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Josep Pla y la otra censura

jueves 12 de septiembre de 2019
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Josep Pla
Josep Pla (1897-1981).

Pla, escéptico y a veces burlón contra la República (1931-1939), escribía aquellas crónicas un poco vodevilescas sobre los dimes y diretes en el Congreso de los Diputados (pueden leerse en Cròniques parlamentàries), que enviaba al periódico de la Lliga, La Veu de Catalunya. Hasta el 36, su adhesión al prócer Cambó le proporcionaba el sibarita placer de la corte. Al estallar la guerra civil, le asustó la quema de conventos, las detenciones y muertes de curas, burgueses y políticos conservadores, y sintiéndose amenazado huyó. Llegó a Marsella, donde le esperaba Carles Sentís, y allí se involucró medio pasivamente en el espionaje contra la República ejercido por su amante o esposa Adi Enberg.

Después viajó al bando franquista. Regresó a Barcelona cuando el ejército de Franco entraba en ella y editó en La Vanguardia uno de los tres artículos, publicados en febrero de 1939, de la —considerada por muchos— ignominia cometida por tres notables figuras catalanas. Los otros dos eran el mismo Sentís y Valls i Taberner. Sentís se mofaba del gansterismo anarquista del bando republicano, ahora derrotado. Taberner, el más conspicuo entonces, renegaba de la falsa ruta del catalanismo radicalizado, ahora corregido. Pla describía la desolación de la guerra, pero expresaba de modo diáfano y humano la frustración que sintiera en su pueblo ante los desmanes de la revolución de corte socialista del 19 de julio del 36: “Aquí vimos desde un pequeño monte de los alrededores del pueblo arder las iglesias de otros siete pueblos. (…) Fue quizá el día de más emoción de nuestra vida. ¿Por qué quemaron las iglesias? ¿Por qué quemaron el altar mayor de Palafrugell, que está en todas las historias del arte como uno de los especímenes del arte barroco, churrigueresco, más brillantes y más típicos del mundo? El espectáculo de la destrucción inútil nos anonada, nos aplasta. ¿Por qué estos hombres han hecho esto?”.

 

Estos reconocimientos, innegables, chocaron pronto con la formación de una conciencia progresista entre la misma intelectualidad que no perdonaba la adhesión al franquismo.

Creación de una obra inmensa

Y así inició su andadura por la posguerra. Primero no cuajó aquella especie de codirección de La Vanguardia con Manuel Aznar y los echaron a los dos. Así que se fue a su casa de campo de Palafrugell, en Gerona, y escribió durante un tiempo en castellano. Su amigo Vergés le convenció para escribir en la revista falangista Destino, que empezó pronto a virar hacia cierto liberalismo, y así, en febrero de 1940, arrancó una colaboración que duró tres décadas y media. También se le publicaba en la editorial del mismo nombre. Cuando lo permitió el régimen franquista, en 1946, volvió a escribir también en catalán (sobre todo en editorial Selecta) con tanta constancia que produjo una obra que, unida a la iniciada ya en 1920, sería vasta, inacabable, sobre la base de la amenidad con que un payés aristócrata (un kulak, lo llamó Fuster) habla, con leve ironía, de la incontrastable realidad ambiente. Sus libros más notables están entre el periodismo y el ensayo a lo Montaigne: la serie Homentots (1958-1962) y el Quadern gris (1966). Son testimonio de una época y de sus célebres figuras. No es baladí afirmar que la intimidad de escritor que ansiaba seguramente se la proporcionó frecuentar la prostitución.

Tras ganar más de un premio (por ejemplo, el Joanot Martorell en 1951, con una de sus poquísimas novelas, El carrer estret) e iniciar la edición de su obra completa, la revista Destino, bajo la dirección de Néstor Luján, publicó el 25 de febrero de 1961 la petición que un lector hacía del premio Nobel para él. Su producción había ido ganando un prestigio incontestable por dos razones: era el autor más leído en Cataluña, con más fervor, y su pluma en catalán había mantenido una continuidad fundamental para la supervivencia literaria de la lengua, o al menos eso es lo que le reconocían muchos intelectuales y en general el gran público. Pero estos reconocimientos, innegables, chocaron pronto con la formación de una conciencia progresista entre la misma intelectualidad que no perdonaba la adhesión al franquismo, mucho menos desde los inicios. Era vista como un pecado inexpiable del que el culpable seguramente se avergonzaría: sólo era cuestión de señalarlo. Lo que ocurre es que la elección política de Pla no dependía de modas, sino, como mucho, del proselitismo a Cambó.

 

Exclusión del Premi d’Honor de les Lletres Catalanes

Es así como, al irse abriendo el régimen y empezar a aflorar las revistas en catalán, una parte de los literatos fueran reacios a reconocerle su mérito. A finales de la década de los sesenta, la asociación Omnium cultural, que iba contando ya con más de una decena de miles de socios, estableció el Premio de Honor de las Letras Catalanas (aunque un año más tarde del nacimiento del premio Josep Pla para novelas en catalán, fundado por la editorial Destino). Las bases, redactadas acaso con cierta retranca, buscaban premiar al que hubiera mostrado persistencia en la defensa de la cultura catalana y parecían exigir una producción exclusiva en la lengua autóctona y un implícito rechazo al franquismo. Evidentemente se interpretaba como al jurado, compuesto por personajes relevantes, le daba la real gana. Además la elección de los nuevos miembros se hacía por cooptación.

Parece que a Pla le agradaba la posibilidad de recibirlo. Desde 1969, los elegidos habían sido siempre otros, y la parte de la opinión pública e intelectual que le era favorable iba caldeándose. Columnistas de la revista Destino abogaban por él decididamente. El 4 de marzo de 1972, cuando el autor cumplía 75 años y dos meses antes de ser emitido el fallo del jurado, la revista le dedica un número. Luján, Montserrat Roig y Castellet no lo postulan para el premio, pero tienden a considerarlo el más famoso escritor vivo en lengua catalana (más allá de la ideología, insistía el último), como acababa de indicar Fuster (1971). Pero el galardonado fue Espriu. El 17 de junio Destino publicaba una encuesta sobre Pla hecha a personalidades catalanas y ponía el debate sobre la mesa.

Al año siguiente, cuando de nuevo quedó excluido Pla, un periodista de posición ideológica distante, Jaume Miravitlles, escribía, el 17 de mayo, en la revista catalanista Canigó (la cual dedicaba ese número al escritor ampurdanés), que tanto él como Joan Corominas eran merecedores del máximo galardón y que (traduzco) “el hecho de que no lo hayan recibido aún (…) indica que no todos los jurados tienen una visión justa y objetiva de las jerarquías culturales de nuestro pequeño y desdichado país”.

Baltasar Porcel consideraba, en La Vanguardia, que el premio de honor se había hecho el harakiri negándose a una figura como Pla.

La situación se enconó cuando en mayo de 1974 los miembros del jurado favorables a Pla, Joan Fuster y Josep Maria Castellet, no consiguieron vencer la resistencia de Joan Triadú, entre otros. Pero este último se llevó los peores dardos. El 25 de mayo un tal E. Pinyol (que algunos han querido identificar con el hijo de Vergés, Josep C. Vergés) escribía una carta al director de Destino en que aseguraba la exclusión sistemática de Pla por razón política y añadía: “De ese jurado todos conocemos los histerismos del señor Triadú, que lo maneja a su antojo. (…) Su resentimiento, envidia o desequilibrio son las [sic] de un fracasado que se venga como puede”. Esto atrajo intervenciones a favor y en contra. El 1 de junio otro lector pedía cambiar el nombre al premio. El 8 de junio, Pere Calders reclamaba desde Canigó al tal Pinyol que se calmara y Triadú se defendía alegando que las bases daban prioridad a la valía moral del galardonado, salpicando con ello la integridad de Pla. Josep Maria Espinàs, el mismo día, atacaba a Pinyol en Destino. Y el 15 el presidente de Omnium, Pau Riera, defendía en la sección de cartas al director de esa misma revista la autonomía y profesionalidad del jurado, mientras Pinyol volvía a la carga y se podían leer otras dos opiniones favorables a Pla y otra negativa. La misma sección redundaba sobre la cuestión el 22 de junio, ahora con una carta firmada por Josep C. Vergés, que deploraba la resolución del jurado.

Por si fuera poco, ese mismo 22 Fuster disparaba desde Tele/expres. El 26 Baltasar Porcel consideraba, en La Vanguardia, que el premio de honor se había hecho el harakiri negándose a una figura como el gerundense. La revista Destino juzgó oportuno pedir la opinión de Triadú, Carbonell (otro de los miembros opuestos a Pla), Castellet, Fuster y algunas figuras más. Los primeros declinaron pero el número del 13 de julio, titulado “¿Debe marginarse a Josep Pla?”, aporta interesantes datos. El arquitecto Oriol Bohigas, defensor del laudo, daba acaso en el clavo, tras las habituales divagaciones: no era moralmente muy ejemplar que Pla anduviera alabando al régimen de Salazar en aquellas fechas. Es lo mismo que había opinado Triadú el 8 de junio.

 

La revolución lusa y expulsión de Destino

¿Quién sabe si el amplio círculo de sus favorecedores no vieran muy cerca el premio aquellos primeros meses del 74, precisamente cuando la opinión de Pla sobre la revolución de los claveles portuguesa del 25 de abril le descalificó definitivamente? Dicho evento empujó a Pla a defender el colonialismo portugués, renovado por Salazar, y a criticar las aventuras comunistoides. A pesar de todo, el prócer de las letras catalanas sin el esperado laurel continuó soltando tremendas andanadas contra los cambios lusos. Cuando Jordi Pujol compró Destino, en 1975, aguantó durante un tiempo lo que llamó rebequeria (terquedad) pero lo puso de patitas en la calle por mediación del nuevo director, precisamente uno de sus anteriores defensores, Baltasar Porcel. El último artículo, rechazado, puede datarse tras el 25 de noviembre de ese año. Antes de irse, aún pudo felicitar a su amigo Francesc de Borja Moll por ser nombrado doctor honoris causa de la Universidad de Barcelona.

Apartado de una revista de gran solera, que cerraría sólo dentro de cinco años, a Pla le quedaba la satisfacción de que su obra completa siguiera publicándose, mientras gozaba más tranquilamente de su sempiterno retiro ampurdanés. Dicen los periodistas de cierta cuerda que la sociedad civil y la clase política se movieron poco para proponerlo para el premio Nobel. No es del todo cierto. El 5 de junio de 1977 (recoge La Vanguardia) el Colegio de Veterinarios de Cataluña y Baleares le homenajeó en Figueras mientras lo postulaba firmemente. En dicho acto, participaron del mismo deseo los presidentes de las diputaciones de Gerona y Barcelona, Xuclà Bas y nada menos que Samaranch (quien años más tarde maniobró con éxito para conceder los Juegos Olímpicos a Barcelona), así como el Ayuntamiento de Gerona. Pero hubo mucha oposición intelectual y política. En definitiva, la candidatura española que prosperó ese año fue la de Vicente Aleixandre.

 

¿Un caso de censura póstuma?

Por varias razones, Pla no tragaba mucho a Jordi Pujol, quien proponía un socialismo a la sueca que le provocaba risa. Asimismo las amistades que había mantenido (como el anterior alcalde de Barcelona, Porcioles) o su admiración por Tarradellas le alejaban de la nueva catalanidad de derechas que se iba gestando, mientras una buena parte de la de izquierdas no le perdonaba nunca. El procedimiento para digerirlo podía ser el silenciamiento, como la exclusión del premio de honor, y a posteriori la censura y remodelación del personaje. En 1980 Pujol inició su primer mandato: es sabido que el pujolismo era “fer país” o el nationbuilding. La figura de Companys fue convirtiéndose en la de un mártir invicto en la memoria colectiva. Sin embargo, Josep Pla había mostrado un desprecio extraordinario en sus Cròniques parlamentàries, de los años treinta: cuando Companys fue presidente del primer parlamento catalán, describiéndolo como un inepto, después durante su ministerio en Madrid. Por último, le criticó especialmente cuando aprobó su ley de cultivos, impugnada por la Lliga de Cambó al Tribunal de Garantías Constitucionales, que daba derechos a los payeses que a Pla le parecían errados. La defensa de esta ley llevó a Companys a enfrentarse con el gobierno de la República y a proclamar el Estado catalán, el 6 de octubre de 1934. La represión y las algaradas en Cataluña provocaron unas decenas de muertos y la detención de Companys.

Pla dejaba fuera de sus obras completas mucho material innecesario.

Estos hechos son recordados por el catalanismo como otro 11 de septiembre de 1714. Nadie se atrevía en Cataluña a poner en duda el acierto y la heroicidad de Companys. Resulta, sin embargo, que Pla escribió el 10 de octubre en La Veu de Catalunya un demoledor artículo contra Companys, denunciando su frivolidad irresponsable. Por desgracia, los lectores de los volúmenes correspondientes de las Cróniques Parlamentàries lo buscarán en vano. Se lo ha escamoteado, entre el segundo volumen y el tercero.

Estas Cròniques corresponden a los volúmenes 40, 41 y 42 de la Obra completa. No salieron a la luz, sin embargo, hasta 1982, en la editorial Destino, un año después de la muerte de Pla. Asegura en el prólogo su amigo Vergés, el editor, que Pla no era demasiado partidario de publicar estas crónicas. Así pues añade lo siguiente, que traduzco: “Hemos eliminado unos cuantos artículos, aquellos que nos han parecido menos vivos y que podían acarrear incluso una monotonía mecánica”. Es cierto que ya advertía Castellet (4 de marzo de 1972) que Pla dejaba fuera de sus obras completas mucho material innecesario. Sin embargo, su línea de conducta en varios momentos críticos (como en mayo de 1974) no casa con tal subterfugio, por más que se suavice. Desconozco, sinceramente, cuánta culpa pudiera tener Vergés. El historiador Sobrequés le había aconsejado la publicación in extenso.

Tampoco se puede acusar a lectores y editores de presentar al personaje como más les agrade. De todos modos, más de treinta y cinco años después de la muerte de Pla, ausencias de este tipo (repetida en las reediciones de 1992 y 2005) arrojan una sombra de duda sobre la fiabilidad de estas obras completas, que creo que es, en su conjunto, inmerecida. Hay ocasiones en que debería hacerse una catarsis generalizada de ese “poso de mojigatería sagristanesca” que nos afecta (como escribiera Fuster en Destino, el 13 de julio de 1973).

 

Web y bibliografía

  • Àlbum Josep Pla-Josep Vergés (2009). Biblioteca de Catalunya, secció de manuscrits. Maig 2009. Consultable en línea.
  • Aliaga, Xavier (2017). “Història d’una literatura digna i mil·lenària sense Nobel”. El temps, 27-IV-2017.
  • Canigó, hemeroteca, días citados. Consultable en línea.
  • Civit, Ramon (2013). “Josep Pla, entre la literatura i la política a la fi del Franquisme”. Revista d’Història cultural, 16/2013, pp. 191-215.
  • Climent, Eliseu ed. (1997). Josep Pla, Joan Fuster. Edicions del País Valencià, València.
  • Destino, hemeroteca, días citados. Consultable en línea.
  • Fuster, Joan (1982). Literatura catalana contemporània. Edicions Curial, Barcelona, pp. 257-262 (primera edición 1971).
  • Baldosa, Cristina (1996). Josep Pla: biografia del solitari. Edicions 62, Barcelona.
  • Juliana, Enric. “Sis d’octubre”. La Vanguardia, 6-X-2014.
  • La Vanguardia, hemeroteca, días citados. Consultable en línea.
  • La Veu de Catalunya, día citado, p. 12. Consultable en línea.
  • Martínez, Félix, y Jordi Oliveres (2005). Jordi Pujol: en nombre de Cataluña. Debate, Barcelona.
  • Martínez, Guillem. “Pla, Pujol y el viaje hacia ninguna parte”. es, 16-VIII-2014.
  • Pastor, Carles (1991). “Josep Pla no ha sido perdonado”. El País, 21-IV-1991.
  • Pla, Josep (1982-1983; 1992; 2005). Cròniques parlamentàries. Volúmenes 20, 21, 22. Destino, Barcelona.
  • Revelles Esquirol, Jesús (2008). La interpretació portuguesa de Josep Pla. Treball de recerca del doctoral d’Humanitats, UAB, Bellaterra.
Daniel Buzón

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