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Sobre Como fulgor de un sol adormecido, de Nilton del Carpio

jueves 8 de febrero de 2024
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“Como fulgor de un sol adormecido”, de Nilton del Carpio
Como fulgor de un sol adormecido, de Nilton del Carpio (Juan Gutemberg Editores, 2024).

Como fulgor de un sol adormecido
Nilton del Carpio
Poesía
Juan Gutemberg Editores
Lima (Perú), 2024
ISBN: 978-612-5118-08-0
70 páginas

Entre los poetas que surgieron en Arequipa en los últimos años del siglo pasado —qué lejano parece estar aquel tiempo—, época convulsa e insegura, pero al mismo tiempo renovadora y expectante, la voz de Nilton del Carpio ya se manifestaba singular. Mientras sus compañeros de generación, y los de formación universitaria, se despercudían del lenguaje cotidiano y coloquial que alcanzó a imponer el grupo Hora Zero en los años setenta, o retornaban al lirismo moderno de la academia, trataban de esquivar el palabrerío chicha e informal frente a la tradición que se diluía, y se enfrentaban al vertiginoso desarrollo de la tecnología de los medios de comunicación, Del Carpio concentró su mirada, lenguaje y emoción en el paisaje, la nostalgia por la infancia de barrio y el recuerdo de la experiencia familiar.

Arequipa era entonces una ciudad en desordenado crecimiento urbano y demográfico. La ciudad se expandía hacia la periferia del centro histórico y los primeros barrios residenciales, al inicio ocupando los terrenos arenosos y polvorientos de la zona cercana a las faldas de los volcanes y, luego, en el otro extremo, construyendo sobre la verde campiña que se extendía en la parte baja del valle del Chili, que, al mismo tiempo, se convertía en el lánguido río que, casi muerto, completa su paso por estos lares para continuar su ruta hacia el mar. Nilton del Carpio, y poetas jóvenes como el finado Leandro Medina, escribirían, premonitorios, sobre el desastre: “Viejo tambo empedrado / No muy lejos / No muy lejos las luces avanzan…” (“Tambo Rojas”, Leandro Medina).

Nilton del Carpio publicó, luego de la aventura juvenil de las revistas de literatura redactadas a pulso, impresas a mimeógrafo y en papel prestado, su primer libro, con un título en el que combina tradición y mitología importada: Yaravíes para una sirena (1984). De esta manera marcaría también la esencia de su poética, la manera en que habrá de expresar sus emociones, en la que la nostalgia le irá dictando los recuerdos y aquello que sus ojos juveniles vieron: la campiña, las fiestas patronales, las reuniones familiares, la música tradicional, los personajes del barrio, las anécdotas de la escuela.

A pesar del silencio literario de más de veinte años, la poética de Nilton del Carpio madura y se recrea.

En la retina del poeta queda grabada, como una fotografía viviente, la ciudad de sus años juveniles. Con el paso del tiempo, a pesar del silencio literario de más de veinte años, la poética de Nilton del Carpio madura y se recrea, pareciera que no se reorienta ni ensaya otras temáticas o formas, pero se refresca. Las trampas de la memoria lo estimulan al ejercicio más difícil de nuestra íntima experiencia: el recuerdo. Así afloran los poemas de sus nuevos libros, hasta llegar a este, que pronto asumirá al lector como un pasajero de la nostalgia.

¿Cuáles son los límites de la memoria? ¿Qué pasa con los recuerdos cuando hacen el instantáneo recorrido hacia la palabra, hacia el poema? ¿Se transforman, mutan, convierten o diluyen? Nilton del Carpio no ha dejado de lado la reflexión, sin embargo, y en su último libro, Como fulgor de un sol adormecido (La Gran Flauta Editores, 2024) se muestra tan emotivo como meditativo. Dice, por ejemplo, en uno de sus poemas:

pero a mis años la sangre ya no es férvida y no arde
ahora mi sangre es tibia y obedece tercamente
a la razón y la prudencia.

El poeta entiende y acepta que el fervor de la nostalgia declina y lo arrincona a la esquina de la cordura, desde donde habrá de repasar sus recuerdos dominando sus emociones.

Pero los recuerdos, la nostalgia, la añoranza, no se controlan, no se pueden dominar, porque de pronto te asaltan o te abandonan; en ambos casos, aprovechan la soledad, el aislamiento el vacío que dejan los amigos la transformación que sufren los paisajes en la memoria. Como si a un barco bamboleante abordara, el poeta se interna, una vez más, a los recuerdos:

en esta hermosa plaza pequeña y triangular
abundan las palmeras sin dátiles
con sombra fresca en el verano
hasta las palomas se han mudado tristes

Y desde esa distancia va a repasar su propia experiencia, su íntimo tránsito, su viaje interno, que es, finalmente, el propósito de la poesía.

Es particularmente interesante que en este libro muchos espacios y lugares se nombren de manera propia, señalándose como escenarios de sucesos particulares y no como referentes o simples alusiones que ayudan a pintar el paisaje:

amora mía tenazmente te esperaba esa tarde
en el pequeño parque Mariano Melgar
de la apacible avenida Parra y del antiguo ferrocarril
todavía sin la lluvia entre los verdes árboles perfectos

Nilton del Carpio conserva en este nuevo libro su voz particular, su singular manera de ver el entorno, pero esta vez con el ingrediente añadido que dan los años.

Así, por ejemplo, un lector arequipeño podrá sentirse muy cercano tanto al escenario como al suceso, y un lector ajeno, o distante, podrá relacionar la experiencia de nuestro poeta con su propia anécdota. A lo largo de los poemas que ahora vamos a transitar, como en los dos últimos libros de Nilton del Carpio, iremos encontrándonos con personajes de la música y el arte popular, así como con aquellos que modelaron la identidad del poeta. También recorreremos plazas y calles, distritos y poblados, lugares que nuestra memoria rápidamente recuperará de nuestro almacén interior, nombres que nos invitarán a emprender viajes memoriosos y nostálgicos.

Como al inicio de su carrera literaria, Nilton del Carpio conserva en este nuevo libro su voz particular, su singular manera de ver el entorno, pero esta vez con el ingrediente añadido que dan los años, la experiencia vital, la madurez sentimental, la seguridad con que asume su lenguaje. Permite, también, conservar la imagen de una ciudad que, lamentablemente, ha ido perdiendo su riqueza ambiental, su entorno rural, todo aquello que ahora alimenta la leyenda, el mito, la romántica manera de sostener la identidad.

Alfredo Herrera Flores
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