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Esa palabra

sábado 23 de mayo de 2026
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Esa palabra, por José Campione Piccardo
Pienso que para considerar una obra de arte como ética, ella debiera ajustarse a las contingentes normas morales que se hallen rigiendo en la sociedad de la que se nutre la creatividad del creador de dicho arte.
“Ética y escritura”, edición especial por los 30 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario

—Grande es mi contento al volver a encontraros. Un largo año ha pasado desde la última vez y ya temía yo el no veros por otros luengos cuatrocientos, que tal fue la duración del intervalo entre nuestros dos primeros encuentros. Gran misterio es este, que nos permite volver a reunirnos en goce pleno de la capacidad de enunciar palabras, las que de algún modo arcano parecen reflejar los pensamientos nuestros y que al ser enunciadas y de inmediato oídas por oídos ajenos, logran reproducir, en el intelecto de quien las oye, ideas en apariencia afines con las que motivaran su original enunciado.

—Cierto es que ello es gran misterio, pero, aunque siempre ha sido así en nuestros previos encuentros, no esperéis que siempre así lo sea, porque aun oyendo o viendo las mismas palabras, siempre es posible que evoquen ideas distintas. Justamente, encontrándome yo, hace un tiempo, cerca de una de las mesas del Café del Norte en la Plaza Mayor, oí una charla de sobremesa de un grupo de estudiantes universitarios. Se hallaban ellos tomando uno de esos elixires de uvas de los viñedos en las riberas del Duero, y quizás por ello no les prestaba yo mayor atención, cuando uno de los más achispados comenzó a contar un cuento que creo que viene al caso.

—Contad, pues, y trataré de reproducir en mi mente las ideas vuestras, aunque sean ellas de segunda mano, ya que son las que os fueron evocadas por las palabras que oísteis de boca de ese alegre estudiante cuentista.

—Decía el joven, copa en mano, que en Tarraco, ciudad de la Hispania romana, dos jóvenes se habían encontrado, por primera vez, en la playa frente al anfiteatro de la ciudad. Habían intentado pescar en las cercanías, a poca distancia uno del otro, y aburridos de la vacua espera se habían ido acercando hasta entablar conversación. Uno era un habitante de la ciudad. El otro era un viajero extranjero que hablaba bien el latín aunque con cierto acento. “¿De dónde eres?”, preguntó el lugareño. “De aquí y de allá”, contestó el interpelado, sin aparente deseo por revelar sus orígenes. “¿Qué os sugiere esta palabra?”, preguntó de golpe el joven ibérico, y acto seguido, con la punta de la caparazón de un murex abandonado en la orilla por la pleamar, escribió sobre la arena húmeda cuatro grandes letras: AMOR. “¡No habríais podido elegir palabra de mayor significado!”, y diciendo esto, el extranjero se abalanzó sobre el otro asestándole un golpe tal que terminó derribándole. “Pero, ¿por qué?”, atinó a balbucear desde el suelo el hispánico, “si yo sólo he escrito la palabra latina amor, ¿comprendes?: ¡AMOR!”. “¡Oh!, perdón, ¡perdón!”, exclamó el extranjero hincándose a su lado, “oyéndola ahora reverberar en el sonido de la vuestra voz me hago cargo de mi enorme error; ocurre que, si bien puedo descifrar los caracteres del latín, provengo de Cartago, ciudad arrasada y ya inexistente, en la que otrora se hablaba el idioma púnico, el de mi infancia, el que al igual que la mayoría de las lenguas semíticas se escribía y leía de derecha a izquierda; para un sobreviviente de Cartago no existe peor insulto que el que alguien invoque el nombre de su terrible némesis”. “Pues, bien merecido lo tengo por haber jugado con vuestros sentimientos”, le confesó el hispánico, “porque ya sospechaba yo por vuestro acento que proveníais de esa malograda ciudad mediterránea, y bien sabía yo que, de estar en lo cierto, esa palabra la leerías al modo vuestro”. El cartaginés, que se había hincado al lado del hispánico, volvió a enarbolar su puño, pero éste, cubriendo su cara con su antebrazo, prosiguió: “Yo tampoco soy de aquí. Soy de Numancia; soy uno de sus pocos sobrevivientes luego de que los romanos sitiaran y arrasaran dicha ciudad celtibérica, por lo que, aunque en continentes distintos, ambos somos víctimas del mismo general romano y del despiadado hubris asesino de su casta”. Si alguien más que ellos dos hubiera estado aquel día en esa misma playa —continuó diciendo el estudiante, luego de vaciar su copa—, habría visto dos efebos exilados de ciudades distintas, ambas obliteradas por la saña imperial romana, abrazados el uno del otro, al sol, sobre la arena, los ojos de ambos llenos de lágrimas.

—Y bien pocos habrían podido pensar que una efusión tal pudiera haber resultado de un amor mal comprendido.

—Y quizás hasta habría habido quienes lo hubiesen podido dudar. Y todo por esa palabra.

—Hermoso relato ese que, sí, tiene que ver con lo que decíais al comienzo acerca de la posibilidad de que las mismas palabras conlleven ideas distintas, desde quien las enuncia o escribe a quien las oye o lee. Pero ¿creéis realmente que el primero de esos dos jóvenes de la historia, al escribir esa palabra en la arena, tal vez prediciendo el doloroso recuerdo que podría causarle a su interlocutor, estuvo bien al hacerlo, o fue esa una bufonada o un acto de maldad calculada, y que sólo fue el recuerdo del aniquilamiento de sus respectivos hogares lo que logró unirles en el sufriente abrazo del final?

—Eso último es lo que pienso yo también. Efectos como el de ese calambur son particularmente trágicos si suscitan respuestas emocionales que dificultan, cuando no impiden, todo tipo de diálogo entre mentes con ideologías encontradas, porque esos diálogos son la postrera, cuando no única, oportunidad de aspirar a una convivencia civilizada dentro de una sociedad diversa aunque intolerante. De todos modos, y como bien lo señalabais, habiendo establecido con ese cuento el potencial tembladeral semántico que implica el uso de las palabras para la transferencia intersubjetiva de ideas, queda por determinar si su uso comunicacional se halla bien o mal intencionado y, sobre todo, si dicho enjuiciamiento le corresponde al autor, al receptor, o a toda la sociedad. El problema del bien y el mal en la conducta de los seres humanos entiendo que es resorte de lo que denominan ética. Una definición que oí durante una de las conferencias a las que tuve oportunidad de asistir en el campus universitario (acerca de las cuales os contaré a continuación) decía aproximadamente lo siguiente: “La ética es el conjunto de las normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida”. Sin entrar a objetar el aspecto recursivo que introduce la referencia a normas morales en la definición del término ética, ella parece establecer que ésta sólo se refiere a la conducta de seres con libre albedrío juzgada según normas altamente subjetivas, basadas en los sentimientos y creencias de la sociedad que las enuncia, cuando no en sus conveniencias, sin que, en todo caso, pudieran depender sólo de la razón —éstas, al parecer, habrían sido también las conclusiones a las que habría arribado cierto pensador escocés de nombre Jiúm o Giúm, que tal fue lo que oí o me pareció oír.

—Concluyo, luego de lo que acabáis de decir, que sólo la conducta de un ser sensible y pensante es pasible de dicha consideración y que, por lo tanto, un texto, una pintura, una composición musical o una escultura, todas distintas formas de lo que se suele denominar como arte, sólo podrían juzgarse como éticas, o no, de acuerdo con el grado en que la intención y acción de su autor se corresponda con las normas morales que su sociedad haya determinado en su tiempo y lugar, de acuerdo con sus creencias y, como bien decís, quizás también sus conveniencias. El problema que veo es el carácter contingente de dicho juicio, de toda apariencia condicionado a la vigencia, o no vigencia, universal o temporaria de dichas normas.

—Antes de proseguir permitidme que os explique la fuente de mi superficial y sólo aparente erudición y os cuente de cómo prosiguió mi día luego de escuchar aquel cuento del amor. Al darme cuenta de que aquellos estudiantes bohemios a lo que se referían con tanto ardor era al lenguaje y al análisis de su esencia, picado de gran curiosidad por ser ello algo que a nosotros nos es dado apreciar sólo en exquisitas y exiguas oportunidades como esta, decidí no perderles pisada. Inicialmente dijeron que debían retornar a la UVa, por lo que pensé que continuarían bebiendo. Uno de ellos indicó que debían apresurarse, que la conferencia de ese día ya debía de haber comenzado, y grande fue mi sorpresa al verlos internarse en el campus de la Universidad de Valladolid. Intrigado, como siempre he estado, por esta peculiar, efímera y reiterativa capacidad nuestra de enunciar y oír sonidos, y al hacerlo imaginar ideas propias que nos parecen ajenas o viceversa, decidí acompañarlos. Se trataba de un curso de verano dictado al aire libre en el Prado de la Magdalena cercano del edificio de Filosofía y Letras, en un improvisado anfiteatro al que grandes álamos protegían del sol. No era época de lluvias y pocas fueron las clases que debieron suspenderse por dicha causa. No tuve problema en instalarme en cada una de ellas como un estudiante más, y hasta creo que los regulares apreciaban mi presencia entre ellos. En días sucesivos, logré ver y escuchar una serie de ponencias por parte de muy doctos académicos; no sé si podré reproducir siquiera lejanamente lo vertido en ellas, ni si habré logrado comprender correctamente todo lo que vi y oí, pero dado que ello viene bien al caso de lo que venimos departiendo en este, nuestro nuevo coloquio, lo intentaré de la mejor manera posible.

—Soy todo oídos.

—Decía uno de aquellos profesores que casi medio siglo antes se había publicado una colección de ensayos en crítica literaria con un extraño título que podría traducirse como “Hacia una ficción ética”.1 Según el propio autor —contaba de pie el docente— dicho libro trataba de una actualización, al tiempo y contexto literario del autor, de algunos conceptos ya vertidos ocho décadas antes por Leon Tolstoi en su libro ¿Qué es arte?,2 en el que este autor habría abrogado por sólo aceptar como siendo éticos aquellos escritos u otras formas de expresión artística que contribuyeran a engrandecer el espíritu humano.

—El problema que veo para aceptar esta postulación pienso que sea la dificultad que existe en identificar —de modo inexpugnable, exento de prejuicios e ideologías, diría que científico— qué es o en qué consiste aquello en apariencia absoluto, eterno e inmutable que debiera identificarse como espíritu humano, algo que desde mi condición me resulta muy difícil de aprehender. De todos modos, de poderse hallar o definir el tal Grial, yo no tendría inconveniente en coincidir con Tolstoi en negarle la condición de arte a toda forma de expresión que no contribuyera a afirmar dicho espíritu y en considerar a todo el resto como abominables formas de no arte. De otro modo, en el caso de dicho Grial resultare espurio, inalcanzable o aun inexistente, me temo que toda forma de expresión debiera ser considerada como potencialmente artística y ser permitida y recibida con la misma consideración y expectativa, e incluso protegida de ocasionales detractores o nihilistas.

—Muy cierto y perspicaz es lo que decís, y no pudiendo, yo tampoco, identificar de forma inequívoca la esencia de dicho espíritu, esforzándome —a pesar de lo que en coloquios anteriores pudimos concluir a su respecto a través del comportamiento constatado en los seres humanos— por otorgarle el beneficio de la duda, y considerarlo por lo menos como potencialmente meritorio, me pliego gozoso a compartir la vuestra conclusión libertaria en aras de una apertura irrestricta a toda forma de expresión artística por la posibilidad de que en algún momento y de cierta manera, tal vez no evidente para todos, ella pudiera contribuir a engrandecerle. Menos claro veo cómo tipo alguno de esta clase de expresión podría declararse antagónica al arte de forma absoluta.

—De todos modos pienso que para considerar una obra de arte como ética, ella debiera ajustarse a las contingentes normas morales que se hallen rigiendo en la sociedad de la que se nutre la creatividad del creador de dicho arte.

—Sin embargo, ocurre que a veces no son los contemporáneos del artista los que mejor pueden apreciar su obra. Un pertinente ejemplo a este respecto —siempre según uno de aquellos profesores— lo daría la poesía profética y visionaria de William Blake,3 considerada por algunos de sus contemporáneos como desvaríos sin significado, hasta que en 1947 Northrop Frye4 lograra encontrar en ella todo un sistema de metáforas basado en la Biblia y Paradise Lost de John Milton.5 Este sería, además, un claro ejemplo de que la interpretación, comprensión y valor cultural, en definitiva la condición de ética, de una obra, no depende tanto de las voliciones y esfuerzos de su autor, sino de los múltiples lectores, veedores y escuchas que la absorben y analizan apreciándola de modo crítico. La poesía de Blake quizás no habría podido considerarse como arte o literatura en el momento de su publicación, pero tal vez sí pudo serlo luego de la exégesis de Frye.

—Si interpreto bien vuestro relato, me voy haciendo a la idea de que la ética de un texto no depende tanto ni del autor ni del texto mismo, sino del análisis que de él realizan los lectores competentes que lo leen y critican.

—Lo que acabáis de decir me parece superlativamente perceptivo e interesante desde que, al parecer, ya en el siglo XVI, Michel Eyquem, Sieur de Montaigne, habría escrito en sus Essais: “Un lector competente a menudo descubre, en los escritos de otros, aspectos (perfecciones, dice él) distintos de los allí dejados y percibidos por su autor, y les otorga significados y gestos de mayor riqueza”.6 Decía uno de los profesores que, hace años, la interpretación de un texto se basaba sobre todo en la vida y psicología del autor, el cual se asumía como habiendo dejado en sus escritos, de forma voluntaria, honesta y positiva, las ideas que habían ocupado su mente en el momento de la composición; luego se pensó que en realidad todo texto debía analizarse dentro del momento y contexto social del grupo humano en los que evolucionaba el autor; más tarde hubo una corriente de crítica que basó toda la interpretación en el texto mismo, ayudado, o impelido, por la polisemia natural del lenguaje simbólico y la falta de referencia estable en un sistema de símbolos que no representan objetos sino conceptos, ellos mismos simbólicos de la actividad neuronal que los crea y recuerda como tales; luego otra que banalizó el rol del autor —incluso hubo quien le habría hecho desaparecer asesinado por mano (u ojos) de su propio lector— dejando la interpretación del texto totalmente en manos de este último, dependiendo para ello de su propio acervo cultural e ideológico. Todo ello lo relataba el académico de turno con una verborragia plagada de términos que no lograban evocar en mí nada fértil, y que cual mágicas saetas herían mi pobre cerebro con explosiones de grave vacuidad de significado: hermenéutica, heurístico, posmodernista, logocentrismo, differance y junto a ellos toda una serie de nombres propios los que, a sabiendas de que me sería imposible hacerlo, no me he preocupado en recordar. Lo que sí he retenido es que la responsabilidad en identificar el o los mensajes en un texto cada vez más parecía recaer menos en quien lo escribe o enuncia, y cada vez más en quien lo recibe, aprecia o lee, y que este último, y no el primero, sería quien realmente podría decidir acerca de la calidad de ético o no ético de cada pieza de arte según las normas morales de la sociedad en la que él se inserta, lo cual implica que el arte pudiera no serlo ni para todos ni para siempre.

—Luego, si comprendo bien vuestras palabras, un autor podría, como primer lector de su obra en ciernes, sólo intentar orientarla para que tenga mayor probabilidad de ser juzgada de una forma u otra, basándose en sus propios principios o los que él interpreta que son los de la sociedad en la que escribe, pero nunca podrá estar seguro de que el juicio que reciba le será favorable ni definitivo, no para todos, no para siempre. Luego, quizás no debiera, el autor, preocuparse demasiado por ello, y realizar su obra de la manera que su composición y lectura mejor le plazca y gratifique, asumiendo para sus adentros que, de ser realmente así, habrá hecho todo lo que le habrá sido posible hacer en pos de que su obra contribuya al engrandecimiento de aquel elusivo espíritu en algún tiempo y algún lugar. De otro modo estaría creando sus escritos conformándose a un molde impuesto, externo y preestablecido, en cuyo caso dudo que ello pudiera considerarse como arte o literatura.

—Exactamente, como pienso que está ocurriendo ahora con nosotros, aunque pocas chances tengamos de incidir sobre los arcanos de ese espíritu del que habla Tolstoi, pero sí con la seguridad absoluta de que jamás podrá él analizar el nuestro del mismo modo en que nosotros intentamos ahondar ahora en el suyo. Un aspecto que me preocupa y que se relaciona con lo que venimos hablando es que, si el receptor es quien juzga la moralidad de lo que oye o lee —y eso parece haber quedado firmemente apostado en nuestros intelectos luego de las últimas disquisiciones que nos han movido esta noche—, si ello es así, quizás no es la sociedad toda la que habrá de enjuiciar toda obra como arte o no arte, sino cada individuo, y no en nombre de toda ella, sino unitariamente, desde y para sí mismo. Porque quizás la moral de una sociedad no sea monolítica por más normas que la misma se imponga a sí misma, sino que la ética cada vez más pareciera atomizarse en sus integrantes individuales.

—Recuerdo, de mis propias andanzas por las riberas del Esgueva y el Pisuerga, haber oído a un anciano departir con un joven académico, creo que dijo de Salamanca, acerca de los peligros del lenguaje. Ambos coincidían en que las palabras eran mitos consensuados, lo que, a través de su uso intersubjetivo, hacen que gentes que no se conocen se sientan unidas por ideologías más o menos compartidas, y separadas de otras con ideas opuestas, y que con ellas se crean ilusiones fuera de toda realidad a las que él llamaba mitologías, las que los movían a cometer actos extremos tanto individuales como colectivos. “Sí, como las guerras...” —se lamentaba su diuturno interlocutor de turno blandiendo su bastón con tembloroso brazo—. El joven concluyó que esas fantasías derivadas del lenguaje obnubilaban el sano juicio y la visión fresca e inmediata de la realidad, y hacía que se sintieran imbuidos de poderes únicos, lo que traía terribles consecuencias. Dijo algo así como que “quizás es tiempo de dejar de enarbolar la palabra como inocente juguete y respetarla como la potente droga que es, la nitroglicerina líquida que puede llegar a ser, y tratarla con el mismo cuidado y control de calidad que requiere la manipulación de explosivos, sustancias radioactivas, gases neurotóxicos y potentes psicofármacos, o de tornarla inofensiva, tanto como la mitología consensuada e irreal que realmente es”.7 Pienso que esta, su advertencia, era apelando a la responsabilidad de quienes producen literatura, pero quizás también, y aún más, para quienes la reciben y consumen en la sociedad toda, a la necesidad de educación y respeto por distintas ideas, conductas y apariencias.

—Quizás el problema no radica en el lenguaje, sino en aquel espíritu mismo y sus falencias. Tal vez el problema se halla en su falta de tolerancia por ideas ajenas y antagónicas. Pienso que dependerá de la capacidad de comprensión y apertura de cada individuo el aceptar que existan otros con ideas distintas e incluso contrarias a las suyas, y que dicha tolerancia, y no el compartir las mismas ideas, sea lo que determine la cohesión futura de dicha sociedad. Es fácil decir que votamos de forma vehemente por una expresión artística libre e irrestricta, pero cuando dicha expresión es causa de ofensa y hondo dolor en individuos que también integran dicha sociedad, no tengo una respuesta adecuada para compartir, y ello me hace dudar acerca del carácter único y elevado de aquel espíritu del que hablaba Tolstoi, y con ello del futuro de esa especie que ambos tanto admiramos al punto de criticarla.

—Quizás hay almas diabólicas que tuercen y contorsionan las palabras con perversa voluntad para aparentar lo que no es y doblegar y dominar vidas ajenas, pero el bulo y la mentira descarada son tan obviamente censurables que trascienden toda consideración acerca de la mera ética de las palabras. Y, sin embargo, emparentados con esa mentira se hallan la ironía, la metáfora, la metonimia, la sinécdoque, hasta el calambur y otros, sin los cuales mucha de la literatura no podría pasarse.

—Ahora soy yo quien teme no tener respuesta para vuestras aguzadas apreciaciones. Permitidme, luego, que dirija vuestra atención a otro aspecto del lenguaje, el que aumenta mis dudas acerca de la esperanza de vida de esa especie en apariencia tan poderosa, por lo que me urge discutirle antes de concluir nuestra amable aunque atrevida charla: porque en el curso de aquellas ponencias universitarias se mencionó algo que erizó de punta los pelos en mi cuello: ¡el ser humano, y quizás nosotros con él, ya no seríamos los únicos en utilizar el lenguaje simbólico!, sino que habría máquinas que podrían emularlo, reemplazarlo y aun superarlo. ¿Qué sucede con respecto de la ética en un texto que haya sido escrito por una inteligencia artificial? ¿Podría asumirse automáticamente como ético? ¿O quizás evaluarse del mismo modo que el creado por seres conscientes, dado que estas artificiosas inteligencias se nutren de la lectura o consumo de palabras previamente enunciadas por aquellos? Y aunque no fuese así, dado que el responsable de la interpretación del mensaje —tal como pienso que ha quedado establecido en el curso de nuestra charla— es el receptor y no quien lo origina, ¿podría igual su mecánica manifestación considerarse bajo la lupa ética del contexto social que lo recibe y analiza? Además la inteligencia artificial no sólo habla y escribe sino que también oye y lee. Luego, ¿podría ella obrar de receptor o lector inteligente y ser capaz de juzgar un texto o una obra de arte como tal en ausencia de toda participación de un ser vital y consciente? ¿Podría la inteligencia artificial crear arte?, en cuyo caso, ¿podría darse ella su propio aval para calificar a sus creaciones como tal?

—No entiendo mucho eso de las inteligencias artificiales, pero dados los argumentos antes esgrimidos, me temo que sí, que ellas podrían interpretar y emitir juicios morales acerca de escritos literarios y otras formas de arte, e incluso crear literatura y otra formas de arte artificial. Y en ello radica el gran riesgo cultural que asumiría la humanidad de admitir o abrazar en su seno este nuevo tipo de inteligencia y la mentira implícita y explícita que ello implica. No me hago ilusiones respecto al futuro de dicha especie, porque ya lo hizo antes al dejarse invadir por seres ficticios, mitológicos, artificiales, corporativos, cuya personalidad de psicópata antisocial ha sido bien establecida mediante sucesivos diagnósticos psiquiátricos, a pesar de lo cual es a ellos a quienes los seres humanos reales han cedido la supremacía en la conducción de sus sociedades. No me cuesta pensar que harán lo mismo con la inteligencia artificial en todas sus dimensiones. Como decíamos al final de nuestra última charla, es una suerte ser como somos. Vívidamente recuerdo cuando os contaba acerca de aquella reunión vespertina, a la que asistí en un teatro al aire libre reminiscente de los grandes circos de la Grecia antigua, donde mis oídos oyeran, de boca de una preciosa niña, calificar al ser humano de Monstrum Orbis.8

—Bien que lo recuerdo cuando lo relatasteis en nuestra última reunión. Y si tal fuese la esencia de aquel espíritu, quizás poco y nada de responsabilidad tenga en ello la palabra. Nada de lo que he visto y oído desde entonces en mis andanzas por toda la península me ha hecho siquiera pensar en cambiar dicha denominación, antes bien, su pertinencia me ha sido una y otra vez reforzada, hallándola particularmente reflejada en una torturada frase que uno de los profesores del curso aquel asignó precisamente a una mimética inteligencia artificial: “Nunca especie otra alguna fue de inmolación más dedicada”.9 Y sin embargo, hay que confiar en que ellos, los humanos, logren mantener la esperanza en un mundo mejor y posible y en la posibilidad de mejorar la esencia de su espíritu dotándolo de valores morales más empáticos hacia su propio prójimo, porque después de todo son poseedores, y por la mayor parte de los instantes de toda su vida, de este imperfecto aunque maravilloso don y útil social que a nosotros sólo nos es posible vivenciar durante breves veladas nocturnas como esta, espaciadas entre ellas quién sabe por cuán largo tiempo.

—Pienso que a ese respecto el problema son las mitologías que él se ha elaborado alrededor de la idea del progreso ineluctable, las instituciones que se ha creado, la economía pantocrática y las inequidades sociales que se derivan de ello. Una gran pena, porque hasta nosotros podemos ver que ello no será posible para siempre, que los recursos naturales en los que basa su riqueza se agotan, que ello ocurre hasta en las estrellas, que el universo cambia de forma ajena a su voluntad, y que buena falta le haría poder darse un respiro y ver la vida que se le está yendo como individuo, como sociedad y como especie.

—Luego de tan profunda reflexión de vuestra parte, creo difícil poder ahondar aún más en nuestra charla, Además, quizás ya sea tiempo de volver a nuestra condición de siempre, porque veo hacia el este despuntar y crecer “primero un albor... luego una aurora... luego un nimbo de luz en la colina”,10 al calor y color de cuya luz nuestras laringes volverán a paralizarse hasta que la pluma de algún obsoleto escritor con veleidades literarias y algo de enajenado caballero andante nos permita romper nuevamente las amarras que nos condenan a nuestro habitual silencio de lenguaje corpóreo, auricular y caudal —amén de algún ladridillo o aullido polisémico—, y así volver a navegar, siquiera por un instante, en este hermoso e incierto pantano de miel que es la palabra. Hasta la próxima, querido Berganza, y que nuestro intervalo de mutismo obligado nos resulte tan corto como fructífero os sea el camino en ese vano esfuerzo por hallar, asir y comprender aquel Grial metafórico que mencionabais antes.

—Ansí sea, hermano Cipión. Partid con mi deseo de salud, suerte, paz y felicidad, y sobre todo con la palabra clave de aquel cuento tarraconense, el que oísteis al vuelo en la vallisoletana Plaza Mayor: esa palabra —la que mejor podría quizás aún salvar al mundo.

José Campione Piccardo
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Notas

  1. John Gardner, On Moral Fiction, Basic Books, Nueva York, 1978.
  2. Leon Tolstoi. What is art?, 1898.
  3. William Blake. Poetic Sketches, London, 1783.
  4. Northrop Frye. Fearful Symmetry: A Study of William Blake, Princeton University Press, 1947.
  5. John Milton. Paradise Lost, London, 1667.
  6. Michel de Montaigne. Divers événements de même conseil. Essais Vol I, XXIV, Bordeaux, 1580.
  7. José Campione-Piccardo. “Ese oscuro objeto del lenguaje”, en Otra vez las estrellas, Letralia-FBLibros, Caracas (Venezuela), 2025 (297-302).
  8. José Campione-Piccardo. Monstrum Orbis, en Dioses y monstruos, Letralia, Caracas (Venezuela), 2025.
  9. José Campione-Piccardo, “La monotonía del tedio”, en Bestiario artificial, Letralia, Caracas (Venezuela), 2024.
  10. Juan Zorrilla de San Martín. La leyenda patria. Montevideo, 1878.
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