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Adriana Bórquez Adriazola:
Cuerpo versificado (desde, en) la memoria

martes 7 de febrero de 2023
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Adriana Bórquez Adriazola
Adriana Bórquez Adriazola (1936-2019) sufrió torturas durante la dictadura chilena y se exilió en Inglaterra, pero mantuvo por siempre su ideológica humanidad.

Un lunes 13 de enero de 1936 nació en Osorno, en Chile, Adriana Bórquez Adriazola, una creatura que de pequeña tuvo una marcada inclinación literaria. Con sólo doce años, envió y fue publicado en Revista Eva su texto en prosa poética “Mi calle al atardecer”. Una vez adolescente continuó publicando en el Diario de Osorno. En el transcurso del tiempo, a pesar de las comodidades existentes en su hogar, surgió en ella un espíritu solidario que la empapó de pensamientos y acciones centradas en trabajos comunitarios para construir una sociedad más justa y equitativa. Desde su activa solidaridad nació la vocación de enseñar y estudió francés en la Universidad de Chile en Santiago. Recién comenzada su vida adulta abandona el nido, ya que consideraba que su ideología no calzaba con su entorno familiar.

Desde los años sesenta enarboló una bandera social que posteriormente la hizo dar refugio a quienes eran perseguidos por la cruenta dictadura militar; por este justo e imperioso proceder el liceo de hombres de Talca la expulsa de su cargo como profesora. Luego, la noche del miércoles 23 de abril de 1975, fue detenida y llevada a Colonia Dignidad, para después ser trasladada a la Venda Sexy en Santiago. En ambos centros de detención, junto a otras personas detenidas, sufrió terribles e inhumanas torturas. El día miércoles 23 de julio de 1975, a pesar de los tormentos a los que fue sometida, y como no denunció a nadie, la liberan bajo la condición de convertirse en informante de la “dina”. En febrero de 1976 logra huir a Inglaterra con sólo dos de sus cinco hijas(o). Los quedados en la patria se convierten en una herida abierta que sangra profusa en la mente de Adriana.

A raíz de esa pesadilla, como de otras innumerables que padeció en el exilio, desde el extranjero continuó luchando por justicia y libertad para sus compatriotas. En forma lenta transformó su cuerpo-memoria en lenguaje para denunciar los horrores cometidos en los centros de detención y tortura, convirtiéndose con el paso de los años en ícono viviente cuyo lema era denunciar, apresar y condenar a los torturadores. Sin abandonar su sentido de patriotismo y justicia, su vida también estuvo centrada en cuidar, salvar y reunificar a sus hijas(o), como también a escribir.

Para Adriana, escribir era un acto necesario e imperioso para continuar viviendo, y escribió porque en la palabra encontró una nueva forma de estar sobre la tierra tan herida, tan mancillada por la dictadura.

Escribir desde un presente sobrepasado por el cruel y amargo pasado. Pasado que a través de la escritura transformó en voz, estampando así una presencia tan férrea que hasta el día de hoy conmueve y sobrecoge. Para olvidar sin olvidar, para disfrutar sin olvidar, para buscar paz sin olvidar, gustaba ir a la playa y a otros lugares que iluminaba. Sí, iluminaba porque tenía una energía y fortaleza que nada ni nadie logró quebrantar. Para Adriana, escribir era un acto necesario e imperioso para continuar viviendo, y escribió porque en la palabra encontró una nueva forma de estar sobre la tierra tan herida, tan mancillada por la dictadura. Escribir para aliviar, de alguna manera, el dolor que nunca abandonó la mente y cuerpo de quienes fueron torturados. Escribió para ser el lenguaje de quienes la tortura dejó sin voz. Escribió desde la piel de su carne hacia otros cuerpos, verbalizando así lo innombrado, la tinta cruenta derramada sobre quienes eran culpables de luchar contra los tiranos para obtener un gobierno elegido por el pueblo. Tomó cada golpe-grito recibido para escribir mirando de frente su herida, la herida de otros y la fractura ensangrentada de su país. Escribió el horror padecido desde la belleza. Escribió sosteniendo su fragilidad en cada palabra, porque la palabra fue su verbo y bálsamo donde ir depositando la historia y el paso del tiempo que iba acumulándose en cada uno de sus poros. Escribió desde su cabello encanecido. Escribió cansada y desilusionada del sistema, de la traición y de la sociedad.

Sin embargo, y a pesar de todo, escribió para entregar a las futuras generaciones un mundo más habitable. Escribió sin perder la fe y la esperanza en la humanidad.

El 13 de enero habría cumplido 87 años, pero no, su cuerpo, que fue una constante escritura, se fue al nido de ese insondable éter al que también algún día todos penetraremos. ¿Cómo recordarla en este, su cumpleaños? Adriana mantuvo siempre un espíritu alegre, lleno de vida y optimismo. Fuera de dejarnos su novelada escritura testimonial, también nos legó melodiosos poemas como el siguiente:

Setenta y cuatro años cumplidos

El tremolar del canto
de sapos, grillos y brisa,
forma una orquesta jubilosa
de cascabeles nocturnos.

La luna se enseñorea
por los prados estrellados
y las galaxias giran lentas
por el espacio infinito.

¡Qué hermosa es la noche
para cantarle al amor,
cuando el resto supone
que ya no sabemos amar!

Detenida a la vera del mundo,
vigilo el paso de cronos:
escapan los segundos
y desaparecen las horas.

Se me confunden los días,
no importan los meses,
los años huyen;
la vida se acerca a su fin.

Me he liberado del tiempo,
y de la ajena mirada;
aprendí a reír sin mesura,
a querer sin falso pudor.

Se lo debo a miles de lunas,
al tránsito impertérrito
por el largo camino,
y a la sabiduría que da la vejez.

Por eso es que el canto
de la noche de enero
es melodía orquestada
palpitando en el corazón.

Gracias a la Sociedad de Escritores de Chile, a través de su filial Maule, algunos poemas de Adriana Bórquez fueron publicados en Réplicas, poesía desde el epicentro, donde se compila el sentir y emociones que los poetas vivieron a raíz del terremoto del año 2010. El libro, bajo la dirección de Reynaldo Lácamara (en aquel entonces presidente de la SECH) en una edición especial para los escritores de Talca, fue publicado en octubre del mismo año bajo el sello de Editorial Pobeta.

Adriana, después de versificar sus 74 años, nos entrega el testimonio de otra realidad. Realidad proveniente del comportamiento de Madre Natura, reacción que la escritora percibe y plasma con este poema:

27 de febrero, 3:34 am

Desde la profundidad de la tierra
viene galopando el espanto,
envuelto en pesado manto de espuma
viene de la entraña maldita,
sacudiendo despiadado
el sueño desprevenido
de un pueblo olvidado
de su atávico norte de bondad.

Se unen el Pillán iracundo
y la Pincoya vigilante
para despertar la conciencia,
individualista e indiferente,
de los tentáculos perversos
de la global modernidad.

Brama el Pillán en su furia,
aplastando, arrasando,
golpeando, matando,
dejando tras sí sólo dolor.
Se alza la Pincoya
en su trono de rocas,
vestida de huiros,
y envía a Neptuno
a sumergir los odios,
la codicia, la envidia.
Lava con sangre y con sal
las almas, purificándolas
en la turbulencia del mar.
La Pincoya se cobra
del fruto abusado.

Los inocentes se aferran
desesperados a la vida,
pagando con creces
la culpa de otros,
la tierra se estremece de furia
la luna redonda contempla
impávida y argenta
el tumulto a sus pies,
alumbrando el horror
de la espeluznante
noche estival.

Con truenos cruentos
se desploma el universo convulso,
enloquecido de pavor.
El estruendo crece, crece, crece…
se introduce en la carne,
rasga la mente,
ciñe el aire de los pulmones,
retuerce las vísceras,
ensordece la razón,
seca la garganta,
desorbita el corazón.
El mundo se ha convertido
en un pelele espasmódico.

Los segundos se estiran, estiran…
Suspendidos en el terror
el fragor de la venganza
de dioses nefandos
se va aquietando
en medio de estremecimientos.
Hay obscuridad, hay frío,
hay estupefacción y temblor
en la conciencia y en la piel.

Se estrechan las manos,
se abren los brazos para acoger,
se enjugan lágrimas,
se susurran consuelos.

Los humanos vuelven a ser hermanos.
Por unas horas, por unos días,
olvidaremos ambiciones,
intereses y celos,
nos importará el otro,
compartiremos el pan y la sal,
tu hijo será mi hijo
tu herida será la mía
y lloraré contigo
y sonreiremos juntos…
hasta que comiencen a borrarse
la impotencia y el miedo compartidos
y volvamos a ser indiferentes
y ajenos.

La soberbia volverá a imperar
sobre la humildad…
hasta que otra noche
el planeta nos remezca
nuevamente.

Sus versos “compartiremos el pan y la sal, / tu hijo será mi hijo / tu herida será la mía / y lloraré contigo / y sonreiremos juntos…” corroboran la magnitud de aquella ideológica humanidad que reinó desde aquel lunes 13 de enero de 1936 cuando, en Osorno, nació la maravillosa madre, hija, abuela, hermana, amiga y mujer patriota que desde temprana edad escribió sus primeros textos y los escribió antes de vivir y recorrer esta vida que siempre nos susurra, nos supera, nos alcanza.

Silvia Rodríguez Bravo
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