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Diarios de guerra (14)
“Las catástrofes siempre ocurren en días soleados”
(primera carta a Hélène Berr sobre sus Diarios: 1942-44)

viernes 1 de noviembre de 2024
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Hélène Berr
La experiencia de Hélène Berr (1921-1945) es la de la Francia que se solidarizó con los perseguidos y nunca fue derrotada.
Diarios de guerra, por Carlos Balladares CastilloLlevar una bitácora en medio de la tormenta de la guerra se convierte en un archivo de los sentimientos más sinceros, de las sombras y luces de la persona. En esta serie epistolar, el venezolano Carlos Balladares Castillo escribe principalmente sobre diarios de la Segunda Guerra Mundial, pero también sobre otros subgéneros de la llamada literatura autobiográfica como las memorias y las autobiografías.

 

Querida Hélène:

¿Cuántos diarios íntimos sobre la Segunda Guerra Mundial siguen esperando por darse a conocer? ¿Cuántas joyas de la literatura autobiográfica se perdieron para siempre en un incendio, en la basura, en la tragedia de esos años o simplemente en algún descuido posterior a 1945? Lo mejor es no pensarlo y hacer como tú nos enseñas en el vuestro: admirar el momento. Si algo maravilloso tienen tus escritos es esa permanente actitud de descubrir la belleza que te rodea. De esa forma escribes en la primera entrada (7 de abril de 1942; de acá en adelante sólo señalaremos día y mes, porque esta primera carta sólo se refiere a ese año), al relatar la gran emoción que sentiste cuando recogiste el libro que te dejó Paul Valéry y tenía una dedicatoria con un poema: “El júbilo me ha inundado, una alegría que confirmaba mi confianza, que armonizaba con el sol alegre y el cielo azul completamente límpido por encima de las nubes algodonosas”. Los textos de Ana Frank fueron conocidos a sólo dos años de terminada la guerra, pero tú, que has sido llamada “la Ana Frank de Francia”, tuviste que esperar sesenta años.

El ser humano tiende a la tristeza ¡y ni se diga en momentos de crisis o dificultades como una guerra! Hay que cultivar la voluntad y usar nuestra razón y sentidos para animarnos, y esto se logra desarrollando la educación (espíritu o percepción) estética. Tienes veintiún años al iniciar el Diario y lo haces perfectamente. “Pensemos en otra cosa. En la belleza irreal de este día de verano en Aubergenville. El día ha transcurrido de manera perfecta, desde la salida del sol, lleno de frescor y promesa, luminoso, hasta la tarde tan suave y serena, tan tierna, que me ha bañado hace un rato” (11 de abril). Tus estudios universitarios de literatura en La Sorbona son alegres, porque el solo hecho de llamar a las personas por los autores que les gustan y no dejar de escribir sobre lo que lees, demuestra la gran pasión que sientes por los libros, ¡por el arte! La vida aburguesada de tardes de meriendas escuchando discos o tocando música, y el coqueteo con algunos compañeros de la universidad, se perciben tan lejanos a la barbarie de la guerra.

No he encontrado en tus escritos muchas referencias a la naturaleza de los diarios, salvo el 15 de abril cuando lo justificas: “Escribo aquí porque no sé con quién hablar”, y el 4 de mayo cuando te preguntas: “¿Un día destruiré estas páginas (...)?”. La realidad, considero, es que nunca encontraremos a esa “alma gemela” que pueda escuchar atentamente todo lo que queremos decir y comprendernos. Y no lo haremos porque no existe, porque el diario es un diálogo con nuestra conciencia, y el otro es eso: el diferente. Sólo podemos compartir y complementarnos, y tú lo lograste con tu familia, tu padre a quien tan cariñosamente describes, tus amigos y Jean Morawiecki (J. M.). Pero el diario también es un testimonio, y de esta forma una fuente primaria para los que anhelamos comprender una época. Y finalmente es una prueba de nuestra humanidad, del ser personas y por tanto únicos e irrepetibles siempre en diálogo con nosotros mismos y con los demás. Con una dignidad que los nazis y sus colaboradores (el gobierno del mariscal Philippe Pétain) intentaron destruir y arrebatar, pero no pudieron. Y de esa manera tú y yo dialogamos en el tiempo.

El colaboracionismo francés no era sólo del Estado, sino también de los que no veían el mal de la ocupación o el Tercer Reich, ¡y el terrible derrotismo en el que muchos se encerraron en sus mundillos privados! Me gustó tanto cuando al discutir con “Sparkenbroke” sobre el resultado de la guerra, tú le haces una pregunta retórica ante su confianza en que Adolf Hitler obtenga la victoria: “¿Qué será de nosotros si ganan los alemanes?”, y él te responde: “¡Bah! No cambiará nada. Siempre existirán el sol y el agua...”. Y de manera contundente dijiste la gran verdad del totalitarismo nazi: “¡Pero no a todo el mundo le dejan disfrutar del sol y del agua!”.

Toda la belleza y la alegría tendrán que enfrentar el terrible contraste de las medidas contra los judíos a partir de junio de 1942. A diferencia del este de Europa, donde se establecieron tempranamente todas las prohibiciones, llevar la estrella de David, el encierro en los guetos, el asesinato por cualquier cosa y los campos, en Francia los hebreos sólo fueron censados a los cuatro meses de la ocupación y se les prohibieron ciertos empleos (Estado, docencia, prensa, radio y cine), salvo el caso de los extranjeros. La vida de la familia del vicepresidente de la Sociedad Kuhlmann (industria química), Raymond Berr, tu padre, no se vio afectada, hasta que el primero de junio deben llevar la “estrella amarilla”, a la que te opones, pero después lo reconsideras y te das cuenta de que “no llevarla me parece una cobardía con respecto a quienes la llevan” (4 de junio). “El frescor, la belleza, la juventud de la vida, encarnada por esta mañana límpida; la barbarie y el mal, representada por esta estrella amarilla” (8 de junio).

En la descripción de la actitud de la gente hay más personas solidarias que ofensivas, pero igual las autoridades te obligan a ir en el último vagón del Metro y “era como si llevara en la frente una marca al rojo vivo” (9 de junio). Y lo peor ocurrirá días después, cuando envíen a tu padre al campo de Drancy por unas semanas debido a que la llevaba “mal cosida”. “Yo no entendía muy bien toda aquella belleza de París una mañana radiante de junio. Siempre hace bueno en las catástrofes” (24 de junio). Y después vendrá la redada del Velódromo de Invierno (16 y 17 de julio), de la que son avisados, pero que no les toca por varias condiciones que los protegen: franceses desde hace doscientos años, padre combatiente en la Gran Guerra y lo que finalmente terminará salvándolo temporalmente: su nivel social. Todo eso te transformará y te dedicarás a ayudar a la comunidad judía, donde verás el sufrimiento de tantas familias separadas y cuidarás a los niños cuyos padres son deportados. El 22 de septiembre liberan a tu padre (al parecer gracias a un chantaje con la empresa) y a finales de noviembre tu novio se unirá a la Resistencia huyendo de Francia, y dejas de escribir hasta agosto y octubre de 1943.

Al final, tu experiencia es la de la Francia que se solidarizó con los perseguidos y nunca fue derrotada. “Las amistades que se han forjado aquí, este año, tienen la impronta de una sinceridad, una profundidad y una especie de honda ternura que nadie podrá conocer nunca. Es un pacto secreto, sellado en la lucha y las penalidades” (19 de julio). El mes que viene debo escribirle a otra joven (de veintisiete años), pero esta vez de Holanda: Etty Hillesum, la cual decide ir a un campo para ayudar.

 

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Carlos Balladares Castillo

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