A mis hijos: Oscar Alberto, Mario Rafael, Carmela, Rafael Vicente y José Enrique
I
Ni odalisca rendida ni sultán enamorado:
un intenso cruce de fronteras,
de apuros e incomodidades,
pero de vivacidad jocosa con otros pasajeros.
Volver a lo dejado, a lo peor de lo mismo.
No fue la tierra
ni el rigor de las estaciones,
tampoco la condición de extranjero:
fue por la soberbia de un carácter voltario.
Y así estoy otra vez entre los que ya no están
y los que sobreviven con el aliento sofocado.
II
Hay calles donde
la gente sabe sufrir con alegría.
La rabia y el odio
no se empozan en sus corazones.
Allí voy cuando la angustia
me atenaza y la melancolía
hace de mi camino una cuesta.
Pasa de todo a mi lado
y aunque sea lo peor
en mí se alza
la rareza y el goce de estar vivo.
III
Allí, a veces,
en un banco de la plaza,
me siento entre Hölderlin y Villon.
Y sé que entre ambos
no hay punto de equilibrio.
Por fortuna, Whitman me pone en su lugar
y el decir es como el aire
sobre tierra mojada.
IV
A veces estoy en Caracas,
a veces estoy en Bogotá,
a veces estoy en Buenos Aires,
a veces estoy en Azul,
a veces en Boa Vista
a veces no sé dónde estoy,
despierto estoy en Maracay
y me parece que la estuviera soñando.
V
Tal vez
sea el franco veneno de un ron barato
o la insistencia de un país desastrado:
en fin, es la realidad urdida
por los obsesionados con la sujeción
lo que hace de estas calles
el dominio de una larga noche de insomnio.
VI
Esperando y esperando,
lo que sea, día tras día,
eso que puede suponerse otro destino,
si no llega primero
la caída infalible de cada uno.
VII
Quien todo lo ha perdido
puede ver
desde un apartamento en La Esperanza
las columnas de humo
de lo que fue, de lo que pudo ser
y de lo que nunca será.
Sólo le queda
el puro testimonio,
la palabra sin disfraces.
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