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Allí, entre sus aguas pavorosas, la escritura de André Cruchaga

domingo 5 de marzo de 2017
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André Cruchaga
Cruchaga: “Uno debe ser disidente hasta de su propia sombra”.

—He leído mucho tu poesía. He visto sus rostros y he quedado sorprendido de la multitud de lectura que el lector puede hilvanar en sus metáforas. Sientes aún, lo has confesado anteriormente, ser parte de una generación identificada con los movimientos de ruptura, de vanguardia.

—En efecto así es. Desde mis primeros pasos ha sido una constante. Curiosamente debo confesarte que si bien mi poesía está contaminada de todas las realidades inherentes al ser humano, yo no tengo generación ni he pertenecido a algún grupo en particular. Si alguien quiere bucear en mi poesía debe hacerlo a partir de la poesía surrealista española (Cernuda, Prados, Biedma, Larrea, Hinojosa, Lorca, Aleixandre, Picasso, Miró), y francesa (me encantan Michel Leiris, Paul Éluard, Louis Aragon, René Char, Jacques Prévert, Jean Arp, Soupault). Por supuesto, uno es la sucesión de muchas escrituras, Vallejo, Carpentier, Huidobro, Arguedas, Roa Bastos, Asturias, Borges, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Enrique Lihn, etc. Ahora bien, en nombre de la ruptura se escribió abundante poesía contestataria (mucha de ella, obedeciendo a coyunturas, no ha soportado los avatares del tiempo). La vanguardia le da a uno toda la libertad conceptual para crear hasta donde la capacidad propia sea posible.

—Tu primer libro, Alegoría de la palabra, marca el comienzo editorial de un poeta marcado ya por una poesía fuerte de amplias reflexiones y bien definido estilo. ¿Piensas que has mantenido tu yo poético a través de tus otros poemarios hasta llegar a Vía libre?

—Por supuesto que sí, aunque se acrecienta a partir de la vivencia. Ya antes había escrito varios poemarios y publicado algunas plaquettes; éste fue, en cierto modo, un intento mucho más responsable. A estas alturas la conciencia es mayor: la expresión es esencialmente autónoma y adquiere una extensión que no necesariamente se puede medir. Mi primera poesía estuvo signada por el hermetismo que se abre en los sucesivos poemarios. Abandoné ciertos clisés, pero me he volcado por una poesía especialmente política, a veces narrativa, lírica. Procuro confrontar la realidad, mi entorno, en cada poema. Las realidades históricas de a poco nos castran, por ello es importante una actitud gallarda, honesta, del poeta y su poesía. Sigo siendo un cultor empedernido de la metáfora, como unidad y dimensión del poema. Vía libre es un poemario hermoso, de madurez y evolución de mi poética, con traducción al catalán del poeta Pere Bessó.

—La vida, en su ancho prisma social, es uno de los más importantes motivos de la poesía actual. ¿Qué connotación le das en tu poesía al hecho de interiorizar esa angustia generacional por la que transita hoy el hombre?

—Hoy tenemos mayor comprensión del mundo a raíz de que somos una sociedad global y nos afecta de manera contundente, como reductos de nuestras comarcas. El fin es liberador. Nos liberamos de tanta atadura del poder en sus diferentes manifestaciones. Uno vive en permanente zozobra. Este prisma social caótico nos ilumina, nos ayuda o permite reflexionar sobre nuestro destino latinoamericano y mundial y a distinguir la paja del trigo en el diario vivir, tal como me lo expresa una amiga muy cercana a mi trabajo literario. La angustia es algo tan inmenso y tan intenso que sólo se siente y no puede describirse, sino en la marcha de la escritura. Nuestras empobrecidas sociedades, ultrajadas, exprimidas, laceradas por la corrupción y por la codicia, apenas tienen fuerzas para abrazarnos. Debemos confiar en un futuro donde estén restañadas las heridas. Allí entre sus aguas pavorosas está mi escritura.

—El colega peruano Paolo Astorga, en una conversación contigo en 2006 —si no me equivoco— publicada en la revista Remolinos, hizo alusión a la divina trinidad (sociedad-responsabilidad-autor.) Hoy, a través de la praxis de estos diez años, ¿cómo digestionas este menú?

—Claro. Esa trinidad la podemos englobar en responsabilidad. Uno debe ser disidente hasta de su propia sombra. Las restricciones las pone el ser humano a partir de los valores que sustenta. Me parece que el poeta debe ser un cultor de la incredulidad, de la intolerancia ante el sufrimiento, si de la felicidad, enemigo de la autocomplacencia en los propios méritos. Sigo creyendo que el poeta debe escarbar en las tierras subterráneas del espíritu, equiparándolas con los contenidos sociales sin caer en la fanfarria panfletaria. No creo en las congojas de conciencia. La poesía en todo caso debe extrañar, asombrar. Como autor, paradójicamente no escribo para vender, para participar en certámenes literarios. Por cuestiones éticas no creo en la poesía de supermercado. Procuro, de manera incesante y consciente, abordar esos “misterios” fundamentales de la vida, sin que falte por ello el componente analítico. La poesía está hecha de destierros.

—¿Neruda? ¿César? ¿Huidobro?

—Neruda es excepcional. Lo leí en mis primeras lecturas. Después, dejé de leerlo y me deshice de él. Y ello, por varias razones: Neruda es capaz de influenciarlo casi de inmediato a uno; en consecuencia su poesía es contagiosa. Uno corre el riesgo, a menudo inconscientemente, de imitarlo. Y muy mal, por cierto. Neruda es en general un poeta que en general le canta a la vida, al placer, más allá de sus convicciones políticas. Vallejo es todo lo contrario. Éste y Huidobro son entrañables. Me encanta la poesía de estos dos últimos por su talante de búsqueda, por su culto a la metáfora novedosa, irracional, voluntariamente hilvanada y deshilvanada. Por supuesto cada uno tiene su mérito y constantemente aprendo de su escritura. La poética de Vallejo y Huidobro siempre deslumbran. Pero Neruda es Neruda y hay que privilegiar su legado.

—En poesía, ¿crees en la espontaneidad o en la labor paciente del autor?

—Ah, sí. Es que la una no excluye a la otra. A mí me encanta aplicar algunas cuestiones del psicoanálisis en mi escritura: el automatismo, el fluir de la conciencia. El caos que deja de serlo porque al final tiene una lógica. También dentro de mi poesía trabajo el monólogo interior, la polifonía. Yo soy un caballo sin brida, pero no por ello irresponsable con mi trabajo poético: diariamente le dedico a la lectura o escritura un mínimo de tres horas diarias (de preferencia de 5 a 9 de la mañana). En este sentido puede que parezca un poeta aburrido dedicado a su trabajo. Persistente, como diría Borges; pero también hay que rumiar como “las vacas hincadas”, tal las palabras de Girondo.

—¿Te has salvado de algún clan, grupo literario?

—Bueno, como te dije antes, no pertenezco a ningún grupo literario ni taller. Mi trabajo, quizá por mis defectos naturales, es en solitario. Siempre he creído, Ernesto, que el acto creativo no requiere de acompañantes ni pasantías. De las etiquetas, por supuesto que no he escapado. Pero ya se ha avanzado bastante en ese sentido.

—¿Poesía salvadoreña actual?

—Creo que la poesía salvadoreña contemporánea es estupenda, y salvo algunas excepciones, goza de muy buena salud. Los tiempos han cambiado. (Cuando yo comencé a mugir, lo hacía sin más recursos que mi experiencia sensorial: carecía de libros. Es más, no había libros de otros países, salvo en la capital y traídos de Europa por encargo, sobre todo de España. Yo soy del interior del país, por lo que el acceso al libro y la lectura no eran nada halagüeños. Ha sido mi trabajo docente el soporte para adquirir libros del extranjero. Hubo vez, en realidad varias veces, que me quedé sin sueldo, porque todo lo consumía en la compra de esos artefactos.) Hoy no hay excusas para decir que no se puede leer porque el libro es inaccesible. Eso desapareció. Y acoto algo en este sentido, quien se dedica a la escritura debe leer. Sin una experiencia de cultura es inservible el talento. Sólo un adorno.

—¿Qué poema regalarías al lector?

—El que todavía no he escrito. Aunque yo mejor regalaría mi libro más reciente, el que estoy escribiendo: Universo último, con más de cuatrocientos poemas. (Lapsus) Soy pésimo para escoger poemas de mi autoría y entre tantos y tantos que he escrito, te dejo este:

Voz interior

Sólo desde dentro el calendario pétreo de todos los nombres dispuestos
en la memoria: el reloj tardío de los tantos mundos ahora guardado
en el abrigo de neblina; allí los olvidos convertidos en mutismo.
Luego nos viene en la oscuridad, un martillo de lejanías excavando en la pared
como un nudo ciego en la boca. Profundos son los caminos del vértigo.
He vuelto a las palabras para desnudar mi voz, ese extraño charco de sueños inasibles: busco la simetría de las cornisas mientras la resistencia se mantiene.
En la calle palpitan las costillas de la noche, las tipografías imprecisas,
las alambradas que devoran la intemperie.
Desde los ocultos bolsillos de la palpitación, el viento trepa sobre la carne
a todo el resplandor incinerado de la boca y los calendarios.
Allí uno siente que el cascajo, o la piedra pómez es una eternidad.
A veces es sólo la fugacidad la que nos llama desde sus litorales heridos.
Más allá de los aligeramientos, uno camina entre escombros todos los días;
todo responde a caminos proscritos,
a esos espacios donde acecha el instinto y ennegrecen las semanas.
Desde las osamentas que llevamos en el paladar, los estribos de los huesos,
descuelgan sus crujidos y sus bostezos de indiferencia.
Cada día desciendo —sin proponérmelo— a la falsedad de la ternura
y a ese despojo que provoca la aridez y a esa verdad que uno nunca ignora.
Una puerta, de pronto, es el espacio que la boca necesita para respirar.

Barataria, 2016.

Ernesto R. del Valle
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