
Allá por la década de 1950, en mi lejana niñez, y apenas abandoné mi estado de analfabetismo, tíos y tías de ambas ramas de mi familia solían incurrir en el edificante y maravilloso vicio de enriquecer mis sucesivos cumpleaños con el regalo de libros de cuentos, que eran de inmediato agradecidos, leídos y gustados por mí.
Tal vez ese contacto primerizo con el papel impreso, con los relatos, con la imaginación, con las ilustraciones... hicieron germinar el hábito que perdura en mí hasta el día presente: entregarme al inagotable placer de la lectura.
Si no me falla la memoria remota, me atrevo a afirmar que el primero que recibí, de manos del hermano menor de mi madre, era obra de Constancio C. Vigil y se titulaba El Sombrerito (“Sombrerito” con mayúscula, pues tal era el nombre de la escuela rural donde ejercía la admirable maestra Lucía).
No leí la colección completa de los cuentos de Vigil (eran veintidós volúmenes), pero sin duda disfruté de alrededor de una decena de ellos.
En mi casa, a modo de fósil de las lecturas de mis hijos, quedó, entre otros libros, esta edición, más moderna, de El Bosque Azul:

Sin embargo, la que hizo las delicias de mi infancia fue esta otra (inexplicable, o estúpidamente, perdida para siempre y sin duda por mi culpable negligencia):

Llegado a este punto (al que, por otra parte, quería deliberadamente llegar), confieso que, tras siglos de haber leído (y olvidado) millares de páginas de narradores de toda índole, la historia de El Bosque Azul continúa encantándome de la misma manera en que me encantó alrededor de la primera década de mi existencia. En suma: ¡es un libro precioso!
Muchos años más tarde, en octubre de 2020, publiqué en el diario La Prensa, de Buenos Aires, un trabajo donde intenté señalar que, por unas cuantas razones, El Bosque Azul continúa y continuará vigente.
He aquí el artículo en cuestión:
El muliñán y el pelidonte
Cuando alguien le atribuyó la nacionalidad uruguaya a Macedonio Fernández, éste respondió con una de sus geniales humoradas: “No tengo de uruguayo más que la circunstancia de haber vivido siempre en Buenos Aires”.
Tal broma constituye una hipérbole, aunque puede aplicarse a muchas personas que, nacidas en la orilla izquierda del río de la Plata, han preferido afincarse definitivamente en la diestra margen.
Es el caso de Constancio C. Vigil. Nacido en Rocha en 1876, se radicó en 1903 en Buenos Aires, hasta su fallecimiento en 1954. Empresario de éxito, fundó la Editorial Atlántida, donde nacieron revistas de extensa trayectoria, como Billiken y El Gráfico.
En mi infancia, ¡cuánto he disfrutado con “los cuentos de Vigil” (como, genéricamente, se los llamaba)! Eran libros de tapa dura y anaranjada, y se hallaban profusamente ilustrados, no sé si todos, pero sí unos cuantos, por Federico Ribas.
La colección constaba de veintidós títulos: el primero era Misia Pepa; el último, El casamiento de la comadreja. Este orden no es cronológico, pues el cuento primigenio fue La hormiguita viajera (1927).
A la vejez, viruelas: unas seis décadas más tarde se me ocurrió releer algunas de aquellas historias que, en ediciones modernas —me hicieron añorar las de mi niñez—, quedaron en casa como reliquias de mis hijos. Y confieso que, aunque cargado (o, quizás, indigestado) de tantos años de lecturas de toda índole, encontré en ellas un dulce placer antiguo.
Me encantaron en especial las que podríamos llamar “arbitrariedades míticas”, presentadas por Vigil como verdades inconcusas.
El Bosque Azul empieza con esta “verdad”:
Parece que todos los animales que están en el mundo entraron por las tres puertas que había al principio. Por una puerta pasaron los que andan en el agua; por otra, los que vuelan, y por otra, los animales que viven en la tierra.
Por esta última puerta entraron, antes que todos, el elefante, el león, el tigre y el oso, y la cerraron, para que no entrara nadie sin su permiso.
Me vi obligado a preguntarme: “Entonces, ¿qué ocurrirá ahora?” y, por ende, a continuar la lectura.
Un visitante extraño
Después de algunos episodios, siempre amenos, arribamos al momento en que se presenta un animal de curiosa anatomía:
En uno de aquellos días llegó a la puerta de entrada de los animales terrestres uno que poseía cuatro patas escamosas y largas, amplia cola con plumas blancas y negras, el pico chato y los ojos grandes, que tenía en la barriga plumas y en el lomo un caparazón como el armadillo llamado mulita.
Este animal tan raro golpeó la puerta y esperó que le abrieran para entrar.
El recién llegado suministra desconcertantes respuestas:
El elefante preguntó:
—¿Su nombre?
—Muliñandupelicascaripluma.
—No entiendo. Escríbalo.
—No sé escribir.
—Bien. ¿Usted quiere entrar en el mundo?
—Para eso he venido.
—¿Usted sabe que aquí todos trabajan y que es preciso ser útil en alguna forma?
—Desde luego que, si usted lo dice, así ha de ser.
—Usted no tiene trompa. ¿Cómo hace para comer?
—Como se puede.
—¿Y qué es lo que usted come?
—Lo que venga.
El muliñandupelicascaripluma se revela devoto de las respuestas evasivas, de manera que podríamos adscribirlo a la onerosa caterva de políticos argentinos:
El león dijo:
—¿Cuáles son los servicios que prestará usted en el mundo?
—Los que me correspondan —fue la respuesta.
—¿De qué se alimenta usted? —preguntó el león.
—De lo que conviene —contestó él.
A moción del hipopótamo, “que había probado repetir en voz baja aquel nombre tan largo y que, al hacerlo, se fatigaba mucho”, la asamblea de animales del Bosque Azul resuelve, por fin, abreviar el nombre muliñandupelicascaripluma en el más sencillo muliñán, y así continúa hasta el fin de la historia.
El Bosque Azul se publicó en 1943. Aunque mi admiradísimo Marco Denevi tenía ya más de veinte años,1 no se privó de leer tan hermoso relato. Su cuento “Decadencia y caída”2 narra la aparición, en una casa “aristocrática” de Buenos Aires, de cierto animal extraño y, a la postre, catastrófico:
[...] dije el pelidonte. Es el apelativo que, en vista de que nadie sabía el nombre del animal, le adjudicó el niño Juan José. Después supe que para ese bautismo se había inspirado en un cuento del señor Vigil, que habla de cierto animal llamado pelicascariplumidonte o cosa así, pero como pelicascariplumidonte es muy largo y muy difícil de pronunciar lo abreviamos a pelidonte.
Como conviene a todo fabulador, Denevi, por comodidad narrativa y al igual que los asambleístas del Bosque Azul, prefirió abreviar el nombre del animal.
Y, aunque yo creí haber olvidado por completo la historia del muliñán, leída acaso hacia 1950, lo cierto es que ella permaneció agazapada en algún recoveco de mi memoria, pues más de un reflejo de ella aparece (y a mucha honra) en mi cuento “El conejo de Ushuaia”.3
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Notas
- La fecha de nacimiento que se da habitualmente (1922) es errónea. Denevi nació en 1920, como lo demostró Juan José Delaney en su libro Marco Denevi y la sacra ceremonia de la escritura (Buenos Aires, Corregidor, 2006).
- En Hierba del cielo (Buenos Aires, Emecé, 1970).
- En El crimen de san Alberto (Buenos Aires, Losada, 2008).


