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Hablemos, de Octavio Santana Surez

El país como personaje
Sobre la novela El viaje de las nubes, de Jorge Monteza, Premio Nacional de Novela

• Lunes 22 de octubre de 2018

Jorge Monteza

Texto leído la noche del 20 de octubre de 2018 en la presentación del libro El viaje de las nubes, premio nacional de novela breve de la Cámara Peruana del Libro de Perú.

Trabajaba con mis alumnos de producción literaria los distintos niveles de lectura que tenemos los individuos de lo que pasa a nuestro alrededor, lo que llamamos realidad, y sobre la relación directa con algún producto literario (poema, novela, cuento, drama o ensayo) que hable sobre esa realidad. Todos sabemos que hay diversas maneras de leer e interpretar un texto, o una realidad, y que no es tarea fácil llegar a una conclusión, pues se requiere de un complejo ejercicio intelectual que debe combinar capacidad de análisis y aptitudes creativas. Todos tenemos estas capacidades y aptitudes de manera natural, pero algunos las han ejercitado mejor o han tenido una experiencia más directa con el suceso y por lo tanto su percepción de lo que los rodea puede ser mucho más profunda e intensa.

Como las mejores novelas, la de Monteza nos deja más preguntas que respuestas. Pero, por supuesto, esa no es la única disquisición que se plantea Jorge en su novela El viaje de las nubes.

Hablábamos sobre cómo las personas, en algunos casos las instituciones, podían recurrir a la literatura para mostrar a los individuos, o comunidades específicas, un aspecto de la realidad, o una interpretación de la realidad, sin llegar a usar un lenguaje, por ejemplo rigurosamente científico o histórico, que necesitan de pruebas objetivas para ser aceptadas, formalizadas o autenticadas. ¿Con qué palabras le contamos a un niño cómo es la muerte? Nos cuestionamos, por ejemplo. Una joven preguntó entonces, con una mueca de sutil vergüenza: “¿Es decir, con la literatura les mentimos?”. La respuesta es afirmativa, aunque la palabra “mentira” sea dura y esté teñida de delito y trasgresión. Para ello, para librarnos de la culpa y sacudirnos del bochorno, se ha inventado la palabra “ficción”. Entonces, no le mentimos a la gente, al lector, hacemos ficción.

Esta reflexión, sencilla y conocida, ya tratada desde Platón, sirvió para preguntarme una vez más si la novela, este género literario ilimitado, no ha roto ya las referencias que separaban la realidad de la fantasía. Y si lo ha hecho, estamos ante un serio riesgo: los lectores van a creer que todo lo que viene en la novela es mentira, cuando lo que hay en una novela es una manera dramática de ver la realidad que nos rodea, o más aún, la realidad que hay dentro de cada uno de nosotros. La mentira, sin embargo, es aquella información que no se ajusta a la verdad, ¿la verdad de quién? La exageración o la omisión ¿es también una mentira, o se ajusta más al espíritu de la ficción? O es un engaño.

Jorge Monteza se da tiempo en su novela para tocar el tema a través de las reflexiones de su personaje:

Y las palabras, las pobres palabras, poco pueden hacer. Hace falta algo más. Hace falta el silencio. Manuel creía que esos silencios sólo se podían producir en el arte. La imagen artística y la música. Pero también la letra cuando ésta puede traicionarse a sí misma, cuando ésta puede hacerse silencio comunicativo. Es decir, cuando las palabras, por obra de un artista, se convierten en literatura, particularmente en poesía. Y también creía que estos tipos de silencios podían convertir las almas, producir conciencia, fortalecerla o alterarla. Y él, como lector, sabía que la literatura expresaba lo más excelso y lo más oscuro del alma humana.

Nos seguimos preguntando, entonces: ¿es el silencio una forma de la mentira? Si la literatura es ficción, una mentira, ¿es la mentira una ruta para llegar a lo más excelso y oscuro del alma? ¿Quién se cuestiona más, quien miente o quien se supone es víctima de la mentira? Como las mejores novelas, la de Monteza nos deja más preguntas que respuestas. Pero, por supuesto, esa no es la única disquisición que se plantea Jorge en su novela El viaje de las nubes, que como ya sabemos y celebramos, ha ganado el noveno premio de novela breve de la Cámara Peruana del Libro, y se publica con el sello editorial Planeta. Hay otros cuestionamientos, por ejemplo a la realidad local y a la realidad peruana, a la condición humana, a nuestros papeles de observadores o protagonistas de la sociedad en la que nos ha tocado desenvolvernos como ciudadanos, al sistema social y político, a la historia, al presente, al futuro individual, a lo que se nos viene como país, a la violencia, a la tensa y aparente calma social, a la identidad, a la esperanza, o a la desesperanza.

No debería llamarnos la atención que en una novela breve haya tantos temas significativos para el análisis; lo que sí nos llama la atención, en el caso particular de Monteza, es la aparición de un nuevo personaje en la literatura peruana, o si quieren, de un personaje que ha permanecido oculto, o invisibilizado, tras las cortinas o telones de fondo de las ficciones peruanas de los últimos años. Ya Alberto Escobar nos advertía de la importancia de una lectura global del texto literario, pues una lectura lineal, deteniéndonos en aquellos elementos significativos, puede distraer el mensaje central, oculto, de la obra. Retomando la lección de Escobar, es coherente que la lectura de la novela de Jorge nos remita a un personaje oculto y un mensaje global, dejando los otros temas en un espacio de sostenimiento del mensaje, que no hay que confundir, por supuesto, con el eje temático del proyecto o el personaje protagonista.

Jorge Monteza nos entrega en estas páginas una visión diferente de nuestro país, de una sociedad que busca salir no de una condición de violencia, sino de pobreza. Ahora, toca ir un poco más adentro, no se trata de una pobreza económica ni material, sino de una pobreza generacional, que se ha ido transmitiendo de padres a hijos a pesar de que por otro lado hayan logrado satisfacer sus necesidades básicas. Esta pobreza generacional se manifiesta también en un orden social mucho más amplio, como la escuela u otros espacios institucionalizados donde los individuos sólo se enfrentan a espejismos de desarrollo o crecimiento económico, lo que solemos confundir con progreso o superación de la pobreza.

El mayor obstáculo para salir de esa pobreza generacional somos nosotros mismos. El personaje protagonista de El viaje de las nubes va a tener tantas oportunidades para salir de su deprimente situación como trabas y estorbos y limitaciones se le van a presentar en ese intento. La imagen de un país que a pesar de alcanzar crecimiento económico y no logra desarrollo económico, que debería reconocerse en el mejoramiento de la calidad de servicios como salud y educación, es la misma imagen del joven que quiere apoyar al desarrollo de su familia pero su madre se junta con un delincuente que ejerce violencia sobre ellos; es el mismo joven que encuentra en la iglesia un espacio para leer, pero termina en una pelea callejera que lo lleva a la comisaría, y es el mismo que piensa que el servicio militar será una oportunidad para realizarse como ciudadano pero termina en la cárcel, y es el mismo que piensa que en el amor encontrará el aliciente para superarse como persona y termina traicionado. Es la imagen de un país que sale de la pobreza para caer en la violencia, que sale de la violencia política para caer en la violencia social, que supera las dictaduras para caer en manos de la corrupción, que busca democracia para caer en la demagogia, y sale de la demagogia para caer en el populismo. En el Perú hemos superado el analfabetismo pero no hemos superado la ignorancia.

Jorge no nos miente en su novela cuando habla de la violencia política, por ejemplo, o cuando habla de la debilidad de nuestra identidad.

Umberto Eco habla de mundos posibles y dice que el lector debe tener un concepto previo de mundo posible cuando se enfrenta al texto literario, que como hemos dicho, es una mentira, un engaño, por consiguiente otro mundo, pero también posible. Y Lévi-Strauss explica que los individuos vivimos en mundos ya estructurados y al pasar a otra sociedad, también organizada y estructurada con las mismas instituciones y objetivos, cae en el caos. Jorge no nos lleva en su novela a un mundo posible de su protagonista, que se empeña en salir de su espacio para acceder a otro, a otro mundo posible, sino que lleva al lector a cuestionar su mundo posible, que a estas alturas ya ha pasado a otro estado y condición, y por lo tanto nos genera un caos interior que nos obliga a salir y seguir buscando nuestro propio mundo posible. Eco y Lévi-Strauss nos dan pistas para entender mejor y a mayor profundidad lo que Jorge nos ha planteado en esta su novela, que no es más que darnos la oportunidad de ver nuestro mundo, enfrentarlo al que nos propone y definir qué hacer para lograr aquel mundo posible que anhelamos.

Jorge no nos miente en su novela cuando habla de la violencia política, por ejemplo, o cuando habla de la debilidad de nuestra identidad, o cuando nos presenta una esperanza tan esquiva; ni nos miente ni nos engaña, nos confronta. Y es ahí donde damos el siguiente paso, nos confronta con nuestra propia intimidad, con nuestra esencia, y vemos que ya no es posible engañarnos a nosotros mismos, ya nos hemos mentido lo suficiente, estamos entrando a lo más oscuro del alma humana. La imagen última de la novela, la de un hombre escondido dentro de un camión, que no sabe si está escapando del infierno o volviendo a él, y mira el paso de las nubes, es tan fuerte como lo que sentimos cada mañana al abrir los ojos y nos preguntamos si es mejor despertar o seguir dormidos. Vivimos engañados.

Sergio Ramírez, el novelista nicaragüense que ha ganado el Premio Cervantes, nos explicaba en una intensa reunión acá en Arequipa, hace un año, que en la novela cabe todo, a diferencia de la poesía, donde había que cernir las palabras hasta que queden las más finas, las más precisas. En la novela de Jorge, también cabe todo. Hay temas y situaciones evidentes que reflejan la situación política, social y económica de nuestro país, pero ninguno de estos se aborda de manera explícita, porque una novela puede ser política, sin que se hable de temas políticos; es el lenguaje el que se hace político. El novelista cuenta situaciones, refresca la memoria, nos hace ver lo que es oculto para los demás, nos exagera, nos esconde cosas, pero no engaña ni miente. Nos hace ver las sobras de la comida. Todo cabe en la novela, es cierto, hasta lo que otros desechan.

El viaje de las nubes no habla de la violencia política en nuestro país, habla de los hijos de la violencia política, de aquello que se ha desechado, de aquello que cuando se nos pone al frente volteamos la mirada con muecas de asco y miedo.

¿Recuerdan aquel bolero cantinero que dice que “cuatro puertas hay abiertas para el que no tiene dinero: el hospital y la cárcel, la iglesia y el cementerio”? Por esas cuatro puertas pasa el personaje de esta novela, pero repito, no es Manuel, ni el soldado Igunza, ni el cachaco, el joven Hernán o el compañero Fredy, es este país y su pobreza íntima el que hace ese recorrido. Es el Perú de la desesperanza el verdadero personaje de esta novela, un Perú reflejado en las pampas de Ciudad de Dios, en el Cono Norte, el Perú reflejado en los injustos cuarteles del ejército, en las inhumanas cárceles, en las hipócritas urbanizaciones enrejadas de la ciudad, en los olvidados pueblos andinos y amazónicos, en los bolsones de afroperuanos en el norte, en los arenales, en las mujeres golpeadas, en la resistencia gay, en los jóvenes que a estas alturas guardan íntimamente y a punto de salir una violencia que han heredado silenciosamente.

Al final, como en el cuento Ángel de Ocongate, del entrañable Rivera Martínez, nos queda el exilio, otra vez el punto de partida, la nada.

Alfredo Herrera Flores

Alfredo Herrera Flores

Escritor y periodista peruano (Lampa, 1965). Estudió periodismo y literatura en Arequipa y tiene estudios de maestría en literatura latinoamericana, mención estudios culturales, y en comunicación para el desarrollo. Ha obtenido el Premio Copé de Oro de Poesía, en 1995, y el premio nacional de poesía convocado por la Municipalidad de Paucarpata, el mismo año. Ha publicado los libros de poesía Etapas del viento y de las mieses (1986), Recital de poesía (Flordecactus editores, 1990), Elogio de la nostalgia (con prólogo de Pablo Guevara, Lluvia Editores, 1995), Montaña de jade (Premio Copé de Oro de Poesía, Ediciones Copé, 1996), Mares (Lago Sagrado Editores, 2002), El laberinto (2008), Coca (2009), Mare nostrum (Universidad Nacional del Altiplano, 2013), Mar de la intensidad (Cascahuesos Editores, 2014), el cuento Rosario a las seis (2005); otros textos y artículos periodísticos se han publicado en varios países en revistas y diarios impresos y electrónicos. Ha ocupado diversos cargos en la administración pública y ejerce la docencia universitaria. Mantiene la columna El barco ebrio y el blog La silla prestada, donde reflexiona sobre literatura, periodismo, política y cultura.

Sus textos publicados antes de 2015
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Alfredo Herrera Flores

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