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Creencias y vivencias toman forma en los relatos de su libro Ausencias
Isidro Ferrer Abizanda y la aventura gozosa de escribir

domingo 4 de octubre de 2026
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Isidro Ferrer Abizanda
Isidro Ferrer Abizanda: “El autor debe adoptar la mentalidad de su personaje, un ser humano con certezas y ambigüedades similares a las de los seres reales. Muchas veces, yo mismo tampoco sé lo que haría”.

Los siete relatos que conforman el libro Ausencias parten de situaciones muy distintas, pero terminan encontrándose alrededor de una misma experiencia: la pérdida y las formas en que aquello que desaparece continúa actuando sobre quienes permanecen. La muerte de un ser querido, el envejecimiento, la emigración, la ruptura de los vínculos familiares, la guerra o la desaparición de determinados modos de vida recorren un libro que se desplaza desde espacios íntimos hasta escenarios africanos y futuros posibles.

En sus páginas conviven el realismo, lo fantástico y la especulación. Un muerto puede persistir en los sueños y en la naturaleza; una conciencia parece sobrevivir al cuerpo; los espíritus pueden formar una red capaz de conservar experiencias; dos jóvenes ghaneses atraviesan África y el Atlántico en busca de otra vida, y una Nigeria futura permite pensar en los efectos de la inteligencia artificial, los cambios políticos y la degradación ambiental. La memoria, el cuerpo, la percepción, la espiritualidad y la relación del ser humano con la naturaleza reaparecen así desde perspectivas diferentes.

Detrás de esa diversidad está la mirada de Isidro Ferrer Abizanda (Barcelona, 1951), doctor en Medicina, especialista en Neuropatología y profesor emérito de la Universidad de Barcelona. Su formación científica resulta especialmente visible cuando la ficción se aproxima al funcionamiento de la memoria, las alteraciones de la percepción, el envejecimiento o la conciencia, pero Ausencias amplía esas preguntas hacia la historia, la cultura, la religión y las relaciones humanas. Sobre el origen de esas historias, sus escenarios y la convivencia de ciencia e imaginación conversamos con el autor.

 

“Ausencias”, de Isidro Ferrer Abizanda
Ausencias, de Isidro Ferrer Abizanda (Exlibric, 2025). Disponible en Amazon

Ausencias: seres de ficción con vidas propias

En Ausencias la muerte aparece desde el primer relato, pero no siempre como una ruptura definitiva. Casi podría inferirse de estos cuentos que la ausencia no es sino otra forma de la presencia. ¿De dónde salieron estas historias? ¿Cómo incidió tu experiencia profesional en tu concepción?

Toda la vida, desde un paramecio hasta un ser humano, está programada genéticamente para perpetuarse a sí misma. Cualquier estímulo, ya sea externo o interno, que vaya en contra, trata de neutralizarse mediante mecanismos básicos o complejos, siempre con el objetivo de perdurar. Esto no sólo incluye mantener la vida, sino también reproducirse en otro ser igual que seguirá el mismo proceso. La muerte termina con esta fuerza o instinto tan poderosos. La vida no se entiende racionalmente: ¿para qué tantos millones de vidas a lo largo de millones de años? ¿Qué despilfarro es este? ¿A quién se le ha podido ocurrir semejante diseño? Estas preguntas, más o menos sofisticadas, se las ha hecho el ser humano desde tiempos remotos. Y ahora que moriré, ¿qué me va a ocurrir? Quiero seguir estando de algún modo, porque este ha sido mi impulso irracional, inherente desde el principio de los tiempos.

Estas historias son pensamientos de distintos personajes que sienten la pérdida de alguna forma e intentan que no sea algo irreversible. ¡Que quede alguna cosa! Así, diferentes religiones han encontrado la solución en la creencia de una vida futura, en la idea de que la vida perdida se incorpora como espíritu en otros seres vivientes. Para otros, el sentimiento de no pérdida reside en el recuerdo que deja la persona desaparecida; después, ya no se sabe qué puede ocurrir. En estos cuentos, la sensación de ausencia es la que mantiene la presencia de la persona o del ser desaparecido.

Estas sensaciones tienen poco que ver con mi profesión médica. Tienen un origen más personal e íntimo. Son, en parte, mis preguntas y reacciones y las de otros, frente a la pérdida de mis seres queridos. Nacen del amor y del dolor por la pérdida de quienes han muerto.

Quiero señalar desde el principio que estos relatos son narraciones directas, no elucubraciones intelectuales ni ensayos sobre el sentido de la vida y la muerte. Son cuentos, narraciones de personas que van desenvolviéndose en la vida lo mejor que pueden; son seres de ficción que explican o viven sus emociones a medida que transcurre su vida.

 

El escritor senegalés Birago Diop dice en el poema que usas como epígrafe de “Ivo y yo” que los muertos continúan en el agua, en los árboles, en el viento y en otros elementos del mundo. Esta idea se manifiesta de diversas formas, tanto en el primer cuento como en el resto del volumen. Me gustaría que me hablaras de esa concepción de la permanencia de los muertos, así como de su relación con tu formación científica.

El poema de Birago Diop recoge una de las creencias más antiguas sobre la concepción del mundo y de la vida, y está presente no sólo en muchas etnias de África negra, sino también en otros continentes y en otros grupos que nunca estuvieron en contacto. Más recientemente, se ha interpretado como la idea de que todos formamos parte de la naturaleza: todos somos parte de ella. Es una noción completamente opuesta a la que señala el Génesis: no es Dios quien ha hecho al hombre según su propia imagen para que domine todo lo que existe sobre la tierra. Por el contrario, el hombre pertenece a la tierra como cualquier otro elemento que hay en ella, y aquí se entienden como tales tanto los seres vivos como la tierra, el cielo, la luna, el sol, las nubes, el agua y los espíritus de todos ellos. Este pensamiento, que ahora aparece como una “nueva novedad” y que vive de las energías que se transmiten al abrazar a los árboles o al hablar a las ardillas, es antiquísimo.

 

En Ausencias lo fantástico aparece con intensidades distintas: en “La urna” el relato acepta abiertamente la supervivencia de la conciencia después de la muerte, mientras que en “La losa” los sucesos extraños conviven con las alucinaciones y el deterioro de la percepción del protagonista. ¿Qué función cumple para ti esa irrupción de lo fantástico en tu narrativa?

En la infancia, lo real y lo fantástico conviven armónicamente; los niños juegan y viven tanto en la realidad como en la imaginación. Progresivamente, van percibiendo (y se les va inculcando) la utilidad de lo que se ha aceptado como el mundo real frente a la irrealidad de la fantasía. La adolescencia supone una modificación compleja de todos los valores previos y se va construyendo una imagen nueva: la realidad es el formato que debe controlar nuestra vida, mientras que la imaginación y la fantasía pertenecen mejor al mundo de los sueños. Algunas personas pueden no llegar a distinguir entre realidad y fantasía y, en la vida adulta, actuar de un modo extremo que se considera patológico. Muchos otros esconden sus fantasías para su placer o para su sufrimiento interno, y estas experiencias quedan reservadas para su vida personal o para sus más íntimos. Existen formas de arte en las que se expresan los sueños y las fantasías, como el surrealismo o el art brut. Además de estos extremos, la realidad, la imaginación y la fantasía forman parte de nuestra vida adulta; esta combinación es enriquecedora; otra cosa es atrevernos a expresarlas abiertamente.

Aquí también resulta curioso nuestro concepto de realidad y de fantasía. Muchas creencias son el resultado de imaginaciones incorporadas al ideario colectivo de un grupo y consideradas realidades. Por ejemplo, el desarrollo de las religiones monoteístas se construyó por capas, a partir de sucesivas historias cada vez más inverosímiles. Releer desapasionadamente los textos sagrados de las principales religiones monoteístas ayuda a comprender que, en sus fundamentos y contradicciones, al menos alguna de ellas es falsa, una fantasía que con el tiempo se ha considerado real (no puede ser que todas sean verdaderas a la vez). Sus dogmas y ritos, más aún los criterios que guían la vida de sus creyentes, se fundamentan en estas construcciones fantásticas. La incorporación de la fantasía a la realidad ha llevado a que los seguidores de la fe auténtica maten a los de la fe inventada o falsa. Semejante imaginario de veracidad sucede con los seguidores de otras religiones, como el hinduismo, o con filosofías como el budismo y el taoísmo, al hablar de realidades vigentes, con la ventaja de que estas últimas no han producido crímenes masivos. No quiero entrar aquí en cuál es la creencia o la religión verdadera (lo cual supone un acto irracional de fe). No tengo ni idea. Quiero reflejar que lo real y lo imaginario son conceptos que han ido construyendo nuestro conocimiento para acordar funcionamientos colectivos que no necesariamente son comunes a todos los seres humanos.

En este sentido, me fascinan todas las mitologías, desde las más remotas hasta las conocidas como la egipcia, la griega, las nórdicas, las americanas, las japonesas o la yoruba, a modo de ejemplo. También libros que explican historias antiguas como la Epopeya de Gilgamesh, el Génesis, la Ilíada, la Odisea, los Vedas, los Upanishads o el Bhagavad Gita. No soy erudito y no he leído ninguno de estos libros en traducción literal, pero sí tengo curiosidad por saber cómo se pensaba hace miles de años y he seguido ediciones adaptadas.

 

En varios relatos, la atención se traslada de la experiencia personal a los procesos históricos y colectivos. Esto incluye el desplazamiento forzoso en “Migraciones”, los cambios sociales y políticos en Nigeria en “Ebele” y las consecuencias de la guerra, la pobreza y el desplazamiento en “Círculos”. ¿Podrías hablarme sobre cómo se entrelazan en este libro la experiencia colectiva del desarraigo y el tema de la muerte?

El lugar de nacimiento, el hogar y la familia son, para muchas personas, la raíz de su vida, el sitio al que pertenecemos, que conecta con nuestros orígenes y representa nuestra referencia o, al menos, un punto crucial. Dejar este lugar de forma forzada, debido a las circunstancias, a las condiciones de trabajo o incluso por elección durante largos períodos, nos aleja de nuestras raíces. Por ello, muchos viajeros, trabajadores, sean inmigrantes o no, sienten el deseo de regresar a su tierra de origen después de largos períodos; algunos lo hacen sólo pocas veces o ya al final de sus vidas. Este es un potente sentimiento de pertenencia. Sin embargo, muchas otras personas no sienten esta necesidad y están cómodas en la lejanía: sus vínculos se han roto o han comenzado nuevas vidas en sus nuevos lugares de enraizamiento. Aquellos que se encuentran en esta situación de alejamiento pueden experimentar desarraigo. No es un concepto extremo para un relato. A menudo, esta situación resulta dramática tanto para quienes se van como para quienes se quedan. Se trata de un alejamiento o tal vez de una desaparición indefinida. En este contexto, el tema del desarraigo y la muerte no se aborda de manera explícita; este aspecto se puede desarrollar en otros relatos donde las personas anhelan que sus muertos expatriados regresen a casa, desean reencontrar a sus familiares lejanos y que sus restos vuelvan a su tierra. No es algo nuevo, es una necesidad ancestral: las personas desean regresar a su muerte al lugar donde nacieron.

 

Isidro Ferrer Abizanda: el valor de la empatía

Me gustaría que me contaras sobre cómo utilizas la ambigüedad como estrategia narrativa. Hay cuentos donde la realidad se desdibuja y deja en manos del lector la decisión sobre lo que está ocurriendo. Este es un registro especialmente complejo en la narrativa breve y en tus textos está muy bien logrado.

En muchas ocasiones, al comenzar un relato, no tengo idea de cómo evolucionará la historia ni cómo se comportarán los personajes; éstos se van construyendo a sí mismos. Cada personaje es distinto y, como ocurre en la vida real, cada uno puede reaccionar de maneras diferentes ante una situación similar. El autor debe adoptar la mentalidad de su personaje, un ser humano con certezas y ambigüedades similares a las de los seres reales. Muchas veces, yo mismo tampoco sé lo que haría. Esta situación, creo, otorga veracidad a los personajes y a los finales de los relatos. El personaje no tiene claro lo que va a hacer, el autor tampoco; el problema se traslada al lector, quien buscará o no su propio desenlace.

 

En varios relatos aparecen religiones, creencias tradicionales africanas, cristianismo, espíritus, antepasados y supersticiones que conviven sin necesidad de excluirse entre sí. ¿Es esta una forma de presentar distintas respuestas culturales ante la muerte?

Estoy convencido de que las tradiciones ancestrales sobre la vida y la muerte, las mitologías y las religiones, que son derivados más estrictos y normalizados de las anteriores, y las filosofías que pretenden explicar el sentido y el significado del hombre en la tierra, tienen un mismo punto de partida. La vida no es un paraíso de tranquilidad; está llena de problemas, sufrimiento y dolor. Para ninguna comunidad o cultura, la vida parece gratificante por sí misma. Por ello, se busca una explicación posterior a ésta. ¿Qué ocurre cuando la vida ya no está? Se buscan respuestas sobre el sentido de la vida y, como en vida no se tienen, se construyen escenarios para después de la muerte. Yo (o cualquiera de nosotros) no tengo pruebas objetivas de lo que ocurre después de la muerte, e incluso antes: no tenemos una idea definida de qué son el espíritu, la conciencia, el alma. Todos son conceptos muy escurridizos. Y hay un punto esencial que debe colocarnos en nuestro lugar: nosotros somos seres inteligentes, dotados de sentidos para captar el mundo, de razonamiento para explicar fenómenos y de emociones y sentimientos, pero ¿hasta qué punto tenemos suficiente inteligencia como para entenderlo? Los humanos sólo vemos una parte del espectro electromagnético; nuestro espectro óptico es muy limitado. No vemos los rayos infrarrojos ni los ultravioleta, ni los gamma ni los rayos X. Sin embargo, hay animales y plantas para quienes estas bandas del espectro existen y son perceptibles. Nosotros no podemos oler un oso, pero un oso puede olernos a más de veinte kilómetros: nuestra inferioridad en este aspecto es manifiesta. Nosotros no sabemos guiarnos por los campos magnéticos de la Tierra; para muchas aves migratorias, estos campos les permiten una percepción del mundo que nos es vedada a los humanos.

Creo que hay diferentes percepciones frente a la vida y frente a la muerte; tan distintas como seres humanos. No tengo idea de cómo otros seres vivos perciben la vida y la muerte, pero llama la atención el cuidado que algunos animales brindan a sus compañeros heridos o fallecidos. Sería fascinante conocer sus emociones.

Todo esto me lleva a pensar que no me siento una persona creyente ni atea; me siento más bien agnóstica, al reconocer mis limitaciones para saber más. Esta postura no implica desprecio hacia los creyentes ni hacia los ateos, siempre y cuando sus religiones y creencias no causen daño a los demás, hombres, mujeres y niños. Tampoco el agnosticismo es un triunfo de la razón sobre la fe; quizás sea mejor entenderlo como una claudicación ante ambas.

 

Hay textos como “Migraciones” en los que describes minuciosamente las costumbres de las comunidades que los personajes atraviesan, sus lenguas, mercados, ceremonias, oficios y relaciones familiares. Ese nivel de detalle exige una documentación considerable. ¿Qué desafíos te presentó la investigación para estos relatos?

Se trata de un desafío relativo. Conozco bastante bien algunos países de África subsahariana atlántica, como Sierra Leona, Senegal, Gambia, Ghana, Benín, Nigeria y Camerún, donde he estado temporadas por razones familiares y por distintos proyectos vinculados a organizaciones no gubernamentales. No he estado como turista sino como colaborador y participante de la vida cotidiana de algunas comunidades. Esta experiencia me ha estimulado a leer y conocer mejor las creencias, las formas de vida y la cotidianidad de muchas de estas gentes. Se ha establecido cierto grado de empatía y tengo afecto por sus culturas y comportamientos. También he dado clases de español a grupos de inmigrantes menores de edad no acompañados (MENAs) en Barcelona: magrebíes y negros subsaharianos. He aprendido muchísimo de ellos.

Lo que creo que da autenticidad a estas historias es que el lector puede tener la percepción de que le están explicando algo que se ha vivido personalmente. Y es cierto, en parte. Las aventuras son ficción, pero muchos personajes, situaciones y vivencias son reales aunque con otros nombres y, a veces, en otros lugares. Desde luego, hay mucha lectura adicional que he hecho por el placer de conocer mejor su historia y sus costumbres. Para mí, adentrarme en estas vidas ha sido una aventura gozosa.

 

A lo largo de “La losa”, “La urna” y “Ebele” aparece, con matices muy distintos, una misma preocupación por el vínculo entre el ser humano y el resto de las formas de vida: en un caso como amenaza material a la subsistencia, en otro como una posible comunión de conciencias entre especies, y en el tercero como daño ecológico documentado y su reparación. ¿Crees que podemos aún rectificar o nuestra especie está condenada? ¿Será esa la ausencia definitiva?

Lo que más me ha impresionado relacionado con mi profesión, no sólo como médico sino como investigador, es la complejidad de las formas de vida y los mecanismos moleculares que sustentan las reacciones bioquímicas que facilitan la vida y la muerte de las células, la organización de estas unidades en sistemas que interaccionan y que forman un individuo complejo, y finalmente, cómo interactúan las diferentes especies para que todo esto funcione con una armonía asombrosa. Visto desde lo más pequeño a lo más grande, el resultado es magnífico, y el conjunto del sistema es una acumulación de maravillas. No entendemos todavía cómo funcionan muchas cosas, desde las plantas (a las que hacemos relativamente poco caso, pero resultan ser unos seres perfectos para las funciones que sus células tienen programadas) hasta lo que nosotros consideramos la cúspide de la creación.

Pues bien, la diferencia no es tan grande. No les quepa duda, el mundo microscópico y molecular es un prodigio que produce admiración. Conozcan en profundidad cómo crece un árbol, cómo se polinizan sus flores, cómo se produce y madura el fruto, y no verán una naranja de la misma manera cuando se la lleven a la boca.

El menosprecio y el maltrato son frecuentemente resultado de la ignorancia, y por tanto corregibles con la información y el conocimiento sobre lo extraño. Fuera de esto, continuar ejerciendo daño es maldad.

Dentro de las limitaciones de lo que realmente podemos hacer existe una amplia gama de posibilidades de actuar de una manera u otra, facultad que tienen mucho más limitada otras especies. Es una responsabilidad de los seres humanos intentar no destruir otras formas de vida. No soy pesimista. Si la humanidad desaparece, no con ella desaparecerá la vida en la Tierra; nacerán otras formas y la vida con su tremenda fuerza de millones de años volverá a repoblarla hasta que el sol se apague o la haga añicos algo más potente que la inteligencia humana.

 

“Escribir me ha servido para estudiar y aprender nuestras reacciones”

La historia colectiva de África —desde el pasado colonial hasta un futuro cercano marcado por la inteligencia artificial y la reparación ecológica— es un tema que aparece en algunos de los relatos y está, de hecho, en la imagen de la portada. ¿De dónde nace este interés por África como espacio narrativo recurrente? ¿Hay allí una experiencia personal, una necesidad literaria concreta o algo distinto que quisieras compartir con quienes lean el libro?

Como he comentado anteriormente, conozco parte de África negra subsahariana atlántica, y en menor medida otros países africanos como Marruecos, Egipto y Etiopía, y más recientemente he visitado Madagascar, a donde espero volver. No se trata de turismo a lugares hermosos, que también son cautivadores, sino de una curiosidad por conocer la vida de los otros. Esto no implica que desprecie el turismo de safaris: estuve en Tanzania de mucho más joven y me encantó. Pero ahora el interés es, además del paisaje, del que también disfruto, el sentirme a gusto y no notar como extraños los países donde viajo. No sé si consigo transmitirlo en mis relatos, pero espero despertar en el lector un interés por estos pueblos desde el interior, no como espectador, y que el lector comprenda el espíritu de los personajes. He escogido algunos países de África por razones personales que me han permitido conocerlos mejor, pero África es todo un continente lleno de pueblos y gentes diferentes; sólo conozco una pequeña parte. Imagino que la dedicación crece con el conocimiento: cuanto mejor se conoce y se quiere algo, mayores deseos existen por aprender más y por explicarlo a otras personas.

Me gustaría pensar que, además de excelentes escritores africanos que han escrito libros y relatos magníficos, localmente o desde el extranjero, favoreciendo una conectividad entre los países occidentales y África, una persona occidental pueda captar aspectos de unas formas de vida que en principio le eran ajenas y que ahora están más integradas en su vida. Sin embargo, no cabe esperar en estos relatos imágenes turísticas, estereotipos culturales o curiosidades muchas. Sin embargo, muchos sentimientos, emociones y actuaciones más arraigadas de los personajes creados son semejantes a los de aquí.

 

Has dedicado buena parte de tu vida profesional al estudio del Alzheimer, el Parkinson y el envejecimiento cerebral, y en el libro aparecen con frecuencia el deterioro físico, la pérdida de memoria y hasta la fragilidad de la vejez. ¿Cómo has convivido, como persona, con esa cercanía diaria a la fragilidad de la mente humana? ¿Escribir te ha servido de alguna manera para entenderlo?

Como médico y como investigador de enfermedades neurodegenerativas humanas he vivido de cerca muchos sentimientos humanos íntimos y profundos. He visto el dolor, el sufrimiento, la pena, la desolación más completa, pero también la alegría, los vínculos profundos que establecemos los seres humanos en situaciones difíciles e incluso vivencias al límite. No creo que alguien pueda quedar indiferente a estos sentimientos y emociones cuando se viven de manera tan próxima. Quieras o no, se establece una empatía con las personas que tratas o con el mal que padecen, o con lo que les preocupa en aquel momento aunque no se trate de una enfermedad. Claro, esto me ha marcado; el contacto mental íntimo con otras personas afecta.

Esta percepción de la vulnerabilidad crea en un principio algo parecido a un duelo: negación de que aquello se trate de algo real, rabia por la injusticia, intento de buscar un culpable, tristeza y algo parecido a la depresión al verificar la fragilidad y la pérdida, y finalmente, aceptación. La vejez es un paradigma: ves una fotografía de tu madre joven y una imagen de la misma persona deteriorada en todas y cada una de las partes de su cuerpo y piensas: ¿pero quién ha inventado esto? No hay culpable, es dolor y aceptación del dolor; la vejez es la progresiva aceptación de la vulnerabilidad y de la pérdida de la propia existencia. Algo parecido sucede con algunas enfermedades. La mayor contribución que puede hacer cualquier persona es el acompañamiento, la comprensión y la muestra de cariño hacia el enfermo o hacia el anciano mermado de sus capacidades.

Escribir me ha servido para estudiar y aprender nuestras reacciones y me ha acercado a una mayor comprensión y acercamiento hacia las personas. Escribir ficción es una experiencia muy interesante; el autor crea personajes a los que mueve en un principio como cree que deben de actuar; en mi caso, la trama se puede ir complicando y el personaje conoce a otros y cambia y tiene, a medida que sucede el relato, una vida propia. Expresar los sentimientos y reacciones en cada momento, poniéndose en el lugar del personaje, es algo muy atractivo.

 

Como escritor y científico, ¿qué lectura haces de la inteligencia artificial y su incidencia en nuestra sociedad? ¿Crees que terminará por sustituir capacidades humanas fundamentales como el pensamiento crítico o los vínculos afectivos, o ves en ella, más bien, una herramienta que amplificará lo que ya somos, para bien o para mal?

No conozco en profundidad las capacidades últimas y las limitaciones de la inteligencia artificial y cómo se va a desarrollar en un futuro. Pero me parece, como ya ha sucedido con otros descubrimientos, que la inteligencia artificial tiene ya actualmente, y más en el futuro, un potencial asombroso de mejorar nuestras condiciones de vida. Lo preocupante no es la inteligencia artificial; la desconfianza y el temor residen en la utilización que puede hacer el ser humano con la inteligencia artificial (o con las distintas inteligencias artificiales). Entre las múltiples utilizaciones impropias que puede hacerse de la inteligencia artificial incluyo las diferencias sociales que se pueden ver aumentadas entre los individuos que tengan acceso a la inteligencia artificial, y a otros avances como la robótica o la implantación de chips para mejorar actividades humanas y animales, y los que no tengan esta disponibilidad; la brecha social será aún mayor que la actual.

Por lo que se refiere a las interpretaciones cuánticas para explicar la consciencia y el universo, tan pujantes en la actualidad, no tengo el mínimo conocimiento como para juzgar a favor o en contra.

 

Después de una vida dedicada a la ciencia, con toda la exigencia de rigor y evidencia que eso supone, has decidido explorar la narrativa como medio de expresión. Me gustaría que nos comentaras dos cosas: en primer lugar, cuándo comenzaste a sentir la necesidad de escribir ficción, y en segundo, si has empezado a darle forma a algún otro proyecto literario.

Siempre me ha gustado leer, especialmente narrativa; he disfrutado muchísimo y sigo haciéndolo. Como investigador y profesor he escrito centenares de artículos científicos en revistas y en libros; la mayoría en inglés. Cuando me retiré, pensé que me gustaría escribir; no mis memorias profesionales, ni nada que tuviera relación con ello. Me encontré con dos dificultades: la primera, que me faltaba vocabulario español, y la segunda, y no menos importante, fue que la estructura del relato seguía el esquema de los artículos científicos: resumen, introducción, material y métodos, resultados y discusión. Un aburrimiento total. Por el contrario, tenía una ventaja: estoy acostumbrado a escribir con frases cortas, concisas, intentando utilizar las palabras con rigor podríamos decir científico. Me inscribí a un curso de narrativa, aprendí las reglas básicas y seguí los ejercicios. Me puse a escribir y también a leer de un modo más preciso. Me di cuenta de que la mayoría de autores, al menos los que más me han gustado, no siguen normas rígidas y plantean temas y trucos narrativos originales. Escribí mucho y he desechado muchos intentos. Una vez terminado un relato, lo dejo un tiempo y lo vuelvo a leer; a lo mejor ya no me vale, o lo modifico y lo corrijo y lo dejo otra vez. Escribir es algo meticuloso, es pasarse horas, al menos para mí.

He escrito una docena de relatos nuevos que considero aprovechables por el momento. Sigo escribiendo por placer cuando, después de caminar, nadar o hacer algo relajante, la mente empieza a crear imágenes e ideas. Espero poder publicar otro volumen, siempre que lo que escriba tenga aceptación entre algunos, aunque sean pocos. Es cierto que empiezas a escribir para ti mismo, pero también lo das a leer a las personas cercanas para que te critiquen, con el objetivo de mejorar y compartir. Estoy agradecido a todas ellas por su ayuda y sus comentarios. Más adelante, esperas que te lean desconocidos y que disfruten de lo que leen. No tengo prisa. Estoy jubilado y no siento más presión que la propia de escribir; pasármelo bien; si otros pueden disfrutar de un buen rato, pues tanto mejor.

Jorge Gómez Jiménez

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