
Llevar una bitácora en medio de la tormenta de la guerra se convierte en un archivo de los sentimientos más sinceros, de las sombras y luces de la persona. En esta serie epistolar, el venezolano Carlos Balladares Castillo escribe principalmente sobre diarios de la Segunda Guerra Mundial, pero también sobre otros subgéneros de la llamada literatura autobiográfica como las memorias y las autobiografías.
Diciembre de 2022
Querido joven:
El primer sentimiento, la primera percepción que tengo al recordarte en el 80º aniversario de esa Nochebuena en medio del sitio de Stalingrado, es sólo de admiración. Quiero estar unido a ti por los vínculos indestructibles de nuestra común humanidad. No juzgaré, aunque tampoco voy a ocultar los pecados comunes de la guerra —¡en especial las del Tercer Reich y su criminal guerra de exterminio! Una rápida revisión de las memorias, cartas y diarios del kessel (sitio que duró desde el 23 de noviembre hasta la rendición a principios de febrero), en medio de la más sangrienta y cruel batalla de la historia (del 23 de agosto de 1942 al 3 de febrero de 1943), es la vivencia del significado fundamental de la Navidad, cuya síntesis puede verse en la imagen de la Madona de Stalingrado con sus palabras: “Licht, Leben, Liebe” (“Luz, vida, amor”) y el acuerdo común de ser la más hermosa de todas. Por un momento hubo un halo de esperanza. Me pregunto: ¿cuántas conversiones? ¿Cuánta paz y serenidad para aceptar el sufrimiento y darle un sentido salvífico? Pero también cuánta frustración y vidas perdidas.
Todos nosotros formulamos por escrito la historia de nuestro tiempo cuando volvemos la vista hacia el pasado y, en cierta medida, luchamos en las batallas de hoy con trajes de época. Pero quienes sólo escriben sobre la historia de su propio tiempo no pueden comprender el pasado y lo que éste trajo consigo (Eric Hobsbawm, 1992, Los ecos de la Marsellesa).
Mi generación y la que le ha seguido son débiles: se quejan por verdaderas tonterías. Son ustedes un ejemplo de vivir la Navidad cuando ya no quedaba ninguna esperanza. Porque el 24 de diciembre de 1942 poco a poco se fueron enterando de que el Ejército que intentaba salvarlos retrocedía a poco más de cuarenta kilómetros de donde estaban ustedes. Pero más admiro el hecho de que valoraran tanto la Nochebuena que, a pesar de estar sitiados y contar con pocos alimentos, fueron guardando algunos para celebrar ese momento. El máximo comandante, el general Friedrich Paulus, no estaba de acuerdo en generar “falsas expectativas” de rescate o estimular la esperanza. Sé que me dirás que muchos no tuvieron ese estado de ánimo del cual hablo y así podemos leer en Las últimas cartas de Stalingrado: “Desgraciadamente la Navidad no fue muy bonita (...) y en esta mi cuarta Nochebuena en guerra, esta vez la fiesta fue la más triste de todas”. Y peor aún es la fría certeza del profesor de la Universidad de Gotinga de 34 años y que era parte del 544º Regimiento de Infantería:
Para Navidad ya habíamos comprendido lo absolutamente desesperada que era nuestra situación. No había ayuda ni iba a haberla. Todos y cada uno de nosotros éramos conscientes de ello, pero nos daba miedo admitirlo. Sabíamos que estábamos condenados. Pero, a pesar de ello, a la mayoría de nosotros ni se nos pasaba por la cabeza la idea de rendirnos. Nos habían encargado la misión de contener el mayor número posible de tropas rusas, unas tropas que de lo contrario serían enviadas hacia el Cáucaso y Rostov (teniente Max Hütler, 6-II-1943, “Interrogatorio del prisionero de guerra por el comandante Koltinin”, en Jochen Hellbeck, 2012, Stalingrado: la ciudad que derrotó al Tercer Reich).
¿Cómo se logra construir la esperanza cuando ya no hay esperanzas? Muchos de ustedes “viajaron” con todo el poder de la memoria a aquellas maravillosas navidades de la niñez, del hogar y la familia. En su mente sonaron los villancicos y comenzaron a cantarlos entre todos, en especial uno de los grandes legados de la cultura alemana para toda la humanidad: Stille Nacht, Silent Night, Noche de paz, noche de amor. Aunque no es precisamente en Stalingrado pero sí en otra ciudad ocupada del Frente Oriental, otro combatiente relata en sus memorias esa noche:
El canto (de trescientos soldados según él) se elevaba poderosamente cantado a varias voces. No sé si es a causa de las condiciones en que se desarrollaba aquella noche de Navidad, pero no creo haber oído después nada tan bello. Todos los recuerdos de mi primera juventud tan reciente me volvían a la memoria por primera vez desde que era soldado (...). En todo el frente millares de soldados debían cantar como ellos (...). Ignoraba que mis camaradas del VI Ejército, donde se encontraba uno de mis tíos, morían a millares en el infierno de Stalingrado (Guy Sajer [Guy Mouminoux, soldado alsaciano de la Wehrmacht], 1967, El soldado olvidado).
A pesar de la suciedad y sus piojos, del mayor frío que se puede padecer (menos de 20 grados bajo cero), del bombardeo permanente del Ejército Rojo, ¡incluso en ese momento!, el mayor milagro de todos se había dado: Dios se hizo uno de nosotros. La muerte y la maldad no tenían la última palabra en la historia. Se sentían amados por su lejana familia, por los compañeros de armas que dieron su vida en el intento de rescate y los pilotos que seguían volando en el puente aéreo en medio de las peores condiciones climáticas para llevarles algo de comer.
Algunos cuentan que hubo una pequeña tregua entre enemigos gracias a la música. Un violinista ruso tocó el Oratorio de Navidad de Johan Sebastian Bach, y cuando ustedes lo escucharon le gritaron: “Por favor, toquen algo más de Bach. Nosotros haremos un alto el fuego”. Pero mi historia preferida es la de la Madona de Stalingrado que pintó el médico y pastor evangélico Kurt Reuber en la parte posterior de un mapa ruso de 105 por 80 centímetros, la cual hizo del búnker-hospital donde trabajaba un santuario de peregrinación. La Virgen está sentada como en el suelo y parece que hace mucho frío, pero ella protege y le da calor y cariño a su hijo, el Hijo de Dios. Cuenta su autor:
Cuando abrí la puerta navideña, la puerta de tablas de madera de nuestro refugio, y los camaradas entraron, quedaron como fascinados, devotos y afectados, sin decir ni una palabra, con un silencio total por delante de la pared de barro, en cuya parte inferior ardió un haz de leña. Ellos leyeron las palabras “Luz, vida, amor”.
¡Nunca calles, soldat, y que tu vida, ofrecida muchas veces por un falso ideal, otras por la patria y otras por el camarada de trinchera, no sea en vano! Y no será en vano si puedes seguir diciéndonos algo a pesar del tiempo. Con gran expectativa escribiste: “¿Pensasteis todos en mí la noche de Navidad?”. Sí, he pensado en ti desde un lejano país en otro continente y otra época, y de esa forma pude escribirte. Y no olvidemos a aquel soldado que en su diario escribió el 25 de diciembre de 1942: “¡No hay nada como la Navidad!” (Diario de un miembro del 201º regimiento Panzer en el Frente de Stalingrado). ¡Que la Madona de Stalingrado nos proteja siempre, tal como hace con el Niño Dios, de los horrores de la guerra! ¡Y que ese horror desaparezca de la faz de nuestro mundo al cumplirse las palabras del ángel en la Nochebuena: “Gloria a Dios en el Cielo y en la Tierra paz a los hombres de buena voluntad”!
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