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Eduardo Magoo Nico:
“Mi relación con la poesía es de servidumbre”

domingo 11 de mayo de 2025
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Eduardo Magoo Nico
Eduardo Magoo Nico: “No hablo mi lengua, sino raramente, pero “vivo” en la Argentina, nunca dejé de vivir allí y mi patria es la lengua castellana”.

Eduardo Magoo Nico es como un filósofo parado en una esquina lanzando preguntas y respuestas aunque nadie las escuche ni se detenga a dialogar con él. Poco le importa la reacción de los demás, él está dedicado a buscar dentro de su ser todo lo que han establecido las experiencias vividas, los libros leídos, los sentimientos macerados. Eduardo está sometido al dictamen de la poesía y es su rutina salir a la luz, a la intemperie, y recibir del mundo los golpes o las caricias que le correspondan.

Eduardo Magoo Nico es como toda la narrativa y toda la poesía fluyendo en un solo cauce, en uno argentino, irónico, contestatario y también sentimental como si de pronto quisiera componer un tango a su modo.

Emilia Carabajal escribe sobre Eduardo Magoo Nico, unas palabras que sintetizan su modo de ser poeta:

A veces se advierte, además, una relativización del tiempo, como cuando se considera la posibilidad de estar fuera de él en “El escritorio no era de caoba”. Es también notoria la combinación de planos u órdenes de lo existente: lo mítico, lo mineral, lo animal, lo humano, y dentro de lo humano, lo histórico, lo romántico, lo artístico. Entre estos planos a veces hay tensiones; por ejemplo, el deseo de que el amor de pareja lo acapare todo frente a la urgencia de otros eventos (sociales, políticos). Otras veces, los planos convergen, como en la irrupción a un tiempo política y erótica de Hubo un día de sol o en la expansión a un tiempo amorosa y animal de Treinta y seis grados.

Eduardo Magoo Nico escribe poemas ejerciendo una magia que sorprende más que la magia ancestral, que la magia antigua, que la magia de cuentos, porque es cotidiana y silvestre y surge del día a día, de los recovecos urbanos donde se mueve el poeta.

Creo que Eduardo ha descubierto desde hace tiempo que vivir en poesía es, precisamente, alborotar la magia, sacarla de sus escondites y deambular con ella como una amiga que sólo exige mantenerse lejos de cualquier olvido. Los sentimientos sirven como materia prima para que la amistad entre la magia y el poeta fluya. El poeta sabe elaborar pociones de amor y verdad con los sentimientos. La magia le va indicando cuál es el ingrediente más sutil y cuál es el que más certeramente envuelve el corazón del buen lector.

 

“Comencé a escribir a modo de catarsis”

—¿Puedes hablar un poco de tu vida, tus estudios, tu familia?

—Nací y crecí en Lomas de Zamora, una localidad del sur del Gran Buenos Aires, una ciudad metropolitana que en la actualidad supera los trece millones de habitantes. Por entonces era, y sigue siendo, un barrio de clase media. Mi padre fue músico (bandoneonista) autodidacta en su juventud, era hijo de inmigrantes albano-calabreses. Mi madre era maestra educada en una escuela de monjas vasco-francesas, pero nunca ejerció. Hice el colegio secundario en la heroica Escuela Normal de Banfield (cuarenta desaparecidos).

—¿Desde cuándo te sentiste que escribir era tu destino?

—Comencé a escribir a modo de catarsis, casi convulsiva, poco antes del golpe militar del 76, y en los noventa entendí que hacerlo seriamente sería mi destino. En el 95 publiqué mi primer libro, La polaca.

—Tú y la poesía ¿cómo es la relación entre los dos? ¿Quién guía, quién se somete?

—Mi relación con la poesía es una relación de servidumbre. Me va la vida en ello. Es una relación tóxica en la que mis fibras más íntimas están comprometidas, no concibo más allá de la poesía, y su sucedáneo, el amor, alguna posibilidad de salvación, de equilibrio, de armonía, de relación con la naturaleza y con los demás.

—En definitiva ¿qué marca tu búsqueda en la poesía? ¿En qué etapa encuentras la máxima satisfacción?

—En las epifanías, en la visión intensa y extática que me posee y domina, en el tiempo exquisito y efímero en que puedo surfear sobre ella, hasta que lentamente me hundo o una segunda ola me envuelve y arrolla. Me sucede cada vez que descubro la belleza del “creato”, y cuando concluyo un poema que me gusta. Es que me parece demasiado para mí (que soy un pusilánime y un imbécil). Es como si lo hubiese hecho otro. Demasiado bello para ser cierto. Entiendo muy bien a Michelangelo cuando le pegó un martillazo en la rodilla a su Moisés.

—¿Cuáles son los poetas que prefieres leer?

—No puedo releer a los que fueron mis preferidos porque vivo aislado, en otra lengua, y la colección de libros de mi vida pasada (mi biblioteca madre) se está pudriendo en un depósito a veinte mil kilómetros de aquí. Tengo pocos libros conmigo. Vuelvo a las completas de Juan L. Ortiz, a Borges cada tanto, he sido amante de Marina Tsvetàieva y de Alejandra Pizarnik. He leído un poco a todos, Eliot, Pavese, Pasolini, Pessoa, Kavafis, Juarroz, Zurita, Thénon, los Lamborghini, Néstor Perlongher, Rimbaud, Lautreamónt, Montale, Bretón, Rilke, Joyce. Estoy ahora leyendo/estudiando los Cantos, de Ezra Pound. Hay poetas a los que he leído por devoción o voluntad de saber, y los que me rompieron la cabeza o han provocado en mí un fuerte impacto emocional. Entre ellos puedo agregar a Héctor Viel Temperley, Jacobo Fijman, Enrique Cadícamo, Luis Alberto Spinetta, Raúl González Tuñón, Julián Centeya, Emily Dickinson, Gregory Corso y algunos más.

—¿Qué es lo que más amas en la vida?

—Todo lo que me procura placer, no sólo en términos individuales, sino y sobre todo sociales y humanos. Sean ellos dones naturales o culturales.

—Tu poesía es un arte elevado, esencia del lenguaje; en lo que haces ¿sientes la respuesta de los lectores?

—La siento, y me gratifica. La poesía se hace “entre” y “por” todos. Ese entre, o contra, es la gran clave.

—¿Qué haces cuando te desanimas?

—Pongo una peli.

—¿Has avanzado con lentitud o con prisa? ¿Con dolor o alegremente?

—Con lentitud. Yo siempre he llegado tarde a todo. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”, dice el tango. Y como solía repetir mi padre: no hay nada que no diga un tango.

—¿En dónde vives? ¿Cómo desarrollas tu poesía allí?

—Vivo en Trieste desde hace veinticinco años, exiliado por razones económicas, tengo una hija que estudia en Holanda. Trabajo en solitario y en la más absoluta intimidad. No hablo mi lengua, sino raramente, pero “vivo” en la Argentina, nunca dejé de vivir allí y mi patria es la lengua castellana. Para los exiliados de todas las estirpes, el desarrollo de la telefonía e internet ha sido una bendición que nos permite estar conectados con el mundo, a pesar de las distancias. Sin estos instrumentos esta entrevista no habría sido posible. Jamás te hubieras enterado de que en Trieste hay un loco que escribe en castellano y es además un gran poeta. ¡Ja! ¡Ja!

—¿Qué es lo que nombras con más insistencia en tu poesía?

—Pienso que la palabra vida; según una poeta amiga que ha leído el manuscrito de mi próximo libro (aún inédito), la repito allí veintidós veces.

—Este tiempo ¿lo has visto bien? ¿Lo has podido atrapar con tus palabras?

—Creo que tu pregunta está mal formulada, o al menos yo no la comprendo bien, pero si se refiere a mi relación con el tiempo (o nuestro tiempo) en mi trabajo literario, haré referencia a un comentario que a este propósito ha hecho el poeta colombiano José Onías Cuéllar Calderón (Josio):

Somos esa historia que trae Eduardo, no la cronológica, es esa historia que se mete en la sangre e inunda no sólo el cuerpo, sino el pensamiento, el inconsciente, el fluir de lo momentáneo y eterno a la vez. Y alcanzamos a ver a Federica preocupada, amante, algún rezago de orgasmo, su desaparición prevista y no. Nos metimos luego a esa fantasía de mundos “casanovianos”, todos los momentos reunidos en uno solo. Nos muestra que esa imaginación, esa fantasía, no son ajenos a la realidad, son el producto de la misma desde los ojos de Federica. Desde una cuántica armonía y caos a la vez, nos propone el tiempo sin tiempos, los andares disueltos que se complementan.

 


 

No puedo responderle a Eduardo otra cosa que no sea esta:

Cuando te hablo de este tiempo aludo a los inicios del nuevo siglo y también al que has vivido como generación; hablo del tiempo que debería corresponderte como ser humano nacido en el año 1956. Si hubieras nacido en 1856 habría sido incorrecto hablarte de “Este tiempo”.

Y a continuación pongo uno de sus poemas, y un fragmento de otro, que son joyas para descubrir una manera honda y al mismo tiempo desenfadada, irreverente, alegre. Bandadas de palabras vuelan y cantan desde ese paisaje urbano, desde ese hombre frondoso en luces.

 

Eduardo Magoo Nico

Amor

¿Amor, amor, todavía muerdes?
Ella repasa indiferente
Los labios de la herida
Seduce por lo que será
Cuando se abra
¡Ensanche hacia los yermos unánimes
Del íntimo!
(Susurrado entre dos lenguas)
Parece que Unamuno dijo:
¿El italiano?
Un español sin huesos...

 

La noche y el día
(fragmento)

A menudo un hombre desea estar solo
También una mujer suele desear estar a su aire...
Si se aman
Llegan incluso a sentir celos
El uno por la ausencia del otro
Nosotros podíamos sentirnos solos
Estando juntos
Juntos contra todos los demás...
Es algo raro y precioso
Cuando sucede
¿O un producto de las circunstancias?
Me he sentido muchas veces solo
En medio de la gente
Y ese es el peor modo de estar en el mundo

 

José Pulido
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