Publica tu libro con Letralia y FBLibros Saltar al contenido

El arte del fútbol

martes 20 de febrero de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!
El arte del fútbol, por Jaime de la Hoz Simanca
El fútbol, en sí mismo, es una expresión sublime que jugadores, individualmente considerados, y equipos en condición de colectivos armónicos y coordinados, se encargan de revelar en el tapete verde de las canchas del mundo.

Que el fútbol es una expresión artística lo discuten pocos. Pero es posible encontrar artistas ortodoxos que reducen el arte a las manifestaciones más elevadas del espíritu. Según ellos, las bellas artes se circunscriben a la literatura, la pintura, la arquitectura, la escultura, la danza, la música y el cine, género que alcanzó tal categoría en el siglo XX. Es más: intelectuales de barba y leontina desprecian el fútbol de tal manera que han escrito catilinarias sublimes, pero sin llegar a la descalificación total del juego. Generalmente son hombres amantes de la pintura, de la poesía o de la literatura que evitan, así, una supuesta contaminación.

Los ejemplos abundan, pero a vuelo de pluma podríamos mencionar los más representativos. Jorge Luis Borges, el gran escritor argentino que escribió obras memorables de ficción y ensayos ejemplares, estuvo siempre al margen del fútbol, pese a que nació en una tierra donde se venera sin límites. Borges reclamaba a su otra patria, Inglaterra, no haberse arrepentido nunca por la difusión de un juego al que calificaba de estúpido. Son célebres sus frases contra el fútbol, actividad que reducía al intercambio entre bárbaros que suplantaban la noción de patria. Se llegó a decir que el autor de Ficciones fue el único argentino que abandonó su país en los días previos a la escenificación de la final del Mundial de Fútbol entre los seleccionados de Argentina y Holanda, el 25 de junio de 1978 en el Estadio Monumental de Buenos Aires. Otros señalan que el mismo día del encuentro Borges convocó a una conferencia sobre la inmortalidad que dictaría, a la misma hora del partido, en la sala principal de la Biblioteca Nacional. Fueron pocos los asistentes.

Alrededor de las actitudes de Borges frente al fútbol crecieron varias leyendas, tal la de que, en uno de sus momentos más brillantes de inspiración, en su cuarto, frente a la máquina de escribir, un pelotazo saltó de la calle, rompió los vidrios de la ventana y fue a dar contra su humanidad. Desde ese momento, según el mito urbano, odió el fútbol.

Entre la intelectualidad más encumbrada, Borges ha sido el enemigo número uno de ese juego universal.

Dicen que reía socarronamente cuando le hablaban de la final Argentina-Holanda, pues no concebía que se construyera la identidad nacional a partir de una selección de balompié. Y también señalan que, en su encuentro con el técnico César Luis Menotti, meses después del Mundial 78, Borges lo reconoció sarcásticamente diciéndole que debía ser un hombre famoso, pues la empleada del servicio doméstico le rogó que le llevara un autógrafo suyo. Sin duda, entre la intelectualidad más encumbrada, Borges ha sido el enemigo número uno de ese juego universal, pese a que, junto a Adolfo Bioy Casares, legó a la posterioridad el cuento sobre fútbol “Esse est percipi”.

Eric Arthur Blair, el escritor británico nacido en la India que publicó sus obras bajo el seudónimo de George Orwell, autor de la novela política 1984, tampoco escapó a la crítica y oposición al fútbol. En su escrito “El espíritu deportivo”, conocido en el mundo de la intelectualidad, se despachó con fuertes opiniones ante lo que consideró “una guerra sin disparos”, aludiendo al fútbol y a la Segunda Guerra Mundial, cuyos estragos estaban aún frescos y a la vista de todos. En la visita que en 1945 el club Dínamo de Moscú realizó a Inglaterra, donde enfrentó al Arsenal, Chelsea y Rangers, Orwell desencadenó una serie de conceptos que descalificaban al fútbol por representar una odiosa forma de nacionalismo barato.

El escritor colombiano Álvaro Mutis, Premio Cervantes de Literatura en 2001, también expresó públicamente su rechazo al fútbol, pero lo generalizó a todas las manifestaciones deportivas. En su ensayo “La miseria del deporte”, publicado en algunas revistas con el título “La miseria del fútbol”, expresó que el hombre del estadio, es decir, el fanático de los atletas, “es capaz de todas las ruindades y miserias. Ha escogido como fuente de su entusiasmo una ruin turba de pobres eunucos adiestrados”. Asimismo, se refirió a los estadios como “prostíbulos de gloria”.

Por su parte, el filósofo, escritor y semiólogo italiano Umberto Eco, autor de las espléndidas novelas El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault, escribió el artículo “El mundial y sus pompas”, un largo cuestionamiento y una queja ruidosa contra los hinchas, esos fanáticos que deambulan por las calles y estadios en busca de interlocutores con el propósito de hablar y discutir acerca de su tema vital. Eco aclaró que no odiaba el fútbol sino a sus empedernidos seguidores. “No me gusta el hincha porque tiene una extraña característica: no entiende por qué tú no lo eres e insiste en hablar contigo como si lo fueras”, anotó.

Hay más, pero en realidad son menos los intelectuales y hombres del arte que han sido indiferentes al fútbol, ya sea mediante el desprecio o a través de la opinión cargada de veneno y de ironía. Prevalecen quienes han glorificado el balompié con su pluma o con los colores de su paleta. Algunos escribieron poemas que hoy se erigen en piezas líricas dotadas de indiscutible exquisitez. Otros elaboraron obras pictóricas que reposan en museos de alta categoría o fijadas en las paredes de amantes consuetudinarios del polémico juego.

Mientras tanto, el fútbol continúa sus caminos culminando en goles de distinta factura, animado por toques suaves y desplazamientos que, en ocasiones, configuran jugadas para el aplauso y el regocijo. Y, claro, los futbolistas siguen allí, comparados con los cazadores de la tribu, prolongando aquellas búsquedas primitivas de la presa mediante fulgurantes jugadas, a veces inverosímiles.

Quien pareciera enarbolar más alto la bandera de los adoradores del fútbol se llama Eduardo Galeano.

Quien pareciera enarbolar más alto la bandera de los adoradores del fútbol se llama Eduardo Galeano, escritor uruguayo que escribió Las venas abiertas de América Latina, una emblemática obra que antecedió durante veinte años al libro El fútbol a sol y sombra, en cuyo prólogo se destaca la siguiente frase: “Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades, hay un estrépito tremendo”. En ese mismo libro dedica varias viñetas a Maradona, entre las que se destaca la siguiente: “Fue en 1973. Se medían los equipos infantiles de Argentinos Juniors y River Plate, en Buenos Aires. El número 10 de Argentinos recibió la pelota de su arquero, esquivó al delantero centro del River y emprendió la carrera. Varios jugadores le salieron al encuentro: a uno se la pasó por el jopo, a otro entre las piernas y al otro lo engañó de taquito. Después, sin detenerse, dejó paralíticos a los zagueros y al arquero tumbado en el suelo, y se metió caminando con la pelota en la valla rival. En la cancha habían quedado siete niños fritos y cuatro que no podían cerrar la boca”.

Pero Galeano no sólo realizó brillantes anotaciones sobre Maradona. También lo hizo con Pelé, el otro artista que deslumbró al mundo con su juego de filigranas. Helo aquí: “Verlo jugar, bien valía una tregua y mucho más. Cuando Pelé iba a la carrera, pasaba a través de los rivales como un cuchillo. Cuando se detenía, los rivales se perdían en los laberintos que sus piernas dibujaban. Cuando saltaba, subía en el aire como si el aire fuera una escalera. Cuando ejecutaba un tiro libre, los rivales que formaban la barrera querían ponerse al revés, de cara a la meta, para no perderse el golazo”.

Tal vez el estudio más profundo sobre fútbol lo escribió Desmond Morris, el reputado científico inglés que publicó innumerables obras de carácter antropológico y sociológico que hoy constituyen obligada referencia en el mundo académico. Es autor de El mono desnudo, pero su incursión en el deporte lo llevó a escribir El deporte rey: ritual y fascinación del fútbol, un monumental libro de gran formato publicado por Editorial Argos Vergara, de Barcelona, en 1981. Se trata de una obra de 238 páginas, profusamente ilustrada, y cuyo título original en inglés es The Soccer Tribe.

En 42 largos capítulos, Morris desentraña los aspectos vitales de la Tribu del Fútbol, tal como lo llama, mediante una mirada panorámica a rituales, reglas, tácticas, estrategias, ancestros, colores, cantos, castigos, lenguajes, ideologías, cacicazgos y demás componentes de ese fenómeno que deslumbra al mundo, y que pareciera un universo autónomo en el que no están exentos el arte, la danza y la música. La visión del autor, y su incursión en el balompié, nos aproximan también a las raíces primitivas, a los héroes y jefes de la tribu, al igual que a la lengua tribal, sin excluir a los millones de seguidores; es decir, nosotros, simples espectadores que, en ocasiones, rendimos culto a esos héroes y disfrutamos y sufrimos con aquellas representaciones simbólicas que, en su momento cumbre, se asemejan a una partida de ajedrez.

La introducción del libro, de por sí, es fascinante. Morris señala lo siguiente:

El animal humano es una especie extraordinaria. De todos los sucesos de la historia humana, el que convocó una mayor audiencia no fue un gran acontecimiento político ni una celebración especial de algún logro complejo en las artes o las ciencias, sino un simple juego de pelota: un partido de fútbol. Un día de junio de 1978, más de mil millones de personas presenciaron el encuentro final de la Copa del Mundo entre Holanda y Argentina. Esto significa que alrededor de un cuarto de la población total del mundo dejó lo que estaba haciendo y centró su atención en una reducida parcela de hierba de Sudamérica, donde veintidós personas con un atuendo de brillantes colores pasaron noventa minutos dando puntapiés a una pelota en un frenesí de esfuerzo y concentración.

El amplísimo estudio de Desmond Morris demuestra que el fútbol es más que un juego.

Los más grandes apasionados del fútbol, coleccionistas de notas, de frases y de crónicas y reportajes, se han encargado de recopilar expresiones de escritores consagrados y de intelectuales de barba y bigote. Las referencias circulan por todas partes, pero también pueden ser extraídas de sus ensayos, libros y entrevistas concedidas y en las que no ha faltado el tema del balompié. El amplísimo estudio de Morris demuestra que el fútbol es más que un juego: es un universo paralelo simbólico cuyo misterio interior aún no ha sido develado. He ahí la magia y el embrujo del deporte rey que cuenta con las más difíciles frases por parte de escritores y de encumbrados intelectuales u hombres del arte y la cultura.

Vladimir Nabokov, el escritor estadounidense de origen ruso, autor de la famosa novela Lolita, no sólo fue arquero en su natal Rusia, sino que desempeñó la misma posición en el equipo Trinity College cuando estuvo vinculado a la Universidad de Cambridge. Entre su inconmensurable producción se destaca Habla, memoria, un libro de 316 páginas publicado en 1986 por Editorial Anagrama, de Barcelona, en versión española, con traducción de Enrique Murillo. Se trata de una obra autobiográfica por la que desfilan sus fantasmas y sus sueños, su vida y su peregrinaje. Y también el fútbol:

De todos los deportes que practiqué en Cambridge, el fútbol ha seguido siendo un ventoso claro en mitad de un período notablemente confuso. Me apasionaba jugar de portero. En Rusia y en los países latinos, ese intrépido arte ha estado rodeado siempre de un aura de singular luminosidad. Distante, solitario, impasible, el portero famoso es perseguido por las calles por niños en éxtasis. Está a la misma altura que el torero y el as de la aviación en lo que se refiere a la emocionada adulación que suscita. Su jersey, su gorra de visera, sus rodilleras, los guantes que asoman por el bolsillo trasero de sus pantalones cortos, le colocan en un lugar aparte del resto del equipo. Es el águila solitaria, el hombre misterioso, el último defensor.

Al poeta escocés Alastair Reid, gran amigo de los Premios Nobel de Literatura Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, y traductor al inglés de Jorge Luis Borges y de Pablo Neruda, se le atribuye la siguiente frase: “Si un marciano preguntase qué es el fútbol, un vídeo del partido Brasil-Perú del Mundial de México de 1970 lo convencería de que se trata de una elevada expresión artística”. Se refería al encuentro que protagonizaron las dos selecciones en el estadio de Guadalajara y en el que brillaron estrellas como Pelé, Rivelino, Tostao, Gérson, Jairzinho; Chumpitaz, Cubillas, Sotil y Gallardo. Brasil ganó 4-2 en los cuartos de final, pero el campo de juego fue convertido en una especie de alfombra en la que se sucedieron desplazamientos de ballet, toques artísticos de balón y goles de impecable factura estética.

Vargas Llosa fue también seguidor del Real Madrid y admirador rendido de Pelé, el artista del fútbol que lo deleitó con sus cabriolas increíbles.

Por su lado, el peruano Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura en 2010, ha mantenido una feliz relación con el fútbol, pese a ser una faceta poco conocida de su existencia. Sus primeras incursiones están en los cuentos que escribió y con los que inició una fructífera y exitosa carrera literaria. En el libro Los jefes… y otros cuentos, publicado por Salvat Editores, España, en 1982, aparecen varios relatos en los que se menciona el fútbol, entre ellos “Los cachorros”, la historia de Pichula Cuéllar, que reaparecerá en otras obras de Vargas. En su libro autobiográfico, de 275 páginas, El pez en el agua, publicado en España en 1993 por la Editorial Seix Barral, de Barcelona, Vargas Llosa señala: “Recuerdo mucho la visita al viejo estadio de la calle José Díaz, a las graderías de popular, a ver el clásico Alianza Lima-Universitario de Deportes. Eduardo y Jorge eran hinchas del Alianza y Pepe de la U y yo me hice también, como éste, fanático del equipo crema, y pronto tuve, en mi dormitorio, fotografías de sus cracks: el espectacular arquero Garagate, el defensor y capitán Da Silva, la saeta rubia, Toto Terry, y, sobre todo, el famosísimo Lolo Fernández, gran centro delantero, caballero de la cancha y goleador”.

Pero no sólo lo anterior. Vargas Llosa fue también seguidor del Real Madrid y admirador rendido de Pelé, el artista del fútbol que lo deleitó con sus cabriolas increíbles y sus desplazamientos de pantera. De igual forma, para el Mundial de España 82 cargó su pluma y cubrió gran parte del torneo en condición de corresponsal permanente de los diarios ABC, La Vanguardia y El Comercio. En una de sus colaboraciones escribió que el fútbol es “como un fenómeno contemporáneo elevado a la categoría de religión laica, la más practicada de todas”. Y agregó que “un partido puede ser una novela, por supuesto, porque tiene un arranque, un desarrollo, unos momentos de intensidad emotiva, con finales felices y a veces trágicos. La crítica de fútbol es una formidable máquina creadora de mitos, un espléndido surtidor de irrealidades que alimenta el apetito imaginario de vastas multitudes”.

Ahora bien, la pintura tampoco está exenta de los relámpagos artísticos del balompié. Las obras, a veces colecciones, registran momentos en los que jugadores lucen como guerreros y generales de época: Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos, Pep Guardiola, Antoine Griezmann, Thierry Henry, Gianluigi Buffon, Fernando Torres, Diego Maradona, Eric Cantona, Zinedine Zidane, Mohamed Salah, Leo Messi, Jurgen Klopp, entre otros. La colección Como los dioses es del artista italiano Fabrizio Birimbelli y fue expuesta por primera vez en el Museo de San Petersburgo en medio de la escenificación del Mundial de Rusia 2018.

También está la colección de retratos del artista plástico estadounidense Andy Warhol, quien contribuyó con su talento y su arte al nacimiento del pop art. Allí figura el retrato de Pelé, quien forma parte de una serie de diez campeones deportivos. Asimismo, el pintor Ben Webster dejó constancia, en una pintura clásica de 1939, de la manera como se jugaba el fútbol en el siglo XIX. Tampoco escapan a esta seducción artística los pintores españoles Joan Miró, autor del afiche del Mundial de España 82, ni el genial Pablo Picasso, quien realizó un estudio con el propósito de que sirviera de base para la elaboración de una escultura que se llamaría Futbolistas.

En cuanto a las esculturas, la producción de calidad artística es más escasa, pero lucen desperdigadas por el mundo miles de obras dedicadas a jugadores emblemáticos que han trascendido por su juego en la cancha y por sus acciones espectaculares. La mayoría, hay que decirlo, son monumentos deformados que desfiguran el propósito del homenaje artístico. Al igual, en el plano de la arquitectura, los estadios de fútbol, excepciones hechas de los verdaderos templos construidos a partir de elementos estéticos imborrables.

Zadoc, el sacerdote, de Friedrich Händel, luego de los arreglos del compositor inglés Tony Britten fue convertido en el himno de la Liga de Campeones de la Uefa.

¿Y la música clásica? Pues, allí está, en primer lugar, Zadoc, el sacerdote (Zadok the priest), el himno que el músico barroco Friedrich Händel compuso a Jorge II de Gran Bretaña, y el cual, luego de los arreglos del compositor inglés Tony Britten, fue convertido en el himno de la Liga de Campeones de la Uefa. Por otra parte, la famosa aria La donna e mobile, de la ópera Rigoletto, de Giuseppe Verdi, es cantada por los hinchas y las barras, en versión futbolística, en muchos estadios de Europa. Algo similar ocurre con La edad de oro, un ballet ruso escrito en 1929 por Dmitri Shostakóvich, gran aficionado y seguidor del club Dínamo de Leningrado. El ballet narra las vicisitudes de un equipo de balompié soviético en tierras capitalistas.

En fin, se trata de un breve recorrido por el fútbol y su relación con algunas manifestaciones artísticas, que tiene la intención de mostrar la estrecha ligazón existente y esa especie de retroalimentación que se inclina más hacia el aporte del balompié, el cual ha servido, desde siempre, de inspiración a los creadores, fabuladores y constructores de sueños e ilusiones. El fútbol, en sí mismo, es una expresión sublime que jugadores, individualmente considerados, y equipos en condición de colectivos armónicos y coordinados, se encargan de revelar en el tapete verde de las canchas del mundo. Como un ballet, en algunas ocasiones; como una danza, en otras. O, a la larga, como una coreografía alrededor de un esférico esquivo al que pareciera rendírsele adoración durante noventa minutos.

Pelé y Maradona han sido los máximos representantes de ese fútbol-arte. Los reyes indiscutibles, los amos absolutos que dejaron huellas inolvidables y cuyas vidas merecen ser perpetuadas hasta el fin de los tiempos. Ellos son los artífices de esta prolongación del balompié en el que cada danzarín busca un puesto en la historia. Así, todos los domingos asistimos a los estadios o nos sentamos frente al televisor para ver el arte de un juego colectivo o los destellos de un jugador que nos haga recordar algún instante histórico de los artistas del esférico.

Jaime de la Hoz Simanca

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio