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Breve aproximación a Andamios de lluvia, de Natalia Esquivel

sábado 18 de diciembre de 2021
“Andamios de lluvia”, de Natalia Esquivel
Andamios de lluvia, de Natalia Esquivel (Poiesis Editores, 2021).

Quienes han intentado definir la poesía, más allá de la formalidad, la hermenéutica y la academia, coinciden en que es un género de límites y que hace que afloren, a través de las palabras, lo mejor y lo peor de la condición humana. Los límites hay que sobrepasarlos, sin remordimiento, y para ello la palabra es el objeto adecuado, mientras que la tarea de sacar a flote la belleza o la oscuridad del ser humano es una cualidad que no se hace palpable sin la complicidad del lector.

Tal vez por eso sea difícil la lectura de poesía, cuando ésta carga con las emociones de un autor que ha dejado de lado la banalidad de los temas de moda y se ha introducido en su propia intimidad para buscar, o intentar buscar, la esencia de su propia naturaleza. La tranquilidad de espíritu o las percepciones que cada quien tiene del amor, la desolación, la nostalgia o el abandono, están en los resquicios de la memoria, de la experiencia, de cada quien. La poesía va a introducirse en esas oquedades y va a emerger en forma de palabras, de belleza.

Es, a fin de cuentas, como dice Emilio Adolfo Westphalen en su “Poema inútil”, un acto imposible: “Empeño manco este esforzarse en juntar palabras / Que no se parecen ni a la cascada ni al remanso / Que menos transmiten el ajetreo de vivir”. Y es, precisamente, este ajetreo de vivir, el ejercicio de nuestra vida cotidiana, lo que parece difícil de comunicar al otro a través de la poesía.

La vida cotidiana está hecha de sinsabores, y es lo primero que refleja el libro Andamios de lluvia (Poiesis Editores, San José de Costa Rica, 2021), de Natalia Esquivel Benítez. Llama la atención el significado del título, que alude a una estructura que sirve para apoyarse en trabajos de altura, sostenerse con la lluvia, parece una contradicción; la lluvia sugiere nostalgia, inseguridad, llanto, pero al mismo tiempo cambio, alivio, renovación, limpieza; por lo tanto, la supuesta contradicción se supera con la idea de sobreponerse a la tristeza, o construir sobre el cambio.

La poesía hace su propio trabajo a través de las palabras, y es virtud del poeta usarlas adecuadamente para que el lector comparta sus emociones.

La primera parte del libro es un extenso poema dividido en catorce partes, en el que la autora recorre la dura experiencia de una pérdida, que en momentos se lee como un abandono y en otros como un escape, pero a lo largo del discurso, en el que se van sobreponiendo el rencor, la resignación y la esperanza, hay una clara y firme manifestación de fortaleza.

En “Coda del desamor”, el poema aludido, dice Esquivel: “Hoy vivo en una caracola / y el sonido de mi pecho, / ancestral como las olas, / me golpea”. Claramente reconoce su condición, el estado al que le ha llevado la circunstancia, pero más adelante se cuestiona, hace un alto, y reflexiona respecto al futuro: “¿Qué hago con los caminos y los puentes? / Sigo en el laberinto buscando una salida, / atrapada en mis propias asfixias / y batallas perdidas”. Es notable el transcurso del proceso de renovación personal en el poema: “Algo camina lento desde adentro / y no es el tráfico, / ni las miradas benevolentes, / ni la caída de los aleros infinitos”. Eso que camina lento debe ser la esperanza.

La poesía hace su propio trabajo a través de las palabras, y es virtud del poeta usarlas adecuadamente para que el lector comparta sus emociones. Natalia Esquivel ha logrado en este poema este objetivo. Los límites están siendo sobrepasados, porque la belleza, que suponemos es el ingrediente principal del arte, ha dejado su lugar al sentimiento, a la profundidad de la esencia humana. Sabiendo que no se va a alcanzar estas profundidades, se escribe el poema y se grita, aunque como Westphalen diga, sea inútil lograrlo, y como Borges concluiría: “Y no has escrito el poema”.

Completan el libro tres secciones (“Las paredes del día”, “Cantos de cigarra” y “Codetta”), donde la poesía breve encierra paisaje y reflexión, nostalgia y sensatez: “Corres hacia mí / con la intrepidez de los astros / y un diente de león entre los dedos / que recién estrenas / en ese acto de recolectar estrellas”. O este otro bello ejemplo: “Arriba en la montaña, / escuchamos la voz del universo. / El tiempo ya no existe. / Las sombras del alma se difuminan. / La muerte es sólo el viento que roza y desaparece. / La vida es tan pequeña como una hoja / mecida por claroscuros. / Soy una piedra más / erguida entre el hielo y la respiración nocturna”.

Poesía de la intimidad, con el ritmo y musicalidad propios de quien domina la cadencia y el sonido (la autora es también cantora y compositora de canciones infantiles), es lo que destila el libro Andamios de lluvia y nos convoca a repasar aquellas sensaciones y emociones que solemos callar. Natalia Esquivel se suma de esta manera, con su verso limpio y cargado de sinceridad, a la tradición poética de Costa Rica y trasciende al tono latinoamericano, lo que celebramos.

Alfredo Herrera Flores
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