Nota del editor
Presentamos a nuestros lectores el cuento “Moxeque”, donde el terror ancestral de las ruinas prehispánicas y el sonido de la piedra convierten la investigación arqueológica en una pesadilla de perturbación atávica. Se trata de uno de los nueve relatos de La ciudad sentimental, un libro del escritor peruano Gabriel Rimachi Sialer imprescindible para quien busca la narrativa breve más audaz y perturbadora del panorama peruano actual.
“Porque les ha puesto el demonio tanto temor de las huacas, que aun los mismos hechiceros, cuando las van a sacar con el fiscal para traerlas al visitador, dos o tres pasos antes de llegar a ellas las muestran con el dedo...”.
Pablo José de Arriaga, La extirpación de la idolatría en el Perú (1621).
Santiago se frotó las sienes por tercera vez mientras ajustaba el nivel del teodolito. A trescientos metros, recortada contra el cielo despejado de la costa norte, la estructura piramidal de Moxeque parecía una cicatriz de barro sobre el horizonte.
—Es el viento rozando los ductos de ventilación de los pozos secos —dijo Morton, reajustándose la mochila del escáner LiDAR con una mueca—. O la cerveza tibia. Qué asco. Tengo la nuca a punto de reventar. ¿Cómo no pueden tener chela helada con tanto calor?
—No hay ductos abiertos en este sector, Morton —lo corrigió Valeria sin levantar la vista de su libreta de campo. Mantenía el lapicero suspendido sobre el papel, atenta al aire—. Y el viento no produce una presión constante de este tipo. Es un tono puro, ¿no lo perciben?, pero está por debajo del umbral audible. Se siente en los dientes, no en las orejas.

La ciudad sentimental
Gabriel Rimachi Sialer
Cuentos
Editorial Arsam
Lima (Perú), 2026
136 páginas
Santiago la miró de reojo. Conocía ese tono en la voz de su esposa: la precisión insoportable con la que ocultaba la irritabilidad. Llevaban doce días acampando cerca de los pozos que Tello había excavado en 1937, buscando los restos de los célebres frisos policromados. Pero del esplendor de barro que el sabio huarochirano retrató en sus cuadernos no quedaba casi nada; el devastador terremoto del setenta y las lluvias del Niño habían pulverizado las efigies gigantes, de las que sólo quedaba una fotografía en blanco y negro publicada en El Comercio aquel año terrible.
Morton llevaba dos semanas insistiendo en que la Trinchera IV merecía un sondeo más profundo. Decía tener una corazonada —una anomalía que había visto, años atrás, en unas fotografías aéreas de los ochenta que nadie más se había molestado en revisar. Esa misma mañana, Santiago se lo había recordado con esa soberbia tan particular: las corazonadas no entraban en el informe. Morton no había respondido. Sólo había apretado la mandíbula y seguido calibrando el escáner, en silencio, durante el resto de la jornada. Fue al atardecer, cuando los obreros se habían retirado, cuando la cúpula del escáner emitió un pitido anómalo en el perfil de esa misma Trinchera IV.
—Doctor Prado, mire esto... —murmuró el estudiante, con media sonrisa, y en su voz había un desquite pequeño y silencioso.
En la pantalla del monitor, la densidad del subsuelo dibujaba una masa compacta, esférica, incrustada a cuatro metros de profundidad bajo una capa de sedimentación pre-Chavín. La lectura no señalaba una estructura blanda y porosa como el adobe. Era un bloque monolítico. Tardaron cuatro horas en despejar el perímetro. Cuando las linternas iluminaron el fondo del pozo, ninguno de los tres habló. No era barro. Era basalto negro, pulido con una destreza imposible para la tecnología del Formativo Temprano. La cara medía casi dos metros de alto: un rostro antropomorfo de pómulos prominentes, ojos vacíos tallados en cuenca profunda y una boca entreabierta en una mueca de agonía o éxtasis ritual. Pero lo que hizo que Valeria se inclinara con fascinación fue la oreja izquierda. El pabellón auricular no era un simple relieve decorativo, estaba hueco; era una espiral perfecta cavada hacia el centro del cráneo de piedra.
—Un conducto... —susurró Valeria, introduciendo un estilete—. Santiago, mira esto. No tiene fondo recto. Curva hacia abajo, ¿irá hasta la mandíbula?
Santiago se arrodilló al lado de su mujer, sintiendo cómo el dolor de cabeza se agudizaba de golpe, como si le hubieran apretado las sienes con los nudillos.
—Comunica directamente con la boca... —dijo él, tocando el labio inferior del monolito—. Es una garganta de piedra... es increíble.
El borde interior estaba pulido con una delicadeza anatómica que nunca habían visto: no había muescas de cincel ni rugosidades de fractura. Era una garganta fosilizada en piedra volcánica, una tráquea de andesita.
Morton arrodilló su cuerpo en la tierra suelta para colocar el micrófono de cañón a pocos centímetros de la boca del monolito.
—Si hay un ducto continuo —dijo el estudiante, ajustando los niveles en la grabadora portátil—, esto debió funcionar como un oráculo. En el Formativo Temprano la acústica no era sólo decoración. Los Chavín canalizaban agua por tubos subterráneos para hacer rugir la plaza circular, ¿recuerdan? Pero esto... esto es distinto.
—Prueba, habla en la oreja, Morton —ordenó Valeria. Su voz sonó extraña. Tenía la mano apretada contra la sien derecha; el acúfeno que los acompañaba desde la mañana parecía haber ganado volumen, transformándose en una especie de zumbido sordo, similar al frotar de dos cristales húmedos.
Morton se inclinó sobre el perfil izquierdo de la efigie. Se aproximó al pabellón de espiral y preguntó, divertido:
—Oh, Moxeque, dinos quién se robó los viáticos del proyecto, pues por su culpa tuvimos que tomar esa asquerosa chela caliente...
De la boca entreabierta de la cabeza de basalto no salió la voz de Morton. Lo que emanó de las entrañas de la piedra fue una frecuencia grave, cavernosa, destilada en un registro tan bajo que hizo temblar la grava del suelo. La frase original había sido despojada de sus consonantes y de su timbre humano; en su lugar, emergió un silbido modulado, un sonido que recordaba el paso de aire a través de tráqueas cartilaginosas. A Santiago se le contrajo el estómago en un espasmo violento de náusea. Sintió una punzada eléctrica que le recorrió la espina dorsal desde el sacro hasta la base de la nuca. A su lado, Morton soltó la grabadora; sus pupilas se dilataron hasta formar un solo círculo negro.
—¿Qué... qué fue eso? —dijo el muchacho, llevándose las manos a la cabeza.
Valeria no respondió. Estaba petrificada, mirando la boca de la efigie. Su respiración se había vuelto corta, anhelante, como si acabara de salir de una inmersión profunda.
—No moduló la voz... —susurró, y por primera vez en sus diez años de matrimonio, Santiago detectó un matiz de terror puro en ella—. La descompuso. Nos devolvió otra cosa, Santiago. Esto no es una escultura.
A la distancia a la que estaban, el filtro sólo les devolvía el eco distorsionado; pero algo en el tono de Valeria dejaba entender que acercar la boca al conducto entregaría la voz entera, para que la piedra la transformara por completo.
—Tenemos que tapar esto —dijo Santiago, buscando instintivamente la linterna y sintiendo que las piernas le pesaban como si estuviera sumergido en arena mojada—. Morton, recoge el equipo. Nos vamos al campamento. ¡Ahora!
Pero ninguno se movió. La luz violeta del crepúsculo de Casma había terminado de hundirse tras los cerros pelados, y la noche cayó sobre la pampa de Moxeque.
En la tienda de campaña, la lámpara de gas proyectaba sombras larguiruchas sobre los planos estratigráficos colgados de los tensores. Nadie había probado bocado. La cena de enlatados yacía intacta sobre la mesa de triplay. El dolor de cabeza no había cedido; al contrario, se había asentado en la base de las órbitas oculares como una presión insostenible. Valeria, en cambio, no se quejaba; escuchaba el zumbido con los ojos entrecerrados, casi complacida, como quien afina el oído a una nueva melodía. Morton permanecía sentado en su catre, con los audífonos puestos, escuchando una y otra vez la cinta digital de la prueba. El brillo azul de la pantalla de la laptop iluminaba sus facciones huesudas y desencajadas.
—No tiene sentido matemático —murmuró por quinta vez, sin quitarse los audífonos—. La onda que grabó el micrófono no coincide con la amplitud de la voz que emití. Hay un desfase de noventa grados y una superposición de armónicos inferiores. Es como si el material dentro del tubo... estuviera vivo. O como si la piedra no estuviera vacía.
—Apaga eso, Morton —le ordenó Santiago. Estaba sentado al borde del escritorio, limpiando mecánicamente la pantalla del GPS.
—Doctor, si filtro la banda de los 18 hertz y amplifico la modulante... parece que hay un patrón sintáctico. No es ruido blanco. Son como órdenes.
—¡Dije que lo apagues! —gritó Santiago, dando un golpe sobre la mesa que hizo saltar los frascos de reactivos.
Morton se sobresaltó, pero no se quitó los audífonos. Miró a Santiago con desprecio. Nunca antes lo había hecho.
—Usted siempre hace lo mismo, Santiago —dijo el estudiante, y el tono juvenil que le conocían se había vaciado por completo de sus palabras—. La Trinchera IV, la anomalía de las fotos aéreas, esto de ahora: ¡todo lo que no sale de sus manuales gringos, usted lo entierra antes de mirarlo! Tello tenía razón sobre la monstruosidad de estas huacas, hemos visto las fotos, pero usted es demasiado cobarde para admitir que estamos ante algo que nos excede...
—Morton, mide tus palabras —intervino Valeria desde un rincón. Su voz sonaba helada—. No le hables de cobardía a alguien que lleva veinte años construyendo una carrera a costa del trabajo de los demás.
Santiago se giró bruscamente hacia su esposa.
—¿De qué carajos hablas?
—Sabes perfectamente de qué hablo —dijo ella, levantando los ojos, sus pupilas refractaban la luz de la lámpara—. El informe de la Trinchera II en 2018. El análisis estratigráfico de Las Aldas. Lo firmaste como autor mientras yo estaba internada con tifoidea. Siempre has necesitado mi oído y mi rigor para suplir tu carencia total de intuición, Santiago. Eres cualquier cosa menos un arqueólogo de verdad.
El aire dentro de la carpa se volvió denso. Santiago sintió que la rabia se le atascaba en la garganta. Quiso recordarle que sin sus contactos ella jamás habría salido del raquítico laboratorio de San Marcos, quiso decirle que estaba harto de convivir con un amor muerto, gritarle que no hacía otra cosa que cargar con ella por el simple hecho de ser su mujer. Quiso gritarle que había dejado de amarla hacía mucho tiempo. Pero no dijo nada.
La lámpara de gas parpadeó, como si algo hubiera pasado cerca de la llama sin tocarla. Los tres se quedaron inmóviles, escuchando. El zumbido que llevaban horas soportando cambió de naturaleza: dejó de ser un tono continuo y empezó a organizarse en pulsos, cada uno un poco más definido que el anterior, como una respiración que aprende a respirar.
Thump.
Nadie se movió.
Thump.
Valeria dejó la monografía que estaba leyendo sobre la mesa, muy despacio.
Thump.
Thump.
Era la pulsación de Moxeque. El pulso de basalto que ascendía desde la Trinchera IV, atravesando las capas de ceniza volcánica y suelo aluvial hasta filtrarse en las plantas de sus pies, cada vez más cerca, como si la distancia entre la carpa y el pozo se estuviera acortando sin que nadie caminara.
Thump.
Sin decir una palabra más, Morton se levantó de la cama. Dejó la laptop encendida y la grabadora funcionando sobre la mesa. Salió de la carpa con pasos rígidos.
Thump.
—¿A dónde va este imbécil? —masculló Santiago, saliendo tras él, aunque sus propias piernas obedecían con un retraso que no entendía, como si de pronto le pesara caminar.
Valeria lo siguió a unos pasos de distancia. Ninguno de los dos llevaba linterna. La luna iluminaba el páramo de Casma estirando ligeramente las sombras de las piedras, tiñendo las adoberas de Moxeque de un color ceniza. El frío de la noche costeña, que normalmente Santiago apenas registraba, le calaba ahora los huesos como si el cuerpo hubiera perdido parte de su aislamiento contra el mundo. Morton caminaba en línea recta hacia la excavación, cuarenta, treinta metros por delante, sus brazos colgando a los lados del cuerpo, pesados, inertes.
Santiago apuró el paso, pero la bruma que flotaba a ras de suelo parecía espesarse a propósito, tragándose la distancia que debía recorrer. Para cuando llegaron al borde de la Trinchera IV, el muchacho ya había bajado por la escalera de madera y estaba de rodillas frente a la cabeza de piedra oscura. La luz de la luna caía de lleno sobre el rostro de basalto, haciendo relucir sus pómulos pulidos y la comisura profunda de su boca abierta.
—¡Morton, sube aquí! —gritó Santiago, pero la bruma le devoró el grito antes de que llegara al fondo del pozo.
El muchacho no respondió. Se quedó un instante inmóvil, como reuniendo valor o esperando permiso, y sólo entonces pegó los labios al pabellón auricular izquierdo del monolito. Santiago intentó bajar por la escalera, pero Valeria lo agarró del brazo con una fuerza que ya no era suya. Los dedos de su esposa se clavaron en su carne como tenazas.
—Escucha... —susurró ella al oído de Santiago, y su aliento olía a sangre vieja, a fierro oxidado—. Escucha lo que le dice.
Morton estaba hablando a la oreja de aquella cabeza gigante. No decía palabras inteligibles; articulaba un murmullo continuo, una letanía de sílabas sibilantes, confesiones íntimas, secretos de su infancia, envidias académicas, deseos atroces reprimidos en lo más oscuro de su psique. Confesaba el desprecio por sus maestros, el amor contenido por un compañero de clases, el deseo por la propia Valeria cuando la veía trabajar bajo el sol. Y entonces, la piedra respondió en forma de un rugido subsónico que golpeó la trinchera como una onda de choque.
Morton se irguió con la mirada extraviada. Con un alarido se llevó ambas manos a los oídos, presionando con una fuerza ajena, como si quisiera arrancarse el sonido de la cabeza antes de que terminara de instalarse.
—¡Morton! —gritó Santiago, liberándose de Valeria y saltando al fondo del pozo.
El estudiante cayó de espaldas sobre la tierra suelta, retorciéndose. De sus oídos y de su nariz brotaba un hilo de sangre negra. Agitaba las piernas contra la pared de la excavación mientras emitía un estertor que lo llenaba todo: la voz modulada por la piedra seguía reverberando dentro de su cabeza, como si no fuera a detenerse nunca.
Santiago se arrojó sobre él para sujetarlo, pero al tocar la piel helada del muchacho, la onda expansiva del sonido que aún salía de la boca del ídolo lo alcanzó de lleno. La vibración le entró por la quijada. En un instante, la mente de Santiago se vio despojada de toda barrera racional. Todas las frustraciones de su vida —el peso de una investigación estancada, la certidumbre de su propia limitación intelectual, el resentimiento acumulado durante años de convivencia con una mujer a la que amaba y detestaba con la misma intensidad, la imposibilidad de dejarla por esa sensación de orfandad que aparecía en él cada vez que lo iba a intentar— se sintetizaron en una orden clara. La voz de la piedra le mostraba que la única forma de detener la presión insoportable dentro de su cabeza era el silencio absoluto. Y éste sólo se alcanzaba eliminando la fuente de todo ruido.
Santiago levantó la vista. Valeria estaba al borde de la trinchera, mirándolo desde arriba y, por un segundo —sólo uno—, él creyó reconocer en su rostro algo parecido a la calma con la que ella solía cerrar un cuaderno de campo al final de una gran jornada.
—Esto no apareció para hablarnos, Santiago —dijo ella desde la orilla—. Hizo que lo desenterráramos para vaciarnos.
Valeria se deslizó por la escalera de madera. Sus pies tocaron el piso de arcilla despacio, casi con cuidado, como quien no quiere despertar algo que apenas empieza a dormirse. Se acercó a la efigie de basalto y, sin mirar el cuerpo agonizante de Morton ni a su esposo, pegó la boca a la oreja de la efigie.
—Valeria, no... —alcanzó a articular Santiago, tratando de arrastrarse hacia ella.
Pero era tarde. Valeria le entregó a la piedra el nombre de Santiago, sus debilidades, el recuerdo exacto de la noche en que pensó abandonarlo, el desprecio por su cuerpo, por su tono de voz, por el calor que ya sentía muy ajeno en la cama, por su existencia vacía. Le regaló a la deidad de andesita el cúmulo de sus rencores.
Thump.
Entonces la boca del monolito no tardó en responder.
Thump.
Thump.
La frecuencia descendió a niveles subterráneos, haciendo que las paredes de adobe de la estructura prehispánica comenzaran a desmoronarse en una lluvia de polvo y cascajo. Santiago sintió que la vista se le oscurecía; sus globos oculares vibraban a la misma frecuencia de resonancia que el basalto. Vio a Valeria sonreír mientras algo oscuro le inundaba los ojos, como si la piedra le hubiera arrancado de un tirón el miedo, el dolor, cualquier cosa que no fuera esa entrega total. Ella buscó a tientas en el suelo y sus dedos tropezaron con la piqueta de acero que Morton había olvidado junto a la pared.
—Valeria... por favor... —gimió Santiago, intentando ponerse de pie, pero sus músculos no respondían: la vibración le había paralizado las piernas y los brazos.
Ella levantó la piqueta. No había odio en sus ojos oscurecidos, sólo una serenidad aterradora.
Thump.
—El sonido tiene que salir, Santiago... —susurró ella, mientras el rugido de la piedra inundaba el valle de Casma, expandiéndose en ondas invisibles hacia la Panamericana, hacia las viviendas de adobe de los agricultores, hacia la costa entera—. Tiene que salir por la boca, mi amor...
Thump.
Antes de que la noche de Moxeque se lo tragara para siempre, Santiago tuvo la certeza de que su propio alarido entraba limpiamente por la oreja de la deidad de piedra, atravesando esa garganta petrificada por el tiempo y los astros, listo para ser transformado en una voz que jamás dejaría de sonar bajo la tierra.
- Moxeque
(del libro La ciudad sentimental, de Gabriel Rimachi Sialer) - viernes 18 de septiembre de 2026 - La casa de los vientos, de Gabriel Rimachi Sialer
(primeras páginas) - viernes 2 de septiembre de 2022 - Ofelia - sábado 2 de julio de 2022


