Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

De librerías, papeles impresos y cuestiones varias

• Martes 3 de julio de 2018
Rafael Ramón Castellanos
Rafael Ramón Castellanos ha escrito el impresionante número de 72 libros.

“Yo he oído a muchos quejarse de haber sido engañados
por los escritores periódicos, y sentir mucho el dinero
que habían gastado en la compra de ciertos libros,
a que los elogios que les daban le empeñaban a comprar”.

Verdadero antídoto contra los malos libros
de estos tiempos o Tratado de la lectura cristiana
(1784),
por Nicolás Jamin.

Visité una que otra vez la Pulpería del Libro cuando estaba en el Pasaje Zingg y me atendió Rafael Ramón Castellanos. Ni me di por enterado. Luego esa gran pulpería se mudó a una calle por Sabana Grande y allí también me he topado con este individuo un tanto inusitado.

Rafael Ramón Castellanos parece un personaje salido de la ficción literaria,1Rafael Ramón Castellanos ha escrito el impresionante número de 72 libros. También ha sido funcionario en algunos gobiernos. Fue encargado de Negocios en Paraguay en la época de Rómulo Betancourt, cónsul de la República en Colombia durante el primer gobierno de Rafael Caldera y director de Publicaciones de la Presidencia durante los mandatos de Luis Herrera Campins y Ramón J. Velásquez. Pero por encima de todo es un librero con una memoria descomunal como pocas. Su pasión por los libros es de la misma forma proverbial. Al parecer en el año 1955 inauguró su primera librería, llamada Primicias Literarias. Algunos años después, en el año 1962, funda la librería Historia. En 1981 se construye el Pasaje Zingg (avenida Universidad) y allí Castellanos abre La Pulpería del Libro Venezolano que luego, en el año 1999, se traslada a Sabana Grande buscando un espacio más amplio, y allí está en la actualidad. Nació un 7 de agosto de 1931 en un pueblo campesino llamado El Blanco cerca de Santa Ana en Trujillo, para mudarse cuatro años después a La Morita, poblado dentro de una hacienda cafetalera. Se fue a Caracas en 1954 con la intención de estudiar periodismo en la Universidad Central de Venezuela. lleva como 31 años al mando de La Gran Pulpería, una librería cuya cifra se aproxima a los 73 mil volúmenes. Un lugar insólito y borgeseano por excelencia donde libros, papeles, postales, fotos, adminículos de todo tipo, afiches, revistas, periódicos y cualquier impreso que la imaginación pueda crear parece que en cualquier momento te envolverán para hacerte perder en ese laberinto estrecho de estantes y pasillos. La pulpería no es una librería cualquiera, sino una pasión laberíntica por los impresos de todo tipo.

Castellanos es un investigador y escritor a la antigua, un dinosaurio de la máquina de escribir y que va directo a la fuente del papel impreso.

En una entrevista Castellanos puntualiza algo sutil sobre el oficio del librero: “Ser librero no es vender libros, ni comprar libros, sino entender la forma en que se difunden las ideas. Debe saber decirle a la gente qué es lo que debe leer, enseñarle un camino, no vender libros como si fueran chinchurrias”.

Con esta visión sin duda concibió escribir un libro para contar la historia de las librerías en el país. Un libro que fuera al hueso de los impresos y descubrir cómo se difundían las ideas desde los tiempos de la colonia hasta el año de 1900.

El libro Historia de las librerías en Venezuela (1607-1900) (Cenal, 2017, colección Sueltos; dos tomos), de Rafael Ramón Castellanos, doctor en filosofía y letras, historiador, editor, periodista, bibliófilo e inigualable amante de los libros y los impresos, puede considerarse como una extravagancia en cuanto a investigación se refiere, una singularidad en lo referente a pesquisa histórica. Es un libro que está más cerca de la rareza bibliográfica que del libro ordinario.

Castellanos es un investigador y escritor a la antigua, un dinosaurio de la máquina de escribir y que va directo a la fuente del papel impreso, que desciende en documentos, periódicos, libros y hojas volantes para encontrar la materia prima para darle forma/fondo a sus libros, y este libro no es la excepción. Sin duda se escribió desde la investigación acuciosa, compacta y que intenta no dejar fisuras. Nada se deja al azar en este rastreo de pistas sobre las librerías en el país, nada queda sin su soporte impreso en papel.

La historia de las librerías no se limita a un conteo de esos establecimientos cuyo producto comercial no es otro que el libro, sino que mezcla historia, anécdotas y por supuesto cualquier impreso (hojas sueltas, periódicos, manuales, guías de libros, etc.) que acerque al lector a ese fascinante mundo de los libros y sus vaivenes en nuestra agitada historia, tanto política como ciudadana/cotidiana.

Castellanos cuenta cómo se inició todo allá en el siglo XVI. Comienza con la muerte de un bachiller en jurisprudencia llamado Juan Pérez Lago y que era algo así como consejero del Cabildo de Caracas. El citado bachiller fallece a comienzos del año 1600 y como no tenía familia es necesario vender sus bienes, que en verdad no eran muchos, pero sí algo singulares: una profusa biblioteca y dos esclavos. Castellanos acota un dato curioso: “…el finado había tenido dos poderosos motivos para vivir: sus esclavos porque él era dueño y señor de ellos, y sus libros que eran superiores (…). José Ratto Ciarlo, el escritor peruano-venezolano (…), conocía de este episodio como ningún otro y apunta que los libros encabezan la lista, valían más que los esclavos, lo cual era mucho decir”. Esta operación bursátil de los bienes del difunto bachiller “viene a constituir los prolegómenos de las librerías de Caracas”.

Si estos bienes del bachiller conforman el prólogo, hay otro remate público que constituye en sí el arranque formal, o como lo escribe Castellanos: “El primer remate publico de libros tuvo efecto el 22 de marzo de 1656; todos formaban un gran lote e integraban la biblioteca del doctor Bartolomé de Escoto, deán de la catedral y comisario de la Santa Cruzada”.

El comercio del libro no fue sencillo. La corona española consideraba los libros peligrosos y agentes infecciosos de las ideas nuevas. Castellanos cita la Real Cédula de doña Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, expedida en Ocaña, en la provincia de Toledo, el 4 de abril de 1531, dirigida a los oficiales reales de la Casa de la Contratación de las Indias, en Sevilla, en la que manifestaba haberse informado que se embarcaban con destino a las Indias “muchos libros de romance de historias vanas y de profanidad como son el Amadís y otros de esta calidad”, agregando que, por ser ese “mal ejercicio para los indios e cosa en que no es bien que se ocupen ni lean”, ordenaba que en adelante no se consintiera a persona alguna pasar a las Indias libros de historia y de cosas profanas, salvo aquellos que fueran tocantes a la religión cristiana y de virtud, en cuyo ejercicio se debían ocupar los indios y los otros pobladores del Nuevo Mundo”. La Real Cédula de Carlos V, redactada el 29 de septiembre de 1543, dictaminaba: “Que no consientan en las Indias libros profanos y fabulosos; porque de llevarse a las Indias libros de romances que traten de materias profanas y fabulosas e historias fingidas se siguen muchos inconvenientes…”.

Esta investigación de Castellanos también aclara que a pesar de todas estas trabas burocráticas e inquisitoriales el proceso del comercio de libros no se detuvo. De igual modo va desmenuzando esa historia de la independencia en la cual los libros tuvieron un protagonismo determinante. Castellanos escribe: “Bolívar y Rodríguez, alumno y maestro, ya habían hecho estudios y análisis de dos obras monumentales de Rousseau; en primer lugar el Emilio que el maestro había leído en la capital de la provincia de Venezuela por los años finales del siglo XVIII; el otro, El contrato social que aquéllos quizás nunca pensaron que seis años después se editaría en Caracas y se vendería en la Librería Gallager y Lamb…”. El libro de Castellanos no sólo narra todos estos episodios, sino que incluye hojas volantes que anuncian libros y avisos en los periódicos promocionando los nuevos títulos traídos de Francia e Inglaterra y España.

El autor de la historia de las librerías, aparte de vivir imbuido en los libros, no descuida el mundo que le circunda.

Castellanos recorre, a través de los libros y los impresos, a lo largo de nuestra agitada historia, todos los periplos políticos, económicos y socioculturales del comercio de libros a través de establecimientos que en primera instancia vendían todo tipo de mercaderías, pero también libros. Luego la venta de libros deviene comercio próspero, lo que llevó a crear establecimientos donde el libro era el rubro principal. Además no sólo se circunscribe a librerías creadas en Caracas, sino que recorre el país para señalar las particularidades de impresos en cada región. A lo largo del libro el lector descubre que el comercio de libros utilizó la publicidad (hojas volantes y avisos peculiares en los periódicos) para promocionar y vender libros. Pero esto no es lo que convierte la historia de las librerías en un libro extrañamente fascinante, sino esa pasión, esa fe inamovible de Castellanos por la palabra escrita, por la hoja impresa.

Esta pasión por los libros trae a mi memoria a ese trágico personaje creado por Stefan Zweig en una novela breve, Mendel, el de los libros. Jakob Mendel, un librero de viejo, insólito e ilustre, que se sentó en el café Gluck alrededor de treinta años y dejaba boquiabiertos a los asiduos por su prodigiosa memoria. No sólo por mencionar los títulos de libros que le requerían los estudiosos, sino por citar pasajes de la obra, fecha de la publicación y en qué lugar se podría conseguir. Las similitudes con Castellanos son más que evidentes y su historia sobre las librerías así lo demuestra. El otro personaje que relata la historia de Mendel escribe: “De nuevo los nombres, los títulos, las descripciones estallaron chisporroteando. Sólo entonces comprendí con qué prodigio único de la memoria había topado en la persona de Jakob Mendel. Realmente, se trataba de una enciclopedia, de un catálogo universal sobre dos piernas. Obnubilado por completo, me quedé mirando a aquel fenómeno bibliográfico, camuflado bajo la envoltura insignificante, incluso algo grasienta, de un pequeño librero de viejo…”. Para Mendel el mundo no existía, lo que sucedía a su alrededor carecía de importancia, no se enteraba de nada y esa quizá sea la única diferencia con Castellanos. El autor de la historia de las librerías, aparte de vivir imbuido en los libros, no descuida el mundo que le circunda y en el cual se va gestando la historia diaria que se escribe en los papeles más humildes, en las páginas de un libro o en una hoja volante fugaz que pasa de mano a mano.

El libro de Castellanos es una sorprendente máquina del tiempo que traslada al lector al pasado, pero no a ese pasado muerto e inmóvil como las estatuas de nuestros héroes patrios, sino a ese pasado exultante de vida, de caos. Un pasado que adquiere fuerza gracias a que se ha transformado en palabra escrita, en papel impreso. La reflexión final de Zweig es precisa: “Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel el de los libros durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

avatar

Carlos Yusti

Editor en Arte Literal
Escritor y pintor venezolano (Valencia, 1959). Cofundador del grupo literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Dirige en la web la página Arteliteral. Su última exposición conceptual es la revista ensamblada La Tapa del Frasco (2015). Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (1991), Vírgenes necias (1994), De ciertos peces voladores (1997), Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007), Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (2007) y Poéticas del ojo (2012).

Sus textos publicados antes de 2015
95122
Ciudad Letralia: Notas desabrochadas
Editorial Letralia: Q. En un lugar de las letras (coautor)
avatar

Textos recientes de Carlos Yusti (ver todo)

Notas   [ + ]

1.Rafael Ramón Castellanos ha escrito el impresionante número de 72 libros. También ha sido funcionario en algunos gobiernos. Fue encargado de Negocios en Paraguay en la época de Rómulo Betancourt, cónsul de la República en Colombia durante el primer gobierno de Rafael Caldera y director de Publicaciones de la Presidencia durante los mandatos de Luis Herrera Campins y Ramón J. Velásquez. Pero por encima de todo es un librero con una memoria descomunal como pocas. Su pasión por los libros es de la misma forma proverbial. Al parecer en el año 1955 inauguró su primera librería, llamada Primicias Literarias. Algunos años después, en el año 1962, funda la librería Historia. En 1981 se construye el Pasaje Zingg (avenida Universidad) y allí Castellanos abre La Pulpería del Libro Venezolano que luego, en el año 1999, se traslada a Sabana Grande buscando un espacio más amplio, y allí está en la actualidad. Nació un 7 de agosto de 1931 en un pueblo campesino llamado El Blanco cerca de Santa Ana en Trujillo, para mudarse cuatro años después a La Morita, poblado dentro de una hacienda cafetalera. Se fue a Caracas en 1954 con la intención de estudiar periodismo en la Universidad Central de Venezuela.