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Puebla a través de mis ojos

jueves 22 de octubre de 2015
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Santuario de la Virgen de los Remedios
Santuario de la Virgen de los Remedios

Son las 12 del mediodía, es 20 de junio y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla me permite salir de mi país. Atrás queda mi sueldo de académico, debilitado, riéndose de mí. En mi bolsillo, una lista de encargos a cada cual más patético en el que mis familiares me piden champú, pasta dental, medicamentos. Atrás han quedado los días en que dulces típicos o artesanías estaban en la lista como obvio petitorio. Mis hijos y madre, mi razón y el ángel sin alas que Dios me regaló, respectivamente, me han dejado en el aereopuerto en el que una masa acéfala, mal educada y empoderada en su mediocridad me empuja jactándose de su vulgaridad.

Al dibujar la realidad de mi país caigo en cuenta de cómo se han borrado los derechos, de lo diluido de la conciencia ciudadana.


Hay permiso para la ordinariez y la falta de cortesía, hay licencia para no ocultar complejos y resentimientos que han ido tatuando en su conciencia desde hace 15 años. Soy funcionario, vigilante o sencillamente transeúnte y si puedo con mi cuota de poder doblar tu dignidad… lo haré sin dudar. Bromean preguntando si la cola que hacemos es para jabón o leche y la anestesiada respuesta es una risa general. Se ha banalizado la diatriba, nos hemos acostumbrado a la mendicidad, y el que debamos acceder a productos de uso cotidiano usando nuestro número de cédula, o identificando la huella dactilar, parece ser parte de nuestras vidas.

El estar ocupados en sobrevivir a la noria de malas noticias que se ha vuelto nuestro día a día ha logrado adormecer la epidermis ciudadana. Despegamos y las nubes que cubren mi país se me antojan señales de humo pidiendo auxilio. Auxilio al país que ya no está. Voy a compartir un seminario sobre comunicación política y los tópicos son, cada uno, una prueba de fuego a mi optimismo. Luego de pasar como un suspiro por un caluroso aeropuerto en Panamá, llegó al DF. Son las 12 de la noche y mi autobús a Puebla sale a las 6. Mi lastimado presupuesto no resiste una habitación que sólo usaré por 5 horas.

Decido, como buena “todoterreno”, dormir en la estación. Otros como yo han acaparado los bancos, escasos como nuestros recursos. De repente, esa tragedia que llamamos realidad en mi país parece compartida. Ubico un banco, bien localizado y solo, y lo “invado”, al mejor estilo criollo. Tardo algunos minutos en ubicar el equilibrio perfecto entre las barras de metal del banco y mi espalda de más de cuatro décadas. No pasa mucho para que el cansancio me venza. En intermedios de mi encuentro con Morfeo, abro los ojos y frente a mí la mirada de un señor. Me sentí de pronto en una película, a lo Nacho Libre, en la cual un perfil indígena me observa dormir. Son ya las 5 y media y me preocupa la idea de quedarme distraída. Me siento en la sala, ya para abordar, y a mi lado una mujer envuelta como un tamal en múltiples abrigos, tiembla y se balancea de adelante a atrás. Murmura lo que parece una letanía.

Hombres sumidos en un sueño profundo duermen en el suelo. Su cama: cartón. Su abrigo: el periódico del día. Sale el autobús y en él me recibe el wifi poniéndome en contacto con todos los que quiero y recordándome las obligaciones que quiero menos. En el trayecto, un hombre ensaya un torpe cortejo con la dama sentada a su lado. Se jacta de casas, botes y carros que suenan falsos, viajando en autobús con el resto del proletariado. Llego a Puebla. Son las 9 de la mañana y el wifi me abandona. Mi amiga Angélica me espera y no tengo cómo decirle que he llegado. Apelo a la bondad poblana y pido un teléfono celular prestado. Los personajes acusan “falta de renta”.

Hago contacto visual con una mujer y la solidaridad de género me auxilia. La colega de presiones sociales me regala un mensaje de texto, que Angélica (nunca un nombre fue tan bien adjudicado) responde sin dudar. Comienza mi estadía en la hermosa ciudad de Puebla. Mi impresión inmediata es la de una moderna ciudad que occidentalizada ha diluido su carácter colonial. Grandes pasarelas y anchas autopistas flanqueadas por locales de cadenas de comida rápida podrían ubicarte en cualquier paisaje americano. Me dejan en mi hotel y, después de un breve y reparador descanso, comienza el seminario. El primer día es duro. Al dibujar la realidad de mi país caigo en cuenta de cómo se han borrado los derechos, de lo diluido de la conciencia ciudadana. Mi cabeza parece estallar. Es más fácil describir realidades que no te golpean el alma tan cerca. No hablo del dolor de otros, hablo del mío, del que sufro a diario. Pasan los días y hermosa gente, preparada y noble, se me hace cada vez más cercana. En un espacio libre en la semana me llevan, desde una amabilidad que se me ha hecho extraña, a la celestial Cholula.

La Iglesia como industria la abraza sin descanso y en cada esquina los templos te dan la bienvenida. Como un discurso contundente e ineludible llegamos al Santuario de la Virgen de los Remedios. Su templo descansa sobre una pirámide y regalando su patronazgo pretende borrar la historia sobre la que se cimenta. Ángeles cachetones, con rasgos indígenas, me miran desde los techos. El brillante sincretismo se burla de las armaduras socioculturales y dentro de sus instituciones nos mira sonriendo. Calles limpias, llenas de poblanos amables, me dan la bienvenida. Al salir, una mujer trenza sombreros de cintas de colores, y frente a mi deseo de fotografiarla se cubre el rostro con su colorido tejido. La cámara les roba el alma, me explican justificando su timidez.

Es el día 5 y el seminario llega a su fin. Hemos mirado en nuestras realidades los espejismos del futuro y no sólo la teoría y la experiencia en investigación ha llenado los días, también lo ha hecho la sensibilidad y el compromiso por un marketing político que respete al electorado y no sólo busque el éxito en las urnas. Me llevo, además de vínculos académicos, la amabilidad de los colegas y una hermosa cestita llena de dulces típicos de Puebla. Las despedidas son inminentes en mi maleta, no sólo van los encargos, sino la bondad y el afecto de Angélica, mi amiga del alma que con detalles y cuidos hizo de mi estancia un deleite. Ella y su marido me llevan a la estación. Qué gran bendición son los amigos. Ángeles que Dios pone en el camino para recordarte que aún queda nobleza en la humana naturaleza.

Haciendo a la inversa la misma ruta que me trajo a Puebla, llego a mi país y su caos me recibe. Conciudadanos que en otras latitudes respetan normas y restricciones, apenas pisar tierra las violan de seguido. Se saltan las colas, irrespetan rayados, cuestionan lo normado poniendo en evidencia que lo que más necesita mi país son VENEZOLANOS con mayúscula, que lo confiesen no sólo en el documento de identidad sino en su acción cotidiana. Ha terminado el viaje. Gracias, Puebla, gracias México por ser en mi vida en constante modo sobrevivencia, un recordatorio de lo posible.

María Elena del Valle de Villalba
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