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Ensayos para leer (en) el caos

miércoles 18 de julio de 2018
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“Leer en el caos”, de Alberto Rodríguez Carucci

Leer en el caos
Alberto Rodríguez Carucci
Ensayo
Fundación El perro y la rana
Caracas, 2017
ISBN: 9789801439660
204 páginas

Aparte de la situación catastrófica/caótica que se vive; somos un país rodeado de caos por todas partes. Este caos, no el generado por los gobiernos de turno, se entiende, cultural, social o artístico que somos tiene sus pros y sus contras. De allí que el ilustrado profesor y ensayista Alberto Rodríguez Carucci ha escrito Leer en el caos, un libro que agrupa ensayos escritos en distintas épocas, pero que han sido remozados para esta nueva edición hecha por la Fundación El perro y la rana (2017).

Carucci lee el caos desde distintas perspectivas como tratando de dilucidar a qué se debe que algunas literaturas (como los relatos orales de las distintas etnias aborígenes y transcritos por uno que otro estudioso) se desdibujen de nuestro canon literario o cómo determinadas etapas de nuestra historia (ejemplo la colonial) no se tomen en cuenta al momento de un balance escritural o de cómo distintos autores se asuman desde una mirada sesgada sin reconocer otros méritos. Además trata de leer el mestizaje no como mera aceptación ambigua, sino como un intercambio artístico y cultural de gran riqueza. El libro está dividido en cuatro partes, contentivas de dieciséis ensayos que se pasean por un panorama variado en temas y propuestas.

Leer en el caos, de Alberto Rodríguez Carucci, tiene esa tónica de buscar el lado de los temas culturales (o literarios) que menos han interesado a la crítica literaria especializada y al ensayismo comparado.

La parte “Voces y ecos indígenas” abre con un texto sobre un conocido mito indígena: “Amalivacá: transtextualidad y sobrevivencia de un mito aborigen”. El texto es la exploración sobre la sobrevivencia de un mito oral que ha pasado por la escritura en distintos momentos de la mano de autores bastante dispares, o como lo explica el mismo autor: “Por lo pronto, nos interesa observar algunos elementos de profunda raíz aborigen que han fecundado la imaginación venezolana y caribeña pasando a las más diversas formas de la escritura literaria o a otros modos de representación simbólica, como por ejemplo el mito de Amalivacá o Amalivaca que, además de sus recurrencias a lo largo de todo el proceso cultural venezolano, sobrevive también en distintas variables de la oralidad indígena actual y en diversas reelaboraciones y versiones literarias, rebasando límites genéricos y tendencias estéticas, revelando ecos y voces alternativas que algunas veces han roto el cerco y el silencio que las habían condenado a la marginalidad o al olvido”. Carucci comienza desde el primer divulgador del mito, el jesuita Felipe Salvador Gilij, y acota el autor: “La versión del jesuita italiano traduce sin dudas una reducción del mito originario al seleccionar los detalles de la narración que a su juicio debían ser presentados, basándose únicamente en su perspectiva religiosa”. Luego le sigue Alejandro Humboldt “orientada por su óptica de científico naturalista…”. El mito desaparece por un tiempo para reaparecer en textos de Arístides Rojas, quien buscó darle utilidad folclórica al mito y así explicar las cualidades casi mágicas de la palma moriche, y por eso Carucci escribe: “Rojas distanció más a Amalivaca del mito originario, desplazándolo con mayor fuerza hacia otros tratamientos literarios, más ligados a los requerimientos artísticos nacionales que al deseo de explorar en las peculiaridades del mito”. Luego serían José Martí y otros autores más contemporáneos. Cada uno aportando nuevas cualidades al mito, cada uno tratando de hacerlo atractivo para las nuevas generaciones. La versión Amalivaca 1.0 es de antología. Lo cierto, como escribe Carucci, es que en cada versión se hacen “más distantes de las funciones dramático-rituales del mito de la antigüedad”.

El libro tiene esa tónica de buscar el lado de los temas culturales (o literarios) que menos han interesado a la crítica literaria especializada y al ensayismo comparado. En la parte titulada “Escrituras coloniales: rastros de una memoria”, explora esa literatura escrita en la colonia como dejada un poco al margen, donde es necesario revisar los enfoques y criterios, a decir del autor, que se han ocupado de los discursos coloniales en Venezuela. Por eso Carucci relee la carta del tercer viaje de Colón, vuelve sobre La Araucana escrita por don Alonso de Ercilla y Zúñiga y revisa la visión sobre la colonia que tenía Mario Briceño Iragorry.

Otros ensayos del libro abordan a Manuelita Sáenz como personaje literario, Martí y la Revista Venezolana, discursos literarios y retórica del mestizaje, Picón Salas narrador, novela y política en Centroamérica, Cortázar por knock out. Visto así el libro puede parecer un caos, pero Carucci ha organizado de tal modo los ensayos que cada uno conforma una pieza que engrana de manera precisa en un aparato literario de estilo diáfano, con un humor sutil que da gusto leer y releer. No de manera gratuita José Carlos De Nóbrega, en una biografía portátil sobre el autor, escribe: “La línea inquisitiva de Rodríguez Carucci se decanta por la literatura prehispánica como reconstrucción antropológica e histórica; la reconsideración de la literatura colonial como constituyente cultural latinoamericano que exorciza mitos mal curados, y, especialmente, las literaturas que desbordan el canon convencional como la obra en lengua wayuu de Miguel Ángel Jusayú o la exquisita rareza bibliográfica que es el poemario afrovenezolano Tambor, de Manuel Rodríguez Cárdenas (…). La obra de Rodríguez Carucci no se asimila al hombre-biblioteca [descrito por Canetti] que carga el peso oprobioso de su ampulosa sabiduría postiza, sino por el contrario está embebida de vida luminosa y salerosa”.

Un buen ensayista tiene la particularidad de gustarle a cualquier lector. Carucci tiene la facultad de que sus textos fluyen con naturalidad, no busca convencerte y mucho menos arrojar afirmaciones escritas en mármol. Está preocupado en que sus textos sean un acicate para la discusión, se conviertan en un territorio propicio para que se fecunden nuevos argumentos.

Los ensayos de Carucci se leen con deleite, ya que en ellos no hay esa complejidad académica que emparama (o aturde) y que no permite al lector disfrutar ni del texto ni del asunto tratado.

Carucci no esconde en sus ensayos al profesor, muchos de sus escritos tienen el mérito de haber sido ponencias o artículos para publicaciones periódicas y su quehacer didáctico es más que evidente, o como él mismo lo escribe: “Tienen obviamente un propósito divulgativo y problematizador orientado hacia la discusión, pero sin abandonar la costumbre académica de acompañarlos en todos los casos de notas y sugerencias bibliográficas que pretenden potenciar la utilidad de cada texto, aunque cada uno de ellos —en los límites de su condensación— no es otra cosa que un esfuerzo por estimular nuevas lecturas en función de encontrar al menos las claves fundamentales del caos de voces, signos, gestos y presencias que subyacen en el reverso de nuestra producción discursiva”.

A Carucci le motiva esa escritura sometida a la invisibilidad por nuestro canon literario, que ve más a Europa que a nuestras propias raíces. Le gustan esos autores desplazados (o relegados) a un solo género, sin sopesar el abordaje de otros géneros que muchos de nuestros autores han demostrado. Le gusta buscar el reverso de los temas no para incordiar, sino más bien para encender la discusión.

Creo que Carucci escribe ensayos teniendo presente aquella frase de Fernando Savater: “Un ensayo es todo lo contrario de un folleto de electrodomésticos. No se cuenta tanto lo que sabes como lo que experimentas”. Por esa razón los ensayos de Carucci se leen con deleite, ya que en ellos no hay esa complejidad académica que emparama (o aturde) y que no permite al lector disfrutar ni del texto ni del asunto tratado.

Los ensayos de Carucci, y no sólo los de este libro, son piezas abiertas cuyo eje central, aparte de la luminosa escritura, es un enfoque menos organillero de esos temas latentes de nuestro acontecer cultural y literario para que la discusión sea también un espacio propicio para enriquecer nuestro acervo espiritual tan desmejorado y golpeado en estos últimos tiempos.

Carlos Yusti

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