
En los relatos de Cuentos derramados la realidad nunca se presenta como un territorio estable. Sus páginas están pobladas por personajes que se acercan al miedo como quien busca una revelación, por mujeres que escuchan voces que las empujan a escribir sobre mortajas, por hombres que conversan con los restos de su pasado y por estirpes familiares atrapadas en tradiciones tan misteriosas como inexorables. Cada cuento abre una puerta distinta hacia un espacio donde lo cotidiano se desliza hacia lo simbólico, lo inquietante o lo fantástico.
La escritora venezolana Gladys Ruiz de Azúa Aracama construye en este libro una galería de historias intensas y sugestivas que exploran la memoria, la obsesión y las zonas menos visibles de la experiencia humana. Con una prosa imaginativa, rica en imágenes y asociaciones sensoriales, sus relatos avanzan por escenarios muy diversos —desde barrios marginales hasta islas dominadas por un faro solitario— pero todos comparten una misma inquietud: la de indagar en los impulsos secretos que orientan la vida de sus personajes.
Nacida en Caracas y radicada desde hace años en Tenerife, Ruiz de Azúa Aracama comenzó su trayectoria literaria tras una formación vinculada a la música y la comunicación social, y desde entonces ha obtenido numerosos reconocimientos en certámenes de relato. En esta conversación aborda el origen de los cuentos que integran Cuentos derramados, las decisiones formales que dieron forma a sus historias y la relación entre la imaginación, la memoria y la escritura que atraviesa su obra.

Cuentos derramados o el momento de abrir las compuertas
—Tu libro Cuentos derramados reúne siete relatos que se mueven en ese territorio ambiguo donde la realidad se contamina de imaginación y los personajes se enfrentan a situaciones que ponen en cuestión su identidad, su memoria o su destino. Quisiera que comenzáramos por el principio y nos contaras cómo llegas a estas historias, cuál es la génesis de este libro.
—La génesis de estos relatos está en la génesis de toda escritura de ficción. Hay algo virtuoso pero también perverso en esta retorcida manía de narrar historias porque todos ocultamos algo, todos somos un misterio para los demás, y la literatura es quizás el intento más certero y despiadado de desnudarnos mutuamente, aunque también el más piadoso a la hora de juzgarnos y redimirnos. Hay violencia en estas historias pero también indulgencia. Me da el pálpito de que ahí, en esa dupla de despellejamiento y sanación, radica el origen de estos siete cuentos.
—El título del libro introduce una metáfora que lo atraviesa todo casi como una declaración de método: el derramamiento. ¿Qué es lo que en estos relatos se vierte, lo que no puede contenerse?
—En el mismo prólogo explico que hay cuentos y hay “ciertos” cuentos. Cuando una de estas historias tan especiales me atrapa, me arriesgo a soportar una presión muy peligrosa. Llega un momento en que debo terminarlas, abrir las compuertas y dejar que se derramen, pues corro el riesgo de estancarme en ellas (y es bien sabido que todo lo que se estanca se corrompe). Cada relato se “derrama” por su vertiente escogida y natural y exige un narrador que se acomode a ese flujo: no es lo mismo que tres niños intenten recordar todo aquello tan terrible que les ocurrió en “Las Vereditas” que escuchar la voz de un anciano contándonos su nostálgico y trágico recorrido a través de la noche mientras arrastra el sofá de su esposa recién fallecida llevando oculto bajo el abrigo el hacha de Dostoyevski; ni qué decir, lo que representa meterse en el pellejo de “La escribidora de mortajas”, una mujer que se siente obligada a obedecer el incomprensible, macabro e insólito mandato de una voz divina, o acompañar la soledad, frustración y locura de tres fareras destinadas a vivir y morir en una isla inhóspita y castrante bajo el sometimiento del “dios del faro”. Al final algo de mí se derrama también con cada historia.
—En el prólogo planteas que algunos relatos irrumpen como una especie de compulsión, como “un grito para que me rescaten de la oscuridad”. ¿Qué hilo secreto te hizo comprender que estas historias formaban un conjunto? ¿Qué impulso interior te llevó a reunirlas bajo un mismo volumen?
—Me gusta la metáfora del hilo secreto porque estos siete relatos son como una suerte de entramado de texturas retorcidamente desiguales pero que al coserlas entre sí logran un conjunto coherente lleno de significado. Todos y cada uno constituyen una partitura coral de voces extrañas, de gargantas desafinadas y delirantes unidas por las mismas emociones: el miedo, la incertidumbre, la venganza, el ansia desesperada de encontrar un sentido a sus vidas... o de rendirse totalmente a lo inevitable. El destino de los siete era que la diosa Aracne los atrapara juntos en su telaraña.
—El libro alterna relatos que se aproximan a lo fantástico con otros que parten de una realidad social muy concreta, como ocurre con la burocracia en “El ministerio” o con la precariedad que atraviesa “El sofá de tus olvidos”. Cuando trabajabas en estos cuentos, ¿te planteabas conscientemente ese equilibrio entre lo realista y lo extraño, o fue algo que se fue revelando en el propio proceso de escritura?
—Comulgo con el novelista William Boyd cuando dice que la escritura es la búsqueda del “equilibrio incierto”. Sin embargo, y para ser sincera, no suelo (por no decir nunca) planear por anticipado ni buscar conscientemente esa proporción misteriosa al escribir un relato, como también es un misterio para mí el proceso que estructura y esculpe el “aliento” de un cuento, si resultará siendo realista o fantástico. Me dejo arrastrar totalmente por la historia y los personajes con la convincente intuición de que estos últimos, los personajes, son el detonante, la fuerza y la dirección que conducen el barco a través de una travesía sin brújula y a merced del capricho de los elementos. Un personaje bien definido, doblegado por toda su carga emocional, enfrentado a un dilema de supervivencia y sin escapatoria posible, no tiene más remedio que actuar. Sus decisiones, sus acciones, logran o no merecer ese “equilibrio incierto”. Yo sólo intento escribir desde el desconcierto de mi propia voz y la precaria voluntad de todos mis desequilibrios.
Gladys Ruiz de Azúa Aracama: encarnada en sus personajes
—Hablemos de los finales. El cierre de varios relatos introduce un giro que reinterpreta lo que el lector ha leído hasta ese momento. En otros apelas al final abierto. Me gustaría que me comentaras qué importancia tiene para ti el final de una historia. ¿Ya lo tienes prefigurado cuando empiezas a escribir o surge en el proceso?
—Los dos pilares fundamentales de un relato son el comienzo y el final. El tercero (el desarrollo) es intentar por todos los medios que no se resquebraje el fino hielo que hay bajo mis pies durante el recorrido desde que escribo la primera frase hasta la meta final: quizás sea esta sensación de reto y peligro lo que hace que me guste tanto atreverme a escribir “ciertos” relatos. El comienzo es la trampa en la que debe caer el lector (y quien lo escribe). En cuanto al final... El final es veleidoso y artero. Y a veces, por qué no, incómodo y frustrante para el lector. Todo es válido. Incluso puede darse la circunstancia de que, después de tanta expectativa, no llegue el ansiado final cerrado y rotundo, y ahí es cuando será el lector el que tenga en su mano la posibilidad o el privilegio de buscar respuesta a todas sus incógnitas y completar las piezas que faltan. No miento al decir que yo misma me asombro del final de algunos de mis cuentos.
—En Cuentos derramados son varios los personajes que se ven arrastrados hacia situaciones que no dominan del todo —niños fascinados por el miedo, viajeros que siguen una ruta incierta, una mujer que escucha una voz que le dicta tareas. ¿Qué interés despierta en ti este acercarse al límite, esta adaptación de la voluntad a que deben someterse los personajes que se enfrentan a tales situaciones?
—¿Alguna vez te has preguntado si, en determinadas circunstancias, serías capaz de matar a alguien? Si pudiera conocer la fecha de mi muerte, ¿me atrevería a saberla? ¿Qué hubiese sido de mi vida si en vez de escoger aquel camino hubiese escogido el otro? En el caso de caer en un vicio inconfesable e irreprimible, ¿podría vencerlo o caería hasta la degradación? Los personajes de Cuentos derramados se enfrentan a dilemas igual de extremos y se ven en la disyuntiva de tomar decisiones desesperadas e inevitables... De lo único que están seguros es de que no hay marcha atrás. Encuentro una fascinación irresistible en el hecho de que mis personajes me enfrenten al desafío de acompañarles y, aunque a veces me cueste, respetar su voluntad.
—“Las Vereditas” es un cuento narrado desde una especie de limbo, con una voz que parece muerta o atrapada en una memoria circular, y cuya densidad verbal exige del lector una entrega casi física. Es quizás el texto más extremo del libro en términos de riesgo estilístico. ¿Cómo se escribe un cuento así sin perder el hilo, sin que la oscuridad se vuelva opacidad?
—Los personajes de “Las Vereditas” están atrapados en la terrible realidad del espanto y el desconcierto, perdidos en una extraña oscuridad donde de vez en cuando estallan relámpagos de la memoria intentando recordar todo lo que les ha ocurrido. Uno de ellos pregunta: “¿Cuánto tiempo llevamos nosotros aquí?”, y otro le responde: “Pregúntate más bien ¿cuánto de nosotros se ha llevado el tiempo?”. Es un cuento sumamente exigente, tanto para la escritora como para el lector. No usé intencionadamente un método, un entorno o un estilo para lograr esa incómoda sensación de incertidumbre. Es la historia la que se cuenta a sí misma de la única manera que le es posible. Lo único que hice fue encarnarme en la mente y las tripas de los tres niños, y vivir segundo a segundo su horror, su propia incoherencia. Al lector de “Las Vereditas” —si quiere o se atreve— le tocará hacer lo mismo o, quizás, encuentre su propia fórmula para descubrir si los personajes hablan con la lengua o desde la opaca vibración de ese lugar que nos cuesta tanto nombrar pero al que todos llegaremos irremediablemente.
—En “El ministerio” construyes una burocracia kafkiana dedicada a revelarles a los ciudadanos la fecha exacta de su muerte. El cuento mezcla lo grotesco, lo absurdo y la emoción con una precisión que impide que ninguno de esos registros devore a los otros. ¿Cómo se calibra eso? ¿Dónde está el límite entre lo que puede decirse con humor y lo que exige seriedad?
—¿Dónde está el límite? Los personajes de ficción son los que lo escogen, lo definen, lo levantan y lo imponen. Tal como ocurre en la realidad de nuestro día a día: cada quien vive tras sus murallas. Por ejemplo, cuando asistimos a un velorio, podemos observar las múltiples maneras como cada cual escoge los límites para esconder lo que siente acerca de la muerte: unos cuentan chistes, otros aprovechan para elogiar o destripar a quien falleció, otros asaltan el bufet, algunos se acercan a ver al fallecido con la sorna en los labios: “Qué bien quedaste”... Cada quien pone máscara y límites con el fin de compartir con los demás una misma experiencia en un intercambio de simulaciones. En el cuento “El ministerio” sucede lo mismo entre el ciudadano que, movido por la desesperación, acude a la oficina ministerial para conocer la fecha de su muerte y la burócrata que lo atiende prestándose a un juego macabro con total y grotesco profesionalismo. Los dos imponen sus límites en un tira y afloja donde el humor, el sarcasmo, lo absurdo y lo inesperado juegan al ya mencionado “equilibrio incierto”.
“Un relato debe aspirar a conmover, a incordiar”
—Aunque naciste en Venezuela y has desarrollado buena parte de tu obra en España, tus cuentos parecen situarse en espacios que a menudo tienen algo de territorio imaginario. ¿De qué manera dialogan en tu escritura esas distintas geografías vitales que forman parte de tu experiencia personal?
—Nadie puede escapar de lo vivido, de su íntima y particular experiencia de vida. Mis dos geografías vitales (Venezuela y España) son el territorio de tierra mezclada donde se anclan mis raíces y me nutro como un fruto único y exótico. Pero, al mismo tiempo, está ese otro territorio imaginario fruto de mi propia necesidad, cortado a mi medida y en paralelo, para que en él vivan y se muevan con total libertad las historias. El diálogo entre ambos territorios se realiza en la misma lengua, en una coexistencia que la enriquece y personaliza. Cuando escribo abandono la tierra firme, me disfrazo de usurpadora, vuelo al plano de la imaginación y me mezclo con los personajes.
—En el prólogo hablas de la escritura como una especie de descenso a un “sótano oscuro del alma humana”, una imagen muy poderosa que sugiere que escribir implica enfrentarse a zonas incómodas de uno mismo. Cuando terminas un cuento que te ha llevado a ese lugar interior, ¿qué sensación predomina en ti: alivio, descubrimiento o la inquietud de haber visto algo que preferirías no haber visto?
—Si la oscuridad puede llegar a ser aterradora, no lo es menos el exceso de luz, porque no siempre nos deslumbra con lo que queremos ver. Una vez probados ambos extremos —oscuridad y deslumbramiento— escojo la semipenumbra, los recodos con bombillas rotas, las velas a punto de desgastarse, las sombras engañosas que surgen entre la luz y las tinieblas, ese llegar al límite de la interpretación, ese tono incierto e imprevisible difícil de definir y que concita y remueve, si no el miedo, al menos la inquietud, la duda, la tensión. Un relato debe aspirar a conmover, a incordiar, a algo más que ofrecer al lector un texto estilísticamente bien escrito o un momento de vano y cómodo esparcimiento recostado en un sofá. Después de escribir “ciertos” cuentos siempre me queda un poso extraño. Después de intentar escribir ese cuento, dando todo lo que eres capaz de dar, siempre persiste la profunda duda de haberlo conseguido y llega el momento de la aceptación y el desprendimiento, la hora de levantar la pluma y dejarlo tal como está, aunque te tiemble el pulso.
—Eres autora de una novela deliciosa, Cinco camas para un muerto, publicada en 2021 y con varios reconocimientos en su haber, y de la que además conversamos en su momento. Ahora vuelves al relato. ¿Cómo crees que ha evolucionado tu escritura desde esa novela hasta este libro de relatos? ¿Te sientes más cómoda en el cuento que en la novela?
—Escribir relatos implica un reto muy diferente al de la novela. Escribir un relato es una carrera a vida o muerte, a toda máquina, con el único aire que has podido aguantar en los pulmones y con pocas garantías de que llegues a la meta. Incluso mi novela Cinco camas para un muerto no sigue una estructura como tal sino que está dividida en cinco capítulos que actúan como cinco relatos casi con vida propia que se entrelazan entre sí dando sentido, aliento y cuerpo a la historia. Hay un cambio bastante radical en mi escritura entre esa novela y Cuentos derramados: si aquella es una narración deliciosa, sensual, a veces excesiva —en sabor, estallido y efectos—, la colección de cuentos es casi un experimento, el atrevimiento a pulsar otro terreno desconocido y riesgoso con un tacto más áspero, turbio y cínico. No quería encasillarme. Debía dar un paso más, aventurarme a sacar música de un piano desafinado, a encontrar belleza o piedad en un acto abyecto, a bajar de la mano de unos personajes dañados, perdidos, inadaptados y sin fuerzas a ese sótano tan temido o a territorios peligrosos con la esperanza de que tanto ellos, como yo, encontraríamos nuestra propia forma de salvarnos... o no.
—En 2021 me contaste cómo empezaste a escribir en cuanto saliste de Venezuela, y que nunca habías sentido la compulsión de hacerlo durante tu infancia o juventud. Varios años después de tu partida, con novelas, cuentos y premios detrás, ¿qué relación tienes ahora con ese oficio que no elegiste conscientemente? ¿Te sientes ya dentro de la literatura, o sigues sintiéndote, como dijiste entonces, una paracaidista?
—Hoy, veintidós años después de que empecé a escribir —en total estado de espontaneidad, liviandad e inocencia— mi primera novela, El disfraz de los sueños, no puedo sino asombrarme porque veo y descubro que cada letra me forjó. He probado el bocado más exquisito de la escritura —los momentos de gran inspiración, el éxito de los premios, el efímero regusto del aplauso, el orgullo de alcanzar algo que ni en sueños me imaginé, la escritura como propósito de vida y catarsis, el ego relamiéndose a sus anchas de la buena crítica y la adulación—, pero también he experimentado su bilis: meses de sequía absoluta, el cuestionamiento constante sobre la inutilidad de escribir, los períodos de insatisfacción, la caída del pedestal y el síndrome del impostor, la inevitable comparación con otros, el miedo al no retorno, los alejamientos voluntarios e involuntarios, los meros resultados visionados como errores aplastantes, el descontento y la tentación de renunciar y rendirme... Pero, aun así, aquí sigo, aquí estoy, lanzándome, ya no como una paracaidista sino como una sobreviviente. Y quien sobrevive, gana.
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