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Ideas y anotaciones sobre Ordenamiento de la ocultación, de Carlos Velásquez

• Lunes 25 de febrero de 2019
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Carlos Velásquez Iwaki
No deja de sorprender la forma como en el discurso de Velásquez se configuran armoniosamente elementos tan extremos, intensos y aparentemente contradictorios como la memoria, el exilio, el silencio o la historia.

En sus primeros libros el poeta Carlos Velásquez Iwaki (Cusco, 1952) ha ido construyendo un lenguaje particular, como parte de una búsqueda persistente e inteligente, para poder expresar en los más amplios términos de la palabra su mirada interior. Paciente y casi imposible tarea, pues la búsqueda de aquel lenguaje no tiene fin, como no tienen fin el sentimiento y la poesía. Y si se alcanzara este propósito, el poeta habrá llegado a su meta, al final de su camino, a poner el punto último postergado por toda una vida, y no habría más sentido de seguir escribiendo. Y aunque Carlos Velásquez haya logrado ya en gran medida elaborar un modo de expresar su poesía, ha abierto nuevas puertas que sus lectores habrán de indagar, como el propio poeta, por aquellas profundidades del alma humana.

Ya en Retrato en tránsito (Editorial Auqui, 2006) y Rito murmurante (Quisakuro Editores, 2011), la poesía de Velásquez se desenvolvía con cuidado de artesano, parecía que cada palabra encajaba con precisión en cada verso, y así, el lenguaje se desenvolvía a un ritmo parejo, tenso, abierto:

Finalmente invernan los dioses en un silencio robado
al centinela de inmensas campanas destruidas
………………………………………….para su habitable cuerpo

En estos versos de un poema de Retrato en tránsito se puede apreciar cómo las frases se hilvanan de manera natural, sin forzar significados ni direccionar ideas o sensaciones, y más bien es una invitación a desarrollar la historia de manera fluida. Sin embargo, ya en el otro libro, Rito murmurante, se pueden leer ejemplos como este:

El rizo húngaro imantando azabaches
y desangramientos metafísicos
cual piel izada en ambos sudores.

Una entrada impersonal con un ritmo también parejo y una fluidez que se va a ir desenvolviendo con mayor lentitud ante la aparición de palabras enhebradas con más complejidad. Pero estos dos breves ejemplos sólo preconfiguran un ejercicio mucho más intenso, que se va a abrir en un experimento del lenguaje que a su vez llevará el sentido del poema, su significado e impacto, a uno de los extremos del poema: el lenguaje.

En los libros anteriores a los ya mencionados, Carlos Velásquez ha asumido el acto creativo con la influencia propia de los escritores de los años setenta del pasado siglo, pero ha sabido ser cauto en sus publicaciones, hasta alcanzar seguridad y madurez que se reflejan en los textos, temas y experimentos del lenguaje en su último libro, Ordenamiento de la ocultación (Quisakuro Editores, 2018). Tal vez podrían mencionarse dos etapas claramente distinguibles en el historial poético de Carlos Velásquez: la primera en que destacan Espantapájaros (1974) y Crónicas inconclusas para una vida desnaturalizada (1982), y la segunda que se inicia con Retrato en tránsito y que refleja su desprendimiento del ensayo de lo cotidiano y el coloquialismo, para penetrar en la intimidad, la nostalgia y la recuperación de la memoria cultural.

La poesía es un género de extremos, y el poeta sabe que su lealtad con la poesía se manifiesta cuando lleva el lenguaje hacia esos extremos, los límites en los que la palabra se convierte en protagonista, tema o fondo del poema. Velásquez Iwaki sabe de esto, ha asumido la poesía como parte extrema de su vida y su necesidad de comunicación con el mundo, el lenguaje es ese mecanismo que le permite llegar a esos límites y saber mantenerse en ellos para no afectar la estética ni la ética de su propuesta.

El investigador Mauro Mamani, por ejemplo, identifica al poeta indigenista Efraín Miranda como “poeta-cronista, porque su discurso se sitúa en la frontera, “territorio en el que se cruzan y entrecruzan las formas poéticas y las formas narrativas” (Mamani Macedo, M. Poéticas andinas, 2009). Velásquez busca con su lenguaje alcanzar esos límites, y también, como Miranda, se acerca a la delgada línea que separa una forma narrativa como la crónica o el relato, el monólogo, el desfogue interior de un torrente de sentimientos que podrían permanecer ocultos si el poeta no desfoga.

Así, Ordenamiento de la ocultación se convierte en un extenso catálogo, un registro de intimidades, de miradas personales sobre lo que rodea al poeta, desde sus recuerdos ancestrales heredados de su familia y su cultura, hasta los sentimientos que en la actualidad lo atormentan y que permanecen ocultos, velados, invisivilizados. Si bien la crítica literaria, académica y acartonada, nos recomienda desde el viejo texto de Alberto Escobar, La partida inconclusa (1970), que la lectura integral de un texto es la manera más objetiva de acceder al mensaje poético, no deja de sorprender la forma como en el discurso de Velásquez se configuran armoniosamente elementos tan extremos, intensos y aparentemente contradictorios como la memoria, el exilio, el silencio o la historia.

El primer poema del libro, “Samincha”, se inicia con estos versos:

El efecto territorio-espejo
es lo que nos define coextensivos
por encima de lo que sienta el corazón
frente al laberinto
que se transforma navaja de abanico
llevada por el aire.

Ya se prefiguran algunos elementos que llevarán al lector por los extremos que propone el poeta (territorio-espejo, laberinto, corazón, navaja, aire) y que derivarán en una temática que, como las crónicas que relataron la sangrienta y traumática presencia extranjera de hace quinientos años, van a abarcar precisamente territorio, reflejos, emociones, genocidio y memoria.

En el poema “Danzo imitando una lagartija que se supone debería ser de apareamiento y no el preludio a una mesada con flores de verbena contra ansiedades nocturnas” (casi todos los poemas tienen títulos simulando capítulos de viejas crónicas sobre lo que los hispanos vieron e hicieron en nuestro territorio) se lee:

Envuelto de pies a cabeza con algodón verde de Caral
danzo la danza de apareamiento de la lagartija
quemando las sombras y el insomnio de todos los presentes.

Y entendemos los lectores que estamos asistiendo a un ejercicio de la memoria para tener siempre presente que somos esa esencia antigua que ha configurado nuestra identidad, que ha ido conformando un mundo difícil de extinguir y que se mantiene tan vivo como el rito amoroso del reptil.

Otro ejemplo:

Es inquietante saber que bajo esta luna azul sangre de
Machu Picchu
conviven Mallquis y videntes enanas
transformando las sombras de sus cuerpos líquidos
en contrafiguras de luces ritualizadas
impidiendo que el renacimiento al fin del mundo
se vuelva corazón del último inca…

La memoria colectiva ha conservado, en diferentes niveles de ocultamiento, orgullos y lamentos, que a estas alturas de la historia parecieran ser nada más que reclamos, pero esta misma sensación, en la palabra extrema del poeta, se hace canto, con el mismo espíritu de reclamo y rebeldía. Como en las formas narrativas, el lenguaje va a prefigurar la esencia del mensaje: no es necesario hablar de balas para hablar de revolución, ni hablar de gobiernos e ideologías para hablar de política. En el caso del libro de Carlos Velásquez, el repaso de la memoria y el reclamo se hacen políticos en el lenguaje, que de por sí es político.

La estética y la responsabilidad ética del poema hace que este sea un libro cuestionador. Se disfruta de la palabra, de la armoniosa construcción del texto:

Pero es invierno y estas aguas heladas
lo recuerdan, como recuerdan viejos sentimientos
en otros tiempos y otras lluvias.

Pero el lector se adentra también en un mundo particular, inventado y soñado por el poeta, para remontarse a su esencia, como humano y como sociedad. El conjunto, el libro, nos lleva por caminos que se van a cruzar en las esquinas del mito y la religiosidad andina, el lejano palpitar de la selva y tormentoso mundo urbano, el rencor de la historia y la esperanza de vivir íntimamente con nuestra tradición supérstite.

Carlos Velásquez ha ejercido la poesía con lealtad a la belleza, a la ética y la política, porque no es ajeno a su realidad, y su realidad se entiende en el tiempo, donde la memoria hará el duro trabajo de convertir el pasado en belleza, en propuesta ética y voz política. Los poemas del libro son constante cuestionamiento, reclamo y voz alta tanto para rebelarse como para celebrar la victoria de la memoria.

En otro plano de la lectura de los poemas de Ordenamiento de la ocultación, el lenguaje con que el poeta manifiesta la pluralidad de su “yo” va a requerir de un lector dispuesto, o capacitado, para su entendimiento y construir una lealtad literaria. Ese lector probablemente no exista y se construya a medida que se involucre en el lenguaje propuesto, se va a enfrentar a un complejo armazón con diferentes niveles de significados y significantes, que sólo un análisis semántico podría resolver.

Sin embargo, la propuesta estética de Carlos Velásquez facilita la labor del lector. Cuando se emprende un recorrido compartido por estos mundos ocultos, la mano guía del poeta puede ser tan amable como aleccionadora:

En el año 63 del siglo que pasó, llegaron a mi aldea
…………..los presidentes de Perú y Bolivia
para inaugurar el aeropuerto de la amistad
que valgan verdades, nunca funcionó
dicen que por su mala ubicación respecto
a los vientos reales del sur, que terminaban huracanándose
…………………………………………………….en cualquier momento.

De esta manera la lectura de un libro tan complejo, tan amplio en temas y tan extremo en lenguaje, se hace accesible y fluida. No hay lugar a reclamo, los poemas se van a concatenar silenciosamente, mientras el lector asiste a un ordenamiento propuesto inteligentemente, y van a aflorar aquellos temas que han permanecido en el ocultamiento de los años.

Cobran así sentido no sólo el título, sino el propósito de este libro extraordinario. Distancias, memoria, soledades, laberintos, resistencias, van a configurar un mundo particular, donde la intimidad es la historia misma de lo que nos ha tocado vivir. Sin poesía, sin literatura, no habrá memoria, no se va a incomodar a nadie; por el contrario, se va a buscar reconciliación sin rencor pero con verdad:

…Rompiendo el equilibrio
enterrado en un montón de cosas que deja de hacer
antes de darse cuenta
que ya no era el invitado de piedra en su propia esquina
sobreviviendo como experimento de delusiones
en el perturbador sur.

La poesía de Carlos Velásquez debe renovarnos como sociedad, rescatando de lo más íntimo de los individuos aquella esencia conservada en la oscuridad de la nostalgia. Somos una sociedad que nos merecemos respeto entre individuos, que deberíamos desechar el rencor reconociendo a muertos y heridos, y la poesía es una inmejorable oportunidad para vernos tal como hemos llegado de tan escabroso recorrido histórico.

En este catálogo, en este orden de las cosas, aquello que ha sido oculto aflora para cuestionarnos como individuos, para indagar en el fondo de nuestras almas qué forma tiene el recuerdo, de qué color es la esperanza, de qué tamaño la fe en la palabra. Carlos Velásquez ha demostrado, con la madurez que le da la experiencia, con la paciencia con que ha urdido esta trama de palabras, con la sencillez con que ha mirado la noche infinita de Machu Picchu, que la ilusión de la libertad está latente, que sólo hay que buscar en el lado oscuro de nuestro espíritu la palabra exacta, con la que podamos sentirnos nosotros mismos, con la que podamos redescubrirnos como seres humanos.

Alfredo Herrera Flores
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