nueva ante la presencia del ojo interior. La conciencia cósmica es tal que abarca a todas las criaturas. Pero nadie le dijo que ese estado se puede perder como quien pierde el sentido de la orientación. Hay una puerta que sólo se abre y se cierra desde el otro lado. Lucas Mello no había oído hablar de ella. Por eso cree que un complot espiritual y físico está actuando, no sabe con qué intención, para que él no pueda avanzar. Está convencido de que si pudiera empezar de cero en otro lugar, su vida y su conciencia se abrirían como una flor de loto y no acabaría una y otra vez frente al número siete de la calle Alquimia con un agudo ardor agujereando su estómago. Cambiar el exterior, escapar del lugar del crimen, para que surja la transformación definitiva, para que esa maldita puerta se abra.

Cuando la presencia se esfuma o lo parece, tras la puerta, vuelven los pensamientos a tomar el control de tu vida y te convencen de que algo has hecho mal, que es imposible que la puerta vaya a abrirse, que es mejor que sigas con tus cosas, que hay muchos logros en el mundo exterior que te reclaman: el éxito profesional, las relaciones humanas, la felicidad de ser alguien relevante aún es posible en un futuro cercano. Pero a Lucas le cuesta renunciar a lo más grande que ha conocido. Y sale a buscarlo a la calle, a buscarse, a esperar, porque Dios no se muda y la paciencia todo lo alcanza. Pero es dar vueltas en círculo. Muchas veces actuamos como si Dios tuviera como misión solventar los problemas que generan los monstruos. Estamos a años luz de comprender.

¿Y si fuera cierto que ha de olvidar? ¿Si fuera cierto que debe vivir sin vivir en él mismo? Sus pensamientos, a falta de contrapeso, acaban venciendo a la voluntad. Sale de casa a buscar alguna mujer con quien satisfacer los asuntos del amor, sale a buscar trabajo para cubrir gastos, sale a conseguir un estatus social, a empaparse de cultura y espectáculos, a beber y a jugar, a ser como los demás. Estando en esas, recuerda una frase de Albert Camus: “Nadie se da cuenta de que hay alguna gente que gasta excesiva energía simplemente para parecer normal”. Lucas Mello se siente identificado con las palabras de Camus en esta etapa de ascenso a la normalidad. Como era de esperar, fracasa estrepitosamente en todo lo que se propone, porque él no vale para el ritmo del mundo, no sirve para las risas y las charlas, ni para lo que sus amigos y conocidos llaman felicidad.

¿A partir de qué edad resulta obsceno declararse huérfano? Lucas se sentía huérfano de padres y de la presencia que había huido. Por qué un hombre adulto va lloriqueando por las esquinas de una pequeña vivienda heredada. Acaba por reírse de su actitud inmadura. Y sale a la calle por enésima vez, en esta ocasión ya rendido, sin un objetivo específico, sin intentar llegar a la estación de autobuses. Ahora sólo se dedicará a observar las aceras, los columpios del parque, las tiendas, a los viandantes, las copas de los árboles, al señor que toca el acordeón frente al museo de ciencias naturales. Estar alerta es permanecer atento y concentrado, y para eso se necesita serenidad, no tensión. Según camina, nota que se repone, se revitaliza, va dejando de preocuparse por su ficticio dolor. Mira a todo el que pasa a su lado y en voz baja se dice: “Ese eres tú”. Anochece y, a sabiendas, regresa a casa, al número siete de la calle Alquimia. La soledad escampa a ambos lados de la puerta.

Se tumba en el suelo de la cocina porque se siente acalorado y las baldosas están frías. Mira al techo blanco, escucha algunos pájaros que se pían mensajes no discursivos. Su cabeza está vacía de pensamientos articulados, aunque llena de pujanza, de combustible sin quemar. Respira hondo. Sabe que su cuerpo le pide abrir una válvula de escape, que generalmente suele ser en forma de ingesta compulsiva. Nos han enseñado a desahogar el exceso de energía, no a rendirla hacia la conciencia ilimitada. El desahogo es momentáneo y la energía se aplaca perdiendo una oportunidad de crecer, porque hasta en la perfección hay niveles y crecimiento. Lucas Mello quiere probar una opción diferente al desembalse de energía y vuelve a respirar hondo, consciente de cómo el oxígeno recorre todo su cuerpo. La energía asciende a la parte alta de la cabeza, donde parece que va a estallar. No se pone nervioso; respira de nuevo sabiendo que respira, se mantiene alerta con la serenidad que eso precisa. Sabe que los nervios inhiben las percepciones claras, así que mira con más atención si cabe al techo y se dice: “Ese eres tú”. Y, por primera vez en mucho tiempo, se abre una válvula por donde la energía fluye hacia afuera y vuelve de inmediato hacia dentro, desapareciendo la idea dualista de dentro y fuera. La energía ya no está confinada a sus límites corporales y se extiende en todas las direcciones. Aún extático se levanta del suelo y sigue con su vida, aunque nada será ya igual. Al cabo de unas horas, supo que nunca más necesitaría huir de esa casa, ni buscar otro emplazamiento, ni empezar de nuevo. Cada instante era empezar de cero y de cien.

Lucas Mello, apenas transcurridos dos meses de aquella experiencia en la cocina de su casa, se convirtió a ojos de los demás en un alucinado encantador. En los años siguientes reclamaron su presencia por el mundo entero gentes de toda clase y condición para hablar sin decir nada. Viajaba incansablemente, pero siempre que tenía unos días libres volvía a su casa, al número siete de la calle Alquimia.

Luis Amézaga
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