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Kafka, la calle y la policía

lunes 5 de junio de 2017

Kafka, la calle y la policía, por Carlos Yusti“Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo. La cocinera de la señora Grubach, su casera, que le llevaba todos los días a eso de las ocho de la mañana el desayuno a su habitación, no había aparecido. Era la primera vez que ocurría algo semejante. K esperó un rato más. Apoyado en la almohada, se quedó mirando a la anciana que vivía frente a su casa y que le observaba con una curiosidad inusitada. Poco después, extrañado y hambriento, tocó el timbre. Nada más hacerlo, se oyó cómo llamaban a la puerta y un hombre al que no había visto nunca entró en su habitación. Era delgado, aunque fuerte de constitución, llevaba un traje negro ajustado, que, como cierta indumentaria de viaje, disponía de varios pliegues, bolsillos, hebillas, botones, y de un cinturón; todo parecía muy práctico, aunque no se supiese muy bien para qué podía servir”.

(Párrafo inicial de la novela El proceso, de Franz Kafka)

Los “guarimberos” han levantado barricadas cerca de mi edificio. El Estado aduce que es ilegal cerrar la calle por eso del libre tránsito y demás mecanismos leguyéricos. Lo cierto es que la calle está encendida con una polémica, colérica y justa desobediencia civil. Hace un par de noches, mientras releía esa sempiterna novela de Kafka, El proceso, en la cual detienen sin razón aparente a un individuo y le abren un proceso absurdo, irrumpieron (sin ninguna orden y a mandarriazos) en el edificio. No conforme con ello lanzaron, a medida que iban subiendo los pisos, objetos para destruir los vehículos aparcados en el estacionamiento. Detuvieron a tres jóvenes, uno de ellos menor de edad, sospechosos de estar detrás de las barricadas. La actuación del ejército (Guardia Nacional) y del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) fue de tal vandalismo que uno se ha encariñado con los dichosos guarimberos. Lo dicho: el Estado es en última instancia el terrorista, el guarimbero mayor y el que pisotea, siempre, los derechos civiles más elementales.

Volviendo a la novela de Kafka (Orson Welles hizo su versión cinematográfica, cuyo protagonista fue Anthony Perkins), debo decir que la leí de adolescente en una de esas ediciones de Losada. Tiene manchas de café, hojas arrugadas e incluso un mordisco de algún perro, mascota de la familia. Tengo otras ediciones mejores en la biblioteca, pero esta es mi preferida porque ha sorteado conmigo muchos naufragios.

Elias Canetti escribió un lúcido e ilustrativo ensayo, El otro proceso. Las cartas de Kafka a Felice. La publicación de la correspondencia entre Kafka y Felice Bauer le sirve a Canetti para discurrir sobre los resortes de inspiración para la escritura de algunas obras de Kafka, pero sobre todo de esa novela inacabada que es El proceso.

Las cartas de Kafka a Felice son el viaje de un encuentro que termina en noviazgo hasta la fractura definitiva de la relación. Resumen el striptease tragicómico de un autor como pocos, o así lo subraya Canetti: “El grado de intimidad de estas cartas es inconcebible: son más íntimas que cualquier descripción detallada de una felicidad. No hay informe alguno de un hombre perennemente titubeante que pueda comparársele, ni personalidad que se haya desnudado tan íntegramente. A un ser humano primitivo, esta correspondencia podría resultarle ilegible: vería en ella la exhibición impúdica de una impotencia espiritual. Pues todo lo que la caracteriza reaparece siempre en dichas cartas: indecisión, timidez, frialdad de sentimientos, minuciosidad en la descripción de la falta de amor y un desvalimiento de tales proporciones que sólo resulta creíble por el detallismo extremo con que es descrito”.

En Kafka se produce una característica peculiar y su percepción de lo real se distorsiona de tal modo que termina escribiendo espesas pesadillas.

En una carta Kafka le pide matrimonio a Felice. Desde ese momento la relación comienza a enrarecerse. Canetti anota: “Y entonces se inicia su implacable lucha contra los esponsales, que se extenderá a lo largo de los dos meses siguientes y culminará con su huida”.

Para suavizar las relaciones Felice envía una aliada como mediadora, o como lo anota Canetti: “Felice envió a Praga a su amiga Grete Bloch, con el ruego de mediar entre ambos. Y así, a través de una tercera persona, comenzó una nueva y sorprendente fase de sus relaciones”.

Kafka se apasiona con Grete y abre un ciclo de cartas con ella. A pesar de los altibajos anímicos e hipocondríacos del novio, el noviazgo se hace oficial (con recepción y todo) en Berlín el 1 de junio del año 1914. Para el novio fue una velada tenebrosa y crispante. Canetti refiere que “la compleja y casi inextricable situación en la que Kafka se vio envuelto a raíz de su noviazgo fue descrita por él con sorprendente claridad en el primer capítulo de El proceso”.

Grete Bloch, atraída en principio por el novio, se convierte en su confidente y el cruce de cartas es intenso. Pero algo pasó y de pronto la mujer hace causa común con la novia. La explicación de Canetti es obvia: “Este noviazgo, en el que decididamente no era ella la prometida, debió de ser un duro golpe para Grete”. Kafka le confía a Grete su poca disposición a contraer matrimonio. Ante tal predicamento Grete le informa todo a Felice y entonces ella como novia enérgica toma las riendas y Kafka —en palabras de Canetti— “fue emplazado a comparecer ante un tribunal en Berlín”.

Este extraño tribunal se reunió en un hotel y Canetti escribe: “…marca la culminación de la crisis en su doble relación con ambas mujeres. La disolución de su compromiso, a la que Kafka tendía con todo su ser, le fue impuesta aparentemente desde fuera. Pero es como si él mismo hubiera escogido a los miembros de ese tribunal, preparándolos como jamás lo había hecho acusado alguno”. Kafka no dijo palabra alguna. En junio su compromiso se hizo añicos y en agosto comenzó la redacción de El proceso.

La realidad por lo general proporciona la materia prima para la escritura. En Kafka se produce una característica peculiar y su percepción de lo real se distorsiona de tal modo que termina escribiendo espesas pesadillas, en las cuales sus personajes entrampados en leyes (del destino o de los hombres) absurdas pueden hacer muy poco y sucumben en la desolación más atroz.

Mientras escribo esto en la avenida cerca de mi edificio sigue ascendiendo el humo blanco de las bombas lacrimógenas.

En mis días juveniles, a la par que leer El proceso, participaba en marchas y protestas con mi amigo el fotógrafo Yuri Valecillo. Hoy ya no estoy en la calle y observo los toros desde la otra acera. Como es lógico mi solidaridad va para con los jóvenes que incendian los cauchos y se atrincheran detrás de las barricadas. No me veo haciendo causa común con la policía (o el ejército por más revolucionario que se pinte). Ni religiosos, del cuño que sean, ni militares, jamás han sido salvadores de la patria.

La vida en comunidad no es sencilla y a este respecto Savater reflexiona: “La vida en comunidad busca y pretende exigir si no el amor fraterno, porque ser santo no es el destino de todos, al menos unos ciertos miramientos convivenciales. Nuestro primer medio ambiente es la sociedad y por tanto también debe tener su propia ecología: para que pueda respirarse en compañía civil hay que evitar la polución de insultos, calumnias, bulos, hostigamientos denigratorios, etcétera”. En estos momentos el Estado ha contaminado de insultos el ambiente, ha desmejorado las relaciones entre sus conciudadanos y sobre todo se ha saltado algunas leyes que han puesto a un gran porcentaje del país en la calle.

Mientras escribo esto en la avenida cerca de mi edificio sigue ascendiendo el humo blanco de las bombas lacrimógenas. Entre el humo he visto a un muchacho huesudo y desgarbado (como sin duda era Kafka en su juventud) sorteando el humo absurdo de un Estado que se ha convertido en un gran tribunal donde todos somos culpables.

Ah, y denominarlos “guarimberos” es despectivo y de muy mal gusto. Creo que mejor les va ciudadanos en desobediencia civil, y que por otro lado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela está escrito de forma clara y precisa.1

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Notas

  1. Artículo 350: El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos.