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El fracaso como estilo

lunes 21 de septiembre de 2015
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El fracaso como estilo, por Carlos Yusti
Fotografía: Yuri Valecillos
Tengo un amigo que es una extraña máquina para la producción en serie de fracasos. Es poeta, pero nunca ha resuelto publicar una plaqueta o un libro como es debido. Sus amigos lo han incluido en algunas antologías y en una que otra revista. De resto sigue en el activismo del desaliño merodeando en bares de mala muerte y en algún café te aborda y saca su fajo de hojas sueltas garrapateadas para leer sus poemas, al tiempo que te gorrea los bebestibles y los comestibles.

Estuvo casado y era profesor en alguna universidad. Pero ahora vive solo y trabaja en lo que puede. Su actitud de náufrago recurrente le ha acarreado todos sus deslices existenciales. Ha ido de aquí para allá y la escritura parece ser su única conexión con la realidad. Aunque esto sea un poco impreciso. Uno lo mira y puede notar que está carcomido por sus pensamientos, que las ideas lo trabajan hasta la desnudez del vacío. Aunque parece un hombre confuso, mi amigo está claro y quizá le sucede como a Clarice Lispector: “…en fin, qué hacer sino meditar para caer en aquel vacío pleno que sólo se alcanza con la meditación. Meditar no tiene que dar resultados: la meditación puede verse como fin de sí misma. Medito sin palabras y sobre nada. Lo que me confunde la vida es escribir”.

El otro día me comentó que su novela estaba bastante adelantada y sacó de su bolso de tela una serie de cuadernos escolares. Sin duda tampoco la terminará y de editarla ni hablar.

Cuando de escribir (o cualquier otra actividad artística) se trata, fracasar es una tentación bastante sugestiva. Se ha dado el caso de escritores que a pesar de poseer un dominio de la técnica son los eternos relegados. Son como dejados al margen de los premios, reconocimientos y demás prebendas del mundillo cultural. Si por una rara casualidad son celebrados (o premiados), su cohorte de incondicionales pierde interés por sus rarezas y se diluye en esa fama de los 5 minutos de “otro más del montón”.

Mi amigo ha querido involucrarme en distintos proyectos de su autoría (editar una hoja volante con poemas y repartirla de puerta en puerta, diseñar una página web cuyas secciones estén vacías, elaborar una revista literaria que sólo contenga anuncios y publicidad, llevar a cabo una exposición/instalación de poemas sin terminar en las paredes de la sala). Siempre con estudiada sutileza he rehusado en primer lugar debido a que intuyo que él abandonará, con alguna excusa tremendista, el proyecto. En segundo lugar porque su desinterés y morriña será tal que me dejará todo el trabajo a mi solo.

A esta capacidad de mi amigo de no concluir nada le ha llamado el síndrome de punto final. Sus causas sicológicas son algo inciertas y no creo que sea un temor al fracaso o al éxito, sino más bien una desazón sobre el resultado final, un mantener esa incertidumbre sobre la obra inconclusa. Esto me lleva a recordar esas esculturas aplazadas de Miguel Ángel, en las cuales las figuras hacen como un esfuerzo por salir del bloque de mármol (o de piedra) con una quieta furia. Por supuesto están algunas novelas de Franz Kafka que se quedaron como en el aire sin un final que las redondeara del todo. En nuestro país tenemos dos fracasistas emblemáticos en Rafael Bolívar Coronado, quien firmó sus textos con más de 600 seudónimos; es decir, que escribió mucho y nada al mismo tiempo. El otro fue Félix E. Bigotte, un genio que se pierde de vista y del cual Francisco Javier Pérez ha escrito: “Infeliz por definición y fracasado por derecho, toda la fuerza de su esforzado empeño se va a traducir en la más poderosa de nuestras intenciones sapienciales del siglo XIX que, habiendo ascendido a las esferas más altas, desciende para hundirse en el fango más bochornoso de lo ruinoso”.

La lista de escritores frustrados y que se suicidan al no encontrar editor no se conoce a ciencia cierta, si acaso unos pocos nombres logran colarse como el del escritor John Kennedy Toole, que utilizó el monóxido de carbono luego de que su novela fue rechazada por varios editores. Creyéndose un fracaso tomó la espeluznante resolución de abandonar este mundo un día de marzo. Hijo único y su madre para salir del pozo de la aflicción decide hacer las gestiones necesarias para publicar el libro. Luego de varios años de batallar logra que la novela se edite. El libro obtiene el Pulitzer y Toole el reconocimiento póstumo.

Mi amigo nada de suicidarse. Su temperamento tira más a la comedia, pero esta anotación del escritor Julio Ramón Ribeyro le cuadra a la perfección: “3 de marzo. La sensación de fracaso en la que permanentemente me encuentro reside en haber querido establecer un compromiso entre los ‘placeres de la inteligencia’ y los ‘placeres de la vida’. He querido llevar una existencia intelectual, pero sin renunciar a las perspectivas de una vida holgada, cuando teniendo en cuenta mi escasa capacidad de acción, la obtención de uno de estos objetivos apareja el sacrificio del otro. De este modo, careciendo de fortuna y no poseyendo un gran talento, estoy condenado a ser un mediocre vividor y un escritor mediocre”.

En el fondo envidio a mi amigo. Yo tan preocupado por perfilar una obra, por tener un horario para escribir, por leer para aprender desde la práctica de otros escritores ese quehacer con las palabras. Mi amigo sigue allí en la acera contraria, despreocupado de su obra, sin horario. Percibo en su actitud que es poeta incluso a su pesar, pero no puede evitarlo y aparte de la conjura exterior, de ese imperceptible sabotaje externo, él mismo escamotea su obra, se coloca obstáculos para que se le haga más sencillo borrarse. Ese bello texto de Matsuo Bash? podría ser su inexplicable tarjeta de presentación:

Al despedirme,
escribí algo en el abanico,
pero lo borré.

Carlos Yusti
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