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Presencia de José Ruiz Rosas

• Viernes 31 de agosto de 2018

José Ruiz Rosas

El hombre

Hacia mediados del siglo pasado, un joven limeño, menudo, asmático, proveniente de una familia de artistas con apellido compuesto, llegaba a Arequipa para emprender su vida estudiantil y escapar del maligno clima costeño. Nunca imaginó que esa decisión transformaría su vida más allá de lo planificado, convirtiéndose con el tiempo en uno de los personajes ilustres, queridos y respetados de esta ciudad que lo acogió en silencio pero con cariño.

Los problemas de salud, el infierno de sonidos y humos en que se convirtió su calle, y la ausencia de los hijos, obligaron a don Pepe y a doña Teresa a mudarse a Lima, donde murió el miércoles 29 de agosto.

Pero antes, el joven José Ruiz Rosas había ya dado muestras de una rara inquietud: siendo estudiante en un colegio de Huacho (a donde llegó tratando de sobrellevar el asma) publicó sus primeros poemas. Se matriculó en la Universidad de San Marcos para estudiar Química y luego en la Pontificia Universidad Católica para convertirse en periodista, pero ninguno de los dos proyectos académicos se pudo concretar, pues hizo maletas y se fue al sur, como quien sabe que va a una tierra prometida, a lograr fama.

Pero como pasa siempre que se deja la casa por la aventura, no fue fácil instalarse en una ciudad pequeña aún que no ofrecía mucho al recién llegado; así comenzó a desempeñar diversos oficios sin dejar de lado su inquietud literaria. Con el tiempo, la ciudad se acostumbraría a la presencia de un hombre maduro, no muy alto pero tampoco menudo, de tupida barba blanca de abuelo milenario, mirada clara pero seria, de hablar pausado y culto, amigable y conversador. Casado con la actriz Teresa Cateriano, se instalaron en una vieja casona de la calle Villalba, a unos pasos del puente Grau, y esa casa se convertiría luego en una suerte de centro cultural, de obligada visita para conversar con ese ciudadano inteligente o jugarse una partida de ajedrez, como quien ve pasar la vida.

Allí crecerían sus cuatro hijos. Contaba don Pepe, como ahora se le conocía y nombraba, una anécdota sobre sus hijos “marxistas”: al retornar de uno de sus viajes, trajo a cada hijo un jaboncillo grabado con la letra inicial de sus nombres; cuando los colocó en orden para entregárselos, leyó con sorpresa y divertido sobre los jaboncillos la palabra “marx”, pues María Teresa, Alonso, Rolando y Ximena se lo recordaban en silencio. Los años pasaron y los problemas de salud, el infierno de sonidos y humos en que se convirtió su calle, y la ausencia de los hijos, obligaron a don Pepe y a doña Teresa a mudarse a Lima, donde murió el miércoles 29 de agosto, a los noventa años de edad.

 

El poeta

José Ruiz Rosas se integró pronto a la ciudad no sólo con su matrimonio sino con un negocio que más que dinero generaba satisfacción: la librería Trilce. No podía ser de otra manera, la literatura ocuparía su mente y su cuerpo, hasta convertirlo en la personificación del artista: barbado, solitario, meditabundo. Parecía estar siempre reflexionando o tal vez pensando en el siguiente verso, pero al mismo tiempo era un conversador inteligente e inagotable, ameno y culto. Verlo era ver al poeta en persona, escucharlo era escuchar la poesía.

Publica en 1951 su libro Sonetaje, incorporándose a lo que los críticos e historiadores de la literatura llamaron “la generación del cincuenta”, a la que también pertenecerían otros extraordinarios poetas como Blanca Varela, Jorge Eduardo Eielson, Juan Gonzalo Rose y Javier Sologuren, entre varios más. Dueño de una especial sensibilidad para captar la vida cotidiana, los personajes de su entorno, el drama y la experiencia humana, su poesía se enmarcaría en la denominada “poesía pura”, pero aunque no lo manifestara abiertamente en sus obras, sí fue un hombre comprometido con su tiempo y su entorno.

Hay coincidencia entre críticos y lectores al manifestar que después de varios libros publicados José Ruiz Rosas alcanzó madurez formal y estética con su libro Elogio de la danza, un singular poema de más de quinientos versos en el que explora, describe y alaba el encuentro del hombre con la danza, la emoción de expresarse con los armoniosos movimientos del cuerpo, el disfrute del baile expresado esta vez desde la perspectiva de la literatura. El libro obtuvo el premio convocado por el Taller Coreográfico de la Universidad Autónoma de México.

Todos queríamos al poeta, todos admirábamos al poeta, todos queríamos ser, ingenuos poetas en ciernes, como él.

La presencia de José Ruiz Rosas en el ámbito cultural de la ciudad era solemne pero también casi cotidiana. No faltaba a donde lo invitaban, leía sus poemas si se lo proponían, comentaba libros si se lo pedían, saludaba a quien correspondía y se juntaba con los más jóvenes. Los escuchaba y soltaba consejos como caramelos en desfile, y quien capturaba el consejo en buena hora. Lo recuerdo inaugurando una muestra de poesía y dibujo en la galería Gamesa, cuando el túnel que daba a la calle San Juan de Dios servía de galería de arte; la exposición se llamaba “Arakné” y los dibujos eran de Cristina Gálvez. Ahí estaba entre autoridades y amigos, sencillo, humilde, pero irradiando una personalidad artística que generaba admiración y respeto, ternura y fraternidad.

Esa imagen ha quedado para los arequipeños, que de pronto comenzaron a extrañar su presencia sobria, sus visitas a picanterías y bares de la mano de jóvenes vates, y su asistencia a ceremonias oficiales y fiestas de salón, de brazo con su esposa Teresa Cateriano, recibiendo apretones de manos de autoridades que ni siquiera lo habían leído y de empinados empresarios que disfrutaban de sus ocurrencias. Todos queríamos al poeta, todos admirábamos al poeta, todos queríamos ser, ingenuos poetas en ciernes, como él.

 

La obra

“loado sea el don de la osamenta / articulada y fiel que nos permite / a estas especies móviles / superar los estadios de la imagen // loados sean húmeros y omóplatos / cúbito y radio olécranos muñecas…”. Así inicia el poema “Elogio de la danza”, nombrando huesos y articulaciones, como cosas sagradas, que permiten no sólo soportar nuestro cuerpo sino moverlo, en la danza, como un don invalorable. Luego sigue una descripción de los movimientos, la gracia con que se contonea un cuerpo y el profundo significado de su arte, con un lenguaje limpio y ordenado, componiendo un poema que parece llevarnos con su ritmo al paroxismo del movimiento.

A lo largo de su obra tiene poemas de profunda reflexión, que abordan el tema humano hasta el extremo de su drama, acercándose, por ejemplo, al espíritu vallejiano: “Lo difícil no es estar sin un centavo / sino tener la familia muda y sonriente / y que te digan: ‘nada, si no necesito nada, / si estoy zurciendo todo nuevamente’”. El fragmento pertenece al poema “Lo difícil no es ver”, de su segundo libro, Esa noche vacía, que se publicó en 1967.

José Ruiz Rosas fue un gran observador y atento cazador de situaciones, y su sensibilidad humana le permitió acercarse a casi todos los temas de la poesía. El propio lenguaje, la poesía misma, no ha sido tema ajeno a sus pensamientos y reflexiones. “¿Qué contiene un poema? Tiene no lo que sobra / lo que anda en ti contigo tan entre todas partes / que lo dices y es cosa como de malas artes / que se amontona y forma casi como una obra…”, dice por ejemplo en un soneto, demostrando dominio del idioma y un inteligente y a la vez humorístico juego de palabras.

Publicó más de quince libros y dejó inédita una copiosa obra. Algunos de sus libros inéditos se fueron incorporando a los volúmenes que recogen su poesía reunida, siendo la más completa hasta hoy la Obra poética que publicó como homenaje el Gobierno Regional de Arequipa. Su influencia ha sido importante entre los jóvenes de las décadas del ochenta y noventa del siglo pasado, porque no sólo lo leían con familiaridad sino que podían conversar con él e incluso recorrer las noches arequipeñas probando bebidas espirituosas y visitando locales donde la bohemia literaria animaba la cultura local.

 

Así se le reconoce a don Pepe, más arequipeño que el rocoto relleno, como dicen en los pasillos, plazas y portales de la ciudad los pensadores, historiadores, maestros.

El legado

Pocos autores dejan un legado tan fresco y profundo como don Pepe Ruiz Rosas, llamado así hasta el final de sus días por la familiaridad con que se podía conversar con él y el respeto que se le tenía. En los últimos años, ya moviéndose en una silla de ruedas, siempre acompañado de doña Teresa Cateriano, fue de un lugar a otro a recibir homenajes, premios y aplausos, y aun así su presencia despertaba los respetos que le tenían como persona, si no como la encarnación de la poesía.

El gran legado de don Pepe, además de su extraordinaria poesía, tiene que ver con la identidad, la lealtad y el profundo respeto que prodigó a la tierra que lo acogió y le dio una familia. Una muestra de esa consecuencia consigo mismo y sus propias convicciones es su deseo de ser enterrado en Arequipa, lo que su familia ha consentido.

Las ciudades, las comunidades y los pueblos construyen su identidad con el paso de los años y de diversas maneras; una de ellas es reconociendo a sus poetas y su obra, acercándose a su disfrute y entendimiento, de manera que se tengan rostros y modelos humanos que seguir. Así se le reconoce a don Pepe, más arequipeño que el rocoto relleno, como dicen en los pasillos, plazas y portales de la ciudad los pensadores, historiadores, maestros.

Es responsabilidad de nuestras autoridades e instituciones, ahora, corresponder esa actitud ejemplar, rescatando la obra de José Ruiz Rosas, difundiéndola, acercándola a los jóvenes en escuelas y universidades, estudiándola, y dándole a la ciudad, y al país, un motivo más para enorgullecerse, respetarse y valorarse.

Alfredo Herrera Flores

Alfredo Herrera Flores

Escritor y periodista peruano (Lampa, 1965). Estudió periodismo y literatura en Arequipa y tiene estudios de maestría en literatura latinoamericana, mención estudios culturales, y en comunicación para el desarrollo. Ha obtenido el Premio Copé de Oro de Poesía, en 1995, y el premio nacional de poesía convocado por la Municipalidad de Paucarpata, el mismo año. Ha publicado los libros de poesía Etapas del viento y de las mieses (1986), Recital de poesía (Flordecactus editores, 1990), Elogio de la nostalgia (con prólogo de Pablo Guevara, Lluvia Editores, 1995), Montaña de jade (Premio Copé de Oro de Poesía, Ediciones Copé, 1996), Mares (Lago Sagrado Editores, 2002), El laberinto (2008), Coca (2009), Mare nostrum (Universidad Nacional del Altiplano, 2013), Mar de la intensidad (Cascahuesos Editores, 2014), el cuento Rosario a las seis (2005); otros textos y artículos periodísticos se han publicado en varios países en revistas y diarios impresos y electrónicos. Ha ocupado diversos cargos en la administración pública y ejerce la docencia universitaria. Mantiene la columna El barco ebrio y el blog La silla prestada, donde reflexiona sobre literatura, periodismo, política y cultura.

Sus textos publicados antes de 2015
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Alfredo Herrera Flores

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