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Insistencia por Arguedas

lunes 30 de noviembre de 2015

José María ArguedasHace cuatro años, cuando conmemoramos los cien años del nacimiento de José María Arguedas, tuve la oportunidad de participar en el seminario organizado por la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco con una ponencia que titulé “Por qué leer a Arguedas en el siglo XXI”; el texto tenía más preguntas que respuestas, y varias de ellas, preguntas y respuestas, han ido cambiando con el tiempo a medida que participaba en otros eventos académicos donde se hablaba del maestro andahuaylino o accedía a nueva información sobre su obra o su vida. Algunas de las preguntas pendientes han podido ser contestadas al leer este libro, o mejor, algunas de esas preguntas se han podido responder en mayor medida gracias a lo que en este libro se plantean también como preguntas, pues tratándose de la obra de José María Arguedas no se puede agotar su interpretación, análisis o indagaciones, pero sobre todo no se puede agotar la emoción que causa la lectura de sus obras, ni menos arrogarnos el derecho o la virtud de hacernos dueños de la verdad. Quienquiera decir algo sobre la vida u obra de Arguedas corre el riesgo, a estas alturas, de repetir lo que se ha dicho antes, reiterar lugares comunes o caer en ridículo ante el entendimiento general que se tiene sobre la herencia cultural, literaria y científica de Arguedas. No soy la excepción en esta riesgosa ruta.

Este texto fue leído en la presentación del libro Todas las sangres, cincuenta años después, de Carmen María Pinilla, en la Feria Internacional del Libro de Cusco 2015.

La lectura de las entrevistas, ensayos y testimonios que reúne el libro Todas las sangres, cincuenta años después, que Carmen María Pinilla nos ofrece hoy, nos permite confirmar algunas ideas que por más de medio siglo han rondado en la cabeza de los peruanos (de los peruanos que quieren cambiar el Perú, por supuesto) con la esperanza de que no sean ciertas o de que si lo son puedan ser superadas. Términos e ideas abstractas como inclusión, autonomía, respeto mutuo, igualdad de oportunidades, interculturalidad, comunicación horizontal, eliminación de la pobreza, libertad, ciudadanía, reivindicación social, integración, han sido no solo ofrecidos a los pueblos de todas las latitudes como cosas concretas, sino que además han sido reinventados, mal usados, comercializados y, como la idea del indigenismo, han perdido su esencia y ya nadie cree en ellos. A pesar de esto, tanto algunos agentes del Estado como las organizaciones que sirven de nexo político y social entre Estado y población, y la propia población organizada o no, siguen haciendo esfuerzos, a veces con recursos y actitudes desmedidas, para que algo de este ofrecimiento se cumpla.

En este libro tenemos a un Arguedas “actualizado” por la mirada de tres intelectuales que desde hace cincuenta años lo admiran, respetan, critican y valoran.


Arguedas era consciente de este problema; pocos le prestaron atención en su oportunidad y, lo que es peor, otros trataron de desprestigiarlo, descalificarlo. Incluso hoy, cincuenta años después de publicada su novela Todas las sangres, no faltan quienes consideran un mito esto de la convivencia y permanente conflicto entre las culturas que conforman nuestro país, o mejor: el territorio dentro del cual convivimos tratando de conformar una nación. No va a ser posible construir esa nación mientras haya peruanos prejuiciosos, centralistas, egocéntricos, corruptos e insensibles. Y mientras el Estado siga insistiendo en vanos proyectos de integración y filosofías de tolerancia y no en una educación de respeto a la diferencia y a las particularidades. Si Arguedas hubiera creído en la integración, habría titulado su novela como “Nuestra sangre” o “La sangre del Perú”, y no Todas las sangres, con lo que podíamos entender que el Perú es diverso.

Ningún discurso será coherente si seguimos negándonos a nosotros mismos. Esta frase podría ser también una interpretación de Todas las sangres. Las muchas lecturas que se han hecho, y aún se hacen, de la obra de José María Arguedas, no sólo sirven para entender su mensaje intelectual ni para descifrar el complejo mundo que le ha tocado vivir sino, sobre todo, deberían servir para comprender la realidad que a nosotros, como lectores y actores de un nuevo orden social, de una nueva época histórica, nos ha tocado vivir, enfrentar y transformar. Hay que repasar las entrevistas a Francisco Miró Quesada Catuarias, Aníbal Quijano y Mario Vargas Llosa para entender mejor este reto de leer a Arguedas en “modernidad”.

Este proceso de análisis de la obra arguediana, aparentemente simple y hasta conceptualmente anacrónico, desfasado, cobra una actualidad importante bajo la premisa de que las anteriores acciones no han derivado en la construcción de una sociedad en la que se superen aquellos puntos críticos que Arguedas ha develado y revelado en su momento. En la mayoría de los casos esas lecturas se han limitado a leer a Arguedas bajo la sombra del indigenismo como manifestación o movimiento cultural y no como plataforma política que busca cambiar las condiciones de la sociedad. Hay, por supuesto, muchas lecturas que desde la obra de Arguedas se ha intentado entender el complejo entretejido cultural peruano y hacer algo para superar sus problemas, pero tal parece que eso no ha sido posible aún, o por lo menos en la medida que esperamos. Esto explicaría, por ejemplo, las crisis violentas de Bagua, Puno o el Valle de Tambo, el aislamiento perpetuo de los pueblos amazónicos, el desorden enloquecido de las nuevas ciudades de la sierra, las contradicciones económicas y sociales en espacios geográficos ricos y reducidos. No hemos dado un paso firme para leer a Arguedas como artista, investigador, político, como ciudadano de su tiempo, para leerlo ahora como artista, investigador, político, pero como ciudadano de nuestro tiempo.

Sería un error, por ejemplo, repasar la obra arguediana como si se tratase de un objeto histórico, como si el conjunto de sus ficciones y trabajos etnográficos conformaran una unidad estancada en un determinado momento, en condiciones específicas, en un proceso histórico ajeno al natural proceso de desarrollo que mueve a una sociedad. Tampoco sería adecuado leer la obra de Arguedas de manera fragmentada, como si cada libro, artículo o conferencia sea una pieza independiente y autónoma y que no afectara al resto de su producción. Aun cuando nuestro interés sea puramente de entretenimiento y goce, el disfrute de un cuento o una novela, un poema o una leyenda, en el caso de Arguedas llama siempre a buscar algo más, y probablemente no nos atrevemos a encontrar ese “algo más”.

Obviamente se hace urgente una lectura compleja, unitaria, celular, de la obra arguediana cuando los espacios académicos y científicos, como este, lo están exigiendo, sin que nos estemos dando cuenta del todo de esta exigencia. Aparentemente la obra de Arguedas se ha elitizado, contrariamente a lo que él mismo hubiese querido, lo mismo que el estudio de la situación de los pueblos andinos, amazónicos o costeños, norteños o sureños, arribeños o abajeños, que en lugar de ser un objetivo a resolver por políticos y gobernantes es un objeto de estudio de científicos sociales o escritores, que finalmente serán tildados de desempleados y subversivos. Tal vez estemos estudiando a Arguedas como a un científico que ha descubierto una fórmula extraña y que aún no sabemos para qué sirve y si la sabemos no podemos aplicarla. Estamos viendo la obra de Arguedas como un producto ficcional, abstracto, y no le estamos dando el valor de actualidad y vigencia estética y política que tiene. Hemos estudiando tanto a Arguedas en los espacios intelectuales que hemos terminado apropiándonos de su obra, tanto la literaria como la sociopolítica, como un tema de estudio académico, y nos hemos creído la idea de que no tenía una propuesta sociopolítica, que en su momento algunos criticaron agriamente. Hay que leer a Arguedas no solamente entre las paredes académicas sino en medio de los baguazos o juliacazos; hay que leerlo con los ojos de los andahuaylinos, los ilaveños, los cajamarquinos, los chimbotanos, hay que leerlo pensando como los costeños, los serranos y los amazónicos, como los norteños, los del centro y los del sur, con el idioma de los quechuas, los aymaras y los asháninkas; es decir, hay que leerlo como peruanos.

En este libro tenemos a un Arguedas “actualizado” por la mirada de tres intelectuales que desde hace cincuenta años lo admiran, respetan, critican y valoran con sus propios esquemas y proyectos políticos y literarios; hay un Arguedas humanista, emotivo y exigente consigo mismo. Está el Arguedas que le confía al poeta Emilio Adolfo Westphalen la lectura de Todas las sangres y se emociona con su opinión porque la considera vital para su publicación.

No me voy a detener en el análisis de los artículos de este libro porque no es el espacio ni el momento, pero debo destacar los ensayos de Martin Lienhard, Gonzalo Portocarrero, Stefano Varece y de la propia Carmen María Pinilla; la aguda mirada sobre temas más concretos de la obra arguediana por parte de Luis Nieto, Alejandro Ortiz, Carla Sagástegui y Cecilia Rivera.

El arduo trabajo de investigación de Carmen María Pinilla, la publicación del libro, su difusión y la atenta expectativa que tienen ustedes por el interminable mundo arguediano, nos demuestran que la insistencia por Arguedas no es un esfuerzo en vano. No nos enriquecemos nosotros si entendemos mejor a Arguedas, se enriquece el Perú.

Alfredo Herrera Flores
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