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Doscientos años de amor es su primera novela y el inicio de una saga
La serena utopía de Rubén Torres de Mesa

viernes 15 de agosto de 2025
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Rubén Torres de Mesa
Rubén Torres de Mesa: “En mi novela Doscientos años de amor, la comarca ficticia, con sus peculiaridades, tiene, como habrán comprobado ya algunos lectores, ese modo de vida calmosa, con un ritmo de vida pausado.

Vivimos tiempos de velocidad y fragmentación, un estado de cosas que por supuesto ha permeado la literatura contemporánea. Por eso siempre es de agradecer la irrupción de obras como Doscientos años de amor, que esgrimen una delicada pero firme defensa de lo esencial: los vínculos humanos, el ritmo natural de los días, la repetición como forma de plenitud. La novela de Rubén Torres de Mesa transcurre en una comarca donde cada gesto cuenta y cada personaje —por mínimo que parezca— ocupa un lugar irremplazable en el entramado afectivo de la comunidad.

El autor español, natural de Málaga, ha construido, con un estilo pausado y ceremonial, una novela coral en la que lo simbólico y lo cotidiano conviven sin sobresaltos. La historia de Gonzalo y Mona, eje amoroso del relato, se entrelaza con otras tramas menores —como las de Paco, Lucas o Atanasio— que expanden el universo emocional de la obra y lo cargan de matices. A lo largo de más de ciento treinta capítulos, el lector asiste al desarrollo de una comunidad que no le teme al tiempo, sino que lo habita, siempre de la mano de un escritor que no tiene empacho en abrazar la metaficción para decir: todo lo que ha sido narrado tenía que ocurrir así, porque también la literatura, como la vida, necesita sus ritos.

Esta es la primera novela de Torres de Mesa, quien ya ha publicado la colección de cuentos Relatos desordenados (Atlantis, 2020) y el libro testimonial Gracias a Dios (Autografía, 2022). El autor, formado en letras puras y en filología, ejerció como administrativo en una gestoría durante más de veinte años. Asimismo, diseñó y programó toda la plataforma informática administrativa de la Facultad de Criminología de la Universidad de Málaga (UMA). Hoy conversamos con él sobre las decisiones formales que dieron forma a Doscientos años de amor, sobre los símbolos discretos que pueblan sus páginas, sobre la mirada compasiva que lo recorre todo, y sobre los ecos personales y espirituales que laten tras el relato.

 

Doscientos años de amor, la saga

—Tras una trayectoria marcada por la escritura íntima —diarios, relatos breves, poesía y un testimonio autobiográfico sobre tu conversión espiritual y tu lucha contra el alcoholismo—, llegas ahora a la novela con Doscientos años de amor. ¿En qué momento supiste que querías narrar una historia coral y extensa como esta? ¿Hubo un disparador concreto que te condujera a ese universo vivo que propone el libro?

—No hubo ningún momento crucial en el que supiera que escribiría la historia con esas características. He oído a otro autores decir que las historias vienen a ellos, y puedo afirmar que en este caso también fue así. Porque una tarde empecé a escribir, todo a partir de una palabra que me pareció sugerente, como fue desván, y que aparece en el primer párrafo de la novela. Desde ahí, todo se fue desarrollando solo, la novela se iba dando mientras escribía, no tenía ni idea de hasta dónde podía llegar. Y fíjate, la saga de Doscientos años de amor ya va escrita por su décima parte, todo un monumento a las historias de ese ficticio pueblo, capital de una comarca, compuesta ésta también con localidades de las mismas características.

—Tu novela se publica en un contexto en que el ruido, la urgencia y la fragmentación dominan gran parte de la narrativa contemporánea. Sin embargo, tú eliges deliberadamente un tono calmo, un espacio contenido y un ritmo casi litúrgico. ¿Es esto una búsqueda personal de sentido? ¿Cómo se alinea este estilo con tu propia personalidad?

—Esta comarca ficticia con sus peculiaridades tiene, como habrán comprobado ya algunos lectores, ese modo de vida calmosa, con un ritmo de vida pausado. No se trata de búsqueda de sentido personal, tal vez es un anhelo o utopía con que me gustaría que la vida llevara, viviendo como estamos con urgencia y mucho ruido —que, como has dicho, se refleja también en la literatura contemporánea, ya que ésta muestra nuestras sociedades. Y sí, mi intención es llevar una vida tranquila, en calma y serena, lo que voy consiguiendo con los años.

“Doscientos años de amor”, de Rubén Torres de Mesa
Doscientos años de amor, de Rubén Torres de Mesa (Caligrama, 2025). Disponible en Amazon

—En el libro se intuye una voluntad de preservar una forma de vida, un mundo que resiste la erosión del tiempo. ¿Tuviste desde el principio la conciencia de que estabas escribiendo algo así como un testamento narrativo de lo humano en su estado más sereno y esencial?

—Mientras avanzaba con el texto, me hice consciente de que la novela podía servir como una reivindicación de ese modo de vida, donde las personas, si son felices, enamoradas por completo de sus parejas, en mutua correspondencia, y seguros el uno del otro, no necesiten más asuntos innecesarios, que esta sociedad actual brinda por todas partes.

—Cuando decimos Doscientos años de amor inevitablemente nos acordamos de Cien años de soledad, pero es que además tu novela parece proponer una réplica afectiva a esa visión más trágica y cíclica de la historia latinoamericana, que por otra parte funciona casi como una señal literaria de lo que le aguarda al lector. ¿Puedes hablarnos de ese diálogo de tu novela con la obra de García Márquez?

—Sí he de decir que, desde la primera página, me dejé llevar por la obra clásica Cien años de soledad, a partir del detalle de la venta de un objeto a una caravana de gitanos, pero no más. Siendo que el primer título que le puse a la novela fue En la comarca, pero, como dije, avanzando en la escritura, poco a poco, me hice consciente de que podía servir de reivindicación de los valores descritos antes. Introduje elementos de realismo mágico después pretendiendo que el escrito, desde esas características ficticias, tuviera al menos credibilidad, y fuera distinta en su óptica vital a Cien años de soledad, la cual, cómo sabemos, es bastante trágica: de ahí procede su título, Doscientos años de amor, en vez de cien de soledad.

—Me parece muy interesante cómo construyes Doscientos años de amor a partir de fragmentos breves, cada uno con su ritmo propio, pero todos tejidos en una trama mayor, a la manera de un mosaico o un tapiz. ¿Cómo fue el proceso de estructuración de este libro? ¿Partiste de una visión global o fuiste descubriendo la forma capítulo a capítulo?

—Ya lo comenté antes, todo fue surgiendo de a poco, conforme iba escribiendo.

—Hablemos de lo simbólico en tu novela. Aquí tenemos un teatro de títeres, un corazón de madera, una profecía gitana o una carta de amor que conviven en un espacio y forman parte natural del mundo. ¿Qué importancia le das a este aspecto en Doscientos años de amor?

—En la novela no utilicé nada de elementos simbólicos, los introduje porque así me pareció.

 

Rubén Torres de Mesa, escribiendo desde la experiencia

—Hay un gesto de renuncia en varios personajes que llama la atención. Gonzalo decide no utilizar el teatro heredado que supuestamente da poder sobre los demás. Atanasio vuelve a la fe tras años de negarla. Lucas y Dolores aceptan el amor en silencio, sin grandilocuencia. ¿Qué lugar ocupa la noción de redención o de aceptación en tu universo narrativo?

—Según creo, no tengo universo narrativo aún. Y, en cuanto a esas nociones que aparecen, las incluyo en la novela porque las supuse lo más acertado en el momento de la escritura.

—Tienes una variedad de personajes femeninos en la novela. Están, por ejemplo, Amanda, madre de Gonzalo, figura de temple sereno y de acogida; Mona, joven comedida que se integra con naturalidad a la familia Tenorio; Dolores, viuda que transita hacia una segunda oportunidad amorosa con una mezcla de pudor y valentía; Paquita, viuda de las que visita el padre Emilio y que estudia aritmética con él. No son personajes que impongan su voluntad en términos argumentales o dramáticos, pero sí ocupan un lugar firme y fundamental en el entramado afectivo y simbólico de la novela. En estos tiempos en que asistimos a una resignificación y revaloración de los géneros, ¿cómo te planteas el desarrollo de un personaje femenino?

—Lo introduje así porque creía que era lo más conveniente para la trama; no me lo planteé, ya dije que la novela fue creciendo conforme la iba escribiendo.

—Has hecho un largo recorrido vital y profesional: has sido administrativo, programador, camarero, poeta premiado en tu juventud, autor de relatos y de un testimonio espiritual. ¿Qué aspectos de esa experiencia múltiple te ayudaron a construir los personajes de esta novela?

—He pasado algún tiempo en bares; tal vez por eso, en la novela, tengan un peso significativo, como escenarios que acogen los episodios entre los personajes.

—Dejando a un lado la ya comentada relación entre tu novela y la obra cumbre de Gabriel García Márquez, ¿cuáles consideras que son tus influencias literarias? ¿Qué lecturas han ido formando con los años el estilo de Rubén Torres de Mesa?

—Como influencia literaria, en esta novela, está claro que es el universo de Cien años de soledad, clásica obra a la que ya le hice un guiño en el argumento, así como el resto de la obra de García Márquez. Y mis lecturas han sido muy variadas, y de autores muy variados, que irlos desglosando aquí no sería conveniente. Por otro lado, he de afirmar que en estos últimos años he descubierto y aprecio mucho la obra de Alessandro Baricco, escritor italiano que siempre le da un toque encantador y mágico a sus escritos, por decirlo rápido y mal.

—Sé que pronto aparecerá una segunda parte de la novela, y me pregunto qué les depara a tus personajes. Pero además me gustaría saber qué otros proyectos tienes en mente.

—Ya he confesado hasta qué parte de la saga de Doscientos años de amor se llevan escritas, y que, asimismo, van creciendo conforme las escribo. Y, por otro lado, como cristiano católico que soy, me enfocaría hacia vidas de santos, tal vez el primero fuese san Juan de la Cruz, del que ya tengo bibliografía, y le tengo especial afecto.

Jorge Gómez Jiménez

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