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Su novela El antinatalista es la biografía ficticia de un personaje atormentado
Miguel Steiner y la ética de la procreación

viernes 7 de agosto de 2026
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Miguel Steiner
Miguel Steiner: “En mi novela el protagonista se hace eco de algunas ideas mías, pero lo principal es para mí transmitir al lector la natural condición humana y nuestra vulnerabilidad”.

Hay una pregunta que sostiene las más de doscientas páginas de la novela El antinatalista, y que resulta tan incómoda como difícil de eludir: ¿es moralmente admisible traer una nueva vida al mundo cuando toda existencia queda expuesta al dolor, la enfermedad, la pérdida y la muerte? A partir de esa inquietud, Miguel Steiner construye una obra a medio camino entre la ficción biográfica, la reflexión filosófica y la exploración psicológica. Su protagonista, Karsten Obermaier, intenta convertir su experiencia del sufrimiento en una teoría capaz de explicarlo.

Marina intenta rescatar la figura de Karsten, su amigo, de las versiones tergiversadas que de su vida y su pensamiento han surgido después de su muerte. Ese rescate tendrá lugar en la forma de una biografía, una suerte de reconstrucción póstuma. Infancia, adolescencia, frustraciones afectivas, estudios universitarios, empleos precarios y un fallido proceso de adopción son descritos en una estructura no lineal que permite seguir la cada vez más rígida configuración de la conciencia del protagonista. En ese recorrido, el humor, la música de Beethoven, los conflictos lingüísticos y símbolos como el urogallo solitario alivian y, al mismo tiempo, profundizan la densidad de la obra.

Nacido en Austria, formado en Gotinga y residente en España desde 1990, Steiner es licenciado en Filología Hispánica y doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Su trayectoria académica y personal guarda afinidades visibles con la del protagonista, aunque la novela evita convertirlo en un simple trasunto autobiográfico. Hoy conversamos con el autor sobre el origen de sus ideas, la transformación de la experiencia en literatura, las decisiones formales que sostienen el relato y las contradicciones de un personaje que aspira a evitar el sufrimiento, pero no siempre consigue reconocerlo en quienes lo rodean.

 

“El antinatalista”, de Miguel Steiner
El antinatalista, de Miguel Steiner (Avant, 2021). Disponible en Amazon

El antinatalista: literatura y filosofía

—Tu tesis doctoral versó sobre ética, sufrimiento y procreación, y tienes además un tratado ensayístico, De la felicidad y los hijos, donde ya desarrollas los argumentos que ahora aparecen en boca de Karsten. Me gustaría que comenzáramos hablando de cómo estas ideas se fueron transformando en una obra de ficción. ¿Crees que hay verdades a las que el discurso académico, por su propia rigidez, no puede alcanzar?

—Son dos géneros con funciones muy diferentes. De la tesis doctoral uno no puede esperar mucho más, habitualmente, que la lean los profesores del tribunal. Y hasta tengo la sospecha de que la mía ni la leyeron todos, al menos no con atención. El ensayo que escribí partiendo de mi tesis también me salió algo académico, creo, y difícil de digerir para el lector común. En mi novela el protagonista se hace eco de algunas ideas mías, como la de creer que toda noción del mal se deriva de nuestra experiencia del sufrimiento, pero lo principal es para mí transmitir al lector la natural condición humana y nuestra vulnerabilidad.

—En cierto pasaje de la novela, Karsten se da cuenta de que “el universo entero queda subordinado a la capacidad de sufrir de los seres sensibles”, una frase que me recordó aquella reflexión de Borges en Ficciones: “Todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí”. Esa certeza será, para Karsten, el germen de su viaje a lo largo de la novela. ¿Puedes hablarme de la importancia de la percepción en el pensamiento filosófico que va construyendo tu protagonista?

—Yo distinguiría entre percepción y sentimientos, en contra de lo que hacían los griegos antiguos, por ejemplo. Las percepciones pueden engañar, pero el dolor o la alegría son exactamente lo que experimentamos. Somos lo que sentimos, esta es la trágica condición de los seres sensibles, pienso. No hay hiato entre percepción y ser. El pensamiento filosófico de mi protagonista es elemental, casi trivial, pero no muy compartido por el rechazo habitual a las consideraciones pesimistas.

Conoce el blog Antinatalismo, de Miguel Steiner.

—Una de las decisiones formales más arriesgadas de la novela es la construcción de una narradora biógrafa que investiga los documentos dejados por Karsten tras su muerte, creando una estructura metaficcional donde la voz de la investigadora, la narración en tercera persona y los textos del propio protagonista coexisten sin fundirse. ¿Respondió esto a una necesidad de distanciamiento de los hechos que narras?

—En cierto sentido necesitaba una distancia para no quedarme en una obra demasiado autobiográfica y para generar diferentes perspectivas, evitando así el monólogo basado en el antinatalismo que el protagonista ve casi como su misión. Refuerza el carácter narrativo de la obra, pienso.

—Frente a la exigencia contemporánea de adoptar una actitud positiva, reivindicas una literatura capaz de mirar de frente la desgracia y la vulnerabilidad. ¿Crees que es una responsabilidad del escritor tomar partido entre el sufrimiento y la promesa tranquilizadora?

—No creo que se deba prescribir compromisos a los escritores. Con talento ya pueden escribirse obras dignas de ser leídas, incluso si están pensadas básicamente para el entretenimiento. Tal vez valores como la sinceridad y la humanidad también añaden interés. La literatura filosófica, en todo caso, no debería ser evasiva e ilusa. Luego están los charlatanes del crecimiento personal que cobran a cambio de halagos y falsas sabidurías. Para mí es una cuestión general que me gustaría plantear a todo el mundo: ¿no traicionamos a los que sufren con ideas satisfactorias para nosotros? Yo diría que el mundo no es bueno, porque no son buenas la violencia, el hambre, las enfermedades, las agonías, etcétera. Y es importante reconocerlo porque es importante reducir el sufrimiento, el mal en sí, a mis ojos.

 

Miguel Steiner y la intuición del escritor

—El estilo de la novela oscila constantemente entre la prosa confesional, el diálogo dramatizado, la reflexión ensayística y hasta el relato policial —el caso del detective con Irma en Valencia—. Esta hibridez genérica, que algunos lectores podrían encontrar desconcertante, me parece una declaración de principios sobre la imposibilidad de contener la vida en un solo registro. ¿Puedes hablarme de esta suerte de paleta estilística, de cómo la construiste? ¿Fue un riesgo calculado o crees que era la única forma honesta de abordar un tema que rebasa los límites de la ficción convencional?

—Escribiendo la obra sentía un poco la necesidad de rebajar mi voluntad de polémica en torno a ciertas ideas. Tenía que esforzarme por mantener un tono lo más narrativo posible y aprovechar algunas ocurrencias imaginativas. Mi idea de tener un estilo diferenciado, propio, no convencional, también habrá jugado su papel, pero es el lector quien tiene juzgar su acierto.

—La música de Beethoven, especialmente la Missa Solemnis y la Tercera Sinfonía, es para Karsten un “quinto elemento” que ofrece trascendencia sin redención, belleza sin consuelo. Karsten escucha Beethoven exclusivamente, “para no perder el tiempo”. ¿Puede el arte —la música, la literatura, la pintura— ofrecer una forma de trascendencia que no sea simplemente una huida del sufrimiento, sino una manera de habitarlo?

—Tal vez. El problema es que para ello hay que tener el estómago lleno. Cuando algunos distinguen entre placeres elevados y placeres bajos, la espiritualidad frente al sexo, por ejemplo, yo diría que las cosas se deberían resolver por donde más aprietan, y no digo más. Reflejo mi afición a la música y por encima de todo a Beethoven, si bien, en mi juventud, prefería Pink Floyd. Aun así, creo que toda obra de arte se tiene que ver como sometida a una relación con nuestra sensibilidad. Creo que la música no encierra valores en sí misma, sino que el músico “cocina”, por así decirlo, el alimento que satisface nuestra sensibilidad estética. Pero esto es un tema filosófico que podría dar lugar a discusiones interminables. Para nuestros problemas no hay solución fácil. Necesitamos el arte, pero no es una panacea que anule nuestras necesidades físicas y síquicas. No creo que el animal humano tenga herramientas de salvación aunque le consuele creerlas posibles y se enorgullezca mucho de las prestaciones de su cerebro.

—El relato insertado del detective privado —su persecución por Irma, la violencia de género invertida, el coma de tres meses— parece a primera vista un desvío narrativo, pero puede interpretarse como una metáfora del acoso que sufrirá Karsten por parte de los “Devotos de la Bella Vida”. ¿Hay, a tu juicio, alguna relación entre la violencia física del detective y la violencia simbólica que ejercen las organizaciones ultraconservadoras contra quienes cuestionan el mandato de procrear?

—Es un poco accidental. Ya había escrito el episodio como relato breve y le veo alguna gracia. Además, integrándolo en la trama, me permite introducir los “Devotos de la Bella Vida”, que representan a quienes no les gusta la idea de que se pueda ver mal en el mundo más allá de los pecados que se han de limpiar en los templos. Los pecadores son clientes religiosos y además son útiles para afirmar el principio del castigo merecido, que da para esos devotos mucho sentido al sufrimiento. Por algo en la Biblia Dios se dedica, principalmente, a castigar. Ciertamente, el antinatalismo y la devoción de un dios supuestamente responsable de este mundo y garantía de su bondad no son compatibles.

—El ficus que Karsten planta y riega reaparece, ya crecido, en las páginas finales de la novela. Háblame de esa imagen recurrente y de cómo llegó a convertirse en uno de los símbolos cardinales del libro.

—El ficus queda como un solitario testimonio de una etapa de la vida relativamente feliz del protagonista. Sobrevive a los cambios en la vida del protagonista al tiempo que ocupa una posición fuera de lugar, se diría, en un entorno reurbanizado. Tal vez sea nostalgia lo que sugiere y la sensación de un vacío. Uno cuando escribe tiene sus intuiciones que no tienen por qué corresponder a un cálculo. Parece que me ha salido sugestivo.

 

Antinatalismo y responsabilidad

—Te formaste en Filología Hispánica y en Filosofía, dos disciplinas que en la novela se funden al hacer que la atención al lenguaje, a los tiempos verbales, a la etimología, conviva con la reflexión ética sobre el sufrimiento y la procreación. ¿Cómo dialogan en tu práctica escritural estas dos formaciones?

—Me interesaba adquirir recursos para expresarme por escrito. Envidiaba a los buenos escritores y quería ser uno. Pero también me rondaba el antinatalismo por la cabeza y la filosofía me proporcionaba argumentos, aunque fuera más que nada para desmontar ciertas teorías éticas que, por ser breve, no agarran el toro por los cuernos. Siempre ponen en el horizonte la felicidad, pero el prioritario problema de la infelicidad lo ningunean o rodean. En pocas palabras, sentía la necesidad de expresarme y ambas carreras me eran de utilidad.

—En la novela se insinúa que Karsten padece en su adolescencia “serias depresiones”, y tú mismo has señalado en otros textos que tus propias experiencias incluyen una etapa similar, marcada por la impresión de un mundo violento y cruel. Me gustaría que me hablaras de cómo se transmuta el dolor personal en materia literaria sin que la obra se convierta en terapia.

—La depresión la atribuyo a diversas causas donde el miedo a mi propia fragilidad juega un papel importante también. El hecho es que en esa etapa nació la idea de que no se deberían arrojar seres humanos al mundo, porque les podría pasar lo que a mí, o incluso cosas peores. Durante mucho tiempo no fui capaz de comunicar esa idea, creyendo que me considerarían poco menos que loco. Con el tiempo he conseguido, entre otras cosas por mis estudios que me dan herramientas retóricas y de autoafirmación, hablar del tema hasta el punto de que casi me he vuelto monotemático. De fútbol apenas hablo.

—El antinatalismo es un tema que la cultura dominante prefiere ignorar o ridiculizar, asociándolo inmediatamente al odio a los niños o a la patología psicológica, como le ocurre a Karsten cuando el psicólogo Jordi le deniega el certificado de idoneidad. ¿Cómo valoras tú mismo el estado de este debate en España y en Europa?

—Hasta hace poco los hijos caían del cielo para bien y para mal. Los medios anticonceptivos y la emancipación de doctrinas religiosas ya obligan a tomar decisiones. Respecto a esto hablaría de responsabilidad. Tener un hijo es algo que no puede quedarse en equivalente de un deseo personal, ya que implica una tercera persona. Yo intento contribuir al fondo cultural que con el tiempo, espero, convierta el antinatalismo en un tema público de cierta entidad. No sabría decir si el antinatalismo en Europa es más fuerte o no que en otros sitios. El hecho es que en comparación con otros países en Europa y España se tienen pocos hijos, pero no por convicción antinatalista, sino simplemente porque con muchos hijos la vida sale algo más complicada.

—Resides en España desde 1990, y la novela está escrita en castellano, una lengua que no es la de tu infancia pero que has adoptado con una precisión notable, incluso con una cierta rebeldía contra los “ortólogos” y sus normas arbitrarias. ¿Cómo influyó esta doble condición en la construcción de Karsten, que también es un extranjero que nunca termina de encajar?

—Karsten, salvo en momentos decisivos a partir de la iniciativa de adoptar y que llevan a un final que no puede ser el mío, se me parece bastante. Quería transmitir especialmente los momentos duros de la infancia y la adolescencia. Es decir, lo que forja su carácter viene de lejos. No es tanto la condición de extranjero el problema como el carácter poco sociable, marcado por la introversión y la torpeza comunicativa de Karsten. Luego le perjudican sus ideas antinatalistas cara a la adopción, un momento importante en la narración. La inadaptación de Karsten es menos importante (o pretende serlo) que el grado de representatividad que pueda tener como persona sensible, con dificultades no necesariamente excepcionales ni demasiado prestigiosas. Eso sí, muestra cierta fuerza de convicción.

Jorge Gómez Jiménez

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