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Poética del peo

martes 25 de agosto de 2015
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peo

De cuantas cosas y circunstancias alientan la imaginación del venezolano, las del peo y sus ocasiones no son las menos aventajadas. Una larga tradición lingüística a propósito de ellas, que a veces aparece en algunas coplas y poemas medievales españoles, y en parte reseñada por Quevedo, llega hasta nuestros días y se enriquece con las ocurrencias y la particular chispa de nuestro pueblo. Para muchos, ese caudal de nuestra lengua es patrimonio de nuestro lado más bajo y vulgar; trataré de probar que, sin negar los extremos procaces, es frecuente encontrar, con respecto al peo, admirables metáforas y disquisiciones filosóficas.

En “Gracias y desgracias del ojo del culo” dice Quevedo:

Llega a tanto el valor de un pedo, que es prueba de amor; pues hasta que dos no se han peído en la cama, no tengo por acertado el amancebamiento; también declara amistad, pues los señores no cagan ni peen sino delante de los de casa.

¿Quién puede negar la verdad de esas afirmaciones?, ¿acaso no hemos pasado todos por el momento de aguantar los peos cuando llevamos poco tiempo saliendo con nuestra pareja? Tarde o temprano sellamos la intimidad y la confianza de ese vínculo con un buen peo, con todas sus benéficas consecuencias porque es tan importante su expulsión para la salud, que en soltarle está el tenerla. Sé de algunas parejas muy modosas que han sufrido durante años por aguantar sus peos, creyendo que si los sueltan ofenden al ser de su amor. Pero también conozco el caso de un hombre que después de una noche de deseo complacido con la mujer que aún es su esposa, la tercera vez que estuvieron juntos le dijo: Este peo que me voy a tirar es también una forma de declararte mi amor.

Se ha de advertir, dice Quevedo, que el peo antes hace al trasero digno de laudatoria que indigno de ella.

Y así lo hizo y creo que de esa manera acortó el camino hacia su felicidad conyugal.

En la amistad sucede lo mismo, al punto que más de uno ha dicho: Amigo, te dedico este peo. Nadie, a menos que se pase de irrespetuoso, se pee delante de gente que no es de su confianza. Más que faltar a la confianza y el cariño, el peo los enaltece. Prueba que dos se quieren bien y así como se dicen palabras afectuosas, se peen a gusto para verificar que también se aceptan de buena gana la declaración de sus vísceras. El cariño, sea cual fuere su índole, resulta poca cosa sin peos, aunque el hedor nos obligue a taparnos las narices o a alejarnos o a encender un fósforo. En cualquier relación amorosa la libertad de tirarnos peos es fiel muestra de la libertad del espíritu cuando se place y dignifica en la palabra cordial, el reclamo pertinente, el abrazo, la caricia y el silencio gozoso.

El peo, además, no es cosa impertinente ni agraviante. Se ha de advertir, dice Quevedo, que el peo antes hace al trasero digno de laudatoria que indigno de ella. Y añade: Y, para prueba desta verdad, digo que de suyo es cosa alegre, pues donde quiera que se suelta, anda la risa y la chacota. Y de la risa y la chacota que trae su presencia viene, también, una abundante fraseología popular, sin faltar canciones ni versos jocosos. Voy a referir y comentar unos cuantos, procurando no dejar fuera los que revelan mayor ingenio y gracia, aunque debo admitir que en esta materia una erudición muy amplia es poco menos que imposible.

 

I

Estábamos varios amigos tomando cerveza y conversando, y, cerca, los hijos de algunos de nosotros jugaban y hacían bulla. En una de esas trajo la brisa, desde donde se hallaban los niños, el olor de un peo silencioso, bastante cargado por las chucherías. El primer comentario fue:

—Por allá se soltó un preso.

Otro dijo:

—Ustedes comerán rosas, pero lo que sueltan son las espinas.

La primera de esas expresiones, que antes de aquella oportunidad yo desconocía, me causó tanta gracia como curiosidad (¿a quién se le habría ocurrido semejar peos y presos?). Tiempo después supe que no era nueva: lleva siglos en las venas del español. Aparece en el referido texto de Quevedo y él agrega que con ella hacen al culo alcaide.

La otra la conozco desde mi infancia, sin saber aún por qué se hace de las tripas jardín, a no ser por la flora intestinal. Tal vez se trate de la adaptación de alguna letra de bolero o es la mera queja, en su jerga, de un floricultor peído.

 

II

El peo silencioso, pero de potencial hedor, levanta acusaciones y trae bromas y salidas de poco sentido o deja poco margen para asociaciones cabales. ¿Será su condición de invisible que da tanto aire a la imaginación?, ¿será su casi siempre inesperada venida que le da puerta franca al decir?

Algún día habrá quien a partir de estas preguntas se largue un tratado, ofreciendo la exégesis que yo no alcanzo.

Demos a esa esperada posteridad otros ejemplos.

Imaginen un grupo de muchachos reunidos en la esquina de un barrio, una noche cualquiera; hablan cualquier cosa, cuentan chistes, piropean a las muchachas que pasan por allí y, quizás, se dan ánimo con un anís o un ron o algo mucho más seco. De pronto se siente el hedor característico de un peo (en este caso, de caraotas o comidas grasosas o de alguna zambumbia) y uno dice:

—Se cagaron y no fue de risa.

Y otro, suponiendo que aquél está negando su autoría, le responde:

—Cuando el perro muerde al amo.

He sabido de gente que se orina de tanto reír, pero no puedo dar fe de que alguien, literalmente, se cague de risa. De todas maneras, esa frase es, probablemente, la más común de las referidas a los peos. Ahora, “cuando el perro muerde al amo”, en esta anécdota, sobresale por su agudeza y pertinencia, porque sobra quien quiera librarse de culpa cuando de un peo hediondo se trata. Sólo así, con semejante sutileza, se le echa en cara su necedad y se le deja sin posibilidad de más excusas.

 

III

El hedor de los peos es, entre sus características, sólo una de las que propician metáforas, muchas veces cargadas de repugnancia. Por eso se dice: “se reventó una cloaca”; “huele a bosque… a vos que te cagaste”, que pareciera nacida de la irreverencia maracucha; “salva el alma, porque el cuerpo ya lo tienes podrido”, con la cual se demuestra que en estos trances también cuenta la fe; “están friendo tajadas”, que no comprendo porque si así olieran las tajadas de plátano cuando las fríen, nadie las comería.

En este tono he guardado de última una con su respectiva anécdota, la cual fue experiencia de un pariente mío, cuyo nombre me reservo para no molestar su memoria y dejarlo para ser recordado por mejores causas, si acaso las emprende.

Estaba él tratando de aliviar una pena en la barra de un bar de mesoneras, uno de los muchos que adornan la avenida Baralt de Caracas y, al mismo tiempo, sus tripas se estremecían por una abundante carga de lentejas y cochino frito, de modo que no eran fragancias lo que expelían. Y aunque no andaba con bríos de galán aceptó la compañía de una seductora “anfitriona”, a pesar de los embates internos que lo obligaban a apretar las nalgas y contener su tos de fumador. Pero por mucho que contuvo su pestilencia gaseosa, se le escapó algo de ella y apenas llegó a las narices de su acompañante, ésta le gritó de muy mal talante.

—Anda a “ensaminate” o que te hagan la “autosia” de una buena vez, ¡mal parío!

Mi pariente pagó de inmediato la cuenta y salió, con la mayor vergüenza de su vida, entre las ruidosas burlas de los presentes. Como era de esperarse, no volvió a dar la cara en aquel bar, donde supongo que aún lo recuerdan.

 

IV

¿Quién ha dicho que el peo no puede inspirar a poetas y compositores? Si se niega, se miente y se afirma un disparate. Algunos ejemplos demuestran que sí puede hablarse de una poética del peo.

Aquí van dos coplas aéreas:

No me lo tires tan alto
que yo no soy gavilán,
tíramelo aquí abajo
que de aquí no se me van.

No me lo tires tan alto
que yo no soy aviador,
tíramelo aquí abajo
que me cae mucho mejor.

Me han asegurado que un exitoso abogado de Maracay resumió en un cuarteto la definición del peo para satisfacer la curiosidad de su hijo menor.

El peo es una bolita
que sale del espinazo,
la mierda no le hace caso
y suena ese carajazo.

Un hacendado yaracuyano, al parecer herido por la indiferencia de una hermosa muchacha que rechazó sus proposiciones amorosas que, según dicen, iban bien acompañadas de ostentaciones propias de hombre adinerado, hizo famosos estos versos que pretendían atenuar los desaires recibidos:

Adiós muñequita hermosa
como te pintó el poeta
tírate un peo de trompeta
que suene parapapúa púa púa.

En una circunstancia similar y para no dejar duda de su desamor, se dice que una caraqueña puso fin al asedio de un joven enamorado respondiéndole a sus frecuentes peticiones de cita, que él le hacía llegar en papeles perfumados mediante una muchacha a su servicio, con las siguientes rimas:

Leí tu papelito
y me tiré un peíto,
lo volví a leer
y me volví a peer,
lo sigo leyendo
y me sigo peyendo,
y cada vez que lo leo
se me sale un peo.

Vemos, entonces, que en el extinto amor cortés halló lugar el peo, aunque haya sido para manifestar un cruel y burlón rechazo.

 

V

Valga insistir en que el peo soltado con libertad en presencia de otra gente es indicio de confianza y aprecio, si así no fuese, ¿cómo explicar, apenas se oye un peo, frases que incluso su erotismo llevan?:

—Dime qué quieres, cariño;

—Antes me llamabas usted y ahora me dices tú;

—Si por ahí comes, te mantengo.

A la vez cuesta comprender que en el habla venezolana peo es sinónimo de lío, alboroto, pelea. Si se presenta una pelea en un bar o en un campo de fútbol, por ejemplo, decimos que se armó un peo; si hay protestas de estudiantes, con pedradas, rolazos, perdigonazos, cauchos quemados y demás, decimos que los estudiantes están formando un peo; si alguien tiene su cuarto desordenado, decimos que lo tiene vuelto un peo; no es raro que después de una fiesta las casas queden vuelta un peo.

Así, el peo viene a significar desorden, violencia o reprimendas, porque a más de uno se le oye decir que su mujer le formó un peo; o mal carácter, porque hay hombres que por nada le forman un peo a la mujer; o en algunos casos desequilibrios o malestares emocionales, porque es frecuente escuchar que fulano o fulana tiene un peo mental. El peo no alcanza la riqueza sinonímica de vaina, pero cuenta con numerosas acepciones que van de lo alegre hasta lo desagradable e indeseable. Tal vez por eso en Venezuela nunca nos falta un peo y nunca terminamos de resolver nuestros peos.

 

VI

También las metáforas sobre el peo toman prestado del lenguaje de la técnica, incluida la más rudimentaria. En un tiempo era común decir: “tíramelo con pelos para hacer una brocha”; después, como si todo el cuerpo fuera automóvil y neumático el trasero, “venga para cogerle el espiche”; y ya en los días de la omnipresente electricidad, “tienes corriente”.

Desde que el mundo es mundo el peo anda con nosotros, y así como Quevedo se encargó de registrar algunas ocurrencias de su época que lo mencionan, la historia y las muchas naciones han encontrado maneras de alabarlo y repudiarlo, y creo que más en beneficio de la imaginación que de la obscenidad. Basta con recordar aquella escena de Fanny y Alexander, una de las películas más celebradas de Ingmar Bergman, en la que el tío Carl alegra la noche de navidad a sus sobrinos con largos y ruidosos peos, sustitutos de fuegos artificiales, y sobre todo con uno con el que apaga una vela.

A mí me basta con dejar asentado que si alguna vez he oído una frase extraña e imposible de encontrarle explicación, es aquella que le dijo un campesino a otro mientras cosechaban melones, cuando éste, confiado en la libertad del campo abierto y la concentración en el trabajo, dejó salir un peo muy ruidoso, hijo de caraotas o quinchonchos:

—Compadre, no me cierre la puerta que se me quedó una alpargata adentro.

Mario Amengual
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