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Tres más tres son diez, primeras impresiones
(sobre el libro de Carlos Andrés Torres, Ramón Sepúlveda y Roxana Orué)

viernes 30 de octubre de 2026
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Carlos Andrés Torres, Ramón Sepúlveda y Roxana Orué
Carlos Andrés Torres, Ramón Sepúlveda y Roxana Orué unen sus letras en Tres más tres son diez, libro con el que se celebran los primeros diez años de Editorial Artística.

“Tres más tres son diez”, de Carlos Andrés Torres, Ramón Sepúlveda y Roxana Orué
Tres más tres son diez, de Carlos Andrés Torres, Ramón Sepúlveda y Roxana Orué (Editorial Artística, 2026). Disponible en la web de la editorial

Tres más tres son diez
Carlos Andrés Torres, Ramón Sepúlveda y Roxana Orué
Cuentos
Editorial Artística
Gatineau, Québec (Canadá), 2026
ISBN: 9781738971183
210 páginas

Este artículo reproduce en parte las palabras pronunciadas por el autor en la 8ª Feria Iberoamericana del Libro de Canadá,1 en ocasión del lanzamiento del libro Tres más tres son diez.2 Se trata del último libro publicado por Editorial Artística en Gatineau, Québec, en celebración de sus primeros diez años de ininterrumpida presencia en la escena editorial canadiense. El libro es obra de tres conocidos escritores hispano-canadienses de la capital nacional de Canadá: Ramón Sepúlveda, Roxana Orué y Carlos Andrés Torres, quienes por sus países de origen (Chile, Perú y Colombia, respectivamente) representan buena parte del litoral pacífico de Sudamérica. Ellos invitaron al autor para que oficiara de conductor en la presentación del lanzamiento del nuevo libro, y para que intentara complementar la participación de los tres autores brindando algunas apreciaciones personales desde el punto de vista del lector. El texto que sigue a continuación se basa en dichas apreciaciones.

 

Aproximación a la obra

Poco después de la publicación de A tres manos,3 en su sección “Lecturas”, la revista literaria en línea Letralia, Tierra de Letras, publicó una breve reseña4 acerca de aquel primer libro con el que Editorial Artística abría sus puertas a escritores y lectores. Decía entonces dicha reseña: “A tres manos es una rara obra literaria [...], mucho más que una curiosidad narrativa. Es un libro que debe leerse por su humanismo, por su gracia expresiva, por sus imágenes, por su poesía [... y] por las oportunidades que ofrece al análisis narrativo”. Estos conceptos son perfectamente asignables al nuevo libro, el que de alguna forma representa, no una continuación, sino una evolución literaria de aquellas mismas tres manos diez años después.

Tres más tres son diez, de presentación impecable, contiene 210 páginas impresas en un tipo de letra particularmente placentero a la vista y ya clásico en los libros de la editorial; cada uno de los tres autores escribe un prólogo y luego tres cuentos propios terminando al final con un cuento en tres capítulos, éste sí escrito a tres manos. El todo se halla replicado en los dos idiomas oficiales de Canadá, algo que la misma editorial ya había ensayado con la publicación de ¡Oh, Canadá!, Oh Canada!, Ô Canada!,5 lo que le otorga a este nuevo volumen un claro interés didáctico y lingüístico, al tiempo que incluye en su oferta literaria a la mayoría de la panoplia lectora canadiense. Los autores escriben en lenguaje literario, ameno y claro, con frecuente recurso a figuras retóricas que embellecen su prosa y atizan el interés del lector; los personajes abundan en ágiles diálogos, con sus acciones subrayadas por narradores varios: por lo general internos, a veces externos, la mayoría confiables, en ocasiones omniscientes, incluso narrando corrientes de pensamiento en estilo indirecto libre. Los personajes evolucionan en contextos reales siendo influidos por hechos que registra la historia de Canadá. En su última página, el libro incluye un mapa que identifica los lugares en los que ocurrieron estos hechos, algunos trágicos, otros potencialmente calamitosos, o de naturaleza extraña o absurda, aconteceres a los que Tres más tres son diez detecta, investiga, expone y denuncia en el marco de relatos ficcionales, en una narrativa comprometida “serena, frontal, desnuda, sarcástica” —al decir de Carlos Andrés Torres—, con “asomos de melancolía, alborozo, solemnidad o buen humor” —según la pluma de Ramón Sepúlveda— y, en todo caso, “con madurez literaria” —en palabras de Roxana Orué. A este respecto, nuestros tres autores, a través de este libro, parecen alinearse dentro de una generación de escritores hispano-canadienses cuyos relatos “se centran en algún tipo de absurdo, por lo general en relación a las mitologías varias con las que el ser humano insiste en disfrazar la realidad de su existencia”.6 En varios de estos cuentos se trata de sensibles personajes ficcionales insertos en entornos históricos reales, pero éstos, en lugar de mantenerse como telón de fondo, como ocurre en la ficción histórica clásica, emergen también al protagonismo y a la atención del lector, por su incidencia en el discurso y, sobre todo, por el carácter absurdo de su ocurrencia: caminos errados de la realidad histórica. Se podría hablar de una narrativa de personajes ficcionales con rasgos reales insertos en realidades con trazos ficcionales.

 

Presentación de los tres cuentos individuales de Ramón Sepúlveda

Ramón Sepúlveda, con humor y diáfana prosa y muy humanos personajes, perfectos en sus imperfecciones (incluso el inolvidable y enamoradizo Paredes, de recordada y sufrida actuación en los primeros capítulos de A tres manos), explora terribles hechos que sacudieron o debieron de sacudir a Canadá. Pero no por eso deja de incluir en su prosa sorprendentes figuras retóricas: “la mesa era un archipiélago de acentos”, “sus ojos claros no pedían permiso ni disculpas”, “hablaba con catástrofes gramaticales”, ella “habitaba una patria imaginada”, él, “una patria perdida”.

En el cuento “Rafael, la coreana y Chalk River”, un narrador personaje nunca nombrado pero que tiene mucho de Paredes, oyendo el vívido relato de un amigo suyo acerca del súbito malestar digestivo de su amiga coreana, recuerda explosiones menores en un reactor en Chalk River: un desastre nuclear apenas advertido a tiempo, que, al igual que la alergia de la niña coreana, no llega a causar una tragedia.

En el cuento “Vivo a seis cuadras del lugar donde comenzó la Guerra Fría”, luego de tres párrafos con narrador externo, el resto es narrado en primera persona por el mismísimo Paredes (el lector confirma su identidad recién a mitad del quinto párrafo), quien de niño, en Chile, enamorado de su maestra (el primero de sus muchos fracasos), recibe de ella una revista que le hace descubrir la Crisis de los Misiles, la Guerra Fría y el “caso Gouzenko”, con la ignorada y dubitativa participación canadiense en el inicio de dicha guerra; luego, ya adulto y en Ottawa, Paredes descubre que su casa se ubica muy cerca de los lugares que frecuentó Gouzenko, dotando de vida próxima y cotidiana a un accidente que nunca debió ocurrir, a menudo olvidado y potencialmente apocalíptico.

En el cuento “Vive le Québec libre”, esta vez con narrador externo introduciendo en pasado los diálogos en presente de los personajes y Paredes como protagonista, el relato aborda la nunca resuelta fragilidad intrínseca que acecha a la propia existencia del Canadá en paralelo con la igualmente frágil relación de una juvenil pareja de Montreal. El autor escribe su prosa de la misma forma con que dice que se amaron sus protagonistas: “con intensidad, con humor, con lucidez ocasional y con esa vaga, pero persistente intuición de que la historia —como las tormentas— siempre tiene la última palabra”.

 

Presentación de los tres cuentos individuales de Roxana Orué

En “El Titanic canadiense”, con narrador externo narrando en pasado y diálogos en presente y algunos pasajes de corriente de pensamiento relatados en estilo indirecto libre, a través de una sensible y recatada relación de pareja de dos amigas, Roxana clama justicia para las víctimas olvidadas de un siniestro marítimo propio de Canadá: el hundimiento del Empress of Ireland. El cuento termina con un guiño de autoinserción de la autora en el texto a través del personaje de Hanna, al ésta sugerir que escribiría un cuento con el mismo título que el relato que nos ocupa (un lúdico y eficaz recurso retórico no totalmente ajeno a los escritores de esta generación).7 8

En el cuento “Pista de aterrizaje para ovnis” en un estilo ágil y travieso, a través de un delicioso encuentro de acabado realismo mágico con un extraterrestre que arriba a la pista de aterrizaje para ovnis (la que desde 1967 realmente existe en la ciudad de Saint Paul, en la provincia de Alberta), Roxana aborda el terrible y escabroso tema actual de la migración humana, abochornando a quien ose militar contra ella.

Luego, en el cuento “Informe final”, en diálogos introducidos por un narrador externo e introspecciones del protagonista presentadas en estilo indirecto libre, con Mathieu —el protagonista— en un rol profesional que nadie conoce mejor que la autora —un editor—, acosado en su interior por la ausencia de un amor perdido, debe editar el informe del siniestro ferrocarrilero en Lac-Mégantic según implícitos imperativos de políticas corporativas. El cuento aborda la indiferencia institucional y los intereses corporativos frente al sufrimiento humano. Pero Mathieu, inspirado por el recuerdo de ese amor ausente, decide no alterar el informe, decisión que comparte su superior —algo que parece “cosa de cuentos”— pero que, en contraste, subraya el carácter absurdo de la expectativa corporativa de editar el informe. El cuento termina con una inspirada ofrenda de Mathieu, a ese amor perdido agradeciéndole —escribe Roxana— “la magia que le devolvió la calidez en su corazón”.

 

Presentación de los tres cuentos individuales de Carlos Andrés Torres

Carlos Andrés Torres —el mismo “CAT” que hace una década fuera visto saltando al proscenio en A tres manos para revelar ser él mismo el amante de la Tigresa que tanto torturaba a Paredes— ejercita ahora su pluma de estilista del lenguaje en otros tres absurdos históricos clavados en la memoria de Canadá, en este caso todos causados por errores y horrores burocráticos, políticos o incluso profesionales, los que ante la insensibilidad y pasividad del sistema, afectaron y afectan aún a seres humanos inocentes. La fuerza que emana de la prosa de Carlos Andrés al referirse a estos desastres, se amplifica aún más en la voz de sus narradores internos hablando en primera persona, voz en la que es difícil no oír la del propio autor.

El cuento “Cosas de niños” revela la tragedia de los ignorados “enfants de Duplessis” junto al vacío de empatía mostrado por las autoridades hacia seres inocentes de su propia especie —y por demás, niños— por razón de tabúes religiosos y corrupta codicia de poder y de dinero. La sorpresa de la revelación del final hace que el dramatismo del cuento se eleve a la altura del arte del autor.

En el cuento “Niña David”, un nefasto error médico le es relatado al narrador personaje (imposible no pensar que se trata de su autor implícito) por la madre de David en un encuentro casual en un servicio de emergencia, y ello le permite al autor focalizarse en el Sistema Nacional de Salud de Canadá, en plena pendiente frente a despiadados ataques corporativos y dependiente de una cultura profesional poco adepta en adoptar los preceptos de control de la calidad, y, de forma conspicua aunque casi de soslayo, referirse a la educación y reorientación sexual del adolescente.

Por último, en el cuento “Sayisi Dene”, un narrador personaje, claramente miembro de dicha nación indígena —sin que por ello deje de flotar en su voz la del autor implícito—, relata en retrospección y en primera persona el horror y dolor del traslado que le fuera forzado a dicha nación, y el irreparable error cometido por las autoridades de un sistema aún colonial en la ignorancia, incomprensión y mendacidad hacia sus culturas minoritarias, sobre todo indígenas (dice el protagonista: “en aquella escuela, dios dolía”). Este relato podría leerse como un intento arriesgado de representación literaria intercultural. Sin embargo, el reconocimiento de estos hechos exige que ellos sean identificados y explicitados por toda la sociedad. Además, este vívido relato puede también leerse como un homenaje, como solidaria ofrenda literaria entre culturas que viven sus propios exilios.

 

Presentación del cuento “La guerra del whisky”, escrito a tres manos

Carlos Andrés Torres inicia “La guerra del whisky” con un primer capítulo titulado “Bandera y botella”, esta vez con narrador externo y una muy fina ironía, dada la personalidad caricaturesca que le asigna al teniente Thomas McAllister, de extrema dependencia a normas preestablecidas, las que no cuestiona, con fiel acatamiento al cumplimiento del deber y compulsivo cuidado del detalle, particularmente el del quizás no totalmente ficticio “protocolo C-44”9 con el que el gobierno de Canadá inicia la disputa fronteriza con Dinamarca acerca de una pequeñísima isla en el Ártico: la isla Hans.

Ramón Sepúlveda lo continúa con igual narrador, sorprendiendo ya desde el título de su capítulo: “¿Todavía me quieres, Marilú?”, donde el teniente McAllister —ahora con esposa colombiana, de actitud, ella, mucho más suelta hacia la vida (“airosa” dirá luego Roxana Orué)— termina por darse cuenta de que toda medición implica un acto subjetivo y de que quizás dicho carácter subjetivo subyace a “todas las cosas”, incluido el “protocolo 44-C”. Ramón Sepúlveda maneja de forma sutil la ambigüedad propia del castellano, sugiriendo apenas, a través del narrador, posibles fallas en la realidad que el teniente McAllister no ve o se rehúsa a ver, aunque, de forma subliminal, ello le lleve eventualmente a la sospecha de que “el protocolo, como todas las cosas [...], dependía de algo que nadie había medido nunca”. El narrador externo, omnisciente hacia McAllister, percibe la realidad mejor que el teniente, pero no la explicita totalmente, por lo que resulta cómplice y poco confiable.10 Y cada vez que el lector o lectora comparte esa misma limitada percepción, el cuento le torna también a él o a ella, un poco McAllister.

Termina el tríptico Roxana Orué. Aunque limita a cinco líneas la evolución final de los dos personajes humanos introducidos por sus coautores, compensa ello con creces al otorgarle el rol de protagonista al verdadero personaje central de la historia: la propia isla Hans, cuya parte canadiense —en prosopopeya, y al mejor estilo del incipiente realismo mágico de Felisberto Hernández—11 le escribe a la parte danesa. “Carta de la isla Hans a la isla Hans” es un sensible relato íntimo entre dos hermanas que por momentos puede leerse como un poema en prosa de versos casi blancos, pero de ritmos y acentos de todos colores, dice Roxana: “a veces / me siento agua / y me pierdo / en las márgenes / de las olas”). El cuento eficazmente subraya, además, el absurdo de fondo al ofrecer un guiño poderoso a la idea, prevalente entre los sapiens que han perdido su rumbo indígena, de que la Tierra pudiera siquiera considerarse como objeto de propiedad.

 

Comentario final acerca de la significación del libro

Ya se mencionó al comienzo la particular forma de ficción comprometida de esta narrativa, que de forma ambigua funciona a dos niveles: en el plano de los personajes humanos ficcionales, y en el del absurdo de fondo, el que dado su carácter real y a menudo histórico, trasciende el interés de mero telón de fondo golpeando al lector en su propia realidad, la realidad de su pasado, y quizás la de su presente, en este caso, Canadá.

Este peculiar y casi subliminal modo de investigación y denuncia ofrece algo particularmente hondo y significativo para las letras hispano-canadienses. Si con ¡Oh, Canadá! la editorial intentó subrayar las emociones subyacentes al salto migratorio del escritor hispano-canadiense, Tres más tres son diez muestra, en cambio, a nuestros tres autores instalados de pleno en la realidad canadiense, reclamando el derecho a explorar y enjuiciar la historia y los mitos del país en el que viven, el que los adoptó y el que ellos mismos adoptaron. Lejos queda la nostalgia y el dolor de la trashumancia hacia el exilio para ahora enfocar, indagar, juzgar y condolerse del país de su prolongada y casi seguramente definitiva residencia, país que al decir inspirado de Roxana Orué: “hizo patria en mi pecho”. Y eso aparece como un significativo salto de evolución literaria para el castellano que con dicha intención se escribe en Canadá, cuyos cultores son casi sin excepción todos ellos migrantes procedentes de distintas regiones de habla hispana, lo que explica que en su literatura suela flotar —a veces claramente de lleno, y otras, infiltrándose entre líneas— el tema de la migración y el exilio. Ello importa porque la comunidad hispano-escritora canadiense es “altamente heterogénea, de oscilante e impredecible bienvenida y extinción permanente, verdadero sistema abierto, de flujo incierto”,12 y la frecuente referencia del escritor hispano-canadiense a su condición de migrante, si no justifica, por lo menos explica que dicha literatura no suela ser considerada en Canadá como totalmente canadiense, por lo menos no con el mismo entusiasmo y posibilidades con los que Canadá considera las letras escritas en uno u otro de sus dos idiomas oficiales. Pero este libro, Tres más tres son diez, al romper con dicha propensión, aparece como un adelantado del castellano canadiense plantando su lanza (su pluma, sería en este caso mejor metáfora) en territorio literario del Canadá, en simbólica declaración de que ha arribado, que ambos, idioma y territorio recíprocamente se pertenecen, y que tanto la realidad como las mitologías de este país también son libres de vivir y fructificar, e incluso morir, en la pluma de quienes en Canadá escriben en castellano; no como un acto limitante para las muchas otras culturas que contribuyen al carácter cosmopolita de la sociedad canadiense, ni como competencia para sus lenguas oficiales o autóctonas, sino como una hermana más, digna de la misma consideración y oportunidades. Si A tres manos fue, al decir de Carlos Andrés Torres: “uno de los más singulares experimentos de la literatura hispano-canadiense”, no es menos cierto que Tres más tres son diez aparece como un experimento tanto o más singular, cuanto que bajo un manto ficcional y lúdico propone una postura crítica hacia Canadá en la pluma de escritores que en dicho país se expresan en castellano, lo que quizás contribuya a que sus obras sean, cada vez más reconocidas como parte ineludible e integral del acervo literario de Canadá, y recopilarse no sólo para su eventual envío al país de proveniencia de sus autores13 sino para ser atesorados en bibliotecas de Canadá.

 

Epílogo

Es para dicha de los lectores de Roxana Orué, Ramón Sepúlveda y Carlos Andrés Torres, que estos tres autores hispano-canadienses se hayan volcado con tanto éxito hacia la literatura, la narrativa de ficción y la poesía, aunque a juzgar por el título de este, su último libro, quizás sea también providencial que no se hayan orientado hacia las matemáticas...

Por ello, no debiera sorprender que dentro de diez años, en la Feria Iberoamericana del Libro de Canadá de 2036, Editorial Artística celebre sus dos primeras décadas de existencia con el lanzamiento de un nuevo libro por los mismos autores: Tres por tres son veinte.

José Campione Piccardo

Notas

  1. Feria Iberoamericana del Libro de Canadá, Octubre 3-4, 2026, Saint Paul University, Ottawa, Ontario, Canadá.
  2. Carlos Andrés Torres, Ramón Sepúlveda y Roxana Orué. Tres más tres son diez. Editorial Artística, Gatineau, Québec, 2026.
  3. Carlos Andrés Torres, Ramón Sepúlveda y Roxana Orué. A tres manos. Editorial Artística, Gatineau, Québec, 2016.
  4. José Campione-Piccardo. “A tres manos, primeras impresiones”.
  5. José Campione-Piccardo, Martha Bátiz, Juan Roberto Salcedo, María Murray, Ramón Sepúlveda, Roxana Orué, Ramón Fexas, Erika P. Roostna, Guillermo Rose, Rosamaría Castro y Carlos Andrés Torres. ¡Oh Canadá!, Oh Canada!, Ô Canada! Editorial Artística, Gatineau, Québec, Canadá, 2020.
  6. José Campione-Piccardo. “Prefacio”. Otra vez las estrellas, Alianza Editorial Letralia-FBLibros, Venezuela (Amazon), 2025 (23).
  7. José Campione-Piccardo. “Concurso de cuentos”. Otra vez las estrellas. Alianza Editorial Letralia FBLibros, Venezuela, 2025 (89).
  8. José Campione-Piccardo. “La carta de las estrellas”. Otra vez las estrellas. Alianza Editorial Letralia-FBLibros, Venezuela, 2025 (303).
  9. The Canadian Laws Offshore Application Act aparece como “chapter 44” en los Statutes of Canada, 1990.
  10. Wayne C. Booth. The Rhetoric of Fiction. University of Chicago Press. 1961 (158-159).
  11. Felisberto Hernández. Novelas y cuentos, editado por José Pedro Díaz, Biblioteca Ayacucho, Venezuela, 1985 (IX).
  12. José Campione-Piccardo. “La flecha ya anda por el aire: escribir en castellano en Canadá; por qué y para quién”. Letralia, Tierra de Letras (“Sala de ensayo”), lunes 4 de noviembre de 2024.
  13. Proyecto Adrienne Created. Library and Archives Canada, Bulletin Vol. 33, No. 5, September / October 2001.
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