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Sobre En torno al lenguaje, de Rafael Cadenas

viernes 3 de marzo de 2023
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Rafael Cadenas
En su obra de 1984 En torno al lenguaje, Cadenas afirma que la enseñanza de la lengua debe ser el centro de la educación. El Ucabista

En 1984 el poeta Rafael Cadenas pagó de su propio bolsillo una modesta y primera edición de su libro En torno al lenguaje, de la cual tuve el honor de recibir de sus manos uno de esos pocos ejemplares, una noche en que coincidimos en la feria navideña del Ateneo de Caracas. Muchas ediciones y reediciones le han seguido desde entonces, por diferentes sellos editoriales.

El siguiente artículo fue publicado por la revista UNA Documenta de la Universidad Nacional Abierta a principios de 1985 (no recuerdo ni tengo a mano la fecha exacta). Después apareció en La poesía, la vida: en torno a Rafael Cadenas, volumen que recoge una selección de textos de varios autores sobre la obra de Cadenas para ese entonces, 1999, publicado por el Fondo Editorial de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela.

 

Las palabras de Cadenas, surgen en medio de la verbosidad incongruente como defensoras rutilantes y solitarias de la cultura.

Sobre En torno al lenguaje

En torno al lenguaje, “testimonio de un recio amor, el amor a la lengua”, es hechura de palabras plenas de sentido que expresan preocupaciones desdeñadas o adrede relegadas por los planificadores de todas las tendencias políticas; ellas, las palabras de Cadenas, surgen en medio de la verbosidad incongruente como defensoras rutilantes y solitarias de la cultura, del hablar del alma. Cadenas, apoyado en otras voces lamentablemente desoídas, reclama una educación distinta, fundada en “lo que de mejor hay en nosotros”, en lo que hemos olvidado en aras de los multiformes fantasmas del poder, de la tributación a la tecnología, de la incultura reinante, del trabajo embrutecedor.

Afirma Cadenas que la enseñanza de la lengua debe ser el centro de la educación. Para ello, nos dice, es primordial “la lectura hecha con atención hacia la manera de expresarse de los buenos autores”. Correspondería al educador, hoy figura agobiada por la búsqueda de más horas de trabajo para sobrevivir y precariamente formado, cultivar en sus alumnos el regusto por el lenguaje, ese aborrecido regalo perpetuo. Y de verdad urge una educación que insista en los inútiles bienes del espíritu, en la pasión por los asuntos del alma: con ellos no volveremos a manos llenas del mercado, pero quizás nos haríamos dignos habitantes de este mundo.

Se necesitan maestros y profesores que tengan un gusto genuino por la literatura, pues sólo ellos podrán comunicarlo, y no transmisores mecánicos de nociones recogidas en universidades o pedagógicos. Este no es un problema de técnicas o metodologías o programas sino de sensibilidad. La sensibilidad es el elemento que no puede estar ausente.

Esa insistencia de Cadenas nos pide leer, leer sin apuro, con mucha atención y sin prejuicios. Hay que, por supuesto, enseñar a leer: no basta con demagógicas campañas de alfabetización ni con elitistas comisiones para promover la lectura. Lo fundamental de esta labor, a mi juicio, consiste en una desinteresada querencia de rescatar la cultura, de arrancarnos de la cabeza una manera de vivir cuyos soportes son encubridores desmanes verbales, el culto desmedido a la máquina, la mercantilización de las relaciones, la supervaloración del trabajo y la preponderancia de la política.

La lectura, al igual que la contemplación, es dádiva excelente del ocio; la lectura, en su auténtico sentido, es comercio con la tradición y descubrimiento de lo desaprendido en escuelas entorpecedoras. Lectura de buenos autores y de buenos traductores nos conduce a la fiesta del alma; allí encontramos las perlas de la lengua… y la pluma es lengua del alma, advierte don Quijote.

Saltamos de la indigencia lingüística a la verbosidad rebuscada, sin tomar en cuenta la sencillez y la palabra cabal.

Cadenas dilucida en impecable español las razones que nos alejan de los libros y del buen hablar. Aunque no está de más, para los fines de este comentario, insistir. Es preciso ante la ruina que acecha: “conciencia de la lengua, sensibilidad ante la lengua, estudio amoroso de la lengua”; no purismo, pedantería, engolamiento, afectación o adorno. Pero solemos ser extremistas: saltamos de la indigencia lingüística a la verbosidad rebuscada, sin tomar en cuenta la sencillez y la palabra cabal. Hablar bien no es privilegio de mercaderes de ideas, de intelectuales afectados, de políticos falaces y redomados. Hablar bien significa “tener conciencia de lo que se dice, emplear con propiedad las palabras”. Hay una relación básica que omiten los charlatanes: “la del lenguaje con la personalidad”. El mundo de las palabras no es ajeno a nuestro mundo interior: una frase dice mucho de quien la pronuncia, más de lo que se cree.

Necesitamos detenernos y reflexionar: lengua y cultura están amenazadas. La indiferencia, la insensibilidad, la mecanización, la desatención y las manipulaciones del lenguaje con fines de someter a pueblos enteros, aridecen la vida. Quienes creemos en el diálogo sin tapujos, en la solidaridad real (no populista ni demagógica), en las virtudes del verbo, en la contemplación de los hechos y cosas del mundo, miramos con angustia el desenfreno de los demonios de nuestro tiempo, pero nos quedan las palabras para defendernos: leves armas de sueño, sangre, rabia, disidencia y vitalidad.

Termino con un señalamiento de Cadenas en el capítulo de En torno al lenguaje inspirado en “aquel caballero de las letras que se llamó Pedro Salinas”:

El Estado, la sociedad, no han visto la gravedad del problema. ¿O no han querido verla, sabedores de que un pueblo en posesión de su lengua es menos fácil de manipular? Es posible que fuerzas diabólicas operen en esa dirección, soterradamente, substraídas a la conciencia.

Es para pensarlo, para no pasarlo por alto, porque de ello depende mucho y tal vez estamos en la trampa y no lo sabemos.

Mario Amengual
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