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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Juego y aguafiestas

• Sábado 17 de febrero de 2018

 

En días pasados se inauguró en una escuela de mi comunidad una ludoteca. Mi esposa, la socióloga Ana María Marín, y yo, estuvimos bastante cerca de todas las fases superadas para darle viabilidad, y junto a los directivos de la escuela, sus maestros y algunos representantes, sorteamos un sin fin de trabas y cotidianos obstáculos. Por supuesto jamás nos rendimos ante la burocracia ministerial y mucho menos a esa enorme anomia del gobierno de turno que todo lo impregna como una peste.

Como es lógico un proyecto de semejante envergadura necesita un buen apoyo y en tal sentido la Asociación Civil Tepui, radicada en Suiza, pero cuya presidenta ejecutiva Yelitza Bättig Louzé es venezolana (y algunos de sus hermanos fueron estudiantes en la escuela), fue el soporte necesario para darle concreción a la ludoteca. Fue todo una series de reuniones y talleres que involucró, desde el primer momento, a los directivos, maestros, alumnos y representantes de la institución.

Sin duda me hice adulto con menos traumas gracias al juego.

Se inició en marzo del año 2017 con una primera reunión con los directivos de la escuela en la que se explicó qué era Tepui y cuáles eran las propuestas sobre una ludoteca, la cual contemplara el préstamo del juguete a los niños. Esa reunión, dirigida por Maurelena Remiro Galindo, representante en nuestro país de Tepui, contó con una dinámica singular a la cual asistieron las directoras de CDI Caroní, del preescolar Yocoima y de la Escuela Integral Bolivariana Yocoima. En la misma se dieron los primeros lineamientos de la ludoteca que soñamos; los insumos de esta reunión fueron procesados y llevados a los maestros en una reunión donde se agregaron y se enriquecieron con las opiniones de los maestros, en mayo de ese mismo año se bajó a los niños en un primer taller que se realizó en el espacio de la ludoteca; los niños hicieron aportes relevantes y posteriormente se trabajó con los padres de diversas maneras, aula por aula y de forma grupal. Los padres fueron un elemento altamente motivante cuando aportaron, con mucha generosidad y compromiso, los recursos necesarios para acondicionar el espacio de la ludoteca. Así se logró soldar, reparar el aire acondicionado, instalar los cables para la iluminación, reparar los huecos en el piso porque los padres del tercero A donaron el cemento necesario, también los ganchos para el techo, anticorrosivo, electrodos, entre otros materiales, y por supuesto el andamio económico de Tepui que permitió moldear un espacio para que los niños se sintieran a gusto y por un momento se olvidaran de la realidad circundante que es siempre cruda y muchas veces carente de metáfora o belleza.

En lo personal me interesa el juego no desde esta carpintería emotiva y de tesón a pesar del viento en contra, sino más bien desde ese componente ético y filosófico que se encuentra en las entrañas de cualquier juego.

Recuerdo con huecos estelares mi niñez, y algunas puntuales estrecheces, pero siempre veo a ese niño que fui al borde de la euforia jugando. Lo hacía solo ya que mi otras tres hermanas tenían su propio mundo de juegos. En soledad jugaba con soldados de plástico y con un camión volteo repleto de cubos de colores por el que alucinaba. Luego recuerdo a otros niños del barrio con los cuales jugaba metras, volábamos zamuras y barriletes. De adolescente jugaba ping-pong, ajedrez, pelotica de goma, chapitas, boxeo.

Sin duda me hice adulto con menos traumas gracias al juego. Es inevitable traer a colación el libro Homo ludens, de Johan Huizinga, quien ha escrito: “El juego no es la vida corriente… o la vida propiamente dicha. Más bien consiste en escaparse de ella a una esfera temporera de actividad que posee su tendencia propia”. El juego es como ese agujero de conejo por el que cae Alicia, ese inolvidable personaje de Lewis Carroll, hasta llegar al universo disparatado del Sombrerero Loco. Además el juego permite socializar, buscar compinches y camaradas. Mientras se juega todo se mueve en esa esfera de la simulación. Se juega para tomarse la vida con la debida seriedad requerida, no obstante no hay nada más serio que el juego y por eso Huizinga acota: “La risa se encuentra en cierta oposición con la seriedad, pero en modo alguno hay que vincularla necesariamente al juego. Los niños, los jugadores de fútbol y los de ajedrez, juegan con la más profunda seriedad y no siente la menor inclinación a reír”.

La estética singular del juego estriba en la variedad de direcciones que tiene, en esa belleza fragmentaria algo así como un caleidoscopio donde imperan la tensión, el equilibrio, el contraste, y por eso Huizinga escribe: “El juego oprime y libera, el juego arrebata, electriza, hechiza. Está lleno de las dos cualidades más nobles que el hombre puede encontrar en las cosas y expresarlas: ritmo y armonía”.

El juego, aparte de poseer los signos evidentes de ser un catalizador cultural, estético y social, goza de un componente ético que tiene su epicentro en las valores como la solidaridad, la honestidad, el respeto. Se juega conociendo las reglas, respetando su normativa para que el juego no pierda su belleza. De igual modo le da cabida al otro sin restricciones ni requisitos. En el juego no hay enemigos, sino contrincantes, competidores. Al contrario de la guerra, en la cual la lucha es a muerte, en el juego se celebra la vida, el esfuerzo, la destreza.

En ocasiones la sociedad (o el Estado) busca barnizarlo con una capa política y sacarle provecho, sea propagandístico o de productividad, de allí que el filósofo Byung-Chul Han escriba: “Para generar mayor productividad, el capitalismo de la emoción se apropia del juego, que propiamente debería ser lo otro del trabajo. Ludifica el mundo de la vida y del trabajo. El juego emocionaliza, incluso dramatiza el trabajo, y así genera una mayor motivación (…). Un jugador con sus emociones muestra mayor iniciativa que un actor racional o un trabajador meramente funcional”.

Jugar, o ayudar a crear una ludoteca, es una manera efectiva de que la imaginación alce vuelo y de amargarle el día a tantos aguafiestas encumbrados en sus pequeñeces y abusos de poder.

El juego no se encuentra sujeto a imposiciones externas aunque muchos factores fuera de su esfera intenten ahormarlo a exigencias siempre oscuras y cercanas al ritual. La duración, si se quiere rápida, del juego, puede ser la mejor contra dichos factores, o como lo acota Byung-Chul Han: “Las cosas que requieren una maduración lenta no se dejan ludificar. La duración y la lentitud no son compatibles con la temporalidad del juego”.

Pedagogos y demás especialistas han escrito en cantidad sobre lo vital que es el juego para el desarrollo de los niños. La gente que asume la vida con gran pompa, jactancia y cosa desencadena guerras y tragedias espantosas, carecen de un espíritu lúdico que los encamine hacia la luz compleja del juego, para su normativa y sus reglas. Huizinga escribe: “El jugador que infringe las reglas de juego o se sustrae a ellas es un ‘aguafiestas’ (Spielverderber: estropeajuegos). El aguafiestas es cosa muy distinta que el jugador tramposo. Éste hace como que juega y reconoce, por lo menos en apariencia, el círculo mágico del juego. Los compañeros de juego le perdonan antes su pecado que al aguafiestas, porque éste les deshace su mundo. Al sustraerse al juego revela la relatividad y fragilidad del mundo lúdico en el que se había encerrado con otros por un tiempo. Arrebató al juego la ilusión, la inlusio, literalmente: no entra en juego…”.

Jugar amerita tener la imaginación en activo, la ilusión en su máxima efervescencia. De allí que jugar, o ayudar a crear una ludoteca, es una manera efectiva de que la imaginación alce vuelo y de amargarle el día a tantos aguafiestas encumbrados en sus pequeñeces y abusos de poder.

Carlos Yusti

Carlos Yusti

Editor en Arte Literal
Escritor y pintor venezolano (Valencia, 1959). Cofundador del grupo literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Dirige en la web la página Arteliteral. Su última exposición conceptual es la revista ensamblada La Tapa del Frasco (2015). Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (1991), Vírgenes necias (1994), De ciertos peces voladores (1997), Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007), Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (2007) y Poéticas del ojo (2012).

Sus textos publicados antes de 2015
95122
Ciudad Letralia: Notas desabrochadas
Editorial Letralia: Q. En un lugar de las letras (coautor)
Carlos Yusti

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