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Homenaje póstumo a Harry Almela

domingo 17 de noviembre de 2019
Harry Almela
No basta cerrar los ojos y sentir, hay que leer y releer, siempre leer ante todo y, por último, si hay algo que decir, decirlo (eso nos enseñó Harry).
Quizá por todo esto,
En algún momento y sin saberlo,
Logramos el poema perfecto,
El verso feliz que nos salvó para siempre.
Harry Almela

No es de sorprenderme que, aun después de fallecido, el maestro Harry siga dándome lecciones de poesía. En mis manos está su libro póstumo Daños colaterales. Llama cabalmente mi atención el poema titulado “Carta para los críticos y lectores del futuro”: para mí, resume en pocos versos lo que aprendí con él durante los tres años que permanecí en el taller, con otras grandes compañeras, Astrid y María Luisa. Somos sobrevivientes, y lo reafirmo con orgullo, puesto que por la sala audiovisual de la Biblioteca Pública Agustín Codazzi pasaron muchos, muchos con la incertidumbre de aprender y enriquecerse de los conocimientos de Harry; sin embargo, luego de esos tres años de vaivenes, de ver todos los viernes, a las 6 de la tarde, personas entrar para no volver, nosotras decidimos quedarnos, fortaleciendo nuestras almas. De mi experiencia personal, aprendí que a los lectores de cuentos les debemos dejar sorpresas, es decir, los finales de los cuentos pueden ser explosivos, pueden ser absurdos, dejarle a la imaginación y a la duda algunos elementos y no ser tan explícitos, cuidar las conjugaciones, los adjetivos y los adverbios, eso me conllevó a escribir buenos cuentos. En los talleres aprendimos a leer a Borges, a Bello, a Andrés Eloy, a Crespo, a Montejo, a Pessoa, a Cadenas, a Lazo Martí, a Garmendia, a Sabines, a Cortázar, a San Juan de la Cruz, a Rilke, a Paz, a Vallejo, entre tantos. Aprendimos la importancia de la memoria, de nombrar las calles, la ciudad, el país, los paisajes, la infancia, el tiempo. Y a no nombrar ni invocar al amor en vano. Con él vimos películas, varias, Baraka, El tigre y el dragón, El sexto sentido… Y nos llevó a amar el arte, que no es una suerte encontrada.

El primer libro que obtuve por casualidades de la vida (aunque no existen las casualidades) fue Cuaderno de bitácora, que hallé en la biblioteca del Liceo Nocturno Los Samanes. Estaba junto a uno de Alberto Hernández, otro de Yadira Pérez, otro de Miriam Kasen, uno de Elizabeth Schön, y todos, queriendo, terminaron en mi biblioteca. Sin embargo, llega hasta mis manos ese libro póstumo, prestado, y lo he leído de un solo tirón. Me he dado cuenta de que Harry halló su Manoa, la que siempre manifestaba en los talleres con mucho anhelo.

Este es el Harry que creyó en nosotras (las sobrevivientes), el que nos ayudó a crecer, a crearnos como escritoras; somos parte de su creación.

En su poemario El diario del Sacer reclama su vuelta a Manoa, herido por la última palabra que no dije, en una imagen sobria y sutil, de sorpresa ante la calle, que necesita restaurar ese tiempo, esa memoria que lo realiza. Ese silencio nefasto que intenta reavivar no es suficiente, o tal vez sí, mientras las letras lo redescubren y lo eternizan. De esta manera, la vuelta a Manoa se vuelve dolencia, allí la encontró, ya no es quimera, tiene un final, donde todos nos convertimos en testigos para refundar su memoria.

Posteriormente, “Carta para los críticos y lectores del futuro” es un poema, repito, resumen de mi aprendizaje, mejor dicho no puede estar. Hace unos días, comentaba en mi taller de literatura (ahora yo también transmito mis conocimientos) algo sobre un poema que no estaba perfecto, a lo que una de mis talleristas preguntó: “¿Es que acaso existe el poema perfecto?”. Yo y mis cosas, pensé en mis adentros, algo tan subjetivo llega a su perfección, de acuerdo a la mirada de cada quien. La perfección es otro tema, pero Harry lo dice de manera sencilla: “Quizá por todo esto, / En algún momento y sin saberlo, / Logramos el poema perfecto, / El verso feliz que nos salvó para siempre”. He aquí la perfección, ese poema que inmortaliza la voz es el poema que deslumbra y desnuda los corazones, el poema que una noche pudo haber sido escrito. Unos versos, como dice la voz poética, un verso feliz, saliendo de la torre, buscando un lugar donde anidarse, para llegar, sin saberlo, a la salvedad del alma.

Para terminar, este es el Harry que creyó en nosotras (las sobrevivientes), el que nos ayudó a crecer, a crearnos como escritoras; somos parte de su creación, pues su mejor lección fue que no basta cerrar los ojos y sentir, hay que leer y releer, siempre leer ante todo y, por último, si hay algo que decir, decirlo (eso nos enseñó Harry), así concretarnos y llegar a la Manoa de Montejo, o a la de Harry, o a la propia, la que cada uno de nosotros sueña intencionalmente cuando descubrimos, en la noche más oscura, que escribir nos hace dueños del mundo.

Gloria Dolande
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