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Su libro El divino desorden nació de su dilatada experiencia docente
Viviana Ackerman quiere ayudarnos a leer a Borges

viernes 13 de febrero de 2026
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Viviana Ackerman
Viviana Ackerman: “Los aspirantes a lectores de Borges son mayormente, para mí, una fuente de felicidad”. 📷 Carlos E. Onetti

La obra de Jorge Luis Borges ha generado una vasta tradición crítica que oscila entre la exégesis erudita y la simplificación divulgativa. En ese territorio complejo, volver a leer a Borges implica asumir un doble desafío: respetar la densidad conceptual de sus textos y, al mismo tiempo, intentar comprender y explicar sus mecanismos sin convertirlos en un sistema hermético. Ese desafío no es sólo teórico, sino también pedagógico, y exige una mirada capaz de ordenar sin clausurar, de explicar sin reducir.

El divino desorden trata de cubrir esa necesidad de volver a pensar a Borges desde un lugar de lectura activa y reflexiva. La escritora y docente argentina Viviana Ackerman propone en este libro un recorrido temático por los núcleos que estructuran su obra —los artificios, el lenguaje, la lectura, la traducción, el orden y el caos— y los presenta como partes de un sistema en permanente tensión. El resultado es un ensayo que dialoga con la tradición crítica, pero que se apoya de manera visible en una práctica sostenida de lectura y de enseñanza.

Esta entrevista busca explorar los fundamentos de ese recorrido: las motivaciones que dieron origen al libro, las decisiones formales que lo estructuran y la experiencia personal y docente que lo sustenta. Más que una revisión exhaustiva de contenidos, el diálogo propone indagar en el modo en que se construye una lectura de Borges hoy, desde la cercanía prolongada con sus textos y desde la convicción de que su obra sigue planteando preguntas esenciales sobre la literatura, el lenguaje y el acto mismo de leer.

 

“El divino desorden”, de Viviana Ackerman
El divino desorden, de Viviana Ackerman (Letralia-FBLibros, 2025). Disponible en Amazon

El divino desorden o cómo ordenar las ideas sobre Borges

Tu libro representa un esfuerzo didáctico para desentrañar, como bien dice el subtítulo, las claves de la obra borgiana. Ya en las palabras preliminares cuentas cómo tiene su origen en talleres de lectura, conferencias y seminarios que has dictado en diversos espacios. Me gustaría que empezáramos hablando de cómo todo ese contingente terminó convirtiéndose en El divino desorden.

A mí me gusta mucho trabajar con guías de lectura, tanto en el campo lingüístico-gramatical como en el terreno literario. Se trata de un conjunto de preguntas, observaciones, señalamientos, que les doy a los alumnos, antiguamente en fotocopias y luego en forma digital. Según los espacios de trabajo —formales y académicos o informales y extracurriculares— responder a dichas “preguntas” puede o no ser obligatorio. Este método me resulta muy útil porque el participante, al contar con estas indicaciones, siente que hay un camino, un terreno firme donde pisar, una estructura organizada. Al mismo tiempo, dejo la puerta abierta para eventuales interrogantes u observaciones que surjan en la dinámica del debate.

Un día empecé a completar por escrito yo misma las respuestas y a organizarlas con sistematicidad, y ello por dos razones. La primera, como método de trabajo y para ordenar mis propios conocimientos, conclusiones, lecturas, y evitar que se me “evaporaran”. La segunda porque, con el tiempo, en estas guías empecé a agregar la riquísima cantidad de ideas, de nuevas interpretaciones propias y ajenas surgidas del debate, que se iban sumando a lo previamente pensado por mí en el momento de redactar las preguntas. Yo pienso mejor con el otro, en el diálogo. El diálogo es un dispositivo fabuloso de generación de pensamiento.

Entonces, al ver crecer ese caudal de hojas con tantas cuestiones, ideas, conexiones, me puse a organizarlas y a interconectarlas, y así, con los años (pues me llevó varios años, lo confieso), fue surgiendo El divino desorden.

 

Mucha gente considera a Borges un autor difícil, y me temo que esta fama le precede. Si bien para un lector que ya lo conozca y que se haya internado en sus laberintos —nunca mejor dicho— esta aparente dificultad se vuelve parte del deleite, la multitud de referencias culturales en su obra puede ser un desafío. ¿Te ha tocado trabajar con el lector, digamos, abrumado, en tu actividad docente? ¿Puede este libro ayudarlo a comprender el universo borgeano?

Te diría que hay múltiples dificultades, ya que, por ejemplo, la profusión de nombres propios, algunos más o menos familiares y otros francamente por completo desconocidos incluso para el lector muy culto, son un verdadero obstáculo a la hora de leer, y pueden generar mucha antipatía, desánimo y rechazo. Ni hablar de los tiempos preinternet, en que uno fotocopiaba los artículos o las entradas de las enciclopedias, recortaba los papelitos y los pegaba prolijamente en una fotocopia (parece pedestre, pero estos aspectos materiales también nos hablan de cómo se lee y del trabajo que significaba acceder a esa maraña de antropónimos, topónimos, divinidades extrañas, etc.). Por lo tanto, te diría que prácticamente todos los lectores se sienten abrumados, en mayor o menor medida, por este aspecto. ¿Quién escuchó hablar de Clontarf o de Gunnlaug? Casi nadie, salvo algunos pocos seguidores de Borges y de su pasión por el anglosajón y las culturas germánicas medievales, un reducido grupo de especialistas, no más. Esto, en relación con la proliferación de nombres propios totalmente desconocidos y desconcertantes.

Luego tenemos temas de la cultura general o de la alta cultura, como la Divina Comedia, las obras de Homero, autores como Cervantes, Kafka, Chesterton, Poe, que son referencias culturales amplias, situadas mucho más cerca del deleite que del desafío. Con estos autores más familiares pude ver cómo muchos lectores que sentían que tenían una asignatura pendiente (con el Quijote, con la Odisea, con El proceso, por ejemplo), se veían lanzados por un fuerte apetito literario, no por un mandato superyoico, sino por un genuino deseo de leer. Y esto es muy reconfortante.

Mi libro se propone ayudar al lector a entender la función del “enciclopedazo”, como me gusta llamarlo, o sea de la enciclopedia como elemento de desestabilización del lector, abrumado por tanto nombre desconocido. Se propone, igualmente, dar a entender que el artefacto enciclopédico es una de las pasiones borgeanas (recordemos por ejemplo “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”), y que en este recubrimiento erudito hay que ver una de las máscaras de Borges, una de sus maniobras lúdicas. Borges se disfraza de erudito, pero no lo es realmente. Sí era, y esto se ve en su Autobiografía y en sus múltiples charlas, un apasionado lector de enciclopedias. Por consiguiente, juega con esta cuestión. Estas explicaciones, en el campo de mi actividad docente, sin duda fueron de gran utilidad, o fuente de sosiego y tranquilidad para los alumnos, y con el libro supongo que también. La respuesta del alumno es clara y directa, mientras que la del lector no se manifiesta del mismo modo.

 

Tú identificas cuatro tipos de lectores de Borges: “borgeanos fanáticos, lectores asiduos, lectores esporádicos y aspirantes a lectores de Borges”, como enumeras en esas palabras preliminares. ¿Qué dificultades específicas detectas en cada uno de esos lectores? ¿Cómo dialoga el libro con esas resistencias sin simplificar la complejidad de la obra borgeana?

Esta categorización se me ocurrió con miras a prologar el libro, y la pensé en función de las personas que se acercaban a mis cursos y talleres. Intuitivamente, yo veía estos perfiles y los tenía claros, pero se cristalizaron así en el momento de tomar la pluma. Hoy añadiría una quinta categoría, la de los especialistas. Éstos, lógicamente, no frecuentaban los espacios que yo llevé adelante, y tampoco son los destinatarios primordiales del libro, al menos en principio. Los fanáticos, entendiendo por tales los entusiastas, los apasionados de Borges, son los que lo leen y lo releen y, en muchos casos, lo endiosan. De tanto frecuentarlo, no tienen las dificultades más habituales que nuestro autor plantea. Buscan compartir su pasión con otros, intercambiar sus interpretaciones, corroborarlas, cotejarlas y debatir. Los lectores asiduos y los esporádicos tienen que poner mayor empeño: aman a Borges o lo quieren amar, lo pueden abordar y lo hacen con poca o ninguna inhibición pero con esfuerzo y a veces con desaliento. Otro desafío compartido por fanáticos, asiduos y esporádicos, pero en diferente grado según cada lector, es la dificultad para armar la trama de la historia. Como lo explico en el último capítulo, las tramas no son difíciles (salvo la de Tlön, que es la más “pendenciera”), no son complejas, pero están veladas por un sinnúmero de maniobras que obstaculizan su percepción. Por ejemplo, un relato como “Abenjacán el bojarí, muerto en su laberinto”, es de ardua lectura y cuesta recomponer el hilo argumental.

Los aspirantes a lectores de Borges son mayormente, para mí, una fuente de felicidad. O están inhibidos y ni siquiera se atreven a acercarse por toda el aura que lo rodea y la reputación que lo precede, o han fracasado. Borges los derrotó, retomando sus palabras. Entonces se acercan a dispositivos como el taller de lectura para poder entrar en ese universo de la mano de alguien, con otros, a fin de poder avanzar acompañados y adquirir destrezas lectoras. Están paralizados por lo que yo llamo el “efecto cábala”, y es muy comprensible. Es un regalo ver, a lo largo del tiempo, cómo algunos aspirantes se convierten en asiduos y en fanáticos lectores de Borges.

Para vencer las resistencias (agradezco el uso de esta palabra porque en todo proceso de enseñanza/aprendizaje hay resistencia, paradójicamente), es que escribí el capítulo 3 sobre la cábala, ya que “qué es la cábala” es una pregunta que se plantea todo lector de Borges, sin encontrar en el propio autor una respuesta. También expongo en el capítulo 2 algunas nociones básicas de narratología que, según me han dicho muchos alumnos y algunos lectores, resultan de gran utilidad no sólo para leer a Borges sino a otros autores. Mi gran pasión es la enseñanza, que se despliega en la oralidad. A mí me gusta el diálogo que entablo con esas resistencias, pero para obtener una respuesta cabal a tu pregunta, tendrías que entrevistar a algún lector (risas).

 

Viviana Ackerman y las instancias en juego al leer a Borges

Son diez capítulos los que conforman El divino desorden y cada uno aborda una arista distinta: la cábala, el Aleph, los artificios, el caos, lo fantástico, el relato policial, la traducción... Como han pasado más de diez años desde su primera edición, quizás es pertinente preguntarte: ¿hay algún tema que hubieras querido incluir pero que, por metodología o por alguna otra razón, se ha quedado fuera?

Unos cuantos... El concepto de lo criollo, la doble pertenencia borgeana a lo criollo y a lo europeo y cómo esta tensión se juega de distintas maneras, cómo Borges la expone, la impone, la resuelve con diferentes maniobras, la cuestión metafísica incorporada e infiltrada en su escritura, la evolución de la poesía borgeana, la relación de Borges con la política, que es muy controvertida y compleja, la relación de Borges con el canon de la literatura argentina. Y habría aún muchos más.

 

El segundo capítulo, dedicado a los “autorretratos” de Borges, comienza describiendo un andamiaje narratológico preciso —autor empírico, autor textual, sujeto de la enunciación, narrador— que no siempre aparece con tanta claridad en los estudios sobre Borges. ¿Qué malentendidos habituales sobre el yo borgeano buscaste desmontar con esta explicitación teórica?

Como te decía antes, me pareció muy necesario hacer esta introducción para presentar conceptos que resultan básicos, elementales, a la hora de analizar un texto literario en general. Sin entrar en una profusión de tecnicismos, era importante proporcionar nociones claras acerca de las instancias que se ponen en juego y articulan toda narración y todo escrito en general. El error más común es que muchos lectores suelen confundir al autor con el narrador y con el autor textual. Es muy habitual que llamen autor al narrador, pero sabemos que son instancias diferentes. A su vez, se confunde la persona de carne y hueso (el autor empírico) con el autor en tanto escritor (que en esta segunda edición decidí nominar autor textual, porque me pareció más clara que la anterior). Retomando el “yo borgeano”, éste aparece frecuentemente de manera autorreferencial, pero por fuera del pronombre “yo”. Por cierto, este capítulo es el único que cambié (no demasiado, sólo algunos párrafos), porque me pareció que no había sido suficientemente clara en la primera edición.

Te decía que uno encuentra bibliotecarios, profesores de literatura inglesa, ciegos, que naturalmente son parte de ese yo borgeano y que se dispersan a lo ancho y a lo largo de la obra de Borges, y donde uno puede captar al autor textual, al sujeto escritor, que no es el autor empírico, aunque por supuesto hay una conexión. Estas son las confusiones habituales. Borges, hay que recordarlo, es muy autorreferencial y autobiográfico, incluso mucho más de lo que parece. Él mismo lo declaró reiteradamente.

 

En una de nuestras conversaciones previas hablamos de cómo Borges se dirige al lector en “El Aleph”, relato cuyo análisis ocupa todo un capítulo. Me refiero, lo sabes, a esa frase: “vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré”. Le dedicas algunos párrafos muy luminosos a la operación que hace allí el autor, algo que quizás se relaciona con la aparente oposición entre el hombre privado y el escritor público, que tocas también en algunos apartados del libro. ¿Puedes hablarnos más de esto?

Le quise dedicar un espacio a este fragmento de alto voltaje poético que es la descripción de todo lo que el protagonista ve en el Aleph. Un poco en broma, un poco en serio, yo quisiera que este fragmento estuviera siempre en un formato de audiolibro, porque es para escuchar y volver a escuchar. De hecho, yo lo suelo releer en voz alta. Borges decía que cuando nos sentimos tocados por la poesía nos acomete la ineludible (y urgente) necesidad de leerla en voz alta. En “El Aleph”, se trata de un momento muy especial por su belleza, su música, su torrente verbal que casi podría decirse que te toca, que te acaricia, que te sopla como el viento, que te abraza y te envuelve, que te embriaga, que te marea, que te sacude como las olas del mar. Es un párrafo extraordinario. Por un lado, podría decirse, esta sucesión de imágenes está encadenada a la tiranía de la sucesión temporal, que es a lo que se refiere Borges cuando anuncia un poco antes que “aquí empieza mi desesperación de escritor”. ¿Por qué? Porque el lenguaje es sucesivo, pero la experiencia del Aleph no lo es. No se sucede en el tiempo: de manera fantástica, el tiempo queda suspendido y todo lo que hay, lo que hubo y lo que habrá en el mundo se presenta a su mirada en completa simultaneidad. Es un momento fantástico porque requiere que se suspenda la incredulidad, exige que creamos que esto es posible. Esta suspensión del tiempo y de nuestra incredulidad como lectores va de la mano de la abolición temporal de la organización lingüística del paradigma y el sintagma, como lo explico en el libro. Es decir, que en la experiencia con el objeto mágico quedan abolidos estos dos ejes, pero en el momento poético de la escritura, por supuesto que no, dado que el poeta se expresa verbalmente y en la lengua seleccionamos (paradigma) y combinamos (sintagma). Por otro lado, cuando el narrador, que lo está contando todo en tercera persona, dice “vi tu cara, y sentí vértigo y lloré”, en una maniobra que técnicamente llamamos apóstrofe, nos está arrebatando para lanzarnos dentro del poema, casi físicamente, nos está secuestrando para llevarnos junto con él, en una operación también muy potente que le otorga aún más fuerza y belleza al instante gigantesco.

Me gusta mucho tu pregunta. No había relacionado este momento con la falsa dicotomía del escritor público y el hombre privado, con esa banda de Moebius, figura topológica que, de hecho, también puede ilustrar la contemplación del Aleph. Aquí, entre el autor textual y el autor empírico parece que no hay bordes, como tampoco los hay entre el lector y el autor. Todo quedó entreverado, todas las instancias narrativas, todos los actores que participan se confunden. Y uno no sabe quién ni lee ni quién escribe esa página.

 

Borges se interna en el relato policial de Poe, de Chesterton, y lo trae a su universo. Así produce obras como “La muerte y la brújula” o “El jardín de senderos que se bifurcan”, que ubicas en planos distintos: describes el primero como “el cuento policial borgeano por excelencia” y el segundo como un relato donde lo policial aparece “socavado y desviado”. Además son textos en los que aparecen símbolos tan borgeanos: el azar, el laberinto. Me gustaría que nos contaras sobre la concepción de Borges del género.

Borges tenía una gran admiración por el relato policial de enigma, a lo Poe. Tan afecto a los acertijos y desafíos intelectuales como era, le encantaba poner al lector en posición de adversario, como en una partida de ajedrez. Además, veía en el relato de enigma un dispositivo que viene a poner orden en un mundo de desorden, como lo declara en una conferencia que se denomina, precisamente, “El cuento policial”. Entonces, partiendo de ese lector engendrado por Poe, ese lector que ya está armado con suspicacia y en estado de alerta (más allá de que haya leído estrictamente a Poe, ya que el “efecto Poe” ha impregnado la literatura), ese lector, decía, está dispuesto a tener que vérselas con desafíos. Borges toma del policial ese elemento, esa estrategia, y la traslada no sólo a su cuento policial “La muerte y la brújula” y a lo que llamo los aledaños del policial, sino que va dispersando por todas partes este tipo de miniestrategias que siembran suspenso, alerta, desconcierto. La valoración que Borges hace del relato policial en los años cuarenta, muy vanguardista pues en aquella época dicha literatura era considerada “menor”, no sólo se refleja en su trabajo con Bioy Casares en la elaboración de la colección El séptimo círculo, sino en el impacto que lo policial va a tener en su escritura mucho más allá del género.

 

“Es asombroso cómo leemos siempre algo diferente”

Has enseñado literatura en contextos culturales y lingüísticos distintos, en Argentina y en Francia. ¿Qué te aportó esa circulación entre lenguas y tradiciones a la hora de pensar la obra de un autor tan atento a la traducción y al desplazamiento cultural?

Son públicos diferentes. Con los lectores no argentinos, hay que reponer el contexto cultural, y es una tarea fascinante. Por ejemplo, explicarles qué es el truco, qué es una puerta cancel, qué significa una esquina rosada o un sagrado monumento en la Chacarita. Hay que poder transmitir el sabor del Río de la Plata y también del sur del Brasil, del Uruguay, porque los escenarios de la acción narrada por Borges o evocada en los poemas va más allá de Buenos Aires. Hay vocablos intraducibles. Me acuerdo por ejemplo de la frase “abran cancha, señores, que la llevo dormida”, en “Hombre de la esquina rosada”. Hubo cotejos con el francés, y me llevó una larga clase transmitir no sólo la significación de “abrir cancha”, por supuesto intraducible, sino también su valor connotativo en ese contexto. Hay que decir que este cuento es particularmente arduo desde el punto de vista del léxico. Transmitir estas cuestiones a un hablante de otras lenguas, e incluso a un hispanohablante de otra variedad, es muy lindo, te hace pensar, te hace entender más tu propia lengua, tu propio dialecto.

Por otro lado, me encantó ver que el humor de Borges pasa sin dificultad. Por ejemplo, en Estrasburgo, cuando vimos a Carlos Argentino Daneri proponerle a “Borges” “ir a tomar juntos la leche”, la clase estalló de la risa. Y ni te cuento con los cacofónicos versos del pobre Daneri, con igual efecto. Me pareció genial que un público francés (estudiantes de la carrera español, o sea que estaban perfeccionando su castellano) pudiera gozar del humor de este hallazgo de Borges.

Disfruté mucho de transmitir, aunque es imposible calibrar hasta dónde de manera lograda, situaciones, el sabor de lugares llenos de connotaciones, como el Paseo de Julio, la calle Liniers, los antiguos Lacrozes, la calle Warnes en “Emma Zunz”, la calle Garay y el barrio de Constitución en “El Aleph”, ese fervor de Buenos Aires que acompañó a nuestro escritor durante toda su vida. Borges era un gran caminador; le gustaba salir y caminar por los barrios del sur, observar las aldabas, las puertas cancel, los enrejados, las calles, la madreselva. Es una Buenos Aires muy suya, trabajada por la mirada literaria. Si pensamos como contrapartida en las aguafuertes porteñas de Roberto Arlt, éstas tienen un sabor completamente diferente, porque en Arlt ya hay nostalgia por lo que se está perdiendo en los años 1930. O sea, hay desplazamiento de lenguas, de variedades dentro de una misma lengua y de lugares.

Con los argentinos hay mucho más contexto compartido, pero las clásicas dificultades que plantea Borges aparecen, naturalmente, junto con la necesidad de reponer cuestiones culturales por una cuestión de edad. Cuanto más jóvenes, más necesario se hace. Además, suelen surgir las cuestiones de la relación de Borges con la política, y esto genera mucho debate, que bien llevado es muy interesante.

 

En el libro se percibe una relación prolongada y casi cotidiana con los textos borgeanos. ¿Cómo fue transformándose tu propia lectura de Borges a lo largo de los años?

Me gusta leer pero, con los años, mucho más me gusta releer. Así que retorno, siempre con lápiz en mano, subrayo, releo. También fue cambiando la percepción: maniobras que me habían resultado forzadas hoy me parecen sencillas o espontáneas y viceversa. Por eso subrayar y glosar los libros es tan enriquecedor: a veces me asombro de lo que marqué o escribí hace diez años... Ahora no lo veo así, o lo había olvidado. Las lecturas se van integrando y aparecen nuevos puentes, nuevos puntos de contacto, que justamente aparecen, saltan, sin que los busque. Es porque van quedando en la memoria las huellas de lo leído. Hay una dinámica entre la memoria y el olvido, porque siempre olvidamos cosas, dado que es así como funciona la memoria (afortunadamente, no somos Ireneo Funes). Es asombroso cómo leemos siempre algo diferente, cómo vemos aspectos que habían pasado inadvertidos. Es tan cierto que no nos bañamos dos veces en el mismo río. Uno cambió y el texto, consecuentemente, también.

 

Mantienes desde hace años el canal Borges, los clásicos y los otros, en la plataforma YouTube. El título es descriptivo y claro como el agua: allí hablas de Borges, pero también de otros autores, clásicos o no. ¿Cómo ha sido esa experiencia? ¿Recibes feedback de tu audiencia?

Lo creé hace muchos años, y lo sostengo con despareja frecuencia. Últimamente decidí darle una continuidad sostenida, y espero poder lograrlo. Hay mucho feedback, de muy buen nivel intelectual y de lectores agudos y atentos. Es realmente satisfactorio. Recibo comentarios respetuosos, inteligentes, ricos, sugerencias, pedidos de análisis de otros textos e incluso correcciones, que agradezco. Porque en la oralidad, a diferencia de la escritura, no podemos corregir. Lo dicho, dicho está, y mi estilo es espontáneo. Así que más de un oyente me llamó la atención sobre algún error de geografía, o cosas por lo general de carácter enciclopédico. Lo agradezco y lo incorporo como comentario.

Es que a mí no me gusta leer, sino hablar y dejarme llevar. Yo parto de un esquema de lo que quiero decir y lo combino con improvisación, dando rienda suelta a la espontaneidad, sobre una pauta previa, pero que no es rígida. Es lo que me gusta hacer, lo disfruto. Los comentarios que todo esto genera son absolutamente enriquecedores. No es fácil responder a tantos mensajes; suelo poner un ícono para señalar que aprecio el comentario, y en ocasiones, dependiendo del contenido y también del tiempo que tengo y de los astros, me da por responder más detenidamente. Absorbe mucho tiempo, pero soy consciente de que el surgimiento de estos comentarios es el fruto que me llega como resultado del trabajo realizado, y ese fruto es muy valioso.

Uno de mis grandes amores literarios es Cervantes. En este momento estoy dedicándole un ciclo que voy alternando con Borges y con otros autores actuales que no son clásicos, que son los “otros”, jugando siempre con “el otro” borgeano.

Yo empecé con talleres de introducción a la lectura de Borges en 1997. Con el tiempo, por la naturaleza misma del autor, fueron surgiendo bifurcaciones, y el grupo decía “qué ganas de leer la Divina Comedia”, o “qué ganas de leer Bartleby el escribiente”. Yo preparaba entonces una breve antología, y entonces íbamos de Borges a los clásicos y también a los otros, o sea autores que no necesariamente son clásicos, pero que aparecían sobre la mesa. Así surgió el nombre Borges, los clásicos y los otros, y debo decir que leer al ritmo de los deseos, cuando los textos llaman a los textos, es una experiencia encantadora. Por eso un tiempo más tarde, cuando creé el canal, este sello se me impuso y yo no le opuse ninguna resistencia.

Jorge Gómez Jiménez

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