
El libro Arqueología de la memoria, del puertorriqueño-venezolano Pedro José Tocuyo, lleva al lector a través de escenas, olores, comidas, palabras, viajes y rituales familiares, en una indagación profunda de aquello que permanece más allá del tiempo y la geografía. Son diez crónicas que no aspiran a ordenar una biografía ni a explicar un país, sino a seguir el rastro del recuerdo que sobrevive en el cuerpo, en el habla y en las formas íntimas de pertenecer.
Nacido en San Juan, Puerto Rico, en 1966, y formado en una familia con los pies en dos orillas —la puertorriqueña y la venezolana—, Tocuyo reconstruye su identidad contando sus vivencias, acentos, costumbres y afectos. El samán de Turmero, los Médanos de Coro, el centro de Caracas, el llano, el Amazonas venezolano, las arepas de la abuela, la gastronomía y el vocabulario protagonizan estos textos. Cada elemento cotidiano se convierte en una puerta de entrada a una reflexión mayor sobre la familia, la infancia, la distancia y la transmisión de la memoria.
Estratega en comunicaciones y colaborador de diversos proyectos editoriales en Puerto Rico, España y América Latina, Tocuyo ya había participado en el proyecto literario familiar Las maletas de Carmen Luisa, junto a Iris Tocuyo Llovera y Max Milano. En Arqueología de la memoria vuelve sobre sus recuerdos. Hoy conversamos con él sobre este libro de crónicas en el que la vivencia personal es la materia prima de una íntima comprensión de los lugares, las querencias y las palabras que lo formaron.

Arqueología de la memoria, el libro del viaje perenne
En una conversación previa nos contaste que, si bien planeaste por años escribir un libro sobre Venezuela, después comprendiste que el tema, más que la geografía y las costumbres, era la memoria. Quisiera que comenzáramos hablando sobre ese proceso: cómo decides escribirlo, y cómo pasó tu mirada del recuerdo de un país a ese territorio tan personal que es la memoria.
Durante años pensé que algún día escribiría un libro sobre Venezuela.
Era una idea que me acompañaba desde hacía mucho tiempo. Imaginaba un libro sobre lugares, costumbres, personajes y recuerdos de una etapa de mi vida que había quedado atrás. Creía que estaba intentando preservar un país.
Pero mientras escribía ocurrió algo inesperado.
Los textos que más me interesaban no eran necesariamente los que hablaban de Venezuela. Eran los que me ayudaban a entender por qué ciertos recuerdos seguían acompañándome después de tantos años. El verdadero tema no era el país. Era la relación que mantenemos con aquello que el tiempo se niega a borrar.
La distancia tuvo mucho que ver con ese descubrimiento. Cuando uno vive durante décadas lejos de un lugar, entiende que la geografía tiene límites, pero la memoria no. Los países cambian. Las ciudades cambian. Nosotros cambiamos. Sin embargo, ciertas imágenes permanecen intactas: la sombra de un árbol, una conversación familiar, una canción escuchada en el momento preciso, el olor de una cocina o el sonido de una voz.
Fue entonces cuando comprendí que no estaba intentando reconstruir Venezuela. De hecho, eso era imposible. El país que aparece en estas páginas es el país que existe en mis recuerdos, no necesariamente el que existe hoy.
Lo que estaba intentando entender era algo mucho más personal: qué había permanecido de todos aquellos lugares dentro de mí y por qué seguían apareciendo una y otra vez.
Arqueología de la memoria nació de esa búsqueda. No es un libro sobre un territorio perdido. Es un libro sobre las huellas que algunos lugares dejan en nosotros y sobre la manera en que seguimos habitándolos mucho después de haber partido.
Acabé comprendiendo que no estaba escribiendo para recuperar el pasado. Estaba escribiendo para entender qué parte de ese pasado seguía viviendo en mí.
Arqueología de la memoria está atravesado por viajes: a Turmero, al llano, a Coro, al centro de Caracas, al Amazonas, y también por el desplazamiento entre Puerto Rico y Venezuela. ¿Hasta qué punto el movimiento físico por esos territorios fue configurando una forma de mapa interior?
Cuando era niño no sabía que estaba construyendo un mapa. Sólo pensaba que estaba viajando con mis padres.
Ninguno de aquellos viajes parecía extraordinario en ese momento. Eran simplemente los viajes de una familia. Ir a Turmero un sábado por la tarde, atravesar el llano, recorrer Caracas o llegar a los Médanos formaba parte de la vida.
Hoy veo que cada escenario que aparece en el libro representa algo más que una ubicación geográfica. Turmero es la infancia. El llano es el asombro. Caracas es el descubrimiento de la ciudad. El Amazonas es el encuentro con algo más grande que uno mismo. Los Médanos son el diálogo entre generaciones. Puerto Rico y Venezuela son las dos orillas desde las que he aprendido a mirar el mundo.
Las personas no habitamos únicamente los lugares donde vivimos. También habitamos los lugares que nos formaron. Algunos desaparecen de nuestra rutina, pero permanecen activos en nuestra memoria, organizando silenciosamente nuestra manera de entender la vida.
Por eso en el libro los desplazamientos físicos terminan convirtiéndose en desplazamientos interiores. Cada viaje hacia uno de esos escenarios era también una forma de regresar a una versión distinta de mí mismo. El niño, el adolescente, el hijo, el padre, el emigrante.
Por eso la memoria se parece tanto a la geografía. Ambas están llenas de caminos, cruces y territorios que seguimos recorriendo mucho después de haberlos abandonado.
Terminé escribiendo este libro porque un día descubrí que aquellos viajes que creía terminados seguían ocurriendo dentro de mí.
En muchos textos el recuerdo avanza desde una imagen sensorial precisa: el olor de la pólvora, el color de los araguaneyes, el sonido de las arepas en las manos de la abuela, la arena de los Médanos, el croar de los sapos. ¿Qué importancia le das a la memoria sensorial como forma de narrar aquello que no siempre puede explicarse de manera racional?
Creo que la memoria recuerda primero con los sentidos y después con las palabras.
Muchas veces no regreso a una escena porque recuerde exactamente lo que ocurrió. Regreso porque algo activa una sensación: un olor, un sonido, una textura, una determinada luz. Entonces la memoria empieza a reconstruir el resto.
Por eso en el libro aparecen con frecuencia elementos muy concretos: el olor de la pólvora en Turmero, el amarillo intenso de los araguaneyes, la arena de los Médanos, el sonido de los sapos después de la lluvia o la manera particular en que unas arepas podían pasar de una mano a otra en una reunión familiar. Son detalles pequeños, pero suelen contener una enorme carga emocional.
Además, los sentidos tienen una ventaja narrativa. Nos permiten compartir una experiencia sin necesidad de explicarla. Todos hemos sentido el calor de una tarde, escuchado una canción que nos devuelve a otro momento o percibido un aroma capaz de transportarnos décadas atrás. Ahí existe un lenguaje común que trasciende las biografías individuales.
Por eso la memoria sensorial ocupa un lugar tan importante en estas crónicas. No intento convencer al lector de lo que sentí. Intento invitarlo a entrar en la escena para que descubra lo que esa experiencia despierta en él.
Tu prosa suele comenzar en un registro narrativo y luego se desplaza hacia una reflexión de tono meditativo. Esa transición ocurre sin brusquedad, como si la escena llevara dentro su propia interpretación. ¿Cómo equilibras el impulso de contar con la necesidad de pensar lo contado?
Nunca me he sentido cómodo separando completamente la historia de la reflexión porque, en mi experiencia, ambas suelen nacer juntas.
Cuando recuerdo una escena de mi infancia, no regreso únicamente a lo que ocurrió. Regreso también a lo que hoy entiendo de aquello que ocurrió. El niño vive la experiencia. El adulto intenta comprenderla. El acto de escribir consiste, en buena medida, en sentar a ambos en la misma mesa.
Por eso casi todas las crónicas del libro comienzan en algo concreto: una plaza, una carretera, una escuela, un árbol, una conversación familiar. Necesito que el lector entre primero en el lugar. Pero una vez que estamos allí, la pregunta inevitable es qué significa hoy esa experiencia y por qué sigue acompañándonos tantos años después.
Nunca me propongo insertar una reflexión en un punto determinado del texto. Más bien espero a que la propia historia la reclame. Si la reflexión aparece demasiado pronto, puede sentirse impuesta. Si aparece demasiado tarde, puede sentirse ajena. Lo ideal es que surja de manera natural, como algo que estaba contenido en la escena desde el principio.
Al final, escribir estas crónicas fue una forma de conversar entre quien vivió aquellos momentos y quien todavía sigue intentando entenderlos.
Pedro José Tocuyo y la honestidad de la memoria
El tono general de Arqueología de la memoria evita la denuncia directa y también el sentimentalismo fácil, aunque trabaja con materiales muy sensibles: la infancia, la distancia, la familia, el país perdido o transformado. ¿Cómo encontraste esa distancia verbal que te permitiera narrar emociones intensas sin convertirlas en énfasis excesivo?
Creo que la distancia ayuda.
No sólo la distancia geográfica, sino también la distancia del tiempo. Muchas de las experiencias que aparecen en Arqueología de la memoria ocurrieron hace décadas. Eso me permitió regresar a ellas con menos necesidad de revivirlas y más interés por comprenderlas.
Con los años he aprendido que la memoria y la nostalgia no son exactamente lo mismo. La nostalgia suele idealizar. Selecciona los momentos más luminosos y elimina las incomodidades. La memoria, en cambio, es más honesta. Conserva la alegría, pero también las contradicciones, los silencios, las dudas y todo aquello que no encaja perfectamente en el relato que nos gustaría contar.
Nunca quise escribir un libro para demostrar que el pasado fue mejor. Tampoco para lamentar lo que ya no existe. Me interesaba algo distinto: observar aquellos recuerdos con la curiosidad de quien encuentra una caja olvidada en un armario y decide abrirla para descubrir qué sigue teniendo valor y qué significado ha cambiado con el tiempo.
Probablemente por mi formación profesional he aprendido a desconfiar de los excesos. En comunicación, cuando uno intenta imponer un mensaje, suele debilitarlo. En literatura ocurre algo parecido. Las emociones más profundas rara vez necesitan ser anunciadas. Basta con mostrar una escena, una conversación, una ausencia o un gesto para que el lector encuentre allí algo propio.
Por eso intenté confiar en los detalles. En la sombra de un árbol. En una carretera. En una palabra escuchada lejos de casa. En la arena de un desierto. Si alguna emoción aparece en estas páginas, espero que nazca de la experiencia compartida y no de una instrucción sobre lo que el lector debería sentir.
Al final, no escribí este libro para recuperar el pasado ni para rendirle homenaje. Lo escribí para dialogar con él. Y descubrí que, cuando uno escucha con atención, los recuerdos suelen decir cosas mucho más interesantes que las que uno esperaba escuchar.
Esa llegada al “colegio nuevo”, con tu hermano menor, que narras en “De marcianos y el bravo pueblo”, es, me parece, una experiencia bifronte: ustedes eran los nuevos, los “marcianos”, pero esa primera mañana en el patio de la escuela te hace pensar que estás en otro planeta. ¿Qué queda en ti de esa vivencia? ¿Cuándo dejaste de sentir esa condición “extraterrestre” como algo que había que explicar y empezaste a verla como una forma legítima de estar en el mundo?
Durante mucho tiempo pensé que aquella experiencia era simplemente la historia de dos niños llegando a una escuela nueva. Más tarde entendí que era parte de algo que me acompañaría toda la vida.
La verdad es que era extraterrestre entonces y, en cierto modo, sigo siéndolo.
Cuando vivíamos en Puerto Rico, éramos la familia venezolana. Cuando estábamos en Venezuela, éramos los puertorriqueños. El mundo parecía insistir en que había que elegir. Que uno debía ser de aquí o de allá. De una orilla o de la otra.
Durante muchos años hice exactamente eso. Dependiendo de dónde estuviera, enfatizaba una parte u otra de mi identidad. Era una forma de encajar.
Curiosamente, fue viviendo en Washington DC donde entendí algo distinto. Allí convivían puertorriqueños, venezolanos, colombianos, argentinos, españoles, estadounidenses y personas de todas partes. En mi trabajo en la Organización de Estados Americanos ocurría constantemente. Muchas veces terminaba siendo el puente entre compañeros de distintos países y culturas. Y todavía más entre mis amigos.
No sólo traducía palabras. Traducía referencias, chistes, costumbres y formas de ver el mundo. Ayudaba a unos a entender a otros. A veces explicaba por qué algo resultaba gracioso para un venezolano pero no para un estadounidense, o por qué una expresión perfectamente normal en un país podía sonar extraña en otro.
Fue entonces cuando comprendí que el problema nunca había sido quién era yo. El problema era la necesidad de las personas de clasificarlo todo en categorías simples.
No tenía que elegir entre Puerto Rico y Venezuela. No era una cosa o la otra. Era ambas.
Hoy veo aquella experiencia del colegio nuevo con mucha más serenidad. Ya no la interpreto como una historia sobre sentirse diferente. La veo como el inicio de un aprendizaje que me ha acompañado toda la vida: uno no es lo que los demás necesitan definir. Uno es la suma de todos los lugares, afectos y experiencias que lo han formado.
Y en mi caso, afortunadamente, eso incluye más de una patria.
En “Viaje al interior”, la travesía al Amazonas parece desplazar el eje del recuerdo familiar hacia una experiencia más amplia del país, de su territorio y de sus comunidades originarias. ¿Qué lugar ocupa ese texto dentro del conjunto del libro y de tu vivencia personal?
Creo que fui al Amazonas por la misma razón por la que muchas personas leen novelas de aventuras cuando son niños: porque necesitaba comprobar que ciertos lugares existían de verdad.
Crecí leyendo National Geographic y viendo a Jacques Cousteau. El Amazonas pertenecía a esa categoría de lugares que parecían más grandes que el mundo cotidiano. Durante años estuvo ahí, en algún lugar de mi imaginación, esperando su momento.
Cuando finalmente hice el viaje ya era adulto, profesional y todavía soltero. Fue un regalo que me hice a mí mismo. No respondía a una obligación ni a un plan. Era una de esas cosas que uno siente que debe hacer sin saber exactamente por qué.
Creí que iba a descubrir el corazón del Amazonas. Terminé escuchando el mío.
No fue una revelación repentina ni una experiencia mística. Fue algo más sencillo y, para mí, más importante. Estar allí me recordó cuán pequeño es uno frente a ciertas dimensiones del mundo. La inmensidad del paisaje, el silencio y la presencia de culturas que llevan siglos habitando ese territorio obligan a mirar las cosas desde otra escala.
Dentro del libro, ese texto ocupa un lugar especial precisamente por eso. La mayoría de las crónicas nacen de recuerdos familiares, de lugares heredados, de escenarios que forman parte de mi historia personal. El Amazonas es distinto. No es un territorio que recibí como herencia. Es un territorio que elegí.
Y sin embargo terminó hablándome de lo mismo que las demás historias: identidad, pertenencia y memoria.
Tal vez porque algunas de las huellas más profundas no nacen en los lugares donde crecimos, sino en aquellos que nos transforman.
En ese sentido, Viaje al interior habla del Amazonas. Pero también habla de la capacidad que tienen ciertos lugares para cambiarnos y acompañarnos mucho después de que los hemos dejado atrás.
Nada da la idea de nacionalidad como el lenguaje, y es justo este el tema de “Cónchale, vale”, una crónica deliciosa que escribes sobre este “dialecto emocional” que identifica a los venezolanos y que, con la ola migratoria, ha terminado por “colonizar” el mundo. Y sucede que un día estás en un punto cualquiera del planeta y escuchas una palabra, la pronunciación con ese acento que te hace “voltear la cabeza”. Háblame de ese tema: de cómo una patria puede vivir dentro de una palabra.
Hay sonidos que el cuerpo reconoce antes que la mente.
El acento venezolano es uno de ellos. Puedes estar en un aeropuerto en Frankfurt, en un supermercado en Madrid o en una calle de Miami, y de repente algo en el aire cambia. Una entonación. Una forma de alargar una vocal. Una palabra que nadie más usa de esa manera. Y antes de que puedas pensarlo, ya volteaste la cabeza.
Eso no es nostalgia. Es reconocimiento. Como cuando ves a alguien de tu familia en un lugar donde no esperabas encontrarlo.
Hace unos meses viví exactamente eso. Viajaba con mi familia por España y perdimos una conexión. Nos quedamos una noche en Madrid, sin equipaje, hospedados cerca de Barajas. Salimos a buscar una farmacia y algo de ropa. La única tienda abierta en la zona tenía una empleada venezolana. Nos consiguió una muda a cada uno, nos acompañó hasta la puerta de la farmacia. Ninguno de los dos preguntó directamente de dónde era el otro. No hizo falta. Nos reconocimos. Por el habla, por el acento, por algo que no sé nombrar del todo pero que estaba ahí. Supimos que éramos de la misma tribu, y salió lo mejor de los venezolanos: darle la mano a uno de los tuyos.
Eso es exactamente lo que intenté capturar en “Cónchale, vale”. No sólo la curiosidad lingüística, aunque el venezolano tiene un vocabulario y una musicalidad que me parecen fascinantes. Lo que me interesaba era entender por qué ciertas palabras funcionan como contraseñas. Por qué un acento puede crear en segundos una complicidad que tomaría horas construir de otra manera.
Con la diáspora, ese fenómeno se amplificó de una manera que nadie había previsto. El “cónchale” terminó colonizando ciudades que nunca habían oído hablar de Venezuela. Y, de alguna manera, eso también es una forma de permanencia. Los países se transforman. Las ciudades cambian. Pero el acento sobrevive, viaja, se instala en lugares nuevos y sigue siendo reconocible.
Una patria puede perder muchas cosas. El lenguaje suele ser lo último que se va.
La travesía hacia la escritura en primera persona
El samán, la arena, las arepas, las hallacas, los pasteles, la ruta por Caracas y hasta el himno nacional son presentados en este libro como símbolos de permanencia y transmisión. Pero me intriga pensar en lo que pudo quedarse fuera de estas páginas. ¿Hay alguna anécdota, alguna vivencia, que te hubiera gustado contar aquí pero que por una u otra razón no incluiste?
Muchas. Escribir un libro de este tipo tiene algo de paradójico: cada historia que terminas despierta tres que estaban dormidas.
Desde el principio supe que quería diez crónicas. No por capricho numérico, sino porque concebí el libro como una lectura de una sentada: de esos que uno toma un domingo por la tarde con un café, y no suelta hasta el final. Diez crónicas permitían eso. Más habría cambiado el ritmo. Menos habría dejado huecos importantes.
El criterio para elegir fue doble. Buscaba diversidad narrativa —que cada texto tuviera un registro distinto, una entrada diferente, un tono propio— y quería que el conjunto trazara un arco vital completo: el niño, el adolescente, el joven, el adulto, el padre. Una vida entera vista a través de fragmentos.
Con ese criterio quedaron fuera historias que quiero mucho. Caminatas por el centro de Caracas de la mano de mi abuela. Un viaje a Boca de Uchire. Otro a Maracaibo. Historias del colegio, de la familia extendida, de maletas y mudanzas.
Pero hay algo más que debo confesar: estas diez historias son mis versiones. Si les preguntas a mis hermanos, cada uno contaría una versión distinta de cada una. Con otros detalles, otros énfasis, otros finales. El material que existe entre nosotros alcanzaría para una enciclopedia de las de antes, de las que venían en tomos. O para una miniserie.
Eso me parece uno de los hallazgos más honestos del proceso: la memoria no es un archivo compartido. Es una colección de versiones paralelas que conviven sin cancelarse. Este libro es la mía.
Trabajas como estratega en comunicaciones y asuntos públicos, un campo donde la precisión del lenguaje, la lectura del contexto y la construcción de mensajes son esenciales. ¿De qué manera esa experiencia profesional influyó en la forma de organizar estos recuerdos y en la claridad con que los llevas a la página?
Llevo toda mi vida profesional escribiendo para ganarme la vida. Empecé en el periódico de la Universidad de Puerto Rico siendo estudiante. Luego una revista, producción de noticias de radio, trabajo periodístico en Puerto Rico y en Washington DC. Después el salto a la publicidad y a la consultoría en comunicaciones. De una manera u otra, siempre ha habido palabras en el centro.
Lo curioso es que durante todo ese tiempo nunca escribía en primera persona. Siempre contaba historias ajenas. Nunca la mía.
El periodismo que hacía era informativo y analítico. La publicidad y las comunicaciones te entrenan para escribir desde otra voz, con otro propósito. Yo construía mensajes para otros, analizaba contextos, redactaba desde afuera. La opinión personal, la experiencia propia, la voz íntima: eso quedaba fuera del trabajo.
Abrirme a escribir en primera persona ha sido una evolución gradual. Primero las columnas de opinión, que publico en varios medios en Puerto Rico, España y Latinoamérica, y los textos que comparto en mi página de Facebook. Poco a poco fui encontrando comodidad en ese registro. Fui aprendiendo que opinar, narrar, revelar algo propio no es una debilidad sino una forma distinta de rigor.
Arqueología de la memoria es, en ese sentido, el paso más largo que he dado en esa dirección. Todo lo que aprendí en el periodismo —la precisión, la entrada directa, el respeto por el lector— está en estas páginas. Pero ahora con algo que el periodismo informativo no me permitía: mi propia voz, mis propios recuerdos, mi propia versión de las cosas.
Tardé años en llegar aquí. Y valió la pena esperar.
En “La misma arena” hay un momento especialmente significativo: regresas a los Médanos con tu hijo y descubres que estás a la vez en el lugar del niño, del padre y del hijo. ¿Qué te reveló esa escena sobre la manera en que las generaciones se superponen dentro de una misma memoria?
Hay lugares que uno visita dos veces: una de niño y otra de padre. Y en el segundo viaje descubres que en realidad estás haciendo los dos al mismo tiempo.
Cuando regresé a los Médanos con mi hijo no esperaba que fuera a afectarme de esa manera. Pensaba que iba a mostrarle un lugar que me había marcado. Lo que no anticipé fue que al verlo correr por la arena, al escucharlo reír con ese asombro particular que tienen los niños ante algo que no habían visto antes, yo iba a estar simultáneamente en tres lugares distintos.
Estaba en el presente, mirándolo a él. Estaba en el pasado, siendo el niño que yo fui en ese mismo lugar. Y estaba en algún punto intermedio, siendo el hijo que observaba a su padre observarlo.
Eso no lo puedes planear. Simplemente ocurre. Y cuando ocurre descubres algo sobre la memoria que los libros no siempre explican bien: que no es lineal. Que no va del pasado al presente en una sola dirección. Que a veces se pliega sobre sí misma y te coloca en varios momentos a la vez.
Lo que esa escena me reveló es que la transmisión entre generaciones no siempre ocurre a través de las palabras. A veces ocurre a través de los lugares. Llevas a tu hijo a la misma arena donde tu padre te llevó a ti, y sin decir nada, sin explicar nada, algo pasa. Algo se continúa.
No sé si mi hijo recordará los Médanos cuando sea adulto. Pero yo sé que estuve allí con él. Y que en ese momento también estuve con mi padre, y con el niño que fui. La misma arena. Distintas versiones del mismo asombro.
Participaste en el proyecto literario familiar Las maletas de Carmen Luisa, junto a Iris Tocuyo Llovera y Max Milano, y ahora publicas un libro donde la memoria familiar vuelve a ocupar un lugar central. ¿Qué continuidad encuentras entre aquella experiencia compartida y esta búsqueda personal sobre los recuerdos, las raíces y las formas de pertenecer?
Las maletas de Carmen Luisa nació de una idea de mi tía Iris, que además de ser escritora es de esas personas que cuando se proponen algo no paran hasta conseguirlo. Me insistió, me persiguió, me convenció de escribir una historia sobre mi abuela Carmen. Le envié algo breve y sencillo. Ella me mandó su borrador. Lo leí y pensé: lo que te envié no va. Déjame volver a trabajar.
De ahí salieron varias historias. Algunas mías, otras sobre mi abuela y mi padre. El libro terminó siendo una especie de rompecabezas: retazos de aquí y de allá, ensamblados para que tuvieran coherencia sin perder sus costuras.
Si tuviera que describir la diferencia entre ese proyecto y Arqueología de la memoria, diría que Las maletas fue un trabajo de costura. Arqueología fue un trabajo de excavación. En uno tomabas retazos que otros también recordaban y los unías. En el otro bajabas solo, con equipo pesado, a buscar lo que estaba enterrado.
Pero fue precisamente ahí, en Las maletas, donde empecé a excavar por primera vez. Donde descubrí que había algo debajo. Que la memoria familiar no era sólo un conjunto de anécdotas compartidas en la mesa, sino un territorio con capas, con profundidad, con cosas que valía la pena desenterrar.
Arqueología de la memoria llegó después, como llegan esas cosas: como un Indiana Jones que se tropieza con una joya que todo el mundo sabía que había existido pero que nadie recordaba dónde estaba. Iris me puso la pala en la mano. Lo que encontré al excavar terminó convirtiéndose en este libro.
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