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50 números en 30 años de Sieteculebras

miércoles 12 de enero de 2022
Sieteculebras
La revista Sieteculebras publicó en diciembre de 2021 una edición especial por sus tres décadas.

Casi cerrando el año 2021, tan dramático y aciago como el anterior y ojalá menos que el 2022, aparece el número 50 de Sieteculebras, revista andina de cultura, una de las publicaciones periódicas más importantes del ámbito de la literatura peruana y que ha logrado trascender sus fronteras, gracias a la variedad y calidad de su contenido.

Nacida en la ciudad del Cusco, fundada por el escritor Mario Guevara y un par de amigos en conversaciones en el desaparecido café Extra, a media cuadra de la ancestral plaza de la antigua capital inca, la revista Sieteculebras ha aparecido de manera constante dando espacio a escritores de diferentes partes del mundo.

Pero no ha sido fácil, confiesa su director —el narrador que también hizo famosa la palabra “brichero”, que se refiere a aquellos jóvenes que aprovechan de los turistas para enamorarlos o enamorarlas y poder salir del país—: la revista ha sobrevivido principalmente al empeño que se le ha puesto como proyecto personal, pues de otra manera no habría pasado de los primeros cinco números, como ha sucedido con la gran mayoría de publicaciones culturales.

Los temas que se han tratado a lo largo de estos treinta años no sólo se refieren a la producción literaria actual, sino también a sucesos sociales y políticos.

Efectivamente, son pocas las revistas de literatura que han mantenido su vigencia por tanto tiempo en el Perú. La principal causa es el nulo apoyo de las instituciones del Estado a su financiamiento, apoyo o estímulo para su publicación y difusión. Los emprendimientos, si bien nacen del interés particular, no encuentran mecanismos que les permitan sostenerse, pues la empresa privada tampoco termina de comprender la importancia de invertir en temas culturales.

A lo largo de los últimos 30 años, la revista Sieteculebras, cuyo nombre alude a una vieja calle cusqueña así denominada y donde se pueden ver culebras talladas en la piedra inca, ha recibido en sus páginas a más de trescientos autores, entre narradores, poetas, críticos e investigadores sociales, y unos cien ilustradores, pintores y fotógrafos, un número que tampoco se ha visto en otras publicaciones, en las que más bien priman los círculos cerrados o de intereses más grupales.

Autores como el mexicano Margarito Cuéllar, la española Helena Usandizaga, la argentina Eugenia Cabral o el boliviano Jesús Urzagasti, son sólo ejemplos de la diversidad cultural de quienes han participado de esta revista, junto a autores peruanos tan importantes como Miguel Gutiérrez, Isaac Goldemberg, Pablo Guevara o Cronwell Jara.

El número 50 de Sieteculebras trae un minucioso índice de autores y textos que su director presenta como uno de los documentos que podrían ayudar a elaborar un interesante panorama de la literatura peruana y latinoamericana contemporánea. Los temas que se han tratado a lo largo de estos treinta años no sólo se refieren a la producción literaria actual, sino también a sucesos sociales y políticos que han afectado a países como Chile, Nicaragua, México y el mismo Perú, en la voz y opinión de analistas y estudiosos de la sociedad y la cultura.

Esperamos que el empeño de Mario Guevara, narrador y editor cusqueño, se mantenga firme.

Aunque Mario Guevara sea pesimista con el futuro de la revista, pues dice que cada vez es más difícil sostener una publicación conservando calidad de formato y contenido sin el apoyo de la empresa privada y el Estado, lo cierto es que Sieteculebras ha seguido saliendo a las calles y llegando a países como Egipto, Filipinas y Marruecos, y por supuesto a Venezuela, Guatemala, México o Bolivia, donde la revista tiene corresponsales, y de seguro va a continuar con ese periplo infinito.

Los esfuerzos editoriales, dice Mario Guevara, tienen diferentes recompensas y dan diversas satisfacciones. En su caso, la revista ha celebrado encuentros e intercambios con otras revistas persistentes de América Latina, estudiantes y analistas le han dedicado estudios y análisis académicos, pero, sobre todo, ha logrado una posición importante en el ámbito de la literatura peruana, país donde la tradición ha demostrado que esta es una manera de fomento a la creación y, al mismo tiempo, un mecanismo de difusión y oposición de las ideas.

El número 50, que el propio Guevara califica en la presentación como de “supervivencia cultural”, trae un interesante poema sobre la papa, por el madrediosense radicado en Salamanca Alfredo Pérez Alencart; Jorge Gaitán escribe sobre la poesía de Jorge Eliécer Pardo; Vicente Revilla repasa el tema de la migración y la literatura; Miguel Paz Varías vuelve sobre la obra de César Vallejo; Roberto Romero publica tres relatos sobre la violencia política en el Perú; Ricardo Torres analiza la poesía del ecuatoriano Patricio Romero y Cordero; Mario Pantoja habla sobre la obra de William Hurtado de Mendoza y se publica un artículo sobre el último volumen de cuentos de Mario Guevara: Gringas sí, yanquis no.

Completan este número especial textos de Fernando Chuqipiunta, Jesús Cabel, Jorge Terán, Lawrence Carrasco, y reseñas de Indalecio Castellanos, Nadja Osorio, Elton Honores y Miguel Ángel Huamán Villavicencio.

Esperamos que el empeño de Mario Guevara, narrador y editor cusqueño, se mantenga firme, a pesar de las dificultades y adversidades, en una sociedad donde la velocidad de las comunicaciones ha banalizado los temas culturales y reducido el nivel del debate y la confrontación de ideas.

Alfredo Herrera Flores
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