“Buscamos, entonces, las figuraciones del lector en la literatura; esto es, las representaciones imaginarias del arte de leer en la ficción. Intentamos una historia imaginaria de los lectores y no una historia de la lectura. No nos preguntaremos tanto qué es leer, sino quién es el que lee (dónde está leyendo, para qué, en qué condiciones, cuál es su historia)”.
Ricardo Piglia
Existen modos de pensar, de hablar, de sentir, de amar y por supuesto, de leer. Dichos modos determinan nuestra forma de ser y estar en el mundo, en la vida. Por lo tanto, los modos de lectura, al igual que los nombrados anteriormente, son construcciones culturales, sociales, políticas e ideológicas, debido a que cada ser humano lee, e intenta vivir y comprender lo leído, a partir de lo que es, piensa y siente. En síntesis: todo lector se posiciona ante el libro con un sistema particular de experiencias y creencias, y cabe destacar que dicho sistema no es sólo una construcción individual, sino también una construcción colectiva. En este sentido, el acto de lectura siempre estará condicionado no sólo por las múltiples significaciones y latencias del libro, sino que también se verá influido y marcado por todo el bagaje existencial del lector.
Es importante destacar que, cuando se reflexiona sobre los modos de leer, hay que tomar en cuenta que dicho ámbito de reflexión no es sólo amplio, sino que es casi infinito. Decirlo de esta manera puede parecer exagerado, pero no es así. Como bien sabemos existen muchos libros y, por supuesto, una cantidad inimaginable de lectores, y cada uno de ellos configura un modo particular y singular de lectura; debido a esto, no podemos abarcar el asunto de una forma tan general, tomando en cuenta, en primer lugar, que dicha tarea presupondría algo inalcanzable, y en segundo lugar no podríamos profundizar, ya que tan sólo haríamos una revisión superficial sobre los asuntos concernientes al tema. En este orden de ideas, pienso que la mejor manera de reflexionar sobre los modos de leer sería haciéndolo sobre un modo concreto, un modo ideal. Para mí, particularmente, dicho modelo ideal de lectura y de lector se condensa en Don Quijote de la Mancha.
Ahora bien, para sumergirnos en el modo de leer del Quijote, es necesario traer a colación las preguntas que plantea Ricardo Piglia (2014) en el epígrafe que dio inicio a este ensayo: quién es el que lee, dónde está leyendo, para qué lee, en qué condiciones, cuál es su historia.
Como bien sabemos, en la novela del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, publicada en el año 1605, se nos cuenta la historia de un señor llamado Alonso Quijano de unos cincuenta años, que de tanto leer novelas de caballerías enloqueció y decidió transformarse en caballero andante a la manera de los personajes que había leído en sus libros:
En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravios (Cervantes, 2000, pág. 36).
Tenemos entonces a un señor que ha decidido dejar de ser lo que es para ser un caballero andante e irse por el mundo a buscar aventuras. En este punto me parece importante señalar lo siguiente: don Quijote como tal no es quien lee, él es un resultado de la lectura que hace otro, este otro es el señor Alonso Quijano. Es decir, Alonso Quijano es quien, luego de leer tantas novelas de caballería, “enloquece” y decide crear a don Quijote.
Alonso Quijano, nuestro modelo de lector, es un señor entrado en años, de complexión recia, dueño de una hacienda. Vive con su sobrina y un ama de casa. Es un hombre ocioso; al parecer es una especie de lo que hoy llamamos jubilado. Su contexto histórico inmediato, si tomamos como punto de referencia la fecha de publicación del libro, podríamos ubicarlo entre los años 1550 y 1605, es decir, es un personaje que está viviendo todo el proceso sociocultural de la Europa medieval a la Europa renacentista, y por supuesto el auge del imperio español y de la sociedad burguesa. Esto nos deja inferir que tiene ciertas comodidades económicas, las cuales le permiten dilapidar buena parte de su fortuna en novelas de caballería, lo cual ya de por sí presupone un acto descabellado porque nadie en su sano juicio gasta todo su dinero en libros, pero más allá de esta idea también podemos observar que es un hombre aburrido y harto de la cotidianidad, y también un hombre curioso que decide entregar su tiempo no sólo al placer que genera la lectura sino a todo el conocimiento que en ella existe. Otro dato importante: Alonso Quijano es un lector de ficciones, no lee otro tipo de libros: no lee historia, no lee psicología, no lee sobre política, aunque luego veamos, en el transcurso de la novela, ya cuando se ha convertido en don Quijote de la Mancha, que es capaz de emitir complejos y agudos juicios en torno a dichas áreas del saber y del acontecer humano. En este sentido podemos argumentar que el señor Alonso Quijano construye todo su sistema de conocimiento a partir de la ficción: la ficción como forma de la sabiduría:
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año— se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la casa y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos (Cervantes, 2000, pág. 24).
Esta descripción de Cervantes sobre Alonso Quijano nos lleva a plantearnos las siguientes ideas en torno al acto de leer: la lectura como forma de salir de lo ordinario, como olvido de lo circundante. La lectura como una forma de la locura y del exilio. La lectura como un atentado contra la concepción burguesa del dinero, o la lectura como forma del despilfarro: la creación de una biblioteca a costa de dilapidar los bienes económicos de la familia. Es decir, Alonso Quijano es el primer personaje de ficción que presenta el acto de leer como una obsesión; es el personaje que por excelencia representa la condición del lector extremo, del lector que lleva hasta las últimas consecuencias todas las experiencias vividas en los libros: ordenar la realidad a partir de la ficción. También es importante señalar que, como todo acto obsesivo, el modo de leer de Alonso Quijano está construido a partir de la noción de vicio, enfermedad, y de cierta manera, también puede ser considerado como un acto marginal, en el sentido de que lo aísla de su vida cotidiana y de sus obligaciones, y lo sumerge o traslada al ámbito de la ficción, que a su vez termina siendo un mundo que sólo existe como posibilidad o como utopía.
Las líneas anteriores nos responden varias de las preguntas planteadas por Piglia en torno a los modos de lectura. En primer lugar nos dan una tipología concreta de quién es Alonso Quijano, en segundo lugar nos ubican en su contexto histórico social y en las condiciones materiales mediante las cuales lleva a cabo sus distintos actos de lectura, y por supuesto, nos pone al tanto de su biografía como lector. La única pregunta que ha quedado por responder es la siguiente: para qué lee. Es decir, cuál es la utilidad que tiene la lectura de ficción para el señor Alonso Quijano.
Siempre he tenido la convicción de que la lectura, específicamente la de ficción, tiene que ver con la construcción de un universo, con la construcción de un refugio frente a la hostilidad del mundo. Leer, muchas veces, se convierte en un intento de no querer capitular con la realidad. Leemos ficción porque de cierta manera estamos insatisfechos con la vida y constantemente tenemos la pulsión de ir más allá de ella: Alonso Quijano es el vivo reflejo de esta condición: es el lector que sale del mundo, y regresa de nuevo a él con la firme intención de ordenarlo. Tomemos en cuenta la escena en la que el Quijote, luego de su primera salida, llega a una venta, la cual es una especie de bar o restaurante de ínfima categoría, y le da por pensar que es un castillo. Luego de dicho desatino le otorga al encargado de la venta, el cual es un proxeneta, el valor de noble caballero, y no contento, termina por designar a las prostitutas como hermosas doncellas. Respecto a esta escena, es interesante observar que el Quijote no confunde, no alucina; no es un acto cargado de locura el que lleva a cabo, todo lo contrario: el Quijote nombra de nuevo las cosas y les devuelve la dignidad perdida, las engrandece, las ennoblece, es decir: el Quijote trastoca el mundo para embellecerlo y hacerlo trascender ante tanto horror y fealdad.
Por lo tanto, se puede plantear que Alonso Quijano lee para cambiar su vida. Este acto, marcado por la insatisfacción ante la realidad y sus órdenes cotidianos, configura no sólo un cambio para él, sino para todo aquel que le rodea. Recordemos el escándalo que hay en su casa luego de la primera salida y la posterior quema de los libros: la quema de los libros prefigura una afrenta contra la imaginación y la libertad, diríamos una acción fascista y totalitaria que atenta contra el libre albedrio. La lectura entendida como una forma de la rebelión y la anarquía, esa podría ser una definición específica del modo de leer que profesa Alonso Quijano.
En este sentido, podríamos entender por qué la novela Don Quijote de la Mancha ha sido considerada como la novela de la locura y el desatino: la novela del lector enloquecido. Pero, particularmente, a mí me gusta considerarla como la novela de la gallardía y la revolución. Gallardía y revolución, porque si bien nadie es capaz de inscribir la ficción en la vida, tampoco es capaz de enfrentarse al mundo y su hostilidad de una manera tan extrema y segura como lo hizo el señor Alonso Quijano desde la ficción. Tomemos en cuenta una de las escenas más hermosas de la novela, precisamente en la segunda parte, en la que don Quijote se enfrenta al Caballero de la Blanca Luna, y la condición es que el perdedor debe confesar que la amada del ganador es más hermosa que la suya. Por supuesto el Quijote pierde, queda apabullado y maltrecho en la tierra y cuando el Caballero de la Blanca Luna le exige, espada al cuello, que cumpla con la condición de la batalla, el Quijote se niega y termina por confesar que no hay mujer en el mundo más hermosa que su amada Dulcinea del Toboso: la ficción como una forma de la ética y las convicciones, la lectura como un acto de fe y valentía.
El Quijote es el lector por excelencia, el lector ideal, es aquel que cree, es aquel que vive, es aquel que va más allá de los mismos libros e inscribe sus deseos en la vida, es el lector que busca transformar todo lo que encuentra a su paso, es el lector que embellece lo horrible de la existencia, pero también es al mismo tiempo el lector que negando la realidad, de una u otra manera, la afirma. El modo de leer de Alonso Quijano revela la profunda crisis que vive su sociedad, de ahí que intente darle un sentido distinto a las cosas y por lo tanto se obstine en cambiarla, en trastocarla, en redimensionarla hasta llevarla a límites inimaginables. Con Alonso Quijano se inaugura el lector moderno, el lector in fabula, aquel que hará del libro no sólo un instrumento de uso pragmático para la fijación de un conocimiento determinado, sino también el lector que encontrará en el libro una nueva forma de entender la vida y al ser humano en su totalidad.
- Gente decente - martes 9 de mayo de 2023
- Realidad y ficción en Plata quemada, de Ricardo Piglia - lunes 21 de mayo de 2018
- ¿Para qué sirve la literatura? - domingo 15 de abril de 2018


