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Dos brevedades

jueves 22 de mayo de 2025
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Dos brevedades de Marco Antonio Campos
Ahora que veía venir al Minotauro con toda su furia concentrada, el hombre se imaginó un instante con la joven en la llanura seca de su región munífica de higueras y de olivos.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Matar al Minotauro

a María Luisa Burillo

Para la lucha con el Minotauro el hombre se preparó como nunca. Sabía que de no vencer su ciudad no llegaría a tener jamás grandeza y gloria. Afuera del laberinto la hija del rey esperaba. Dándose valor, calculando su fuerza, ahora que veía venir al Minotauro con toda su furia concentrada, el hombre se imaginó un instante con la joven en la llanura seca de su región munífica de higueras y de olivos, de vides y de espigas, en los meses de violento sol o en la tibieza del otoño. Eso le dio más fuerza.

La batalla fue terrible y muchas veces dudó de su victoria, pero al fin golpeó con tal fuerza al Minotauro, que lo hizo padecer cruelmente cada crimen cometido.

Con la alegría del vencedor buscó el hilo que la joven le dio para salir. El hilo no estaba. No le importó hallar de inmediato la salida. Conocía de laberintos y salir de este sólo costaría más tiempo. Comprendió que la mujer se creería engañada. Pero cómo explicarle que no.

 

Ítaca (Odisea, 80-85)

Cuando Hermes llega a la isla no encuentra a Odiseo en la gruta de Calipso, porque en esos momentos se hallaba sentado en la playa, con el corazón dolido, fijando la vista en el mar.

Es uno de los instantes más altamente apolíneos de ese vasto poema de la fidelidad que es la Odisea. ¿Por qué, si Odiseo tiene todo con Calipso, aun la irresistible promesa de no conocer la vejez, ansía volver a Ítaca? ¿Por qué padece esa continua y honda nostalgia triste, que lo hace volver siempre al mismo punto, y acabar siempre arrasado en lágrimas?

Odiseo pudo anhelar y amar los viajes, pero nunca desechó la idea de volver a la tierra donde nació, creció y reinó. A diferencia de los de Sinbad, sus viajes son involuntarios: los dictan el destino o los dioses. En su favor puede decirse que cuando se convocó a los argivos para vengar el agravio del rapto de Helena, Odiseo —estaba recién nacido Telémaco— trató de no cumplir el pacto que lo unía a su raza.

¿Pero qué contemplaba Odiseo después de treinta años —o de veinte, para no manchar la credibilidad de la saga—, sentado en la playa y mirando el rumoroso mar? ¿Por qué, oh sacrificio ilímite, oh preferencia conmovedora, desdeña la inmortalidad con Calipso por los brazos casi mustios de Penélope, por el hijo de quien ignora la suerte, por la pequeña y verde y noble tierra?

Marco Antonio Campos
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