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Muestrario (bastante personal) del libro raro

lunes 11 de julio de 2016
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Muestrario (bastante personal) del libro raro, por Carlos YustiHay un personaje de un cuento de Borges que es un vendedor ambulante. Este personaje, de un gris desdibujado, es recibido en su casa por un individuo que vive en la calle Belgrano. Cuando están en la sala el vendedor dice como presentación que es vendedor de biblias. El dueño le explica que en su casa hay algunas biblias inglesas y sin pedantería enumera un par que son incunables. Y entonces el vendedor le indica que no sólo vende biblias y que posee un libro sagrado que adquirió en los confines de Bikanir. Era el Libro de Arena. Un volumen en octavo con encuadernación en tela y cuyo aspecto maltrecho delataba que tuvo muchos dueños. El lomo decía en inglés escritura sagrada y abajo Bombay. Especie de libro infinito sin principio ni fin como la arena. Un libro así, aparte de raro, resulta un tanto mágico y quizá sujeto a un ignoto maleficio. Aunque el Libro de Arena es ficticio la realidad, tan alquímica, ha creado libros que por sus particularidades parecen creados por la imaginación.

Siento una alevosa atracción por esos libros que tienden a la extrañeza y lo raro, o que poseen ciertas peculiaridades que rebasan los límites de los libros comunes que se imprimen para ser leídos.

Entre esos libros singulares que prefiero (mi selección es arbitraria y responde más a la realidad de mi incipiente biblioteca y algunos gracias a la Internet) tendría que mencionar el primer libro impreso en Venezuela, Calendario manual y guía universal de forasteros en Venezuela (año 1810), de Andrés Bello, y los libros de Simón Rodríguez por sus ideas educativas y por ese diseño tipográfico de gran explosividad creativa; no sin razón el poeta Eugenio Montejo lo llamó el tipógrafo de nuestra utopía: “La revolución tipográfica que propuso para divulgar del modo más llano sus ideas obró fatalmente un efecto opuesto, al menos en el común de los lectores, propensos a atribuir a desvaríos estrafalarios las innovaciones del autor. Esta grafía, al igual que otros hechos y menesteres de su errabunda enseñanza, lo condenaba a lectores póstumos”. Hay que señalar los escritos (con una caligrafía de apretada belleza) de Juan Antonio Navarrete, un difuso fraile franciscano que nació en 1749 y dedicó parte de su vida a escribir libros entre el juego, la filosofía y la templanza moral cristiana. Su libro El juego de la paz y de la guerra utiliza la baraja española, combinada con la adivinación, para hacer partícipe al lector. Su libro Tratado curioso de la rueda de la fortuna responde las eternas preguntas del lector, las mundanas y superficiales, así como las profundas y metafísicas; especie de I Ching, con una respuesta siempre oportuna. Su libro Arca de letras y teatro universal mezcla los géneros: a ratos es un diario, otras una compilación de historias, a veces un compendio de sucesos y noticias, en ocasiones es una mirada aguda sobre los usos y costumbres de sus vecinos, pero es en lo profundo una exploración de la realidad, que deja ver sus costuras absurdas y fantásticas.

Cada libro a su modo tiene algo de maleficio, posee esa textura inigualable de la magia (o la rareza) y que los melancólicos de siempre aseguran que se perderá con eso del libro electrónico.

No se puede dejar al margen a Rafael Bolívar Coronado y sus libros apócrifos de la colonia o el llano y su biografía de Lenin. Tampoco puede faltar Santiago Key Ayala y su libro Motivos de conversación. Monosílabos trilíteros de la lengua castellana y su Cateos de bibliografía. Imprescindible incluir a Pedro Téllez, que como buen lector de Key Ayala, tiene un libro algo key-ayalesco titulado Fichas y remates, que son pequeñas anotaciones de un amante de los remates de los libros, con otras cosas varias y profanas como los taxistas, las prostitutas, y un recorrido por los libros de La Habana. El libro de Ximena Benítez, Caracas, visiones visibles, en el que se combinan dibujo y poesía sin ser un libro de poemas o un compendio de dibujos. Está el libro de Franklin Fernández que reúne una antología de sus poemas objetos y cuyos defectos de impresión lo convierten en un anómalo ejemplar bibliográfico. Otro libro es La mirada pública, del fotógrafo Yuri Valecillo, cuyo estuche, del tamaño de una postal, recopila un conjuntos de fotos a todo color de los grafitis en la Ciudad de México. Otros libros, necesarios en este cateo, y que forman parte de mi estantería particular, son Cien mil millones de poemas y Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau; Locus Solus, de Raymond Roussel, la novela Jakov von Guten, de Robert Walser; Ferdydurke, de Witold Gombrowicz; Me acuerdo, de George Perec; Nadja, de André Breton; La otra parte. Una novela fantástica, de Alfred Kubin, y Vida y obra de Shakespeare, escrita por Víctor Hugo. Una abigarrada, vigorosa y erudita que devela poco sobre la vida de este esquivo autor teatral, pero que deja al trasluz la genialidad del escritor francés.

El recuento de libros singulares antiguos podría comenzar con Hypnerotomachia Poliphili (o El sueño de Polífilo), publicado en Venecia en 1499 y atribuido al monje dominico Francesco Colonna. Especie de travesía onírica un tanto excéntrica y barroca, de los amores virtuales y algo oscuros profesados por un clérigo. Además está ilustrado con 171 grabados en madera. Se le ha comparado a otro libro difícil y que utiliza lo onírico para motorizar un discurso que hace maromas y acrobacias con el lenguaje, me refiero al Finnegans Wake, de James Joyce. Se debe incluir al Libro mudo, publicado en Francia en la segunda mitad del siglo XVII (1677), compuesto por extraños dibujos que de manera secreta ofrecen los lineamientos para crear la Piedra filosofal. En la introducción a una edición en español puede leerse: “El libro mudo, en el que toda la filosofía hermética está representada con figuras jeroglíficas…”. Otro libro que no puede faltar es El manuscrito Voynich, un libro del siglo XV, escrito con un lenguaje intraducible e ilustrado y que tiene su par en un libro contemporáneo escrito por Luigi Serafini, el Codex Seraphinianus (publicado en Milán en 1981). Especie de enciclopedia, según su autor, de un mundo imaginario simulando el modelo de los compendios científicos del medievo, con su alfabeto particular e intraducible y repleto de imágenes. No me puede faltar el Índice de libros prohibidos (mi ejemplar está en latín: Index Librorum Prohibitorum, Typis Polyglottis Vaticanis). Este libro es una biblioteca en sí mismo y es mi amuleto contra la intolerancia y la estupidez lectora.

Un libro que llegó a mis manos, que pude leer pero que no conservé debido al acoso de su autor, temeroso de que me lo apropiase, para que le devolviera el disco, es una novela, inédita, titulada La verdadera historia de Adán y Eva. El escritor (vive en Santa Elena de Uairén), que me facilitó el cd con la copia, era bajo, delgado y eléctrico. Su aspecto desaforado, la mirada extraviada y su conversación con contorsiones de teatralidad altisonante daban un poco de escalofrío. La novela (más de 300 páginas) era una amalgama delirante de religión, ensayo e ideas inconexas sobre la ciencia y subyacente la historia de amor carnal entre Adán y Eva, retozando en el paraíso milenario que es la Gran Sabana. Su autor está seguro de que el libro haría tambalear la religión católica. La novela es como un delirio a ratos coherente y otras atiborrado de dislates inconexos. Su proeza rara estriba en la paciencia del autor para mecanografiarla.

Cada libro a su modo tiene algo de maleficio, posee esa textura inigualable de la magia (o la rareza) y que los melancólicos de siempre aseguran que se perderá con eso del libro electrónico. En todo caso la Internet se va pareciendo cada día más a un libro de arena, hechicería pura en bytes.

Carlos Yusti
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