
Al finalizar mis estudios de bachillerato, junto con otros cofrades, subí la cuesta de la bohemia poética. Algún bar de mala muerte, o un café de chinesca decoración, eran las guaridas ideales para nuestras tertulias. Éramos quince individuos (más una señorita), adheridos como el moho a la penumbra donde se dibujaban malamente sillas y mesas repetidas en espejos curtidos de tiempo, desgastados en intrascendentes discusiones. Estábamos en esa etapa ilusa de creernos unos Rimbaud de municipio a media tarde. Todo iba de maravillas hasta que algún integrante soltó esa herejía de que debíamos editar una revista.
La idea dividió al grupo en dos: estaban lo que anidaban pajaritos preñados en sus cabellos, que aprobaron la moción sin chistar, y luego estaban los mundanos descreídos que desglosaron todas las trabas posibles; no hay dinero, una imprenta es costosa, necesitaremos una secretaria a la que habrá que pagarle para transcribir los textos y un sinuoso etcétera de impedimentos.
No obstante, en esa carrera de editar la revista superamos todos los obstáculos y ya con el material seleccionado caímos en cuenta de que faltaban los dichosos ensayos. Para semejante labor fui el “escribidor” designado.
Aunque buen lector de novelas, cuentos, poesía e incluso obras de teatro, el ensayo nunca estuvo en el radar de mis lecturas. Así que fui a una biblioteca a empaparme sobre las vicisitudes del género. Leí algunos ensayistas del barrio local y a los ensayistas ingleses en una antología prologada por Adolfo Bioy Casares. Por supuesto leí a Francis Bacon y a un tal François-Marie Arouet cuyo nombre de guerra era Voltaire. Como lector me sentí más inclinado por Arturo Uslar Pietri que por Mario Briceño Iragorry; de igual modo coloqué a Santiago Key-Ayala por encima de Mariano Picón Salas. El gusto lector tiene sus caprichos.
Leyendo algunos libros teóricos sobre el ensayo el nombre que se repetía era el de Michel de Montaigne. Quemé mis poemas, dejé de escribir cuentos, engaveté una novela de la que ya había escrito casi cien páginas y me concentré en leer ensayos de todo tipo.
Leer a Michel de Montaigne (con más hormonas que materia gris cultural) fue un reto; sin argüir como atenuante que el libro de sus ensayos fue adquirido en un remate de libros y era una selección bastante caprichosa, subrayado y con anotaciones al margen de su dueño anterior. En esta primera lectura me sorprendió la proliferación de citas y la referencia a una serie de autores clásicos que ni remotamente sabía que existían. Como estaba al tanto de mis limitaciones, el suspiro de la consternación resignada me embargó por completo.
Mis lecturas posteriores de Montaigne me llevaron no sólo a estimar a esos clásicos polvosos que citaba con precisa pasión de lector aventajado, sino a considerar el ensayo como un género artístico movible, desarmable; especie de artefacto literario al que se le podrían agregar nuevas piezas y así convertirlo en un trozo de arte, en un chispazo breve de inigualable belleza estética.
Sorprende de Montaigne la validez de su propuesta hoy en día debido a esa vigencia fluctuante de su invento, aunque al parecer a otros autores antes que él se les tiene como precursores del género. Si se le compara con otros clásicos tiene seguidores y lectores entusiastas; a pesar de su riqueza erudita no espanta y estudiosos de todo pelaje lo citan, lo frecuentan e incluso plagian ese estilo ágil, fresco y sin almidón para tratar cualquier tema por más intrascendente o complejo que resulte. He allí su punto fuerte: esa conexión vehemente que logra trasmitir a través (o a pesar) de un género un tanto árido y sin atractivo para el lector común.
Sin duda ese tono de hablarle al papel como si le hablase al primero que se encuentra por casualidad en la calle es la marca de agua de los ensayos de Montaigne. Es como si el lector entablara una charla en el bar, la calle o el café, con un amigo pletórico de experiencia, tanto leída como mundana. Y luego está ese desmenuzar su yo hasta dejar al descubierto las costuras de sus traumas, achaques, miedos y anhelos. El escritor como conejillo de indias de su propia escritura. En la presentación de su libro escribe al lector, sin una retórica elucubrada, que la materia de sus escritos es él mismo y que su fin es pasearse entre lo privado y lo doméstico con la curiosidad de un observador atento. Advierte al lector la naturaleza autobiográfica de su libro y debido a ello recomienda que es poco razonable perder el tiempo en un asunto algo baladí y tan superficial. El lector está avisado y suya es la elección de meterse en libro tan impreciso.
La vida de Montaigne fue un tanto movida: viajes, responsabilidades políticas, compromisos sociales, etc. Todo este ajetreo le lleva a ese punto de un paréntesis, de un aislarse para que el espíritu recobre su centro. Hereda una casa en la que hay una torre circular que su padre construyó como una especie de fortificación para preservar la privacidad. La incómoda escalera de caracol conduce al primer piso y Montaigne la selecciona como su estancia principal. Su amigo y confidente Étienne de La Boétie, cuya pérdida devastó al escritor, le deja en herencia su biblioteca, la cual instala, junto con su biblioteca personal (sumando las dos alrededor de tres mil volúmenes), en la habitación de la torre. En las vigas del techo escribe cincuenta y cuatro máximas latinas. En este refugio comienza la redacción de sus ensayos, más por desgano y como reconociendo su ineptitud para formar parte de un engranaje social cuyos resortes y premisas no eran precisamente espirituales.
Es el año de 1570, Michel de Montaigne roza ya los treinta y ocho años de edad, resuelve confinarse en una casa heredada. Ya su vida útil en el ámbito social parece haberse agotado. Ha constado que estar al frente de un cargo gubernamental no resuelve nada, que la política no es más que un antro de vicios y corruptela, que servir en la corte está sujeto a las humillaciones más subrepticias y que ser funcionario de lo que sea es una de las muchas formas que tiene el aburrimiento. Decidido a que nada le perturbe, se recluye en su torre con sus libros. Ya no está interesado en cargos, influencia o estar en ese ojo público de la notoriedad. Está resuelto a conocerse a sí mismo y con tal proyecto en mente se decide a explorar, a través de la escritura, ese cambiante espíritu humano con sus defectos y sus respectivos esqueletos escondidos en el armario.
Muchos estudiosos coinciden en afirmar que Montaigne no inventó el género, pero fue el primero en bautizar con el nombre de ensayo a un escrito de parva extensión, que trata sobre cualquier asunto. Montaigne le suministró, como ningún otro escritor antes, sus lineamientos característicos, en que su personalidad se desliza en un primer plano en la escritura. Entre los precursores más conspicuos están Plutarco, Séneca y Aulo Gelio. Autores que leyó y cita con regularidad en sus ensayos, subrayando su inigualable deuda con ese mundo literario de clásicos latinos.
De qué va este invento que Montaigne moldeó en su forma más acabada, cuáles son los mecanismos ocultos de esos escritos que él denomina ensayos. En primer lugar, su escritura posee muchos puntos de contacto con la oralidad, con esa conversación fortuita que viene impregnada con agilidad amena, sin caer en el sermón enfático, ni en ese escrito que busca convencer, o que tiene todas las respuestas. Montaigne intenta, al momento de escribir, no caer en la retórica creída, ni en esos accesorios técnicos para especialistas; sus ensayos centran su estilo en una limpieza premeditada, busca que el discurso fluya claro y honesto para así lograr una empatía franca con los lectores. Luego están los temas tan diversos y múltiples tratados con un sentido crítico desprejuiciado para despertar el interés en cualquiera. Por ese motivo escribe de la amistad, de la ambición, de los versos de Virgilio, del amor paternal, de las estrategias en una guerra, de los caníbales en el Nuevo Mundo, etc.
Lo singular de los ensayos reside en ese sentido de escrito misceláneo arrojado en todas las direcciones posibles, en las posibilidades que tiene la propia escritura de ir revisando sobre la marcha su proceso, en el que la voz de su autor se mezcla con las voces de otros autores, haciendo notar que la escritura autorreflexiva de sus ensayos se afianza con otras lecturas, que no hay nada “original” y que las ideas son lo importante en el texto como lo es también entender ese trabajo compositivo de la escritura en el que no hay nada definitivo; de esa escritura como un laberinto de bocetos del autor, especie de autorretratos, o de espejos en refriega donde el escritor va reflejándose, sin aspaviento ni prurito, pero con la suficiente chispa de asombro e inquisición para recabar adhesiones más risibles o dubitativas que melodramáticas. Los ensayos son un encuentro con la lectura y con su autor, que en ese trabajo con las ideas y las palabras va ensamblando el sujeto; es decir, la escritura va moldeando la conciencia y el alma de su autor. Montaigne en sus ensayos crea ese espejismo autobiográfico hasta lograr un nexo íntimo, de camaradería, con el lector. Esa misma camaradería que él como autor siente por sus escritores favoritos y a los cuales siempre cita a placer.
Si el desapego y el escepticismo permitió a Montaigne apartarse del mundanal ruido social, la escritura de los ensayos le obliga a recapacitar y vuelve a empujarlo otra vez al estrado público. La primera impresión de los ensayos ocurre el 1 de marzo de 1580. Montaigne vuelve de su exilio voluntario: nuevos viajes, nuevos cargos; todo con el agregado de polémica, prejuicios y suspicacias que traen consigo sus ensayos convertidos en libro.
¿Dónde reside la actualidad de Michel de Montaigne? ¿A qué se debe el encanto de sus ensayos para nuestro tiempo tan hostil al humanismo? Para ofrecer alguna respuesta válida a estas preguntas se podría argumentar que todo radica en esa forma sutil de ensamblar sus opiniones, su voz, con la voz/ideas de sus clásicos predilectos, pero sin perder la frescura ni la claridad argumentativa que pocos ensayistas poseen. Otro aspecto estaría en su capacidad para encontrar la cita justa (aseguraba tener una pésima memoria) y que engrane con naturalidad en toda la estructura de su escritura, en toda su relojería reflexiva. No hay nada forzado, ni siquiera el azar se vislumbra en ese instante en que la cita viene en auxilio de su pensamiento o de algún quisquilloso argumento.
El libro Ensayos es una especie de tienda de ultramarinos en la cual el lector puede conseguir ese gesto de lo inacabado, esa reflexión que no concluye nada, pero que deja abierta una variada gama de posibilidades para que esa especulación dialéctica (a medio hacer) busque otros derroteros, otras perspectivas. Montaigne le proporciona soporte estilístico a su escritura gracias a sus lecturas, pero los diferentes temas para sus ensayos los recopila de la cotidianidad de todos los días, de esas morosas observaciones hechas a ese tejido social donde las pequeñeces, debilidades y fortalezas humanas ejecutan su respectiva presentación escénica. Lo otro que ofrece esa surtida quincallería Montaigne es la brevedad de sus escritos; sólo algunas páginas le bastan para despachar un tema sin perder la mirada perspicaz, la ironía y ese escepticismo vitalista que nunca da por sentado algo y así seguir explorando. En eso de vagar/divagar por cualquier tema, Montaigne mostró el sendero a seguir, dejó muchas migas de pan para que otros escépticos siguieran el camino y luego también se perdieran en ese bosque de los razonamientos y las ideas no para llegar a un sitio determinado, sino para seguir vagando en círculos sin encontrar jamás el sendero de una salida cierta y rotunda.
En lo personal siempre me deslumbraron de los ensayos de Montaigne sus citas; eran una especie de jardín en el cual pernotaba con equilibrada armonía. Lo que me llevó a imaginar un libro que sólo recopilara las citas empleadas por Montaigne en sus ensayos. Dicho libro tendría unas buenas notas al pie indicando la procedencia de la cita y como posfacio una recopilación biográfica breve sobre los autores clásicos citados.
Como ensayista he intentado ceñirme a esas pautas redondeadas por Montaigne, aunque he aspirado a que el ensayo incorpore, aparte de las citas, por supuesto (ah, también las muchas hojas de mi desencuadernada personalidad), otros géneros literarios; que el ensayo sea creativo, poético, festivo, versátil en su forma tradicional y vanguardista en esa elasticidad estilística que lo acerque bastante a eso que denominan obra de arte. No tanto para alardear, sino para sacar al ensayo de ese estilo aburrido muy fomentado en estos días. En este punto desearía incluir alguna cita del autor del libro Ensayos, pero me abstengo ya que deseaba escribir este texto sin citas. Montaigne me enseñó el prolijo hechizo de la cita, especie de poética de la originalidad en este mundo donde muchas veces la copia no es más que esa forma subalterna de ser original.
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