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El relato iberoamericano desde el “ombligo del mundo”

lunes 14 de noviembre de 2016
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Cusco, espejo de cosmografías, antología del relato iberoamericanoLa mitología andina cuenta que Cusco, otrora capital del imperio del Tahuantinsuyo en el corazón de los Andes, era también conocido como el “ombligo del mundo”, es decir, el centro, el punto desde donde nace la vida y desde donde se irradia la cultura. Como en cualquier nación, imperio o simple villorrio, la casa se siente centro del mundo, y Cusco lo era más allá del egocentrismo de los cusqueños y de quienes celebran la herencia inca en estos tiempos de globalización. La literatura ha hecho lo suyo, también, para instalarse en ese centro cultural para concentrarse y al mismo tiempo esparcir su espíritu: dieciséis narradores iberoamericanos han sido convocados por la joven editorial cusqueña Ceques para conformar una antología del relato en español.

Cusco, espejo de cosmografías, antología de relato iberoamericano (Ceques editores, 2014), se titula el volumen compilado por Karina Pacheco, narradora y editora cusqueña, y prologado por Fernando Iwasaki. Sin embargo, el conjunto no es el resultado de un estudio riguroso sobre algún tema especial o el análisis complejo de las tramas de las historias, es algo mejor: el aporte desinteresado de los narradores para conformar este conjunto que refleja de por sí el espíritu de esta parte del mundo visto por la diversidad.

Iwasaki destaca, por su parte, el carácter generacional de los convocados (todos nacidos en la década del sesenta) y la recuperación del protagonismo de Cusco como centro de una periferia, que en el caso de la literatura el centro se instala en dos o tres capitales iberoamericanas. Esta es una idea confrontacional que viene de lejos en el tiempo y cada cierto tiempo se conversa con el afán de la periferia de captar la atención del centro, o la capital, y desde la capital reiterar su condición de privilegio, precisamente por ser este el espacio que le da valor a la presencia literaria de cualquier autor.

Si bien todos los narradores convocados gozan ya de un prestigio ganado gracias a su talento creativo, todos ellos han tenido que ir venciendo esas vallas que hay en el tránsito de la aldea a la capital, o dicho de otra manera, la ruta hacia la presencia o consolidación literaria.

El escritor peruano Carlos Calderón Fajardo (1946-2015) dijo, en un encuentro de escritores que se realizó en una lejana provincia al sur del Perú, que para existir como escritor había que existir en la capital, empezando por la provincia, hasta llegar a México, Barcelona o Buenos Aires, que podían tranquilamente ser capitales del continente de habla española. Así, quien no existe en la capital no existe en la literatura. La hipótesis parece fácil de comprobar, pero el rumbo de la literatura lleva a los escritores por rutas más gratificantes que la fama o el dinero.

Esta idea de centro y periferia, que en la literatura genera un conflicto entre el ansia de llegar al centro y ser protagonista y el derrotero de ser del centro e ignorar a la periferia, ha marcado los procesos literarios en la mayoría de los países latinoamericanos. Esta antología parece anular este conflicto; si bien todos los narradores convocados gozan ya de un prestigio ganado gracias a su talento creativo, todos ellos han tenido que ir venciendo esas vallas que hay en el tránsito de la aldea a la capital, o dicho de otra manera, la ruta hacia la presencia o consolidación literaria, algo que tal vez no suceda en el pueblo natal.

Desde la ecuatoriana Gabriela Alemán hasta el colombiano Juan Gabriel Vásquez, se configura una suerte de mapa literario donde el denominador común es el espíritu latinoamericano, traducido o reflejado en historias de la vida cotidiana de ciudades como Bogotá o México, o imaginarias y anónimas como las de “Casa tomada”, de la costarricense Ana Istarú; la europea donde sucede un drama muy latinoamericano del peruano Carlos Herrera; o la enigmática aldea de ciencia ficción del boliviano Edmundo Paz Soldán. La cotidianeidad de un barrio y sus personajes en el relato del español Javier Cercas es un punto de quiebre en el conjunto, pues se interna en dramas intrascendentes para descubrir la soledad o la frustración del ciudadano común. El relato policial y psicológico de la cubana Ena Lucía Portela contrasta con el intimista y aleccionador cuento del argentino Andrés Neuman.

Completan el conjunto la uruguaya Claudia Amengual, la salvadoreña Claudia Escudos, la brasileña Leila Guenther, el guatemalteco Eduardo Halfon, la chilena Andrea Maturana, el venezolano Juan Carlos Méndez Guédez, la mexicana Cristina Rivera y la puertorriqueña Mayra Santos-Febres. Ordenados alfabéticamente, como una manera neutra de presentarlos, los autores ya han madurado su expresión literaria y entretejen la condición humana del continente desde sus propias experiencias, sin sacrificar lo aldeano.

Este volumen concentra una mirada general del continente desde las particularidades de sus narradores emergentes.

Sin embargo, sí se puede identificar un hilo conductor de las historias que se han seleccionado, al margen del idioma y lo particular de las nacionalidades, que no se pueden ocultar o disimular, y es el tema de la violencia. Ya se había dicho en conjunto en una reunión académica que lo que une a América Latina no es el idioma o su historia, o la similitud de sus culturas o la herencia de sus naciones ancestrales; es la violencia, una violencia que parece tener el mismo valor en la intimidad del hogar como en el patio de la escuela, en los corredores de las instituciones públicas como en las enmarañadas selvas.

Este volumen refleja esta violencia que recorre nuestros países de manera silenciosa, como una enfermedad instalada en cada célula, y que se manifiesta en las relaciones humanas tensas y desconfiadas, en la distancia que hay entre nuestras culturas, en el prejuicio con que nos enfrentamos al otro, un otro que es en el fondo un único personaje.

Así como en antaño Cusco acogía a las culturas periféricas en un proceso de dominación basado en el poder de las armas y de las alianzas pero sin sacrificar la esencia cultural de cada nación, este volumen concentra una mirada general del continente desde las particularidades de sus narradores emergentes, que luego se harán clásicos y conformarán a su vez la diversa unidad del arte y el artista iberoamericanos. Y así como desde Cusco se irradiaba la cultura a través del idioma, este conjunto también desprenderá sus propuestas literarias, estéticas y políticas hacia sus propios países, sus narradores y sus particulares sueños.

Alfredo Herrera Flores

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